Capítulo 32
Lachlan
Malcolm Fraser resulta mucho más peligroso de lo que imaginaba. No por la espada, los secretos o las décadas que ha pasado escondido. El verdadero problema es que observa demasiado y habla cuando nadie se lo pide.
La prueba llega a la mañana siguiente.
—¿Has dormido bien?
La pregunta va dirigida a mí.
Malcolm está sentado junto al fuego apagado mientras desmontamos el pequeño campamento.
—Sí.
—Mentira.
—Gracias por tu opinión.
—De nada.
—Nadie la pidió.
—También es cierto.
Connor aparece con una taza de agua.
—Empiezo a quererlo otra vez.
—Voy a dejarte atrás en el próximo barranco.
—No harías eso.
—Lo haría.
—Pero luego Isla se enfadaría.
—Buen argumento.
Connor sonríe satisfecho.
Lo odio un poco.
La mañana transcurre entre senderos estrechos y colinas cubiertas de brezo. El cielo amenaza lluvia desde el amanecer; Escocia parece mantener una relación obsesiva con las tormentas.
Al mediodía cumple sus amenazas.
La lluvia cae con fuerza suficiente para convertir los caminos en barro y los arroyos en pequeños ríos.
—Magnífico —murmura Ewan.
—¿Qué ocurre? —pregunta Mairi.
—Todo.
—Buen resumen.
El grupo avanza más despacio. Las capas pesan, los caballos resoplan y la visibilidad empeora a cada minuto.
Entonces escuchamos el agua.
Mucha agua.
Demasiada.
El río aparece al doblar una colina, y con él el problema.
—No estaba así la última vez —dice Malcolm.
—¿Cuándo fue la última vez?
—Hace veinte años.
Connor levanta una mano.
—Creo que he encontrado una posible explicación.
El río baja embravecido, oscuro y violento. La corriente golpea las rocas con una fuerza que no invita precisamente al optimismo.
—Podemos rodearlo —dice Mairi.
—Perderíamos medio día —responde Ewan.
—¿Y?
—No tenemos medio día.
Nadie lo discute porque todos pensamos en Alasdair y sabemos que el tiempo se está convirtiendo en nuestro enemigo.
Observo el agua. Mido la distancia, la profundidad y la velocidad de la corriente hasta llegar a una conclusión desagradable.
—Podemos cruzar.
Isla me mira.
—Eso no ha sonado convincente.
—Porque no lo es.
—Excelente.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Empiezo a sospechar que esta clase de conversación durará toda nuestra vida.
La idea resulta inquietantemente agradable.
El cruce sale bien durante aproximadamente treinta segundos.
Después deja de salir bien.
Connor consigue atravesar primero. Ewan también. Malcolm maldice en gaélico cuando su caballo resbala, y Mairi amenaza con denunciar a todos los Highlanders por incompetencia colectiva.
Entonces Isla pierde el equilibrio.
Todo ocurre demasiado deprisa.
Una piedra se mueve bajo las patas del caballo, la corriente tira con fuerza, el animal se asusta y ella cae.
Mi corazón deja de funcionar.
Durante un segundo no existe nada más. Ni el río, ni la misión, ni la lista.
Solo Isla desapareciendo bajo el agua.
Me lanzo antes de pensar.
La corriente es brutal, más fuerte de lo esperado. Consigo alcanzarla cuando emerge unos metros más abajo.
—¡Lachlan!
—Te tengo.
—Eso espero.
—No es momento para bromas.
—Es mi mecanismo de defensa.
La sujeto por la cintura e intento mantenernos a flote, aunque el río parece tener otros planes.
Escucho gritos desde la orilla.
Connor.
Ewan.
Alguien.
No importa.
Todo mi mundo se ha reducido a una sola tarea: no soltarla jamás.
La corriente nos arrastra hasta unas rocas. Consigo agarrarme, arrastrarla conmigo y recuperar el aliento.
Por ese orden.
Cuando finalmente alcanzamos tierra firme, ambos estamos empapados.
Y furiosos.
Por razones distintas.
—¿Estás herida?
—No.
—¿Segura?
—Sí.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres exactamente?
—No lo sé.
—Perfecto.
Ella se queda mirándome.
Yo la miro a ella.
Entonces comprendo que está temblando.
No por frío.
Por miedo.
Maldita sea.
Me acerco sin pensar ni pedir permiso y la abrazo con fuerza, quizá demasiada.
