El secreto de mi chico Capítulo 1
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El secreto de mi chico

El secreto de mi chico

Por Dylan Martins , Janis Sandgrouse

© inepub.com

Capítulo 1

Nathaniel

El despertador no llegó a sonar.

Abrí los ojos varios minutos antes de que la alarma programada para las seis de la mañana inundara la habitación con aquella melodía suave que Margaret insistía en llamar relajante.

No tenía nada de relajante despertarse después de haber dormido apenas tres horas.

Permanecí inmóvil, tumbado boca arriba, observando el techo de cristal inteligente de mi dormitorio principal. A través de él podía verse el cielo todavía teñido por los primeros colores del amanecer.

Julio acababa de empezar, Malibú despertaba lentamente y yo ya estaba cansado, muy cansado.

Me incorporé despacio y pasé una mano por mi cabello. La habitación era enorme, minimalista silenciosa y perfecta, demasiado perfecta. Toda la mansión lo era.

Cada rincón había sido diseñado por algunos de los arquitectos más prestigiosos del mundo. Líneas limpias. Cristal. Acero. Madera noble. Tecnología de última generación. Vistas imposibles al océano. Todo aquello que cualquier persona consideraría un sueño.

Sin embargo, había mañanas como aquella en las que sentía que vivía dentro de una fotografía. Bonita, impecable pero extremadamente vacía.

Me levanté de la cama y caminé hacia los ventanales. El Pacífico se extendía frente a mí como una inmensa superficie azul y plateada. Las olas rompían suavemente contra la playa privada situada bajo los acantilados de mi propiedad.

Aquella vista nunca dejaba de impresionarme, pero tampoco conseguía llenar el vacío que llevaba años sintiendo.

Apoyé una mano sobre el cristal. Tenía treinta y seis años, era CEO de una de las corporaciones más poderosas del planeta, tenía miles de millones de dólares, empresas repartidas por cuatro continentes, influencia, poder y respeto.

Y, aun así, algunas mañanas me despertaba sintiéndome exactamente igual que cuando tenía veinte años. Perdido.

La diferencia era que ahora llevaba trajes italianos y aparecía en las portadas de las revistas económicas. Nada más.

Me dirigí al baño. Una ducha fría terminó de despejarme. Después me vestí con un pantalón gris oscuro y una camisa blanca perfectamente planchada.

Cuando bajé las escaleras, la casa ya estaba despierta. Margaret apareció desde el pasillo principal. Llevaba cuarenta años trabajando para mi familia y me había visto crecer.

—Buenos días, Nathaniel.

—Buenos días, Margaret.

—Tienes mala cara.

La observé.

—Siempre tan diplomática.

Ella sonrió.

—Y tú siempre tan encantador.

—No he dormido bien.

—Eso ya lo había deducido.

—Me preocupa tu capacidad de observación.

—A mí me preocupa que sigas ignorando mis recomendaciones.

—¿Qué recomendaciones?

—Dormir.

Continué caminando hacia la cocina.

—Lo intentaré algún día.

—Llevo escuchando eso diez años.

—Y algún día dejará de ser mentira.

—No apostaría dinero por ello.

Sacudí la cabeza. Margaret era una de las pocas personas capaces de hablarme así. Y probablemente la única que sobreviviría después de hacerlo.

Llegué a la terraza principal. La piscina infinita parecía fundirse directamente con el océano. El agua reflejaba los colores dorados del amanecer. El desayuno ya estaba preparado. Café, tostadas, fruta y zumo natural. Todo perfectamente colocado.

Tomé asiento frente al mar y durante unos minutos disfruté del silencio. Era uno de los pocos lujos que realmente valoraba. Ni el dinero, ni los coches, ni los relojes, ni los aviones privados. El silencio. Aquello sí era escaso.

Mi teléfono comenzó a sonar. Miré la pantalla y suspiré al ver el nombre de William Blackwood. Demasiado temprano para una discusión. Respondí.

—Buenos días, padre.

—Necesito verte.

Directo al grano, como siempre.

