EL SECRETO DE LOS CLANES Capítulo 35
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Capítulo 35

Isla

Durante semanas imagino el rostro del hombre que mueve los hilos.

Un monstruo. Un guerrero despiadado. Alguien imposible de reconocer entre la gente normal.

La realidad resulta mucho peor.

Porque Duncan MacRae sonríe como siempre, igual que el hombre que me enseñó a montar cuando tenía nueve años, el capitán que vigilaba las murallas de Inverbrae o el amigo que compartía la mesa con mi padre. Como alguien en quien todos confiábamos.

Y quizá por eso duele tanto.

—Duncan.

Mi voz apenas parece mía.

Él inclina ligeramente la cabeza.

—Lady Isla.

—No me llames así.

—Llevas toda la vida permitiéndolo.

—Toda mi vida te consideré familia.

La sonrisa desaparece apenas un instante, lo suficiente para que vea algo oculto detrás de ella: cansancio y amargura. Después vuelve a esconderlo.

—Ese fue vuestro error.

Connor da un paso adelante.

—No. Tu error fue venir aquí.

—¿Sí?

—Sí.

—Curioso. Yo pensaba exactamente lo mismo.

Los hombres que acompañan a Duncan se despliegan por la cámara. No son mercenarios improvisados; se mueven con la precisión de soldados entrenados, y eso me preocupa más de lo que quiero admitir.

Lachlan se coloca ligeramente delante de mí. No de forma exagerada ni como si necesitara esconderme, sino asegurándose de que nadie llegue hasta mí antes que él.

El gesto resulta tan natural que casi me rompe el corazón, porque incluso ahora sigue protegiéndome.

—¿Dónde está mi padre? —pregunto.

Duncan me observa y, para mi sorpresa, responde.

—Vivo.

El aire abandona mis pulmones. No porque no lo supiera, sino porque necesitaba escucharlo.

—Quiero verlo.

—No.

—Duncan.

—No.

—¡Quiero verlo!

La rabia estalla por fin. Las semanas de miedo, las dudas y la incertidumbre me golpean de una sola vez.

—¡Has destruido vidas!

—He sobrevivido.

—¿Llamas a esto sobrevivir?

—Lo llamo ganar.

El silencio se vuelve afilado y peligroso.

Entonces Malcolm Fraser da un paso adelante.

—No has ganado nada.

Duncan gira la cabeza y, por primera vez, parece genuinamente molesto.

—Tú deberías estar muerto.

—Lo intentaste varias veces.

—No suficientes.

—Claramente.

La tensión aumenta. Puedo sentirla como una cuerda demasiado tensa, a punto de romperse.

—¿Por qué? —pregunta Ewan.

Duncan arquea una ceja.

—¿Por qué qué?

—Todo esto.

—¿Todavía no lo entendéis?

—Quiero oírlo de tu boca.

Duncan guarda silencio unos segundos y luego suspira, como si estuviera cansado de explicarse.

—Porque los clanes son gobernados por hombres orgullosos y previsibles.

—Eso no responde nada.

—Responde mucho.

Connor sonríe sin humor.

—Continúa.

—Mientras ellos luchaban por tierras, venganzas y antiguas disputas, yo construía algo más útil.

—Dinero.

—Poder.

—Lo mismo.

—No.

Duncan niega lentamente.

—El dinero se gasta. El poder permanece.

La cámara queda en silencio porque, por primera vez, está diciendo la verdad. Su verdad. La única que realmente importa para él.

—Vendiste información —dice Lachlan.

—Sí.

—Provocaste guerras.

—Sí.

—Mataste inocentes.

Duncan se encoge de hombros.

—Consecuencias inevitables.

La respuesta provoca algo en Lachlan. Lo veo desaparecer de golpe: la calma que siempre lo acompaña.

Y eso rara vez termina bien.

—No vuelvas a decir eso.

La voz sale baja y peligrosa.

Duncan sonríe.

Error.

Un error grave.

—¿O qué?

—O descubrirás por qué mi paciencia tiene límites.

Connor se aleja un paso.

—Oh.

—¿Qué? —pregunta Mairi.

—Ahora sí estamos en problemas.

—¿Por qué?

—Porque Lachlan ha dejado de ser educado.

Buen punto.

Y muy mal momento.

Todo ocurre demasiado deprisa después de eso.

Duncan hace un gesto y sus hombres avanzan. Las espadas abandonan las vainas y el acero llena la cámara de reflejos y sonidos.

Entonces comienza.

No una batalla organizada, sino una explosión de violencia caótica, brutal e inmediata.

Connor derriba al primer hombre antes de que termine de levantar el arma. Ewan embiste al segundo como si llevara semanas esperando una excusa para hacerlo.

Mairi desaparece detrás de una mesa, una decisión inteligente y probablemente la más sensata de todo el grupo.

Malcolm lucha como si hubiera olvidado su edad.

Y Lachlan...

Dios mío.

Lachlan parece una tormenta.

Nunca lo había visto así, ni durante las emboscadas ni durante el rescate. Ahora pelea con una furia fría y controlada, mucho más aterradora que cualquier arrebato de ira.

Yo también lucho.

No tan bien como ellos ni tan rápido, pero lo suficiente.

Un hombre intenta alcanzarme. Consigo bloquear el primer golpe, luego otro y después un tercero.

Y entonces escucho mi nombre.

—¡Isla!

Duncan.

Por supuesto.

Se mueve hacia una salida lateral y arrastra a alguien consigo.

Durante una fracción de segundo no entiendo qué ocurre.

Después sí.

Porque reconozco al hombre.

