Capítulo 30
Lachlan
Si hay algo que he aprendido durante las últimas semanas es que los hombres que deberían estar muertos suelen traer problemas.
Malcolm Fraser confirma la teoría con admirable rapidez.
Permanece de pie en la galería superior de la abadía como si estuviera recibiendo invitados en su propia casa. No parece preocupado por las espadas ni por nuestra presencia.
Y eso me molesta.
Mucho.
—Habla —digo.
—Qué impaciencia.
—Habla.
—Siempre me gustaron los MacLeod. Tan directos.
Connor se cruza de brazos.
—Eso no era un cumplido.
—Lo sé.
—Bien.
—Vosotros tampoco habéis cambiado.
—Gracias.
—Tampoco era un cumplido.
—Empiezo a notar un patrón.
Ewan da un paso adelante.
—Estamos perdiendo el tiempo.
—No.
Malcolm baja otro escalón y la sonrisa desaparece. Por primera vez parece realmente serio.
—Lleváis semanas persiguiendo fragmentos de una historia que empezó mucho antes de que nacierais.
—Entonces cuéntala —dice Isla.
El hombre la observa durante unos segundos, con atención y con algo parecido al respeto.
—Te pareces mucho a tu abuelo.
—Eso me han dicho.
—No. No lo entiendes. No me refiero al rostro.
El silencio se instala porque todos sabemos lo que quiere decir.
La terquedad.
Las preguntas.
La incapacidad para dejar las cosas en paz.
—Empieza a gustarme menos esta conversación —murmura Connor.
—A mí me preocupa lo contrario —responde Mairi desde la entrada.
No sabía que había conseguido acercarse tanto.
Por supuesto lo ha hecho.
—Mairi.
—Estoy detrás de tres hombres armados. Técnicamente estoy siendo prudente.
—Eso es discutible.
—Gracias.
Malcolm parece divertirse antes de volver a centrarse en nosotros.
—Hace treinta y dos años existía una red.
—Lo sabemos —digo.
—No. Sabéis una parte.
—Entonces continúa.
—La red vendía información a cualquiera que pudiera pagarla: ingleses, comerciantes o clanes rivales. No les importaba quién ganara mientras ellos siguieran enriqueciéndose.
Connor deja de sonreír.
Eso suele ser mala señal.
—Y los cinco hombres de la reunión los descubrieron.
—Correcto.
—Mi abuelo, el de Isla, Angus Ross...
—Y dos más.
—Tú eras uno de ellos.
—Sí.
—¿Qué ocurrió?
Malcolm tarda un momento en responder, como si estuviera viendo algo que ya no está allí.
—Cometimos un error.
Nunca me gusta escuchar esa frase porque los errores históricos suelen terminar convirtiéndose en problemas modernos.
—¿Qué error?
—Pensamos que podíamos detenerlos discretamente.
—¿Y?
—No se puede destruir algo así discretamente.
El viento atraviesa las ruinas y, durante unos segundos, nadie habla.
—La lista —dice Isla.
—La lista.
—La creasteis vosotros.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque necesitábamos pruebas.
—¿Y las encontrasteis?
Malcolm sonríe sin alegría.
—Demasiadas.
La respuesta resulta suficiente.
—Entonces ¿qué salió mal? —pregunta Ewan.
—La traición.
Por supuesto.
Siempre la traición.
—¿Quién?
—No lo sabíamos entonces.
—¿Y ahora?
—Ahora sí.
El corazón me golpea el pecho porque esa respuesta importa demasiado.
—¿Quién?
Malcolm me mira directamente.
—Uno de los cinco.
El silencio que sigue es absoluto.
Ni siquiera Connor encuentra algo que decir porque acabamos de comprender que el problema no estaba fuera.
Nunca lo estuvo.
Estaba dentro.
—No —dice Isla.
—Sí.
—Estás mintiendo.
—Ojalá.
—¿Quién fue?
Malcolm baja el último escalón y queda frente a nosotros, más cerca, más real y también más peligroso.
—Vuestro padre lo descubrió hace años.
Isla se queda inmóvil.
—¿Mi padre?
—Sí.
—¿Por eso desapareció?
—Sí.
—¿Está vivo?
La pregunta sale demasiado rápido, cargada de esperanza y miedo.
Malcolm la observa durante un largo segundo y entonces asiente.
El alivio golpea a Isla con tanta fuerza que casi parece dolor.
Lo veo.
Todos lo vemos.
—¿Dónde está?
—Seguro.
—¿Dónde?
—Seguro.
—Eso no responde.
—Es la única respuesta que obtendrás ahora.
Isla da un paso adelante.
Yo también.
No porque crea que va a atacarlo, sino porque la conozco y sé cuánto le está costando no hacerlo.
—Necesito verlo.
—Lo sé.
—Entonces dime dónde está.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque aún no sé si puedo confiar en vosotros.
Connor suelta una carcajada incrédula.
—¿Perdón?
—Hablo en serio.
—Nos has citado en una abadía abandonada después de fingir estar muerto durante décadas.
—Sí.
