El secreto de Luna Capítulo 21
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Capítulo 21

Al principio, solo había captado fragmentos de la conversación entre Lauretta y Evangeline.

Pero en el instante en que comprendió de qué se hablaba, se había acercado sigilosamente, reteniendo el aliento y esforzándose por captar cada palabra.

Lo que descubrió era incluso mejor de lo que jamás se habría atrevido a esperar: Lauretta se había envenenado a sí misma, creando algo que ni siquiera su sanadora más experimentada lograba comprender.

Y ahora, Evangeline planeaba acudir directamente al Alfa Marcus con semejante revelación.

Una sonrisa lenta y presumida curvó los labios de Cressida.

Tenía la ventaja perfecta. A diferencia de Evangeline, que tendría que andar con rodeos para explicar sus sospechas, Cressida tenía pruebas. Había grabado cada palabra condenatoria en su teléfono.

Ya podía imaginarse la expresión en el rostro de Marcus al escucharlo.

Había tolerado la presencia de Lauretta en la manada durante demasiado tiempo, ¿pero después de esto?

No habría piedad y, por supuesto, ninguna excusa; y si él se negaba a tomar cartas en el asunto, tendría que tomar la iniciativa y solucionarlo ella misma.

Incapaz de contener su júbilo, apresuró el paso, deslizándose casi con elegancia por los pasillos mientras se dirigía al despacho del Alfa.

Este era el momento que tanto había estado esperando: el instante en que por fin podría librarse de la patética criatura que no había sido más que una molestia desde su llegada.

Y si jugaba bien sus cartas, tal vez hasta fuera recompensada por ello.

Marcus exhaló pesadamente, anticipando con fastidio cualquier estupidez que Cressida fuera a soltar esta vez.

Había creído —esperado— que el tiempo separados por fin le hubiera metido la verdad en la cabeza.

Que no era más que una distracción conveniente, un cuerpo cálido con el que llenar el vacío de su cama. Nada serio.

Nada duradero.

Pero, a juzgar por la sonrisa presumida que adornaba sus labios mientras entraba contoneándose en su despacho, no había captado el mensaje en absoluto.

Se movía con calculada gracia; la tela azul oscuro de su vestido se ceñía a cada curva, resaltando las ondas doradas de su cabello mientras caían en cascada por su espalda.

El vestido era escandalosamente corto —demasiado corto para cualquier cosa que no fuera la seducción—, y Marcus no pasó por alto la forma en que sus caderas se mecían al acercarse a su escritorio.

Suspiró de nuevo, esta vez con impaciencia. Conocía a Cressida lo suficiente como para saber lo que tramaba.

Si deslizaba las manos bajo ese trozo de tela provocativo, ya sabía lo que encontraría. Nada.

Sin barreras. Sin vacilación. Tan solo la silenciosa invitación que siempre le había ofrecido.

En su día había disfrutado de su entusiasmo —de su disposición a complacer sin hacer preguntas—, pero esta noche no estaba de humor. Su mente estaba ocupada con asuntos mucho más importantes que satisfacer su insaciable necesidad de atención.

Se recostó en su silla, con los dedos entrelazados bajo la barbilla. —¿Qué quieres, Cressida? —Su tono era plano, carente de la calidez que ella probablemente ansiaba.

Si ella notó la frialdad en su voz, no lo

demostró. En su lugar, se sentó en el borde de su escritorio, cruzando las piernas lenta, deliberadamente, mientras jugueteaba con un mechón de su pelo.

—Tengo algo que te va a interesar escuchar —ronroneó—. Algo que concierne a cierta pequeña intrusa a la que has estado albergando con tanta generosidad.

Marcus se tensó, con sus ojos dorados estrechándose. —Ve al grano.

La sonrisa de Cressida se ensanchó mientras sacaba su teléfono y tocaba la pantalla. —

Prefiero que lo escuches por ti mismo.

La expresión engreída de Cressida flaqueó una fracción de segundo ante su tono, pero la enmascaró rápidamente con una sonrisa sensual, negándose a dejarse intimidar.

Le pasó un brazo por los hombros, presionando su cuerpo contra el suyo, mientras sus dedos jugaban ociosos con el cuello de la camisa de él.

—Me ofendes, Marcus —hizo un puchero, ladeando la cabeza para mirarlo a través de sus espesas pestañas—. ¿Es esa forma de tratar a una vieja amante?

Marcus permaneció inmóvil, con los ojos dorados imperturbables y el rostro indescifrable.

Su paciencia ya pendía de un hilo, y no tenía ningún interés en el jueguecito que se traía entre manos.

La había tolerado antes, dejándola creer que tenía un lugar en su vida más allá de sus fugaces noches juntos.

Pero ahora, con amenazas reales cerniéndose en el horizonte, no tenía tiempo para sus payasadas.

Sus grandes manos le sujetaron la cintura —no por deseo, sino con la firme intención de apartarla de su regazo—. Pero antes de que pudiera empujarla, ella se inclinó hacia delante, con su aliento cálido rozándole la oreja.

—Bien —murmuró, con la voz destilando diversión—. Iré al grano.

Se apartó lo justo para sostenerle la mirada, con los ojos azules danzando de maliciosa alegría mientras elevaba el teléfono entre ambos. Con un movimiento lento y deliberado, pulsó la pantalla, y de pronto la habitación se llenó del inconfundible sonido que solo podía pertenecer a Lauretta.

«Los renegados no me envenenaron... Fui yo misma quien se envenenó.

Y los objetos que utilicé estaban bendecidos, pero los manipulé desde el dolor y la ira, convirtiéndolos en elementos malditos.

Así que ninguna hierba o medicina que preparen servirá a menos que les dé el antídoto. Estos hombres morirán hoy».

Marcus se puso rígido por completo bajo Cressida. La mandíbula se le trabó y sus dedos se aferraron a las caderas de ella antes de empujarla fuera de su regazo con la fuerza suficiente para hacerla tambalear.

Cressida apenas logró sostenerse en pie, soltando una exhalación sorprendida mientras se enderezaba. Pero lejos de enojarse, su sonrisa socarrona se acentuó aún más. Ya tenía toda su atención.

La mente de Marcus corría a toda velocidad mientras el peso de las palabras de Lauretta calaba en él.

Siempre había sabido que había algo diferente en ella. Algo peligroso acechando bajo esa frágil apariencia. Pero esto... esto era peor de lo que jamás había imaginado.

Si lo que decía era cierto, Lauretta no solo había sido víctima de un ataque cruel: se había convertido voluntariamente en algo antinatural, algo contra lo que la manada no tenía defensas. Y ahora, veinte de sus guerreros apenas se habían librado de la muerte por su culpa.

Exhaló con brusquedad, apoyando las manos en el escritorio mientras se levantaba de un salto, imponente frente a Cressida.

—¿De dónde has sacado esto? —exigió saber, con voz grave y al borde de una furia contenida.

Ella esbozó una sonrisa burlona, retorciendo un mechón de su cabello dorado. —Escuché una pequeña conversación en la clínica. Parece que tu pequeña y preciosa intrusa ha estado guardando secretos.

Marcus se pasó una mano por el cabello oscuro, recorriendo la estancia a zancadas mientras su ritmo mental calculaba su próximo movimiento. Esto lo cambiaba todo.

Había que traer a Lauretta. Interrogarla. Tenía que cerciorarse de que no constituía una amenaza y mantenerla bajo vigilancia constante.

Y si realmente era tan peligrosa como sugería aquella grabación...

Tendría que eliminarla.