Aunque esté más delgado, aunque parezca agotado y apenas pueda mantenerse en pie.

Mi padre.

—¡Padre!

Todo se detiene, o al menos así lo parece.

Alasdair levanta la cabeza y sus ojos encuentran los míos. Durante un instante vuelve a ser simplemente mi padre. No el jefe de un clan ni una pieza clave del misterio.

Solo mi padre.

—Isla.

La voz sale rota, pero viva.

Viva.

Duncan coloca una daga contra su cuello.

—Nadie se mueve.

La cámara queda inmóvil. Espadas, respiraciones contenidas y silencio.

—Suéltalo —dice Lachlan.

—No.

—Esto ha terminado.

—No.

—La lista existe.

—Sí.

—Sabemos la verdad.

—Sí.

—Has perdido.

Por primera vez Duncan ríe.

Una risa amarga y vacía.

—No entendéis nada.

—Entonces explícanoslo.

—Cuando yo muera, otros ocuparán mi lugar.

—No.

—Sí.

—No todos son como tú.

—Todos quieren algo.

La respuesta suena sincera y precisamente por eso resulta tan triste.

Porque Duncan ya no distingue la diferencia.

—Déjalo marchar —dice Malcolm.

—¿Para qué?

—Porque aún puedes hacer una cosa decente.

Duncan mira a Malcolm, después a Alasdair y finalmente a mí.

Durante un segundo creo que vacila.

Solo un segundo.

Pero basta.

Alasdair golpea hacia atrás con el codo. Duncan pierde el equilibrio.

Lachlan se mueve tan rápido que apenas lo veo.

El choque resulta brutal.

Los dos hombres caen, la daga sale despedida y Alasdair consigue apartarse.

Entonces comienza el combate final.

No dura mucho.

Las peleas reales rara vez lo hacen, aunque parezcan eternas.

Duncan lucha bien, muy bien.

Pero está cansado, acorralado y, por primera vez, completamente solo.

Lachlan no.

Cada golpe lo empuja un poco más atrás y cada bloqueo lo acerca al final.

Finalmente Duncan tropieza contra el borde de la plataforma.

Respira con dificultad.

Sangra.

Y aun así sigue sonriendo.

—¿Sabes qué es lo peor?

Lachlan no responde.

—Que habría confiado en ti para proteger a Inverbrae.

Por primera vez Duncan parece sorprendido.

—¿Qué?

—Porque eras familia.

La sonrisa desaparece.

Y algo se rompe definitivamente.

—Ya no.

—No.

Lachlan baja la espada apenas unos centímetros.

—Porque la familia no hace esto.

Duncan lo entiende.

Todos lo entendemos.

La lucha ha terminado.

De verdad.

Los hombres restantes ya se han rendido. Connor los vigila, Ewan permanece junto a Alasdair y yo apenas puedo apartar la mirada de mi padre.

Duncan cierra los ojos lentamente, como alguien agotado.

Cuando vuelve a abrirlos, ya no queda nada de la sonrisa.

—Quizá tengas razón.

Es la última frase que pronuncia.

Horas después, mucho después, la fortaleza parece distinta.

Más ligera.

Como si hubiera estado conteniendo la respiración durante décadas.

Mi padre duerme junto al fuego. Malcolm habla con Connor. Mairi discute con Ewan, por supuesto.

Y yo estoy fuera, sobre la muralla derruida, observando las estrellas.

Escucho pasos.

No necesito girarme.

—Hola.

—Hola.

Lachlan se detiene a mi lado.

Durante unos segundos ninguno habla.

No hace falta.

—Está vivo.

—Sí.

La emoción vuelve a golpearme, aunque esta vez de forma más suave y cálida.

—Gracias.

—No.

—¿No?

—No me des las gracias.

—Voy a hacerlo igualmente.

—Eres imposible.

—Eso me han dicho.

Él sonríe.

Y yo también.

Entonces Lachlan toma mi mano sin ceremonias ni discursos, como si fuera lo más natural del mundo.

Quizá lo sea.

—Hay algo que quiero decirte.

Mi corazón acelera otra vez.

—Bien.

—No soy bueno en esto.

—Lo sé.

—Gracias por la confianza.

—De nada.

Lachlan resopla.

Después me mira.

Y por primera vez desaparecen el guerrero, el jefe y todas las obligaciones.

Solo queda él.

—Durante mucho tiempo pensé que mi deber era proteger a mi clan.

—Lo es.

—Sí.

—Entonces...

—Y después apareciste tú.

El mundo entero parece detenerse.

—Lachlan...

—Déjame terminar.

—De acuerdo.

—Eres la única persona capaz de discutir conmigo durante horas y conseguir que quiera seguir escuchándote.

La risa se mezcla con lágrimas.

Qué combinación tan absurda.

—Qué romántico.

—Estoy esforzándome.

—Lo noto.

Su pulgar acaricia mis dedos con suavidad.

—Te has convertido en mi hogar, Isla.

Y ahí está.

No un gran discurso.

No poesía.

No promesas imposibles.

Solo la verdad más simple y más importante.

—Y tú en el mío.

La sonrisa que aparece en su rostro vale todas las dificultades del mundo.

Cuando me besa, nadie interrumpe. No hay cuernos de alarma, secuestros inesperados ni siquiera Connor apareciendo en el peor momento.

Solo nosotros.

Por fin.

Y mientras el futuro se abre ante nosotros, comprendo algo que llevaba demasiado tiempo ignorando.

La guerra ha terminado.

La conspiración también.

Y, por primera vez en mucho tiempo, podemos empezar a vivir.

Fin