El secreto de Luna Capítulo 15
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Capítulo 15

Un sudor frío se formó en la base de su cuello mientras aceleraba el paso, resistiendo el impulso de mirar por encima del hombro.

El espeluznante silencio del bosque se aferraba a ella, amplificando su creciente inquietud.

Los sonidos habituales —el crujir de pequeños animales en la maleza, los lejanos ululatos de los búhos— estaban extrañamente ausentes.

Era como si todo el bosque estuviera contenindo la respiración.

Sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor de la correa de su macuto.

Las hierbas que llevaba eran importantes, pero no le servirían de nada si no lograba regresar a salvo.

Cada instinto en su cuerpo le suplicaba que se moviera más rápido, pero se obligó a mantener la compostura.

Correr a ciegas solo haría que fuera un blanco más fácil.

Una ramita cruzó a sus espaldas.

Tragando saliva con dificultad, comenzó a caminar de nuevo, obligándose a parecer tranquila a pesar del pavor frío que le recorría la columna. Necesitaba regresar antes de que quienquiera o lo quequiera que estuviera al acecho en las sombras decidiera hacer un movimiento.

Lauretta apenas había dado cinco pasos cuando escuchó voces que hablaban en susurros.

Se congeló, con cada instinto gritándole que huyera, pero se obligó a quedarse quieta.

Lentamente, se agachó detrás del grueso tronco de un roble milenario, presionando su espalda contra la áspera corteza.

Su corazón latía con fuerza mientras aguzaba el oído.

El aroma de las flores silvestres se aferraba a su piel, enmascarando su presencia, pero si se movía con demasiada brusquidez, podrían escucharla.

—¿Tienes el plano de este territorio? —preguntó una voz profunda. El hablante sonaba cerca, demasiado cerca.

—Sí, lo tengo —respondió otro, removiendo lo que supuso era pergamino o un mapa.

El pulso de Lauretta se aceleró. Eran intrusos.

Y solo por sus voces, pudo deducir que no pertenecían a su aldea. Esos hombres eran forasteros. ¿Espías, tal vez? O peor aún: exploradores de un inminente ataque.

Se arriesgó a echar un vistazo alrededor del árbol.

Dos figuras se recortaban en la penumbra de la luz de la luna, sus capas confundiéndose con las sombras.

Uno de ellos sostenía un pergamino enrollado, trazando un camino con el dedo mientras susurraba algo demasiado bajo para que ella pudiera escucharlo.

El otro asintió, con su aguda mirada escudriñando los oscuros bosques.

La respiración de Lauretta se detuvo. Si él miraba solo un poco hacia la izquierda, la vería. Se aplanó aún más contra el árbol, mordiéndose el labio para evitar emitir sonido alguno.

—Nos moveremos al amanecer dentro de dos semanas; la fecha exacta te la comunicará el líder —dijo el primer hombre—. Si lo que dices es cierto, no habrá mucha resistencia.

Un pavor helado se instaló en el estómago de Lauretta. Estaban tramando algo contra su gente, la misma gente a la que empezaba a considerar su familia. Lauretta tragó el impulso de abalanzarse sobre ellos y atacar. Eso habría sido una estupidez mayúscula.

Tenía que advertir al alfa. Pero ¿podría escapar sin ser vista?

Desde la posición en la que se encontraba, solo alcanzaba a distinguir sus oscuros cabellos, pero nada más.

Las sombras se aferraban a ellos, dificultando discernir sus rasgos.

La débil luz de la luna que se filtraba a través de los árboles apenas ayudaba, proyectando patrones dentados en el suelo del bosque.

Su acento era ligeramente diferente al que se hablaba habitualmente dentro de la manada.

No era completamente extranjero, pero había un dejo distinto en sus palabras, un sutil cambio en la pronunciación que los diferenciaba.

Lauretta no lograba ubicarlo del todo, pero confirmaba lo que ya sospechaba: eran forasteros.

Aun así, si eran extraños, ¿cómo habían infiltrado el territorio de la manada con tanta facilidad? Las fronteras estaban fuertemente vigiladas y a nadie se le permitía el ingreso sin autorización. ¿Alguien los había dejado entrar?

¿O peor aún... ya estaban infiltrados entre ellos, pasando desapercibidos?

Tragó saliva con fuerza, con la mente acelerada. Si tenían acceso a los planos de la manada, eso significaba que tenían un plan y, a juzgar por la forma en que hablaban, no era nada bueno.

—Deberías moverte antes del amanecer, sal de aquí antes de que alguien sospeche o siga tu rastro.

—No te preocupes, hermano. Ya he enmascarado mi olor con la planta del árbol muerto —murmuró uno de ellos—. Es arriesgado quedarse aquí por mucho tiempo.

—El alfa jamás lo verá venir —respondió el otro con una risa ahogada.

El aliento de Lauretta se atragantó en su garganta. ¿Estaban tramando algo contra el alfa? ¿Contra su gente?

Lentamente, comenzó a retroceder, cuidando de que sus movimientos fueran completamente silenciosos. Pero justo cuando dio su primer paso, su pie presionó una ramita seca.

Un chasquido.

El sonido destrozó el silencio como un relámpago.

Los hombres se pusieron rígidos.

—¿Escuchaste eso? —susurró uno de ellos con agudeza.

Lauretta no esperó a averiguar qué pasaría a continuación.

Con el corazón martillando en el pecho, dio media vuelta y echó a correr.

Los hombres restaron importancia al ruido, atribuyéndolo a algún animal salvaje o algo similar, ya que nadie en su sano juicio se aventuraría tan lejos, más allá de los muros de la manada, especialmente con la inminente amenaza de un ataque de renegados.

Y, para buena suerte de Lauretta, su olor estaba completamente camuflado por todas las hierbas que había estado recolectando.

Intercambiaron los distintos datos que ambos poseían, sus voces cargadas de una certeza escalofriante que heló la sangre de Lauretta.

—El ataque a la Manada de la Luna Dorada está fijado para dentro de dos semanas —confirmó el más alto. Su tono estaba desprovisto de dudas, como si estuviera discutiendo algo tan trivial como el clima.

El hombre ligeramente más bajo asintió. —

Entendido. Esperaré la señal. Una vez que la reciba, empezaré a introducir el polvo para dormir a través de los conductos de ventilación.

La respiración de Lauretta se cortó. ¿Polvo para dormir? Eso significaba que tenían a alguien en el interior, alguien con acceso al sistema de ventilación de la manada. Apretó los puños, con las uñas clavándose en las palmas mientras el pavor se asentaba en su estómago.

—No importa cuán fuerte crea que es la Manada de la Luna Dorada —continuó el más alto—, no podrán luchar en dos frentes.

Mientras el polvo para dormir surte efecto, nuestras fuerzas atacarán desde el exterior.

Estarán completamente diezmados antes de que siquiera sepan qué los golpeó.