—Buenos días para ti también.

—Nathaniel.

—Estoy escuchando.

—Quiero que vengas a la sede central.

Miré el reloj.

—¿Ahora?

—A las nueve.

—Tengo reuniones.

—Cancélalas.

—¿Algún motivo especial?

Hubo unos segundos de silencio. Conocía perfectamente aquel silencio y sabía exactamente lo que significaba. Volví a suspirar.

—Otra vez no.

—A las nueve.

—Padre...

—No llegues tarde.

La llamada terminó y me quedé observando la pantalla, sin sorpresa ni curiosidad. Sabía perfectamente lo que me esperaba.

Otra conversación sobre matrimonio. Otra discusión sobre imagen pública. Otra conferencia sobre responsabilidad familiar. Otra batalla perdida antes incluso de empezar. Porque William Blackwood jamás abandonaba una guerra. Jamás.

Ni siquiera contra su propio hijo.

A las ocho y media abandoné la mansión. Harold ya me esperaba junto al coche.

—Buenos días, señor.

—Buenos días.

Subí al asiento trasero. El trayecto hasta Los Ángeles transcurrió entre llamadas, correos electrónicos y varios informes financieros. Mi vida entera funcionaba así.

Una reunión. Otra reunión. Un contrato. Una adquisición. Un proyecto. Una negociación. Y vuelta a empezar.

A veces tenía la sensación de que los días se repetían una y otra vez, como si estuviera atrapado dentro de una maquinaria gigantesca que nunca se detenía.

Cuando el vehículo se acercó al centro financiero de la ciudad, observé el perfil de los rascacielos.

Blackwood Global destacaba entre todos ellos. Cincuenta y seis plantas. Cristal oscuro. Acero. Elegancia. Poder. Mi apellido grabado en letras gigantes.

El legado de mi familia. La obra de toda una vida para mi padre. Y la carga que yo había heredado.

Nada más entrar en el edificio, percibí algo extraño. Demasiadas miradas. Demasiados saludos tensos. Demasiados silencios. Aquello confirmó mis sospechas. No iba a ser una conversación privada.

El ascensor me llevó directamente a la planta ejecutiva. Cuando las puertas se abrieron, ya estaba preparado para la batalla. O eso creía.

Hasta que vi quiénes estaban esperando dentro de la sala de juntas. Mi padre y varios miembros veteranos del consejo de administración. Entonces comprendí que aquello iba a ser mucho peor de lo que imaginaba.

Y mi paciencia ya estaba peligrosamente cerca de agotarse.

La sala de juntas ocupaba prácticamente media planta.

Una enorme mesa de madera oscura presidía el espacio.

Los ventanales ofrecían una vista espectacular de Los Ángeles.

Normalmente disfrutaba de aquella sala, era donde se tomaban las decisiones importantes, donde se cerraban acuerdos multimillonarios, donde se diseñaba el futuro de Blackwood Global .

Aquella mañana, sin embargo, parecía una sala de interrogatorios.

Todos estaban allí. Mi padre ocupaba su lugar habitual en la cabecera, a su derecha se sentaban tres de los consejeros más veteranos.

Hombres que llevaban décadas vinculados a la empresa.

Hombres que habían trabajado junto a mi padre cuando Blackwood Global era apenas una compañía nacional.

Hombres que seguían creyendo que el mundo funcionaba igual que treinta años atrás.

Cuando entré, varias conversaciones cesaron de inmediato. Tomé asiento sin decir una palabra.

—Bien —dijo mi padre—. Ya estamos todos.

Aquello empezó exactamente como imaginaba, y eso nunca era una buena señal.

Uno de los consejeros, Richard Harrison, se aclaró la garganta.

—Nathaniel, antes de nada, queremos felicitarte por los resultados del segundo trimestre.

Asentí.

—Gracias.

—Las cifras son extraordinarias.

—Lo sé.

Otro consejero intervino.

—Las adquisiciones en Europa han superado todas las expectativas.

—También lo sé.

