EL SECRETO DE LOS CLANES Capítulo 33
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Capítulo 33

Isla

Despertarme junto a Lachlan MacLeod debería resultarme extraño.

Pero no lo es, y eso probablemente sea una señal, aunque sospecho que no una especialmente discreta.

La tormenta sigue golpeando el exterior de la cabaña cuando abro los ojos. Durante unos segundos permanezco inmóvil, observando las sombras que el fuego moribundo proyecta sobre el techo de madera.

Luego noto el brazo de Lachlan alrededor de mi cintura y recuerdo absolutamente todo: el río, la lluvia, la discusión, el beso y todos los que vinieron después.

Mi corazón decide comportarse como un completo idiota.

Otra vez.

—Puedo notar que estás despierta.

La voz de Lachlan llega desde detrás de mí, grave y todavía adormecida.

—Eso es inquietante.

—Llevas varios minutos pensando demasiado fuerte.

—Empiezo a sospechar que todos me dicen eso.

—Porque es verdad.

Me giro lentamente.

Error.

Porque ahora está demasiado cerca y porque su aspecto debería estar prohibido por algún tipo de ley razonable.

—¿Qué?

—Nada.

—Mentira.

—No.

—Sí.

—Quizá un poco.

Una sonrisa aparece en sus labios y siento una satisfacción completamente absurda por ser la causa.

—¿Sabes cuál es el problema?

—¿Solo uno?

—Ahora mismo sí.

—Impresionante.

Le doy un pequeño golpe en el hombro.

—Estoy hablando en serio.

—Yo también.

—No.

—Un poco menos que tú.

Intento parecer ofendida.

Fracaso estrepitosamente, porque sigo sonriendo y él también lo sabe.

Durante unos segundos permanecemos así, sin prisas y sin necesidad de llenar el silencio.

La sensación resulta nueva. No es incómoda, solo diferente.

—Tendremos que volver.

La realidad aparece sin pedir permiso, como suele hacer.

Lachlan asiente despacio.

—Sí.

—Connor va a darse cuenta inmediatamente.

—Sí.

—Mairi también.

—Definitivamente.

—Ewan intentará matarte.

—Eso ya lo hacía antes.

—Buen argumento.

La sonrisa desaparece poco a poco. No del todo, solo lo suficiente.

Porque ambos entendemos lo mismo.

La conspiración sigue ahí. Mi padre continúa desaparecido, Blackstone nos espera y el mundo no ha decidido detenerse porque nosotros hayamos encontrado algo importante.

Qué falta de consideración por su parte.

Salimos de la cabaña poco después del amanecer.

La tormenta ha pasado y el aire huele a lluvia reciente, tierra húmeda y pinos. Por primera vez en días el cielo parece dispuesto a cooperar.

Eso me vuelve sospechosa.

—Nunca confíes en un cielo demasiado despejado.

—¿Es un proverbio Highlander?

—No.

—¿Una enseñanza ancestral?

—Tampoco.

—Entonces acabas de inventarlo.

—Correcto.

—Lo sabía.

Lachlan sonríe.

Y yo descubro algo peligroso.

Empiezo a buscar esas sonrisas, lo cual parece una pésima idea y, al mismo tiempo, una excelente noticia.

Las dos cosas pueden ser ciertas.

Encontramos al resto del grupo cerca del mediodía.

Connor es el primero en vernos y también el primero en sonreír.

Maldita sea.

—Ah.

Solo dice eso.

Nada más.

Ah.

Y aun así sé exactamente lo que significa.

—Connor.

—Lachlan.

—No.

—Ni siquiera he dicho nada.

—Precisamente.

—Estoy siendo respetuoso.

—Eso da más miedo.

Connor se lleva una mano al pecho.

—Qué injusticia.

Ewan aparece detrás de él.

Nos observa a los dos y luego cierra los ojos.

—No.

—¿Qué no? —pregunta Mairi.

—No quiero saberlo.

—Yo sí.

—Por supuesto que sí.

Mairi sonríe lentamente, de una forma peligrosamente reveladora.

—Oh.

—No empieces.

—No he empezado.

—Ya has empezado.

—Solo con mi expresión.

—Esa es precisamente la parte preocupante.

Durante unos segundos la conversación degenera hasta alcanzar un nivel de sutileza inexistente.

Malcolm observa todo desde cierta distancia y parece divertirse demasiado.

—¿Por qué sonríe él también? —pregunto.

—Porque es viejo —responde Connor.

—Eso no explica nada.

