El secreto de Luna Capítulo 30
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Capítulo 30

Pero ella jamás había vuelto a amar.

La ex-Luna había intentado, una y otra vez, emparejarla con otro compañero, convencida de que merecía compañía, de que necesitaba a alguien que la sacara de la vida de soledad que se habíaconstruido. Pero Evangeline se había negado en redondo cada una de las veces.

Hacía berrinches. Se encerraba durante días. Dejaba muy claro que no tenía ningún interés en otro compañero, ni ninguna intención de abrir su corazón solo para que se lo volvieran a hacer añicos.

Así que, en su lugar, trabajaba.

El trabajo se convirtió en su salvación, en su vía de escape. Se sumergía en él sin descanso, pasando de una tarea a otra sin pausa. Era como si huyera de algo, perseguida por fantasmas, por recuerdos, por el tormento de lo que pudo haber sido.

Día y noche, trabajaba.

Trabajaba hasta que el agotamiento amenazaba con quebrarla.

Trabajaba hasta dejar de sentir absolutamente nada.

Y aunque nunca tuvo hijos propios, la manada se convirtió en su familia. Era una de las mujeres más respetadas entre ellos, una figura de sabiduría, resiliencia y silenciosa fortaleza.

Y, lo que era más importante, era valiosa.

Lo que significaba que, cuando ella hablaba, cuando ponía en duda la identidad de Lauretta, Marcus tenía la obligación de escuchar.

Marcus exhaló lentamente, sintiendo que el peso de sus acciones se asentaba sobre él como una pesada capa. Miró a Evangeline, a aquella mujer que lo había entregado todo a la manada —su amor, su servicio, su propia identidad— y sintió que la vergüenza le trepaba por el pecho.

Había perdido a su compañero, a su manada, todo, y aun así seguía allí, arrodillada ante él, sirviendo, resistiendo.

Y él la había tratado como a una molestia.

Su lobo gimió, con la bestia en su interior alterada por el dolor crudo que emanaba de ella. No era un hombre sin corazón, ¿o sí? ¿De verdad había estado tan ciego, tan atrapado en su propia ira, como para no ver a la gente que lo rodeaba? ¿A los que habían estado a su lado en todo momento?

Todo esto es culpa de Cressida.

El pensamiento amargo era innegable.

Cressida lo había azuzado un rato antes, llenándole la mente de palabras venenosas, avivando su rabia hasta transformarla en algo indomable. Y ahora ella no estaba, probablemente por ahí enfurruñada en algún rincón, mientras él se encontraba descargando su frustración con las personas equivocadas.

Como un niño haciendo un berrinche.

La mandíbula se le tensó al comprender la realidad. Los celos de Cressida siempre habían sido un problema, pero ese día había sido peor.

Se había mostrado furiosa por una simple omega que apenas había cruzado un par de palabras con él, actuando como si la hubiera traicionado solo por existir en el mismo espacio que otra mujer. Y luego estaba Lauretta, la mujer de la que todos cuchicheaban.

Se había dejado gobernar por sus emociones, había permitido que las inseguridades de Cressida se filtraran en las suyas, y ahora ahí estaba, plantado sobre una mujer afligida, obligándola a arrodillarse como si hubiera cometido una falta.

Tragó saliva con fuerza.

Aquel no era el Alfa que quería ser.

Marcus dio un paso al frente y extendió la mano hacia Evangeline, con la voz más suave ahora, casi arrepentida. —Levántate.

Evangeline titubeó, parpadeando hacia él con sorpresa.

—He dicho que te levantes —repitió, aunque ya no quedaba aspereza en su tono ni furia en su mirada. Solo algo indescifrable.

Lentamente, ella puso su mano temblorosa en la suya, y él la ayudó a incorporarse.

—Le has dado todo a esta manada —dijo, con voz baja pero firme—. No te arrodillas ante mí, Evangeline. No después de todo lo que has hecho.

Algo parpadeó en sus ojos, algo peligrosamente cercano a la emoción, pero lo ocultó de inmediato.

—Yo solo sirvo, Alfa —murmuró ella.

Marcus exhaló y negó con la cabeza. —Pues a partir de ahora, sirve de pie.

Por primera vez en años, Evangeline sintió que algo dentro de su pecho se aligeraba un poco.

Evangeline dudó antes de ponerse en pie, con sus agudos ojos recorriendo el rostro de Marcus. Algo había cambiado en él; su furia previa se había aplacado en algo más silencioso, más contemplativo. Pero también había otra cosa, algo distante, como si no estuviera del todo presente en el momento.

Reconocía esa mirada.

No era dolor ni culpa; era distracción.

Y la distracción, especialmente en un hombre como Marcus, solo podía significar una cosa.

Una mujer.

La mandíbula de Evangeline se tensó. Había pasado demasiados años rodeada de hombres como para no notar la forma en que sus dedos se contraían a los costados, cómo su respiración se había profundizado sutilmente, como si recordara algo muy alejado de la conversación.

Sabía qué clase de pensamientos rondaban su mente incluso antes de que el tenue aroma a excitación impregnara el aire.

Eso le revolvía el estómago.

Estaban discutiendo el futuro de la manada y la posible traición de una mujer capaz de arruinarlos a todos, ¿y él estaba pensando en ella? ¿En Lauretta?

Por un momento, su pecho ardió de frustración. Los hombres. Podían ser fuertes, podían ser líderes, pero al final del día, muchos de ellos seguían estando gobernados por sus instintos más básicos.

—¿Alfa? —incitó con cautela para devolverlo a la realidad.

Marcus parpadeó; su expresión cambió y volvió a endurecerse, aunque esta vez no por la rabia. Su lobo se agitó en su interior, pero no por furia, sino por otra cosa. Algo más oscuro.

Evangeline ya había visto esa mirada antes.

Era la mirada de un hombre en guerra consigo mismo.

—Tengo que hablar con Lauretta —soltó Marcus de repente, con la voz más áspera que antes—. Ahora.

Evangeline se puso rígida. Se lo esperaba, pero no tan pronto. —Alfa, si vas a enfrentarte a ella sin pruebas...

—No necesito pruebas —espetó, antes de pasarse una mano por el rostro—. Necesito respuestas.

Y, lo que era más importante, necesitaba recordarse a sí mismo quién mandaba.

Porque si no confrontaba a Lauretta ahora, si dejaba que aquello se alargara, sabía exactamente a dónde conduciría.

Y no podía permitirse volver a perderse en ella.

Las cejas de Marcus se fruncieron, cediendo su ira momentáneamente a un cálculo frío.

Veneno. No era un arma común en la sociedad licántropa, al menos no entre manadas que resolvían sus diferencias con garras y dientes.

El veneno era el arma de los cobardes, de los conspiradores que acechaban en las sombras, atacando sin levantar jamás una hoja.

—Continúa —ordenó con tono cortante.

Evangeline inhaló hondo, estabilizándose antes de proseguir. —Hice todo lo que pude. Nada detuvo la propagación del veneno, pero curiosamente, no la mató; simplemente la alteró. La forma en que actuó, Alfa... no atacó solo a su cuerpo. Atacó su espíritu de lobo.