EL SECRETO DE LOS CLANES Capítulo 29
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Capítulo 29

Isla

La muerte de Angus Ross cambia algo, no solo en la investigación, sino también entre nosotros. Hasta ahora perseguíamos a alguien; ahora sabemos que hay quien elimina a cualquiera que pueda hablar. La diferencia resulta inquietante y peligrosamente personal.

El campamento permanece en silencio durante buena parte de la tarde. El mensajero ha sido alimentado, interrogado otra vez y enviado de vuelta con más preguntas que respuestas. Nadie cree que mienta.

Ese es precisamente el problema.

—Empiezo a echar de menos los días en los que solo intentaban secuestrarnos —murmura Mairi.

—Esos días fueron hace tres días —dice Ewan.

—Parecen tres años.

—También es cierto.

Connor remueve las brasas del fuego con una rama.

—Si seguimos así, dentro de una semana descubriremos una sociedad secreta formada por obispos, comerciantes y cabras.

—¿Cabras? —pregunto.

—Las cabras siempre parecen sospechosas.

—Eso no tiene ningún sentido.

—La conspiración tampoco.

Por desgracia, Connor consigue arrancarme una sonrisa, pequeña pero real, y ahora mismo eso ya es mucho.

Lachlan permanece sentado frente al fuego. Apenas participa en la conversación y lleva casi una hora observando el mapa extendido sobre sus rodillas.

Piensa.

Siempre piensa.

Empiezo a reconocer cuándo está cerca de descubrir algo, y ahora mismo parece peligrosamente cerca.

—¿Qué ocurre? —pregunto.

Levanta la vista.

—La mujer.

—¿La del cuervo?

—Sí.

Connor deja la rama.

—Yo también estaba pensando en eso.

—Qué miedo.

—Gracias.

Lachlan ignora la interrupción.

—Si quería advertirnos, ¿por qué no dio más información?

—Quizá no podía —dice Mairi.

—Quizá no quería.

—O quizá quería que sobreviviéramos —añado.

El silencio que sigue dura varios segundos porque nadie había dicho aquello en voz alta.

Sobrevivir.

No ganar ni resolver el misterio.

Solo sobrevivir.

—Eso implica que no trabaja con ellos —dice Ewan.

—O que trabaja con ellos y ha cambiado de bando —responde Connor.

—¿Por qué?

—Por dinero.

—Todo lo explicas con dinero.

—Porque funciona sorprendentemente bien.

Lachlan sigue observando el mapa y después señala un punto.

—Aquí.

Nos acercamos.

—¿Qué es?

—La abadía.

—La reunión que ya no existe.

—Quizá sí existe.

Connor sonríe lentamente.

—Ahora estamos pensando igual.

Eso nunca es una buena señal.

—Explicaos —dice Ewan.

Lachlan apoya un dedo sobre la piedra dibujada en el pergamino.

—Si alguien mató a Angus para impedir que hablara...

—Sí.

—...también querrá saber si nosotros acudimos.

La comprensión llega poco a poco.

—¿Quieres ir igualmente? —pregunto.

—Sí.

—Eso parece una locura.

—Probablemente.

—Entonces es tu plan favorito.

—Gracias.

No era un cumplido.

Lo entiende.

Yo también.

La abadía de San Bride aparece entre la niebla poco antes del anochecer.

La primera vez que escuché hablar de ella imaginé unas ruinas modestas. No esperaba algo tan grande ni tan inquietante.

Los restos del monasterio se alzan sobre una colina rocosa, rodeados de árboles retorcidos y muros derruidos. La torre principal sigue en pie, igual que parte de la iglesia. El resto parece haber sido devorado por el tiempo.

—No me gusta —dice Mairi.

—Eso la convierte en la persona más sensata del grupo —responde Connor.

—Gracias.

—De nada.

—Tú tampoco me gustas.

—Eso también suele pasar.

Nos dividimos antes de acercarnos.

Ewan y Connor rodearán el lado norte.

Lachlan y yo avanzaremos por el sur.

Mairi permanece con dos hombres de confianza cerca de los caballos.

Protesta.

Pierde.

Margaret estaría orgullosa.

La luz empieza a desaparecer cuando alcanzamos el muro exterior.

Todo está en silencio, demasiado silencio.

No hay pájaros, voces ni movimiento.

Solo viento.

—Esto es una trampa.

—Sí.

