Capítulo 3
Valentina
El despertador sonó a las cinco y media de la mañana. Lo apagué antes de que pudiera sonar por segunda vez.
Durante unos segundos permanecí tumbada mirando el techo de mi habitación. Era una costumbre que había adquirido hacía años.
Aquellos pocos segundos de silencio antes de empezar el día. Los necesitaba. Porque en cuanto ponía los pies en el suelo, todo comenzaba.
El trabajo. La casa. Las facturas. Las compras. Las reuniones del colegio. Los médicos. Las actividades extraescolares. Mateo. Siempre Mateo.
Y jamás me había quejado de ello. Ni una sola vez. Porque cada sacrificio había merecido la pena.
Me incorporé despacio y observé la habitación. Era pequeña, sencilla y acogedora. Las paredes estaban decoradas con fotografías familiares. Algunas eran antiguas, otras más recientes.
En la mesilla descansaba una foto que llevaba años sin mover. Mi madre aparecía sonriendo mientras sostenía a un Mateo que apenas tenía unos meses de vida. A veces todavía me costaba creer que ya no estuviera.
Habían pasado cinco años. Cinco años y seguía echándola de menos todos los días.
Me obligué a apartar aquellos pensamientos. No era momento para eso.
Me levanté y caminé hacia la cocina americana. Nuestro apartamento no era grande.
Tenía dos habitaciones, un baño, un pequeño salón, un balcón lleno de macetas y muebles sencillos, nada de lujos. Pero era nuestro hogar. Y eso era suficiente.
Mientras preparaba el desayuno, el aroma del café comenzó a llenar la estancia. Puse unas tostadas, preparé fruta y serví un vaso de leche.
Después miré el reloj. Las seis menos cuarto. Sonreí. Ya tocaba la parte más complicada del día. Despertar a Mateo.
Abrí la puerta de su habitación. Las paredes estaban cubiertas de pósteres de Fórmula 1. Coches. Circuitos. Pilotos. Miniaturas. Libros. Revistas. Aquel niño vivía obsesionado con los motores. Y sinceramente, me parecía adorable.
Mateo dormía completamente abrazado a una almohada, con el pelo oscuro revuelto, la sábana medio caída y la boca ligeramente abierta.
No pude evitar sonreír. Era imposible no hacerlo.
Me senté en el borde de la cama.
—Mateo.
Ni se movió.
—Mateo.
Nada.
—Hay tortitas.
Un ojo se abrió inmediatamente.
—¿Con sirope?
—No.
—Entonces son unas simples tortitas.
Solté una carcajada.
—Buenos días para ti también.
El otro ojo terminó de abrirse.
—¿Qué hora es?
—La hora de levantarse.
—Eso no responde a mi pregunta.
—La hora de que llegues al colegio.
A pesar de que era verano seguía yendo al colegio, como muchos otros niños con padres que trabajaban y no tenían familiares ni niñeras que se hicieran cargo de ellos.
—Sigue sin responder.
—Mateo.
Él sonrió. Aquella sonrisa traviesa que siempre conseguía salirse con la suya.
—Cinco minutos más.
—Ni hablar.
—Tres.
—No.
—Dos.
—Mateo.
Suspiró dramáticamente.
—Vivir así es muy duro.
—Lo sé.
—Nadie entiende mi sufrimiento.
—Tienes razón.
—Gracias por comprenderme.
Le lancé una almohada y él empezó a reír. Aquella risa siempre conseguía alegrarme el día. Siempre.
Media hora después estábamos sentados frente a frente en la mesa del desayuno. Mateo devoraba las tostadas como si llevara una semana sin comer.
—¿Sabes? —dijo.
—Eso suele ser peligroso.
—Creo que ya soy suficientemente mayor para ayudar más en casa.
Levanté la vista de mi café.
—Ah, ¿sí?
—Sí.
—¿Y exactamente qué tenías pensado?
—Puedo cocinar.
—La última vez quemaste los cereales.
—Fue un accidente.
—Mateo, los cereales no se cocinan.
—Los detalles no son importantes.
Intenté no reírme, pero no lo conseguí.
—También puedo limpiar.
—Tu habitación dice lo contrario.
—Eso es una acusación muy grave.
—Y completamente cierta.
Mateo apoyó los codos sobre la mesa.
—Lo digo en serio, Val.
Mi sonrisa se suavizó.
Porque sabía que hablaba de verdad.
—Ya ayudas mucho.
—No tanto como debería.
—Mateo.
—¿Sí?
—Tu trabajo es estudiar.
—Y ayudarte.
—Y ser feliz.
Sus ojos marrones se quedaron fijos en los míos. Durante un instante pareció mucho mayor de los diez años que tenía.
—Tú también deberías ser feliz.
Aquellas palabras me golpearon donde más dolía. Porque provenían de un niño. Un niño que había perdido a su madre. Un niño que jamás debería preocuparse por mí. Y sin embargo lo hacía constantemente.
Porque Mateo era así. Protector, cariñoso e incapaz de pensar solo en sí mismo. Exactamente igual que nuestra madre.
