EL SECRETO DE LOS CLANES Capítulo 34
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Capítulo 34

Lachlan

Las palabras permanecen suspendidas sobre nosotros como una sentencia de muerte. No se trata de una lista, ni de un registro, ni de una simple recopilación de nombres. Es una condena, y eso explica demasiadas cosas: los asesinatos, las desapariciones, el miedo y las décadas de silencio.

Porque cualquiera que poseyera aquella información se convertía automáticamente en un objetivo.

Connor es el primero en romper el silencio.

—Empiezo a echar de menos los secuestros.

—Tú siempre echas de menos los secuestros —dice Ewan.

—Porque eran más fáciles de entender.

—Buen argumento.

Malcolm sigue observando la piedra. La expresión de su rostro ha cambiado; parece más viejo, más cansado, como si estuviera viendo fantasmas. Y sospecho que, para él, eso es exactamente lo que ocurre.

—¿Quiénes juraron? —pregunta Isla.

Malcolm tarda unos segundos en responder.

—Cinco hombres.

—La reunión.

—Sí.

—Mi abuelo.

—Sí.

—El tuyo.

—Sí.

—Angus Ross.

—Sí.

—Y tú.

—Sí.

—Falta uno.

La mirada de Malcolm se oscurece.

—Sí.

Todos lo notamos y comprendemos lo mismo al instante: el quinto hombre importa. Mucho.

—¿Quién era? —pregunta Connor.

Malcolm guarda silencio otra vez.

Empiezo a pensar seriamente en empujarlo por una muralla.

—Malcolm.

—¿Sí?

—Si vuelves a responder con otra pregunta, te golpeo.

—Eso parece justo.

—¿Quién era?

El hombre suspira, largo y profundo, como alguien que lleva demasiado tiempo cargando con un peso imposible.

—Se llamaba Gregor Campbell.

El nombre no significa nada para mí ni para Isla. Pero sí para Connor y para Ewan. Lo veo al instante.

—No puede ser —murmura Connor.

—¿Qué ocurre? —pregunta Mairi.

Ewan responde antes que nadie.

—Los Campbell fueron exterminados.

—No completamente.

—Prácticamente.

—¿Por qué? —pregunta Isla.

Malcolm vuelve a mirar la inscripción.

—Porque alguien se aseguró de que pareciera un accidente.

El silencio regresa, y cada vez me gusta menos.

—¿Estás diciendo que mataron a un clan entero?

—Estoy diciendo que intentaron hacerlo.

—Por la lista.

—Por el juramento.

La diferencia parece pequeña, pero no lo es. Ahora entendemos algo importante: quienes firmaron aquel juramento no eran simples observadores. Eran enemigos declarados, y alguien pasó décadas eliminándolos uno por uno.

Encontrar la cámara resulta más complicado de lo esperado, algo que agradezco. Si una conspiración de treinta años pudiera descubrirse tras una puerta mal escondida, habría perdido todo el respeto por ella.

La búsqueda nos ocupa casi dos horas entre pasillos derruidos, escaleras rotas, habitaciones vacías, símbolos grabados en piedra y una cantidad absurda de polvo.

—Empiezo a sospechar que la cámara es imaginaria —dice Connor.

—No lo es.

—Eso también dijiste de Malcolm.

—Y mira cómo salió.

—Buen punto.

La noche cae mientras seguimos explorando.

Finalmente es Isla quien encuentra la pista.

Por supuesto.

Porque las historias suelen funcionar así.

—Aquí.

Su voz resuena desde una sala lateral y todos acudimos de inmediato.

La habitación parece una pequeña capilla privada, olvidada por el tiempo y completamente vacía, salvo por un cuervo tallado en piedra sobre la pared del fondo.

Malcolm sonríe por primera vez en horas.

—Bien hecho.

—No empieces a parecer orgulloso.

—Es tarde para eso.

Isla observa el símbolo, luego la llave y después vuelve a fijarse en el cuervo.

De repente lo entiende.

—Las alas.

—¿Qué ocurre? —pregunto.

—No están abiertas igual.

Nos acercamos.

Tiene razón. Un ala está ligeramente inclinada, casi de forma imperceptible.

Connor se queda mirando.

—Nunca habría visto eso.

—Lo sé.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Empiezo a sentirme atacado.

La llave encaja perfectamente, quizá demasiado.

Durante un segundo no ocurre nada.

Después escuchamos un ruido profundo y antiguo. La pared comienza a desplazarse lentamente, piedra contra piedra, y detrás aparece una escalera oscura que desciende hacia las profundidades.

