EL SECRETO DE LOS CLANES Capítulo 31
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Capítulo 31

Isla

El primer cuerno aún resuena entre las ruinas cuando Malcolm Fraser deja de parecer un anciano misterioso y empieza a mostrar con claridad lo que probablemente fue durante toda su vida: un hombre peligroso.

—¿Cuántos? —pregunta Lachlan.

Malcolm escucha durante un instante.

—Demasiados.

El segundo cuerno llega desde el bosque oriental, el tercero desde el oeste y el cuarto desde algún lugar detrás de la colina.

No hace falta ser un estratega para entender el mensaje.

Nos están cerrando el paso.

—¿Tienen rodeada la abadía? —pregunta Connor.

—Sí.

—Magnífico.

—Aún no.

—¿Cuándo será magnífico?

—Cuando empiecen a disparar.

—Odio tener razón.

Malcolm ya se dirige hacia una capilla lateral.

—Venid.

—¿Adónde? —pregunta Ewan.

—A sobrevivir.

Por increíble que parezca, es la respuesta más útil que hemos recibido en horas.

Nos movemos deprisa mientras la luz del atardecer se desvanece y las sombras invaden los pasillos derruidos. Malcolm atraviesa una puerta estrecha y se detiene frente a un altar de piedra agrietado.

—No me digas que hay un túnel secreto.

—Hay un túnel secreto.

Connor sonríe.

—Empiezo a quererlo.

—Eso se te pasará.

—Probablemente.

Malcolm presiona una losa concreta. Oímos un mecanismo oculto, seguido de un crujido, y una parte del suelo se desplaza para revelar una escalera.

Oscura.

Húmeda.

Tan inquietante como cabía esperar.

—Por supuesto que hay una escalera misteriosa —murmura Mairi.

—Ya me estaba preocupando la falta de dramatismo —responde Connor.

El primer silbido de una flecha atraviesa la abadía. Luego llegan más.

La discusión termina.

Bajamos deprisa.

El túnel huele a tierra mojada y piedra antigua. Las paredes son tan estrechas que en algunos tramos apenas caben dos personas juntas. Malcolm avanza delante con una antorcha y yo camino detrás de Lachlan.

No porque me lo haya pedido.

Porque quiero.

Y eso empieza a resultar incómodamente evidente.

Sobre nuestras cabezas escuchamos pasos, gritos y movimiento.

Los hombres del Halcón están registrando la abadía.

Muy cerca.

Demasiado cerca.

—¿Quiénes son? —pregunto en voz baja.

Malcolm no se vuelve.

—Depende.

—No es una respuesta.

—Nunca lo son contigo.

—Empiezo a entender por qué Connor te aprecia.

—Eso me preocupa.

—A mí también.

Connor parece ofendido.

—No entiendo por qué todos hablan de mí como si no estuviera aquí.

—Porque sería peor si participaras.

—Qué cruel.

El túnel sigue descendiendo sin dar tregua.

—¿Estamos cavando hacia Inglaterra? —pregunta Ewan.

—Casi.

—Lo odio.

—También es una reacción habitual.

A pesar de la tensión, una risa contenida recorre el grupo. Es breve, pero necesaria, porque todos estamos agotados y sabemos que la situación es mucho peor de lo que admitimos.

Una hora más tarde emergemos en mitad del bosque, mucho más lejos de la abadía de lo que esperaba.

La noche ya ha caído. Las estrellas apenas consiguen atravesar las nubes y el aire vuelve a oler a lluvia.

Escocia parece muy comprometida con ese concepto.

Malcolm observa el horizonte.

—Debemos movernos.

—¿Hacia Blackstone? —pregunta Lachlan.

—Sí.

—¿Cuánto tardaremos?

—Un día.

—¿Solo uno?

—Si tenemos suerte.

—Ah.

—Exacto.

Todos sabemos lo que significa.

No tendremos suerte.

El campamento queda instalado cerca de medianoche.

Pequeño.

Discreto.

Sin fuego visible.

Los caballos descansan entre los árboles mientras compartimos comida fría y una paciencia cada vez más escasa.

Malcolm permanece algo apartado, y eso me llama la atención. Lleva horas respondiendo preguntas y ahora parece necesitar estar solo.

Me acerco.

No debería.

Lo hago igualmente.

—Conocías a mi madre.