El trayecto hasta el colegio transcurrió entre conversaciones sobre coches de carreras. Yo asentía. Él hablaba mucho. Y aunque no entendía la mitad de lo que explicaba sobre motores, neumáticos y estrategias, me encantaba escucharlo.
Cuando aparqué frente al colegio, Mateo se quitó el cinturón y después se volvió hacia mí.
—Te quiero.
Sonreí.
—Yo también te quiero.
—Más.
—Eso es imposible.
—No.
—Sí.
—Vale.
Me abrazó con fuerza, como hacía siempre, y por un instante regresé cinco años atrás.
Al hospital. A aquella llamada. A aquella sensación de vacío. A aquel miedo insoportable.
Recordaba perfectamente el momento en que comprendí que mi vida acababa de cambiar para siempre.
Mi madre había muerto sin previo aviso, sin enfermedad, sin tiempo para despedidas. Un fallo cardíaco, eso dijeron los médicos, así de simple, así de injusto.
Yo tenía veintitrés años, Mateo cinco, y de repente estaba sola. Completamente sola. Responsable de un niño que necesitaba absolutamente todo de mí.
Todavía recordaba el terror que sentí. Las noches sin dormir. Las lágrimas a escondidas. Las dudas. Los miedos. La incertidumbre. Pero también recordaba algo más.
La promesa que hice delante de la fotografía de mi madre.
Cuidaría de Mateo. Siempre. Pasara lo que pasara. Y jamás rompería aquella promesa.
Después de dejarlo en clase conduje hasta Whitmore Developments . Aquel edificio llevaba formando parte de mi vida desde que era pequeña.
Mucho antes de trabajar allí. Mucho antes de convertirme en secretaria ejecutiva. Mucho antes incluso de comprender la enorme diferencia económica que existía entre mi familia y los Whitmore.
Mi madre había trabajado para ellos, y gracias a eso conocí a Charlotte. Mi mejor amiga. Mi hermana elegida. La persona que había estado a mi lado durante toda mi vida.
Todavía recordaba cuando éramos niñas. Ella vivía en una mansión, yo en una pequeña casa alquilada. Ella tenía profesores particulares, yo estudiaba en colegios públicos. Ella pertenecía a una de las familias más ricas de California, yo era la hija de una empleada doméstica.
Y, aun así, nunca importó. Nunca.
Charlotte jamás permitió que existieran diferencias entre nosotras.
Para ella siempre fui simplemente Valentina, su mejor amiga.
Y para mí siempre fue Charlotte, mi familia.
Porque eso era exactamente en lo que se habían convertido los Whitmore con los años.
En nuestra familia. La única que nos quedaba.
Cuando llegué a mi despacho encontré mi teléfono sonando. Sonreí al ver el nombre en la pantalla. Eleanor Whitmore. Y automáticamente sentí el mismo calor que sentía cada vez que pensaba en ella.
Porque aquella mujer había sido muchas cosas en mi vida. Pero, sobre todo había sido la figura materna que apareció cuando más la necesité.
Contesté la llamada mientras dejaba el bolso sobre el escritorio.
—Buenos días, Eleanor.
—Cariño.
Sonreí automáticamente. Siempre ocurría. Aquella mujer tenía la capacidad de hacerme sentir querida con una sola palabra.
—¿Cómo estás?
—Muy bien. ¿Y tú?
—Mucho mejor ahora que te escucho.
Solté una breve risa.
—Eres imposible.
—Eso dice Charlotte constantemente.
—Porque es verdad.
—Y aun así me quiere.
—Todos te queremos.
Hubo un breve silencio. Uno cálido y familiar. De esos que solo existían entre personas que llevaban toda una vida juntas.
—Precisamente por eso te llamo —dijo finalmente.
—Te escucho.
—Hace demasiado tiempo que no os veo.
—Eleanor...
—No —no me dejó terminar—. Ni quiero excusas.
—Estaba trabajando.
—Excusa.
—Mateo tenía exámenes.
—Otra excusa.
—La semana pasada...
—Excusa también.
Volví a reír.
—No me dejas defenderme.
—Porque no puedes hacerlo.
Y probablemente tenía razón. Las últimas semanas habían sido especialmente intensas. Entre el trabajo y las responsabilidades diarias apenas había tenido tiempo para nada más.
—Quiero que vengáis a comer el sábado.
—Eleanor...
—Valentina, no pienso aceptar un no por respuesta.
Negué con la cabeza mientras sonreía. Aquella conversación era completamente inútil. Cuando Eleanor Whitmore decidía algo, el resto del mundo simplemente se adaptaba.
—De acuerdo.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Los dos?
—Los dos.
—Perfecto.
Pude escuchar su entusiasmo al otro lado de la línea, y eso hizo que algo se calentara dentro de mi pecho. Porque sabía que aquella invitación no era una obligación. Ni siquiera lo hacía por educación o por compromiso. Era hecha desde el cariño. Puro y sincero cariño.
—Mateo se pondrá feliz.
—Yo también.
Mis ojos se humedecieron ligeramente. Por suerte ella no podía verme.
—Gracias.
—No me des las gracias.
—Siempre estás pendiente de nosotros.
Su voz se volvió más suave, más maternal, más parecida a la de una madre.
