Capítulo 28
Lachlan
Nadie confía en Angus Ross.
La verdadera discusión no es si debemos desconfiar de él, sino hasta qué punto.
Y, por desgracia, todo indica que la respuesta es muchísimo.
La reunión improvisada comienza apenas diez minutos después de recibir el mensaje. Volvemos al despacho de Alasdair porque ya nadie se molesta en buscar una sala más cómoda.
La comodidad abandonó esta historia hace tiempo.
Connor se deja caer en una silla mientras Ewan permanece de pie junto a la ventana. Isla sostiene la carta entre las manos, yo estudio el mapa extendido sobre la mesa y Mairi, para mi desconcierto, come una manzana con absoluta tranquilidad.
No sé cómo lo consigue.
—Voy a decir lo evidente —anuncia Connor.
—Eso suele ser una mala señal —replica Ewan.
—Angus Ross podría estar intentando matarnos.
—Gracias por tu brillante aportación.
—No he terminado.
—Por desgracia.
Connor ignora el comentario.
—También podría estar intentando salvar su propio cuello.
El silencio que sigue dura unos segundos.
Porque esa posibilidad resulta mucho más interesante.
—Continúa —digo.
—Si alguien más importante está detrás de todo esto y Angus sabe que hemos encontrado el cuaderno, quizá quiera negociar.
—¿Con nosotros?
—¿Con quién si no?
Ewan cruza los brazos.
—Asumes que es culpable.
—Asumo que aparece en una lista secreta marcada con tinta roja.
—Buen argumento.
—Lo sé.
Isla deja la carta sobre la mesa.
—Hay algo más.
Todas las miradas se vuelven hacia ella.
—La reunión será en la abadía.
Connor sonríe lentamente.
—Por supuesto.
—¿Qué significa esa sonrisa?
—Que me gusta tener razón.
—Nadie comparte ese sentimiento.
—Lo sé.
La abadía de San Bride vuelve a situarse en el centro de todo.
No me gusta.
Demasiadas pistas conducen al mismo lugar, y eso suele significar una de dos cosas: o estamos cerca de la verdad o avanzamos directamente hacia una trampa cuidadosamente preparada.
—¿Qué propone exactamente? —pregunto.
Isla vuelve a tomar la carta.
—Quiere reunirse mañana al anochecer. Solo con nosotros.
—Eso nunca significa solo nosotros.
—Ya lo sé.
—Bien.
—Lachlan.
—¿Qué?
—Deja de repetir lo evidente.
—No.
—Por supuesto que no.
Mairi sonríe detrás de su manzana.
Ewan parece al borde de una migraña.
Y Connor disfruta demasiado de toda la situación.
Algunas cosas nunca cambian.
Partimos al mediodía.
No vamos directamente hacia la abadía. Eso sería demasiado sencillo y, probablemente, una estupidez.
En lugar de eso, establecemos un campamento oculto en un bosque cercano mientras varios exploradores recorren la zona.
Las horas transcurren con una lentitud desesperante.
Cada nuevo informe aumenta la tensión.
Nadie ha visto movimientos sospechosos. Nadie ha encontrado soldados ocultos. Nadie ha descubierto señales de una emboscada.
Y eso me preocupa más que cualquier otra cosa.
Los hombres realmente peligrosos suelen esconder mejor sus trampas.
Estoy revisando el terreno con Connor cuando Isla aparece entre los árboles.
—Necesito hablar contigo.
Connor levanta ambas manos.
—Yo ya me iba.
—Nadie te ha pedido nada.
—Mi talento consiste en anticiparme.
—Tu talento consiste en hablar demasiado.
—También.
Se aleja silbando.
No sé cómo sigue vivo.
—¿Qué ocurre? —pregunto.
Isla tarda unos segundos en responder.
Observa el bosque, la luz filtrándose entre las ramas y la niebla baja que empieza a extenderse sobre el suelo.
—¿Crees que mi padre sigue vivo?
La pregunta me golpea con más fuerza de la esperada.
Porque sé cuál es la respuesta correcta.
Y también sé cuál sería la respuesta fácil.
No son la misma.
—Sí.
Ella me mira fijamente.
—¿Lo crees de verdad?
—Sí.
—¿Por qué?
Me tomo un momento antes de responder.
Se merece la verdad.
—Porque si hubieran querido matarlo, habrían dejado un cuerpo.
—Eso mismo dijo Connor.
—Por una vez tenía razón.
—No le gustará oírlo.
—Entonces no se lo diremos.
Una pequeña sonrisa aparece en sus labios antes de desvanecerse.
—Tengo miedo de llegar tarde.
Y ahí está la verdadera preocupación.
No la conspiración.
No la lista.
No la llave.
Sino la posibilidad de no encontrarlo a tiempo.
De perder la oportunidad.
Me acerco un poco más.
—Lo sé.
—No quiero que lo último que le dije fuera una discusión sobre una cena aburrida.
—No será lo último.
—No puedes saberlo.
—No.
—Entonces deja de actuar como si pudieras.