—Me alegra que estemos de acuerdo.

Lachlan sonríe apenas.

—¿Tienes miedo?

—Mucho.

—Bien.

—¿Bien?

—La gente sin miedo hace estupideces.

—Yo hago estupideces con miedo.

—Eso también es cierto.

El comentario consigue relajarme un poco, lo suficiente para seguir avanzando.

Entramos por una arcada derruida.

La nave principal de la iglesia aparece ante nosotros: oscura, vacía y gigantesca. Las últimas luces del día atraviesan los huecos del techo roto.

Durante unos segundos parece que realmente no hay nadie.

Entonces escuchamos una voz.

—Llegáis tarde.

Me giro.

Una figura emerge desde una galería superior.

No es la mujer.

Es un hombre alto y delgado, de cabello gris, demasiado bien vestido para alguien escondido en una ruina y completamente tranquilo.

Eso me inquieta más que cualquier espada.

—¿Quién eres? —pregunta Lachlan.

El desconocido sonríe.

—Esa pregunta empieza a resultar repetitiva.

—Respóndela.

—No.

—Entonces terminaremos esta conversación rápidamente.

—No lo creo.

Hay algo familiar en él.

No sé qué.

Solo una sensación, como si hubiera escuchado esa voz antes o visto ese rostro en alguna parte.

El hombre me observa y luego inclina la cabeza.

—Lady Isla MacKenzie.

Mi estómago se contrae.

—¿Nos conocemos?

—Indirectamente.

—Eso no significa nada.

—Significa más de lo que creéis.

Lachlan da un paso adelante.

—Has matado a Angus Ross.

—Sí.

La respuesta nos deja inmóviles.

Demasiado directa.

Demasiado tranquila.

—¿Por qué?

—Porque hablaba demasiado.

—Eso no responde.

—Responde perfectamente.

El hombre desciende unos escalones.

La luz de una antorcha olvidada ilumina parcialmente su rostro y, de repente, entiendo por qué me resulta familiar.

No porque lo haya visto antes.

Porque he visto otro rostro parecido.

Hace muchos años.

En un retrato.

Mi respiración se detiene.

—No.

El hombre sonríe lentamente.

—Ya veo que empezáis a comprender.

Lachlan me mira.

—¿Isla?

—Lo conozco.

—¿Quién es?

No aparto los ojos del desconocido porque la respuesta parece imposible y, aun así, sé que es cierta.

—Está en los retratos de la reunión.

El silencio cae sobre la abadía, pesado, frío y peligroso.

Connor y Ewan aparecen por una entrada lateral en ese mismo instante.

También armados.

También tensos.

—¿Qué ocurre? —pregunta Connor.

—Creo que sé quién es.

El hombre aplaude una vez, despacio.

—Excelente.

—Mi abuelo se reunió contigo.

La sonrisa se amplía.

—Sí.

—Y también con el abuelo de Lachlan.

—Sí.

—Y con Angus Ross.

—Correcto.

Connor deja de moverse.

Ewan también.

Porque todos comprendemos la misma cosa.

—Deberías estar muerto —dice Lachlan.

—Eso me han dicho muchas veces.

—Han pasado más de treinta años.

—Lo sé.

—Entonces explícalo.

El hombre suspira, como si estuviera cansado, no de nosotros, sino de los años.

—Mi nombre es Malcolm Fraser.

El nombre no significa nada para mí.

Pero sí para Connor.

Y para Lachlan.

Lo veo en sus rostros.

—No puede ser —murmura Connor.

—¿Quién es? —pregunto.

Lachlan no aparta la mirada del hombre.

—Era el quinto miembro de la reunión. El que desapareció. El que todos creían muerto.

La abadía parece quedarse sin aire.

Porque el fantasma que llevamos semanas persiguiendo acaba de aparecer delante de nosotros.

Vivo.

Sonriendo.

Y, por primera vez desde que empezó esta historia, siento que estamos a punto de descubrir la verdad.

O morir intentándolo.

—Bien —dice Malcolm Fraser mientras abre los brazos ligeramente—. Ahora que ya hemos terminado con las presentaciones, quizá podamos hablar de la lista.

Y la forma en que pronuncia esas palabras me deja clara una cosa inquietante.

No nos ha citado para pedir ayuda.

Nos ha citado porque sabe exactamente dónde está el siguiente secreto.

Y quiere algo a cambio.