No es una pregunta.

Malcolm tarda varios segundos en responder.

—Sí.

—¿Mucho?

—Bastante.

Me siento sobre un tronco caído mientras el bosque permanece silencioso a nuestro alrededor.

—Nunca hablas de ella.

—Porque no es mi historia.

—Quizá sí un poco.

Él sonríe.

Triste.

Cansado.

—Tu madre era más inteligente que todos nosotros.

—Eso también lo decía mi padre.

—Porque era verdad.

—¿Formaba parte de esto?

La sonrisa desaparece.

—No.

—Entonces ¿por qué tenía tu medallón?

Por primera vez Malcolm parece sorprendido.

—¿Qué?

—El medallón que me diste.

—No era mío.

—¿No?

—Era suyo.

Parpadeo.

—¿Qué?

—Yo se lo regalé.

Durante un segundo no entiendo. Después sí.

Y la revelación me golpea de una forma extraña.

—Eran amigos.

—Sí.

—Muy amigos.

—Sí.

La respuesta es tranquila.

Demasiado tranquila.

Lo observo y él me sostiene la mirada. Entonces comprendo algo que nunca había considerado.

—La querías.

No responde.

No necesita hacerlo.

El silencio basta.

—Nunca hizo nada al respecto.

—No.

—Porque amaba a mi padre.

—Sí.

No hay amargura en su voz.

Solo aceptación.

Décadas de aceptación.

Y eso resulta más triste que cualquier otra cosa.

—Lo siento.

Malcolm aparta la vista hacia el bosque.

—Yo no.

—¿No?

—Tu padre fue un hombre afortunado.

La sinceridad de la frase me deja sin palabras.

Permanecemos en silencio hasta que escuchamos pasos.

Lachlan.

Por supuesto.

—¿Interrumpo algo?

—Sí —responde Malcolm.

—Muchísimo —añado.

Lachlan arquea una ceja.

—Empiezo a sospechar que todo el mundo interrumpe cosas importantes últimamente.

—Connor inició una tendencia peligrosa.

—Siempre innovando —dice una voz desde el otro lado del campamento.

Connor.

Naturalmente.

Malcolm niega con la cabeza.

—Ahora entiendo por qué seguís vivos.

—¿Por nuestra habilidad?

—No.

—¿Nuestra valentía?

—Tampoco.

—Entonces no preguntaré más.

Buena decisión.

Por primera vez en mucho tiempo el ambiente parece relajarse. Solo un poco, pero lo suficiente.

Lachlan se sienta junto a mí.

Más cerca de lo necesario.

Menos cerca de lo que me gustaría admitir.

Y ahí vuelve a estar esa tensión.

Más suave ahora.

Menos cargada de discusiones.

Más peligrosa precisamente por eso.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Sí.

—Mentira.

—Pequeña mentira.

—Sigue siendo mentira.

—Estoy cansada.

—Eso sí te lo creo.

Sus ojos permanecen sobre mí unos segundos de más.

Mi corazón vuelve a convertirse en un problema.

Otra vez.

—Mañana encontraremos respuestas.

—Eso dijimos hace una semana.

—Y mira cuánto hemos avanzado.

—Qué optimista.

—Es agotador.

—Lo imagino.

La sonrisa aparece entre los dos.

Pequeña.

Compartida.

Durante un instante el resto desaparece.

La lista.

La guerra.

La llave.

Todo.

Solo estamos nosotros bajo las estrellas, demasiado conscientes el uno del otro y demasiado cerca.

Entonces Malcolm habla.

—Si vais a besaros, hacedlo ya.

El mundo se detiene.

Connor se atraganta.

Ewan empieza a reír.

Mairi directamente se tapa la cara.

Yo quiero desaparecer.

Lachlan parece debatirse entre matar a alguien o arrojarse a un lago.

—Malcolm.

—¿Sí?

—Te odiaba menos hace cinco minutos.

—Eso suele pasar.

—No nos íbamos a besar.

—Claro que no.

—No.

—Por supuesto.

—Malcolm.

—Buenas noches, Lachlan.

Las risas continúan durante varios minutos.

Y aunque intento mantener la dignidad, descubro algo terrible.

Lachlan también está sonrojado.

Y esa información probablemente me hará sobrevivir a cualquier cosa que nos espere en Blackstone.