Mi tono fue más seco de lo que pretendía, pero no estaba allí para escuchar elogios, todos lo sabíamos. Cuando mi padre reunía al consejo para hablar conmigo, nunca era por cuestiones financieras. Nunca.

Richard intercambió una mirada con los demás.

—Sin embargo...

Ahí estaba, el famoso sin embargo. Siempre llegaba.

—Hay ciertos aspectos que continúan preocupando a algunos inversores —continuó.

Me recosté en la silla.

—¿Aspectos?

—Tu imagen pública.

No pude evitar sonreír. Una sonrisa fría y peligrosa.

—Mi imagen pública.

—Exactamente.

—La misma imagen pública que ha llevado a esta empresa a obtener beneficios récord durante cinco años consecutivos.

Nadie respondió, porque no podían hacerlo.

Era cierto, las cifras hablaban por sí solas. Blackwood Global jamás había sido tan rentable. Jamás.

Otro consejero tomó la palabra.

—No estamos cuestionando tu capacidad profesional.

—Menos mal.

—Pero la percepción pública también importa.

—Explícate.

Sacó una carpeta. No me gustó nada aquella carpeta. Ni el gesto. Ni la expresión. Nada.

—Durante los últimos meses han aparecido numerosas fotografías tuyas en medios de comunicación.

—Y supongo que eso es un crimen.

—No.

—Entonces continúa.

Abrió la carpeta. Aquello ya empezaba a resultarme ridículo.

Había fotografías de cenas benéficas, eventos empresariales, inauguraciones, galas y fiestas privadas. Nada comprometedor. Nada escandaloso. Nada inapropiado. Simplemente imágenes mías acompañado por distintas mujeres.

Modelos, actrices, empresarias, amigas o conocidas. Personas con las que había coincidido.

—¿Y?

Richard suspiró.

—Los rumores son constantes.

—Los rumores siempre existen.

—Pero nunca hay una relación estable.

Tuve que contener una carcajada.

—¿Estamos hablando de mi vida sentimental o de los beneficios de la empresa?

El silencio se hizo más pesado.

Y entonces comprendí exactamente hacia dónde se dirigía todo aquello. Mi padre decidió intervenir.

—Nathaniel.

—No.

—Escúchame.

—Ya sé lo que vas a decir.

—Entonces será más sencillo.

Apreté la mandíbula. Aquello empezaba a irritarme, y mucho.

—La empresa necesita estabilidad.

—La tiene.

—También necesita una imagen sólida.

—La tiene.

—Y necesita continuidad.

Lo miré directamente.

—Ahí está.

Mi padre apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Eres el rostro de Blackwood Global .

—Lo sé.

—Representas el legado de esta familia.

—También lo sé.

—Y ha llegado el momento de pensar en el futuro.

Solté una risa seca.

—¿De verdad vamos a hacer esto delante de todos?

—Sí.

—Perfecto.

Me crucé de brazos.

—Adelante.

Mi padre mantuvo la mirada fija en mí.

—Debes empezar a pensar seriamente en casarte.

La tensión se volvió palpable. Nadie habló. Nadie respiró. Nadie se movió. Porque todos sabían que acababa de empezar una guerra.

—No.

Una sola palabra, clara, directa e innegociable. Mi padre ni siquiera pestañeó.

—No era una pregunta.

—Y mi respuesta sigue siendo no.

—Nathaniel...

—No quiero casarme.

—Necesitas una familia.

—No.

—Necesitas estabilidad.

—La tengo.

—Necesitas una heredera o un heredero.

Mi paciencia comenzó a desaparecer.

—Necesito que dejéis de tratar mi vida privada como un asunto corporativo.

Uno de los consejeros carraspeó incómodo. Mi padre continuó.

—La junta directiva está preocupada.

—¿La junta directiva?

—Sí.

—¿Por mi estado civil?

—Por lo que representa.

—Esto es absurdo.

William me observó con una serenidad que solo consiguió enfurecerme más.

—Como CEO debes seguir determinadas directrices.

—No.

—Sí.

—Dirijo una empresa.