—Porque sois familia.
Tragué saliva. Aquellas palabras nunca dejaban de emocionarme. Nunca.
—Nos vemos el sábado.
—Os esperaré con vuestra comida favorita.
—Entonces Mateo llegará antes que yo.
Eleanor soltó una carcajada.
—Ese niño es incapaz de resistirse a mis lasañas.
—Ni yo tampoco.
—Lo sé perfectamente.
Cuando colgué permanecí varios segundos observando el teléfono, sonriendo. Pensando en ella, en Richard, en Charlotte, en todo lo que habían hecho por nosotros y en todo lo que jamás podría agradecerles.
Mi madre solía decir que la vida era extraña. Que a veces te quitaba algo para darte otra cosa. Y que el corazón era capaz de encontrar familia donde menos lo esperabas.
Durante mucho tiempo no entendí aquellas palabras. Ahora sí. Porque si alguien me preguntaba quién era mi familia, no solo pensaba en Mateo, pensaba también en los Whitmore.
Todo había empezado mucho antes de que yo naciera. Mi madre apenas tenía diecinueve años cuando comenzó a trabajar como empleada doméstica para una familia extremadamente rica.
Era joven, trabajadora, hermosa y demasiado buena para algunas personas.
El hijo mayor de aquella familia se encaprichó de ella. Le prometió cosas. Le habló de amor. De futuro. De una vida juntos. Y mi madre le creyó.
Porque era joven. Porque estaba enamorada. Porque aún no conocía la crueldad de algunas personas.
Cuando descubrió que estaba embarazada... Él desapareció. Simplemente desapareció.
Nunca quiso saber nada, ni de ella ni de la niña que venía en camino. Yo.
Mi madre abandonó aquella casa poco después. Sola, asustada, con un bebé creciendo en su interior y sin nadie a quien acudir. Hasta que encontró trabajo en casa de los Whitmore.
Fue allí donde empezó realmente nuestra historia.
Richard y Eleanor siempre la trataron con respeto, con dignidad, con humanidad.
Y cuando nací, permitieron que creciera junto a Charlotte.
Las dos teníamos la misma edad. Las dos aprendimos a caminar casi juntas.
Las dos compartimos juguetes. Secretos, cumpleaños, veranos y Navidades. Toda una vida.
Nunca olvidaré el primer día que comprendí que éramos diferentes.
Debíamos tener unos ocho años. Una compañera de colegio me preguntó por qué Charlotte vivía en una mansión y yo no. Recordaba haber llegado llorando a casa, confundida, avergonzada y molesta. Y aún recordaba perfectamente lo que hizo Charlotte.
Se plantó delante de aquella niña al día siguiente y le dijo que daba igual dónde viviera una persona, porque las mejores personas que conocía no eran las más ricas.
Después me abrazó delante de todo el mundo y nunca volvió a permitir que nadie me hiciera sentir menos que nadie. Jamás.
Por eso no era simplemente mi mejor amiga. Era mi hermana.
Un golpe en la puerta me sacó de mis recuerdos.
—Adelante.
La puerta se abrió y apareció precisamente la persona en la que estaba pensando. Charlotte Whitmore.
Rubia, elegante, impecable, con unas gafas de sol sobre la cabeza y un café enorme en la mano.
—Buenos días, secretaria favorita.
—Soy tu única secretaria.
—Detalles.
Entró sin esperar invitación como hacía siempre y se sentó sobre una esquina de mi escritorio.
—Mi madre acaba de llamarme.
—Ya me ha llamado a mí también.
—Perfecto.
—Supongo que sabes que no aceptaba un no.
Charlotte puso los ojos en blanco.
—Llevo veintiocho años intentando explicarle el significado de esa palabra.
—¿Y?
—Fracaso absoluto.
Reí.
—Lo imaginaba.
Charlotte me observó durante unos segundos con esa mirada tan suya. Esa que veía cosas que nadie más veía.
—Estás cansada.
—Estoy bien.
—Mentira.
—Charlotte...
—Valentina.
—No empieces.
—Demasiado tarde.
Me señaló con el dedo.
—Necesitas salir más.
—No.
—Sí.
—Tengo trabajo.
—Excusa.
—Está Mateo.
—Excusa.
—Mis responsabilidades.
—Excusa.
—¿Te has puesto de acuerdo con tu madre?
—Por supuesto.
Suspiré.
—Sois imposibles.
—Y tú demasiado predecible.
Tomó un sorbo de café. Después sonrió.
—¿Vienes este fin de semana?
—Ya te he dicho que sí.
—Me refiero a salir.
—No.
—Valentina.
—Charlotte.
—Hay hombres ahí fuera.
—También hay tiburones.
—No es comparable.
—Discrepo.
Charlotte soltó una carcajada tan fuerte que varias personas giraron la cabeza hacia nuestro despacho. Y durante unos segundos todo volvió a sentirse sencillo.
Como cuando éramos niñas. Como cuando el futuro parecía algo lejano. Como cuando ninguna de las dos sabía hasta qué punto la vida podía complicarse.
Ni hasta qué punto estaba a punto de cambiar para ambas.