El secreto de mi chico Capítulo 2
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Capítulo 2

Nathaniel

La casa estaba en silencio. Por fin.

Después del desastre de aquella mañana, el silencio era probablemente lo único que necesitaba. Y también lo único que parecía imposible conseguir.

Estaba sentado en el despacho de la mansión, una de las pocas habitaciones que realmente utilizaba. Los enormes ventanales ocupaban toda la pared frontal. Más allá se extendía el océano. Inmenso, infinito y tranquilo. Exactamente lo contrario que mi cabeza.

El portátil permanecía abierto sobre la mesa. Tres informes financieros. Dos propuestas de adquisición. Un análisis de mercado. Más de cien correos pendientes. Y aun así llevaba varios minutos mirando la misma página sin leer una sola palabra.

Mi concentración había desaparecido horas atrás. Todo por culpa de aquella reunión. O mejor dicho por culpa de mi padre.

Apreté la mandíbula. Todavía podía escuchar sus palabras.

«Necesitas una esposa». «Necesitas una familia». «Necesitas representar el legado». Como si mi vida fuera una extensión de la empresa. Como si yo fuera otro activo corporativo. Una inversión. Una marca. Una herramienta. Cualquier cosa menos una persona.

Me levanté de la silla, necesitaba moverme.

Cuando llevaba demasiado tiempo enfadado siempre hacía lo mismo. Caminar, pensar, intentar poner orden dentro de mi cabeza.

Atravesé el despacho, después el salón, la cocina, la terraza. La inmensa mansión parecía todavía más grande cuando estaba solo, y estaba solo casi siempre.

Aquello era algo curioso. Miles de millones de dólares, decenas de propiedades, aviones privados, yates, coches que apenas utilizaba, y sin embargo había noches en las que la casa parecía tan vacía que resultaba incómodo.

Nunca lo reconocería delante de nadie, ni siquiera delante de Ethan, pero era la verdad. Existían muchas formas de sentirse solo, y la mía tenía vistas al océano.

Mi teléfono vibró en el bolsillo, lo saqué y lo observé unos segundos esperando ver el nombre de mi padre otra vez. Pero no era él.

Sonreí inmediatamente. Victoria Blackwood. Mi madre.

Contesté antes del segundo tono.

—Hola, mamá.

—Hola, cariño.

Solo ella seguía llamándome así. Y solo ella podía hacerlo sin que me molestara.

—¿Cómo estás?

—¿Quieres la versión educada o la sincera?

Escuché una breve risa.

—La sincera.

—Mi padre está intentando volverme loco.

—Eso ya lo sé.

Me apoyé sobre la barandilla de la terraza.

—¿Te ha llamado?

—Nathaniel...

—Te ha llamado.

—Sí.

—Por supuesto que lo ha hecho.

—Estaba preocupado.

Solté una carcajada seca.

—No. Estaba enfadado.

—También.

—Mucho más enfadado que preocupado.

Mi madre suspiró, y durante unos segundos ninguno habló. Ella me conocía demasiado bien. Probablemente mejor que nadie. Incluso mejor que yo mismo en algunas ocasiones.

—¿Qué ocurrió exactamente?

Miré el horizonte.

—Lo de siempre.

—Nathaniel.

—Convocó una reunión del consejo.

—Lo sé.

—Y decidió que era una buena idea hablar de mi vida sentimental delante de media empresa.

Escuché otro suspiro. Esta vez más largo.

—William nunca ha sabido separar algunas cosas.

—Ya me he dado cuenta.

—Lo hace porque cree que está ayudando.

—Pues tiene una forma pésima de demostrarlo.

—Eso también es verdad.

Sonreí, porque mi madre jamás defendía lo indefendible. Era una de las cosas que más admiraba de ella. No justificaba los errores ni los maquillaba, simplemente intentaba comprenderlos.

—Incluso tenía una candidata.

Mi madre permaneció en silencio unos segundos.

—Sí.

—¿Lo sabías?

—Sí.

Cerré los ojos.

—Fantástico.

—Nathaniel...

—¿Qué?

—No pensaba presentártela mañana.

—Qué alivio.

—Estoy hablando en serio.

—Yo también.

Mi madre guardó silencio y entonces utilizó aquella voz. La misma que empleaba desde que yo era niño. La voz que aparecía cuando intentaba decirme algo importante.

—¿Eres feliz?

La pregunta me pilló completamente desprevenido. Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—¿Eres feliz?

—Mamá...

—Contéstame.

Miré el océano. Las olas, el cielo, la inmensidad azul. Y de repente descubrí que no tenía una respuesta clara. Aquello me molestó mucho. Porque siempre tenía respuestas para todo. Siempre.

Pero no para eso.

—No lo sé.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas y el silencio que siguió resultó incómodo. Porque era sincero. Brutalmente sincero.

No sabía si era feliz. Tenía éxito, tenía dinero, estabilidad y poder. Pero... ¿Felicidad? No estaba tan seguro.

—Eso pensaba.