No me importa.
Durante un instante permanece inmóvil.
Luego se aferra a mí.
Y el resto del mundo desaparece otra vez.
—No vuelvas a hacer eso.
La frase sale contra su cabello.
—¿Caerme a un río?
—Sí.
—Intentaré evitarlo.
—Isla.
—Lo siento.
Y por primera vez desde que la conozco, la disculpa suena completamente sincera.
El problema llega después.
La corriente nos ha separado del resto.
Por supuesto.
Si algo puede complicarse, se complica. Esa parece ser la regla principal de nuestras vidas.
Cuando conseguimos orientarnos, la tormenta ya ha empeorado.
—¿Sabes dónde estamos?
—Más o menos.
—Eso significa que no.
—Correcto.
—Magnífico.
—Estoy siendo sincero.
—Lo cual no mejora la situación.
Avanzamos entre árboles y lluvia durante más de una hora.
Sin éxito.
La luz empieza a desaparecer y ambos sabemos lo que eso significa.
Necesitamos refugio.
Lo encontramos justo antes del anochecer: una vieja cabaña de cazadores, pequeña y medio derruida, pero lo bastante seca para pasar la noche.
—Es horrible.
—Sí.
—Vamos a quedarnos aquí.
—Sí.
—Odio tener razón.
—También yo.
Dentro encontramos una chimenea, leña vieja, algunas mantas y un milagro estadístico.
Un techo que no se cae.
—Escocia supera mis expectativas constantemente —murmura Isla.
—Las mías también.
Consigo encender fuego.
Ella se seca el cabello junto a las llamas.
Y de repente el silencio cambia.
Porque ya no estamos huyendo, luchando ni discutiendo.
Estamos solos.
Muy solos.
La tormenta golpea las paredes, el fuego ilumina la estancia y la distancia entre nosotros empieza a parecer absurda.
—Has saltado al río.
—Sí.
—Era una estupidez.
—Probablemente.
—Podías haber muerto.
—Tú también.
Ella guarda silencio antes de bajar la vista.
—Tenía miedo.
—Lo sé.
—No del río.
La frase me golpea porque entiendo exactamente lo que quiere decir.
—Yo también.
Ahora me mira directamente.
Sin bromas.
Sin escudos.
Sin ninguna de las barreras que llevamos semanas construyendo y derribando.
—Pensé que no llegarías.
—Siempre llegaré.
La respuesta sale sola.
Demasiado rápida.
Demasiado sincera.
Pero ya es tarde para recuperarla.
Isla se queda inmóvil.
Y yo también.
Porque ambos sabemos que acabamos de cruzar una línea.
La tormenta ruge fuera, el fuego crepita y, por primera vez desde que comenzó todo esto, ya no queda nada detrás de lo que esconderse.
—Lachlan.
Mi nombre suena diferente.
Más suave.
Más peligroso.
—¿Sí?
Ella da un paso.
Solo uno.
Pero basta para eliminar la última distancia que quedaba entre nosotros.
—Creo que estoy cansada de fingir.
El corazón me golpea el pecho.
Una vez.
Dos.
Tres.
—Yo también.
No hay interrupciones.
No hay cuernos.
No hay Connor.
No hay conspiraciones.
Solo nosotros.
Y cuando finalmente la beso, no ocurre nada espectacular. El cielo no explota ni el tiempo se detiene.
Simplemente encaja.
Como si hubiera sido inevitable desde el primer día.
Como si ambos lleváramos semanas caminando hacia este momento sin atrevernos a admitirlo.
Isla apoya una mano sobre mi rostro mientras yo la acerco más. El beso se profundiza lentamente, sin prisa, sin dudas y sin necesidad de esconder lo que sentimos.
Cuando finalmente nos separamos, ella apoya la frente contra la mía.
Durante unos segundos ninguno habla.
Las palabras parecen demasiado pequeñas.
—Connor va a ser insoportable.
La frase me arranca una risa.
—Sí.
—Muchísimo.
—Sí.
—Lo odio un poco.
—Yo también.
Isla sonríe.
Y vuelve a besarme.
Esta vez ninguno tiene intención de fingir que significa otra cosa.
Porque ambos conocemos la verdad.
Y la verdad resulta tan sencilla como aterradora.
Estoy enamorado de ella.
Y sospecho que ella acaba de descubrir que le ocurre exactamente lo mismo.