—Representas una dinastía empresarial.

Aquellas palabras me golpearon como una bofetada porque no hablaba de mí. Nunca hablaba de mí, hablaba del apellido.

Del legado. De la imagen. De la marca. Siempre la empresa. Siempre la familia. Siempre las expectativas. Jamás de Nathaniel.

—Tengo treinta y seis años.

—Exacto.

—No dieciséis.

—Lo sé perfectamente.

—Entonces deja de intentar decidir con quién comparto mi vida.

Mi padre apoyó la espalda contra la silla. Y entonces lanzó la bomba.

—Ya tengo una candidata perfecta.

La sala quedó completamente inmóvil. Mi incredulidad fue absoluta.

—¿Perdón?

—Es una joven brillante.

—No me importa.

—Proviene de una familia excelente.

—No me importa.

—Tiene formación internacional.

—No me importa.

—Y sería una magnífica esposa.

Me puse de pie de golpe y la silla se desplazó varios centímetros. El ruido resonó por toda la sala.

—Se acabó.

—Nathaniel.

—No.

—Escúchame.

—No voy a participar en ninguna especie de matrimonio concertado.

—No exageres.

—¿Que no exagere?

Mi voz sonó mucho más alta de lo habitual.

—Acabas de presentarme una candidata delante del consejo de administración.

Nadie se atrevía a intervenir. Ni siquiera a respirar.

—Todo esto es ridículo.

—Es una responsabilidad.

—Es mi vida.

—Y también afecta a la empresa.

Aquello fue la gota que colmó el vaso. Durante años había soportado la presión, las expectativas, las críticas, las exigencias. Pero aquello era diferente. Aquello cruzaba una línea.

—¿Sabes qué es lo más triste?

Mi padre frunció el ceño.

—¿Qué?

—Que ni siquiera te das cuenta de lo equivocado que estás.

Cogí mi móvil, mi carpeta y las llaves, y me dirigí hacia la puerta.

—Nathaniel.

No me detuve.

—Nathaniel.

Abrí la puerta.

—Esta conversación no ha terminado.

Me giré por última vez y lo miré directamente.

—Para mí sí.

Y abandoné la sala sin mirar atrás, sin pedir disculpas, sin arrepentirme. Porque si permanecía allí un minuto más acabaría diciendo cosas imposibles de olvidar.

Y por primera vez en muchos años estaba peligrosamente cerca de perder el control.

Las puertas del ascensor acababan de cerrarse cuando escuché una voz familiar.

—Vaya.

Levanté la vista y vi a Ethan Walker, mi mejor amigo, mi director financiero y probablemente la única persona del planeta capaz de hacer bromas en mitad de una catástrofe.

Me observó durante unos segundos. Después silbó.

—Eso ha debido de ser espectacular.

—No empieces.

—Demasiado tarde.

Cuando las puertas se cerraron por completo Ethan sonrió.

—¿Qué ha sido esta vez?

Lo miré.

—Quieren casarme.

Su sonrisa desapareció.

—Ah.

—Exacto.

—Ah.

—Gracias por tu análisis.

—Es lo mejor que puedo ofrecer ahora mismo.

Apoyé la cabeza contra la pared del ascensor. Por primera vez aquella mañana sentí ganas de reír. Aunque solo fuera un poco.

—Mi padre incluso tiene una candidata.

Ethan abrió los ojos.

—No.

—Sí.

—No puede ser.

—Puede.

—¿Catálogo premium o edición limitada?

Lo fulminé con la mirada.

—Ethan.

—Vale, vale —levantó ambas manos—. Estoy siendo serio.

—No lo parece.

—Porque si me pongo serio terminaré insultando a medio consejo.

Aquello era precisamente lo que necesitaba escuchar. Porque Ethan era una de las pocas personas que siempre estaba de mi lado. Sin importar las consecuencias. Sin importar quién tuviera delante.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó.

Miré los números luminosos del ascensor descender lentamente.

—No tengo ni idea.

Y por primera vez en mucho tiempo, aquella respuesta era completamente sincera.