EL SECRETO DE LOS CLANES Epílogo
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Epílogo

Isla

Seis meses después

—No.

Mairi deja la taza sobre la mesa.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Definitivamente no.

—Definitivamente sí.

Llevamos varios minutos discutiendo y ninguna está dispuesta a ceder. Esa es una de las razones por las que seguimos siendo amigas y, al mismo tiempo, una de las que a veces me hacen querer esconderme de ella.

—Estás sonriendo otra vez.

—No.

—Sí.

—Mairi.

—Isla.

—Voy a echarte de mi propia casa.

—No lo harás.

—¿Por qué?

—Porque te caigo demasiado bien.

La respuesta es insoportablemente acertada.

Por desgracia.

La cocina de Dunraven rebosa actividad aquella mañana. Varias mujeres preparan pan mientras un par de niños corre entre las mesas, perseguidos por una cocinera que amenaza con convertirlos en sopa.

Nadie parece especialmente preocupado, y esa es precisamente la mejor parte.

La paz.

No es perfecta, pero es real.

La conspiración terminó meses atrás. Los hombres implicados fueron identificados, las pruebas salieron a la luz y los clanes dejaron de mirarse como enemigos. Aunque todavía quedan heridas por cerrar, las Highlands parecen respirar mejor.

Incluso Connor.

Lo cual debería considerarse un milagro.

—¿Dónde está tu marido?

Levanto la vista.

—Trabajando.

—Qué decepción.

—Son las diez de la mañana.

—Precisamente.

—No entiendo tu lógica.

—Yo tampoco.

La puerta se abre y Connor entra como si alguien acabara de invitarlo.

Nadie lo ha hecho.

Nunca lo hace.

—He oído mi nombre.

—Eso es porque apareces cuando nadie te llama —dice Mairi.

—Es un don.

—Es una plaga.

Connor sonríe exactamente igual que siempre. La conspiración no ha conseguido cambiarlo; quizá nada pueda hacerlo.

—Vengo a anunciar una tragedia.

—¿Cuál? —pregunto.

—Ewan está siendo razonable.

Mairi se atraganta con el té.

—Mentira.

—Lo juro.

—Eso sí es preocupante.

—¿Verdad?

Connor se deja caer en una silla.

—Empiezo a pensar que se está haciendo mayor.

—Tú también.

—No digas cosas crueles.

La conversación continúa entre bromas y amenazas amistosas. Durante unos segundos me limito a observarlos y siento algo que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.

Calma.

Una calma profunda y sólida, como si finalmente hubiera encontrado el lugar al que pertenezco.

Por la tarde regreso a nuestros aposentos.

Nuestros.

Todavía me gusta esa palabra.

Lachlan está junto a la ventana revisando documentos.

Naturalmente.Hay cosas que jamás cambian.

—¿Cuántos pergaminos has derrotado hoy?

Levanta la vista.

—Tres.

—Impresionante.

—Ha sido una batalla difícil.

—Lo imagino.

La sonrisa aparece de inmediato y descubro que sigo sintiendo exactamente lo mismo cada vez que la veo.

Qué inconveniente.

Y qué maravilloso.

Me acerco y él deja los documentos a un lado.

Decisión inteligente.

—¿Cómo está Connor?

—Convencido de que Ewan está envejeciendo.

—Entonces Connor sigue siendo Connor.

—Exactamente.

Lachlan toma mi mano y tira suavemente de mí hasta sentarme sobre sus rodillas.

Todavía no me acostumbro.

Tampoco quiero hacerlo.

—¿Y tú?

—Bien.

—Mentira.

—Pequeña mentira.

—Isla.

—Lachlan.

Nos observamos durante unos segundos.

Demasiado bien.

Ese es el problema.

Nos conocemos demasiado.

—¿Qué ocurre?

Bajo la vista y vuelvo a levantarla. De repente siento unos nervios completamente absurdos.

—Tengo una noticia.

—Eso nunca empieza bien.

—Esta sí.

Su expresión cambia apenas un poco, pero lo suficiente.

—¿Qué clase de noticia?

—Una importante.

—Empiezo a preocuparme.

—No deberías.

—Ahora me preocupo más.

Respiro hondo y sonrío porque ya no puedo contenerlo.

—Vas a ser padre.

El silencio llena la habitación.

Completo.

Absoluto.

Perfecto.

Lachlan parpadea.

Una vez.

Dos.

Tres.

Nada.

—¿Lachlan?

Nada.

—¿Te has quedado sin palabras?

Nada.

—Esto sí que es histórico.

Finalmente consigue hablar.

Más o menos.

—Yo...

—Sí.

—¿Nosotros...?

—Sí.

—¿De verdad?

La emoción en su voz me golpea directamente en el corazón porque jamás lo había visto así.

Nunca.

Ni en una batalla.

Ni frente a Duncan.

Ni durante la peor tormenta.

Ahora parece completamente desarmado.

Y me encanta.

—Sí.

Su mano busca la mía, luego mi rostro y después vuelve a mi mano, como si todavía estuviera intentando creerlo.

—Voy a ser padre.

—Eso parece.

La sonrisa que aparece entonces es probablemente una de las cosas más hermosas que he visto en mi vida.

—Voy a ser padre.

—Ya lo has dicho.

—Lo sé.

—¿Piensas repetirlo mucho?

—Probablemente.

—Qué alivio.

Lachlan ríe y me abraza con tanta fuerza que termino riendo también.

Aquella noche permanecemos juntos junto al fuego mientras el castillo duerme.

Sin prisas ni urgencias.

Sin conspiraciones.

Solo nosotros.

Apoyo la cabeza sobre su hombro y, por primera vez en mucho tiempo, no pienso en secretos ni en guerras.

Pienso en el futuro.

En nuestro futuro.

—¿En qué piensas? —pregunta.

—En que todo esto empezó de una forma bastante ridícula.

—Eso es cierto.

—También pienso que discutíamos demasiado.

—Seguimos discutiendo.

—Buen argumento.

Su brazo rodea mis hombros.

Firme.

Seguro.

Hogar.

Y entonces comprendo algo.

Durante mucho tiempo creí que mi historia había comenzado con una lista secreta, una llave escondida y una guerra entre clanes.

Estaba equivocada.

Mi historia comenzó el día que un Highlander imposible decidió no apartarse de mi lado.

Y, por suerte para mí, parece que tampoco piensa hacerlo ahora.

Tres días después, entre los documentos recuperados de Duncan MacRae, Connor encuentra una carta sellada.

—Esto es raro.

Ewan levanta la vista.

—¿Qué?

—Está dirigida a mí.

—Qué desgracia para quien la escribió.

Connor rompe el sello.

Lee las primeras líneas.

Entonces deja de sonreír.

Por primera vez.

—¿Connor? —pregunta Mairi.

Él relee la carta una vez más y luego levanta la vista.

—Creo que tengo un problema.

—¿Solo uno? —pregunta Ewan.

Connor suspira y, por primera vez, no parece tener una respuesta rápida.

La firma al final de la carta contiene un nombre que ninguno de ellos esperaba volver a ver.

El Cuervo.