La emoción atraviesa por fin la armadura que lleva puesta.
Pequeñas grietas.
Pero suficientes.
—Estoy intentando que no te hundas.
—¿Y si necesito hundirme un momento?
La pregunta me deja inmóvil.
Porque no sé responderla.
Porque tiene razón.
Porque incluso la fortaleza acaba agotando.
—Entonces estaré ahí cuando vuelvas a salir.
El silencio que sigue es diferente.
Más íntimo.
Más peligroso.
Isla baja la mirada y luego vuelve a levantarla.
Durante un instante tengo la absurda sensación de que el resto del mundo desaparece.
Otra vez.
Empieza a ocurrir con demasiada frecuencia.
—Lachlan...
Mi nombre suena distinto cuando lo pronuncia así.
Más suave.
Más cercano.
Da un paso.
Solo uno.
Y la distancia entre nosotros deja de parecer razonable.
No la toco.
Todavía no.
Pero quiero hacerlo.
Mucho más de lo que debería.
—Jefe.
Cierro los ojos.
Por supuesto.
Niall aparece entre los árboles, respirando con fuerza.
—¿Estoy interrumpiendo algo?
—Sí —respondemos los dos al mismo tiempo.
—Excelente. Entonces debe de ser importante.
Lo odio un poco.
—Habla.
Niall deja de sonreír.
Y eso elimina cualquier deseo de estrangularlo.
—Tenemos compañía.
Toda mi atención vuelve al instante.
—¿Ross?
—No.
—¿Entonces?
—Un jinete.
—¿Uno solo?
—Sí.
Intercambio una mirada con Isla.
Eso resulta extraño.
Muy extraño.
—¿Quién es?
Niall duda.
Algo que no suele hacer.
—Dice que viene de parte de Angus Ross.
—¿Y?
—Dice que la reunión ha cambiado.
El jinete nos espera cerca del arroyo.
Es un hombre mayor, delgado, sin armas visibles y completamente aterrorizado.
Lo noto en cuanto lo veo.
No está fingiendo.
—¿Quién eres? —pregunta Ewan.
—Robert Kerr.
—¿Trabajas para Ross?
—Sí.
—Mal comienzo.
El hombre parece desear estar en cualquier otro lugar del mundo.
No lo culpo.
—Traigo un mensaje.
—Habla.
Nos entrega una carta sellada.
Esta vez no lleva el emblema Ross.
Tiene un sello roto, como si hubiera sido cerrada con prisas.
Connor la abre.
Lee.
Y por primera vez en horas deja de sonreír.
—Eso es nuevo —dice Mairi.
—¿Qué ocurre? —pregunta Isla.
Connor me entrega la carta.
Leo.
Y lo entiendo.
Maldita sea.
Lo entiendo.
—¿Lachlan?
Le paso el mensaje a Isla.
Ella lo lee y su rostro pierde el color.
—No.
—¿Qué? —exige Ewan.
Isla le entrega la carta.
Mi amigo la lee en voz alta.
—"No acudáis a la abadía. Angus Ross está muerto."
El bosque entero parece quedarse en silencio.
Nadie habla.
Nadie se mueve.
Porque la frase resulta imposible.
Absurda.
Y aterradoramente real.
Ewan vuelve a leerla, como si las palabras pudieran cambiar.
No lo hacen.
—¿Muerto? —pregunta al fin.
El mensajero asiente.
—Lo encontraron esta mañana.
—¿Cómo?
—Apuñalado.
Connor maldice.
Mairi deja de sonreír.
Incluso Niall parece impresionado.
—¿Quién envía la carta? —pregunto.
El hombre traga saliva.
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—Me la entregaron y me dijeron que la llevara.
—¿Quién?
—Una mujer.
Todos nos quedamos inmóviles.
—¿Qué mujer?
—No dio su nombre.
—Descríbela.
El hombre cierra los ojos intentando recordar.
—Cabello oscuro. Capa verde. Acento del norte.
—Eso describe a media Escocia —murmura Connor.
—Había algo más.
—¿Qué?
—Llevaba un broche.
Mi pulso se acelera.
Porque sospecho cuál será la respuesta.
Todos la sospechamos.
—¿Qué broche?
El mensajero nos mira uno por uno.
Y entonces responde.
—Un cuervo negro.
Nadie dice nada.
Acabamos de descubrir algo importante.
Durante semanas perseguimos halcones.
Ahora aparece un cuervo.
Y la sensación de que alguien más está moviendo las piezas se vuelve imposible de ignorar.
—¿Qué significa eso? —pregunta Isla.
Miro la llave guardada en mi bolsa.
La llave del cuervo.
El mensaje.
La mujer desconocida.
Angus muerto.
Y una nueva pieza entrando en el tablero.
—No lo sé.
La respuesta es sincera.
Y precisamente por eso resulta tan preocupante.
Porque, por primera vez desde que comenzó todo, ya no somos nosotros quienes seguimos las huellas del enemigo.
Alguien acaba de encontrarnos primero.