—Y eres tú quien tiene problemas de confianza.
—Correcto.
—Empiezo a odiarlo.
—Únete al club —murmura Ewan.
Malcolm no parece ofendido.
—Vuestra situación es sencilla.
—No tiene nada de sencilla.
—Comparada con la mía, sí.
—Eso tampoco me gusta.
—Lo sé.
Por primera vez entiendo algo.
Este hombre no habla así porque quiera parecer misterioso. Habla de ese modo porque lleva demasiado tiempo escondido, desconfiando de todo el mundo y sobreviviendo como puede.
No lo hace menos frustrante.
Pero lo explica.
—¿Qué quieres? —pregunto.
Por fin llegamos al centro del problema.
Malcolm asiente.
—Buena pregunta.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Empiezo a cansarme de esa frase.
—Lo entiendo.
—Habla.
Malcolm nos observa uno por uno antes de responder.
—Quiero la llave.
El aire cambia.
Todos lo notan.
Porque la llave está en mi bolsa y no hemos llegado hasta aquí para entregársela al primer fantasma que aparece.
—No —dice Isla.
La respuesta sale inmediata, instintiva.
Malcolm sonríe apenas.
—Pensé que dirías eso.
—Entonces no deberías haber preguntado.
—Quizá.
—¿Para qué sirve?
—Para abrir algo.
Connor cierra los ojos.
—Voy a matarlo.
—Haz cola —dice Ewan.
—¿Qué abre? —pregunta Isla.
—La cámara.
—¿Qué cámara?
—La que contiene la lista original.
Nadie habla.
Porque eso sí importa.
Eso cambia todo.
—Pensaba que la lista original estaba perdida.
—Mucha gente lo pensaba.
—¿Y no lo está?
—No.
—¿Dónde?
Malcolm guarda silencio demasiado tiempo.
—Malcolm.
—¿Sí?
—Empiezo a comprender por qué alguien intentó matarte.
Por primera vez el hombre ríe de verdad, aunque solo durante un instante. El sonido resulta extraño en medio de las ruinas.
—Eso también me lo han dicho antes.
—Voy a repetirlo.
—Lo imagino.
El humor desaparece tan rápido como apareció.
—La cámara está bajo la antigua fortaleza de Blackstone.
Connor parpadea.
Ewan también.
Yo no necesito fingir sorpresa porque conozco ese nombre.
Todos lo conocemos.
—Blackstone está destruida.
—No del todo.
—Lleva abandonada más de cincuenta años.
—Precisamente por eso sigue allí.
La comprensión llega poco a poco.
Fortaleza abandonada.
Cámara secreta.
Lista original.
Todo empieza a encajar.
Y eso debería tranquilizarme.
No lo hace.
Porque hay algo más.
Algo que sigue sin cuadrar.
—¿Quién era el traidor? —pregunto.
Malcolm vuelve a guardar silencio.
—Malcolm.
—Si os lo digo ahora, no llegaréis vivos a Blackstone.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tiene.
—Explícalo.
—No.
Connor deja caer la cabeza hacia atrás.
—Juro que voy a estrangularlo.
—También haz cola —dice Mairi.
Malcolm vuelve a mirar a Isla.
—Tu padre me pidió que te entregara esto cuando llegara el momento.
Saca algo del interior de su chaqueta.
Un pequeño medallón de plata, gastado por los años.
Lo lanza.
Isla lo atrapa y se queda inmóvil porque lo reconoce al instante.
—Era de mi madre.
La voz apenas le sale.
Malcolm asiente.
—Sí.
—¿Cómo lo tienes tú?
—Porque tu padre me lo dio.
El silencio vuelve, pesado y cargado de emoción.
Y por primera vez desde que empezó esta historia veo algo que no esperaba encontrar en los ojos de Malcolm Fraser.
Tristeza.
Una tristeza auténtica.
—Alasdair sigue vivo —dice en voz baja—, pero no por mucho tiempo si seguimos perdiendo tiempo.
La frase golpea a todos.
Especialmente a Isla.
—Llévame con él.
—Todavía no.
—Malcolm.
—Primero Blackstone.
—No.
—Sí.
—No.
—Definitivamente sí.
Por increíble que parezca, la discusión está a punto de empezar otra vez.
Y entonces escuchamos algo.
Un cuerno.
Lejano, pero lo bastante claro.
Todos nos giramos.
Malcolm deja de sonreír.
Por primera vez desde que lo conocemos.
—¿Qué ocurre? —pregunto.
Su respuesta llega inmediata y no me gusta en absoluto.
—Nos han encontrado.
El segundo cuerno responde desde otro punto del bosque.
Luego un tercero.
Y un cuarto.
Demasiados.
Muchos más de los que deberían existir.
Malcolm me mira.
Después a Isla.
Y finalmente a la salida de la abadía.
—Si queréis llegar a Blackstone...
Desenvaina una espada que no sabía que llevaba.
—...ha llegado el momento de correr.
Y la forma en que lo dice deja claro algo muy sencillo.
La guerra que llevamos semanas evitando acaba de alcanzarnos.