Fruncí el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que hace tiempo que te noto cansado.

—Trabajo mucho.

—No hablo de trabajo.

—Entonces no sé de qué hablas.

—Sí lo sabes.

Me pasé una mano por la nuca. Aquella conversación estaba empezando a resultar peligrosa. Porque mi madre tenía la mala costumbre de ver cosas que nadie más veía. Incluso las que intentaba ocultar.

—Siempre estás ocupado.

—Dirijo una multinacional.

—Siempre estás solo.

Aquellas palabras me golpearon más de lo que deberían. Porque eran verdad. Y porque ella también lo sabía.

—No necesito a nadie.

—Eso llevas diciendo diez años.

—Porque es cierto.

—¿Lo es?

No respondí. Porque no estaba completamente seguro. Y aquello era aún peor.

Mi madre habló de nuevo, con suavidad y cariño, como siempre.

—Tu padre se equivoca en muchas cosas.

Sonreí.

—Por fin algo en lo que estamos de acuerdo.

—Pero hay una cosa en la que tiene razón.

—Ya empezamos.

—Escúchame.

Suspiré.

—Te escucho.

—No necesitas casarte porque lo diga el consejo.

—Correcto.

—No necesitas una esposa para dirigir una empresa.

—Correcto.

—Y tampoco necesitas cumplir las expectativas de nadie.

—Muy correcto.

—Pero sí mereces tener algo más que trabajo en tu vida.

La sonrisa desapareció lentamente de mi rostro. Porque aquello era diferente.

No hablaba de matrimonio, ni de herederos, ni de imagen pública. Hablaba de mí, y eso cambiaba las cosas.

—Mamá...

—¿Sí?

—No sé si quiero enamorarme.

Ella soltó una breve risa.

—Nadie decide eso, cariño.

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

—No.

Por primera vez en todo el día me encontré sonriendo de verdad. Aquello también era culpa suya. Siempre conseguía hacerlo.

—Sigues pensando igual que cuando tenías diecisiete años.

—Y tú sigues llevándome la contraria.

—Porque alguien tiene que hacerlo.

—Ya tengo a Amelia para eso.

—Tu hermana disfruta demasiado.

—Muchísimo.

Mi madre volvió a reír, y escucharla me hizo sentir algo más ligero, menos enfadado, menos cansado y menos solo.

—Prométeme una cosa.

—Depende.

—Nathaniel.

—Vale. ¿Qué?

—No permitas que tu padre te obligue a tomar decisiones que no quieres tomar.

Aquellas palabras hicieron que algo se aflojara dentro de mí, porque era exactamente lo que necesitaba escuchar. Ni consejos, ni presión ni expectativas. Apoyo. Simplemente apoyo. Como siempre.

—Lo prometo.

—Bien.

—Y tú prométeme otra cosa.

—¿Cuál?

—Que impedirás que vuelva a organizar reuniones sobre mi vida privada.

Mi madre soltó una carcajada. Una carcajada auténtica. De las que apenas le escuchaba.

—Haré todo lo posible.

—Eso no me tranquiliza.

—Lo sé.

—Gracias, mamá.

Su voz se suavizó inmediatamente.

—Siempre.

Y por primera vez desde aquella maldita reunión, sentí que podía respirar un poco mejor. Porque si había algo que nunca cambiaba en mi vida era saber que ella siempre estaría de mi lado.

La llamada con mi madre terminó varios minutos después y, por primera vez en todo el día, el nudo que llevaba instalado en el pecho parecía un poco menos pesado.

No había solucionado nada. Mi padre seguía empeñado en controlar una parte de mi vida que no le pertenecía, el consejo continuaba pensando que mi estado civil era un asunto empresarial y yo seguía sin tener ninguna intención de casarme.

Pero al menos había hablado con alguien que me veía como Nathaniel. No como el CEO, ni como el heredero, ni como el apellido Blackwood. Simplemente como yo.

Regresé al despacho dispuesto a intentar trabajar de verdad y durante casi una hora lo conseguí.

Revisé informes. Respondí correos. Autoricé inversiones. Cancelé una reunión. Programé dos más. La rutina de siempre.

Estaba terminando de leer un informe financiero cuando escuché una voz conocida resonando por la casa.

—¿Dónde está mi hermano favorito?

Cerré los ojos. Ya estaba aquí.

—¡Margaret!

La voz volvió a escucharse desde el vestíbulo.

—¿Sí, señorita Amelia?

—¿Sigue enfadado con el mundo?

—Me temo que sí.

—Perfecto.

Escuché unos pasos. Después otros. Y finalmente apareció en la puerta de mi despacho.

Amelia Blackwood. Treinta y dos años. Ejecutiva brillante. Inteligente. Ambiciosa. Divertida. Y probablemente la única persona del planeta que disfrutaba provocándome.

Llevaba un elegante vestido azul marino y unas gafas de sol que se quitó en cuanto me vio.

—Vaya.

Arqueé una ceja.

—¿Qué?

—Es peor de lo que pensaba.

—¿Qué es peor?