Nadie habla.

Todos sentimos lo mismo.

Hemos llegado por fin.

La cámara se encuentra muy por debajo de la fortaleza. El aire es frío, seco y extrañamente limpio para un lugar sellado durante décadas.

Las antorchas iluminan una sala circular. No es grande ni está llena de tesoros. No hay cofres de oro ni reliquias legendarias. Solo una mesa, cinco sillas y un arcón de hierro.

Nada más.

—Después de tantos años esperaba algo más espectacular —murmura Mairi.

—Yo también.

—Gracias.

—De nada.

Malcolm se acerca al arcón y, por primera vez, parece realmente nervioso.

—¿La lista está ahí?

—Sí.

—¿La original?

—Sí.

—¿Y nadie la ha tocado?

—No.

—Eso es sorprendentemente responsable.

Malcolm ignora a Connor, lo cual demuestra experiencia.

Saca una llave diferente, más antigua y sencilla. Abre el candado y el clic resuena por toda la cámara.

De repente siento que el corazón se me acelera.

Estamos a segundos de descubrir la verdad.

El arcón se abre.

Dentro hay documentos de todo tipo: pergaminos, cartas, registros y un paquete envuelto en cuero negro.

Malcolm lo toma, lo deja sobre la mesa y se aparta.

—Ahí está.

Nadie se mueve durante un instante.

Finalmente es Isla quien extiende la mano, desata las correas y abre el paquete.

Dentro está la lista.

La auténtica.

La original.

Más extensa que las copias, más detallada y mucho más peligrosa.

Connor comienza a leer. Después Ewan. Después yo.

Y cada página empeora la anterior.

Nombres, pagos, traiciones, asesinatos, venta de información, manipulación de conflictos y décadas enteras de corrupción.

—Por todos los santos.

Nadie responde.

No hay nada que decir.

Entonces llegamos a la última sección, la más reciente y también la más importante.

Y encontramos algo inesperado.

—No.

La voz de Isla apenas es un susurro.

Me acerco, miro y comprendo al instante.

Porque Angus Ross aparece allí.

Sí.

Pero no como líder, fundador ni cerebro de la organización.

Solo como un colaborador importante y peligroso.

Secundario.

—Malcolm.

Él ya sabe lo que hemos visto.

—Sí.

—Angus no dirigía esto.

—No.

—Entonces ¿quién?

La respuesta tarda unos segundos en llegar.

Y cuando lo hace, cambia todo.

—El hombre que tenía acceso a todos los clanes.

—¿Quién?

—El hombre que conocía cada movimiento.

—¿Quién?

—El hombre al que todos confiaban sus secretos.

Mi estómago se hunde porque ya empiezo a entender.

No quiero hacerlo.

Pero entiendo.

Malcolm señala el nombre.

Nadie habla.

Nadie respira.

La respuesta está escrita allí con tinta negra, fría e implacable.

Duncan MacRae.

Capitán de la guardia de Inverbrae.

Consejero de Alasdair.

Hombre de confianza.

Amigo de la familia.

El mismo hombre que envió la carta.

El mismo que ha estado cerca de nosotros desde el principio.

—No.

La voz de Isla se rompe por primera vez.

—Sí.

—No puede ser.

—Ojalá.

Connor deja caer lentamente el pergamino.

Ewan parece dispuesto a atravesar una pared.

Mairi permanece inmóvil.

Y yo siento una furia fría creciendo dentro del pecho.

Porque ahora todo encaja: las filtraciones, los secuestros, las emboscadas y la desaparición de Alasdair.

Todo.

Absolutamente todo.

—¿Dónde está? —pregunto.

Malcolm levanta la vista y en sus ojos aparece algo que no había visto hasta ahora.

Miedo.

—Eso es lo peor.

—¿Por qué?

—Porque ya sabe que hemos encontrado la lista.

El silencio se vuelve pesado y peligroso.

Instintivamente llevo la mano a la espada.

Los demás hacen lo mismo.

Todos entendemos la misma verdad.

Duncan no es un hombre acorralado.

Es un hombre desesperado.

Y los hombres desesperados suelen ser los más peligrosos.

Entonces escuchamos algo.

Un aplauso lento e irónico que llega desde la entrada de la cámara.

Todos nos giramos.

Y allí está.

Duncan MacRae.

Sonriendo.

Armado.

Acompañado por una docena de hombres.

—Debo reconocerlo —dice con absoluta tranquilidad—. Habéis tardado menos de lo que esperaba.

Y la forma en que sostiene la espada deja claro que no ha venido a discutir.