—Los viejos disfrutan viendo sufrir a los jóvenes.

—Empiezo a creerlo.

—¿Ves?

Mairi me toma del brazo y me arrastra varios pasos lejos del grupo.

—Habla.

—No.

—Habla.

—No.

—Isla.

—Mairi.

—Voy a seguir insistiendo.

—Lo sé.

—Entonces ahórranos tiempo.

La miro.

Ella me mira.

Y después de unos segundos las dos empezamos a reír.

Porque la situación resulta absurda, porque llevamos semanas fingiendo y porque ya no tiene sentido seguir haciéndolo.

—Sí.

Mairi parpadea.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—¿Después de semanas de tensión insoportable solo me das un sí?

—Correcto.

—Voy a estrangularte.

—Tendrás que esperar turno.

Mairi vuelve a reír.

Luego me abraza tan fuerte que casi me deja sin aire.

—Me alegro.

La sinceridad de la frase me sorprende.

—¿De verdad?

—Sí.

—Pensaba que te divertiría más seguir burlándote.

—También me divierte eso.

—Ah.

—Pero esto más.

Por un instante se me humedecen los ojos.

Solo un poco.

Y únicamente porque estoy cansada.

Eso es lo que pienso decir si alguien pregunta.

La tarde avanza rápidamente.

Blackstone aparece poco antes del anochecer y la visión consigue silenciar incluso a Connor.

Lo cual debería considerarse un logro arquitectónico.

Las ruinas se alzan sobre un promontorio rocoso, gigantescas, oscuras y antiguas. La fortaleza domina el valle como un animal dormido.

Una parte de sus murallas sigue en pie, varias torres sobreviven y la estructura principal permanece sorprendentemente intacta.

—Por todos los santos.

Mairi es la primera en hablar.

—Eso parece encantadoramente maldito.

—La descripción es bastante precisa —dice Malcolm.

Connor observa las ruinas.

—Siempre quise explorar una fortaleza abandonada llena de secretos.

—No es verdad.

—No.

—Lo sabía.

—Pero ahora sí quiero hacerlo.

Nos acercamos lentamente.

El viento sopla entre las piedras rotas, las sombras empiezan a alargarse y una sensación extraña se instala en mi estómago.

Como si el lugar estuviera esperando.

Como si hubiera pasado décadas aguardando nuestra llegada.

—¿Dónde está la cámara? —pregunta Ewan.

—Bajo la fortaleza principal.

—Eso sigue siendo muy poco específico.

—Lo sé.

—Empiezo a comprender por qué Malcolm y Connor se llevan bien.

—Yo también.

Entramos por el patio central.

Las ruinas crujen bajo nuestros pasos.

El silencio resulta absoluto.

Demasiado absoluto.

Y entonces Malcolm se detiene.

—Aquí.

Todos lo observamos.

Está frente a una enorme piedra grabada con símbolos antiguos.

Símbolos que no reconozco.

Pero Lachlan sí.

Lo veo en su expresión.

—¿Qué ocurre?

Él se acerca, pasa la mano sobre los grabados y durante unos segundos no dice nada.

—Es un juramento.

Mi corazón se acelera.

—¿Qué?

—Un juramento de clan.

—¿El juramento que mencionó mi padre?

—Creo que sí.

Malcolm asiente lentamente.

—Tu abuelo lo eligió por una razón.

Connor observa las inscripciones.

—¿Qué dice?

Lachlan lee varias líneas.

Después se queda inmóvil.

Demasiado inmóvil.

—Lachlan.

Levanta la vista.

Y algo en su rostro me provoca un escalofrío.

—¿Qué ocurre?

Su mirada encuentra la mía.

—Creo que acabamos de descubrir por qué la lista era tan peligrosa.

El silencio cae sobre las ruinas, pesado y expectante.

—Habla.

Lachlan respira hondo.

Luego señala una frase concreta grabada en la piedra.

—Porque no solo identifica traidores.

—¿Entonces?

—También identifica a quienes juraron detenerlos.

Connor deja de sonreír.

Ewan se tensa.

Y Malcolm cierra los ojos durante un instante, como si ya supiera lo que viene después.

—¿Qué significa eso? —pregunto.

Lachlan no aparta la mirada de la inscripción.

—Significa que la lista no es solo una prueba.

—¿Entonces qué es?

Su respuesta llega despacio.

Y cambia todo.

—Es una sentencia de muerte.

Por la forma en que Malcolm aprieta la mandíbula, comprendo que acabamos de acercarnos más a la verdad de lo que nadie quería.