—Tu cara.

Volví a mirar el ordenador.

—Hola, Amelia.

—Hola, Nathaniel.

Se sentó frente a mí sin pedir permiso, como siempre.

—Mamá me ha llamado.

—Qué sorpresa.

—También me ha llamado papá.

—Eso sí es preocupante.

Mi hermana sonrió y yo ya sabía que aquella sonrisa significaba problemas. Muchos problemas.

—Entonces...

Suspiré.

—No.

—¿No qué?

—No voy a responder ninguna pregunta.

—Todavía no he preguntado nada.

—Pero vas a hacerlo.

—Correcto.

Apoyó los codos sobre la mesa.

—Cuéntamelo todo.

—No.

—Nathaniel.

—Amelia.

—Nathaniel.

—Amelia.

—Sigues siendo muy inmaduro para tener treinta y seis años.

—Y tú sigues siendo insoportable.

—Eso es porque alguien tiene que entretenerme.

La fulminé con la mirada. No sirvió absolutamente de nada. Jamás servía. Porque Amelia era inmune a mis miradas asesinas.

—He oído algo sobre una candidata perfecta.

Cerré el portátil con fuerza.

—Mamá habla demasiado.

—No ha sido mamá.

Fruncí el ceño.

—¿Entonces?

—Papá.

Parpadeé.

—¿Papá te lo ha contado?

—Durante cuarenta y siete minutos.

—Pobre de ti.

—Lo sé.

Se llevó una mano al pecho.

—Todavía me estoy recuperando.

No pude evitar soltar una leve risa y Amelia lo vio. Por supuesto que lo vio. Siempre veía todo.

—Ahí está.

—¿Qué?

—Mi hermano.

—No empieces.

—Lleva desaparecido desde esta mañana.

Negué con la cabeza.

—No estoy de humor.

—Precisamente por eso he venido.

—Qué detalle.

—Lo sé.

Se acomodó en la silla observándome, analizándome como hacía siempre. Durante unos segundos permaneció en silencio, y cuando volvió a hablar, su voz fue mucho más suave.

—¿Estás bien?

Aquella pregunta me sorprendió. Porque detrás de todas las bromas, Amelia se preocupaba de verdad. Muchísimo. Y lo hacía desde que éramos pequeños. Aunque jamás lo reconocería en voz alta.

—Estoy bien.

—Mentira.

—Estoy perfectamente.

—Mentira otra vez.

Suspiré.

—No quiero hablar de ello.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Sí.

—¿No vas a insistir?

—Claro que voy a insistir.

—Lo imaginaba.

—Pero primero quiero que sepas algo.

La observé. Ella me sostuvo la mirada. Y por un instante desapareció la ejecutiva brillante. Desapareció la mujer sarcástica. Desapareció la hermana que disfrutaba provocándome. Y solo quedó Amelia. Mi hermana.

—Papá se equivoca.

Aquellas palabras llegaron directas, sin rodeos y sin adornos. Como siempre.

—Lo sé.

—No.

Negó suavemente con la cabeza.

—Necesito que escuches esto.

Guardé silencio.

—No tienes que casarte porque él quiera.

—Lo sé.

—No tienes que enamorarte porque él quiera.

—Lo sé.

—Y tampoco tienes que convertir tu vida en un espectáculo para satisfacer a un consejo de administración.

Mis hombros se relajaron ligeramente. Porque era exactamente lo mismo que me había dicho mi madre. Y escuchar aquello de las dos personas que más confiaban en mí, importaba mucho más de lo que quería admitir.

—Gracias.

Amelia sonrió.

—De nada.

—Aunque sigues siendo insoportable.

—Eso jamás cambiará.

—Ya me había resignado.

—Bien.

Se levantó de la silla y durante un instante pensé que iba a marcharse, pero entonces rodeó el escritorio y me abrazó. Sin avisar y sin pedir permiso, como cuando éramos pequeños. Como cuando uno de los dos tenía un mal día. Como cuando necesitábamos recordar que no estábamos solos.

—No dejes que te arrincone, baby —dijo y sonreí, porque Dirty Dancing siempre fue su película favorita.

Y a pesar de su pequeña broma, su voz sonó muy sincera, protectora y familiar, como siempre.

—No lo haré.

—Bien.

Me soltó y automáticamente volvió a convertirse en Amelia Blackwood.

—Porque si acabas casado con alguna de las candidatas de papá, tendré que mudarme a otro continente.

La miré fijamente.

—Fuera de mi despacho.

—¿Ves? —sonrió ampliamente—. Ya estás mejor.

Y antes de que pudiera responderle salió caminando tranquilamente, dejándome solo, otra vez. Pero aquella vez el silencio era diferente. Más ligero y menos pesado. Porque mi madre tenía razón y Amelia también.

Mi padre podía presionar todo lo que quisiera. El consejo podía opinar lo que quisiera. Pero mi vida seguía siendo mía. Y no pensaba permitir que nadie lo olvidara.

Ni siquiera William Blacwood