Capítulo 27
Isla
Durante varios segundos nadie habla. El nombre sigue allí: Angus Ross. Está escrito con la misma tinta que el resto, marcado en rojo, imposible de ignorar y aún más difícil de explicar. Aunque lo tenemos delante, cuesta creerlo.
Connor es el primero en reaccionar. Toma el cuaderno otra vez y revisa las páginas con más atención.
—Quiero equivocarme.
—Yo también —dice Ewan.
—Pero no parece que vayamos a tener suerte.
Lachlan sigue observando el nombre, no con rabia, sino con una concentración absoluta. Eso me preocupa más. Cuando se enfada, sé qué esperar; cuando se queda pensando, suele encontrar respuestas que el resto preferiríamos no conocer.
—¿Qué estás viendo? —pregunto.
Levanta la vista.
—Un problema.
—Eso ya lo tenemos claro.
—No. Un problema distinto.
Connor deja el cuaderno sobre la mesa.
—Estoy escuchando.
Lachlan señala la página.
—Si Angus Ross forma parte de esto, ¿por qué sigue aquí?
Ewan frunce el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Que es demasiado visible.
—Quizá se siente intocable.
—Quizá.
—¿Y la otra opción?
—Que alguien quiera que lo encontremos.
El silencio regresa. La idea resulta incómoda porque encaja demasiado bien con todo lo que hemos visto hasta ahora.
—¿Crees que es una trampa? —pregunta Mairi.
—Creo que llevamos semanas siguiendo trampas.
Connor asiente lentamente.
—Y esta podría ser la más grande.
Me apoyo contra la mesa. El cansancio empieza a pesar, no en el cuerpo, sino en la cabeza. Es esa fatiga que aparece cuando cada respuesta abre tres preguntas nuevas.
—Mi padre estaba convencido de algo —digo.
Todos me miran.
—Si escondió la llave y el cuaderno, sabía que corría peligro.
—Sí —responde Lachlan.
—Y si escribió aquella carta, sabía que podía desaparecer.
—También.
—Entonces llevaba tiempo investigando.
Connor asiente.
—Años, probablemente.
—Y no estaba solo.
Ewan se gira hacia mí.
—¿Por qué dices eso?
Señalo el cuaderno.
—Porque nadie reúne toda esta información sin ayuda.
La posibilidad va tomando forma: una red de contactos, informadores y aliados que conocían parte de la verdad. Algunos quizá ya no estén vivos; otros podrían seguir ahí fuera.
—Necesitamos encontrar a quienes colaboraron con él —dice Lachlan.
—Necesitamos encontrarlo a él —corrijo.
Por primera vez desde que llegamos, una chispa de esperanza consigue abrirse paso. Es pequeña, pero suficiente. Ya no estamos hablando solo de una conspiración, sino de mi padre, de un hombre que podría seguir vivo... o no. Y ninguna de las dos opciones resulta fácil de soportar.
Lachlan lo nota, por supuesto. No dice nada. Simplemente acerca una silla con el pie. Es un gesto mínimo, casi insignificante, y aun así me conmueve más de lo que debería.
Me siento sin discutir. No me quedan fuerzas para hacerlo.
La tarde se convierte en una investigación frenética. Duncan trae registros antiguos, Connor revisa nombres, Ewan compara fechas y Mairi lee notas hasta que empieza a protestar porque los espías históricos tenían una letra espantosa.
—¿Por qué todos escribían como si odiaran a la humanidad?
—Porque no te conocían —dice Ewan.
—Qué encanto.
—Lo intento.
—No lo suficiente.
Por primera vez desde su rescate, parece realmente ella misma. Eso ayuda más de lo que admitiré.
Lachlan trabaja junto a mí. A veces hablamos; otras permanecemos en silencio. Y, para mi sorpresa, esos silencios ya no resultan incómodos.
Mientras reviso una lista de nombres, encuentro algo que se repite varias veces: una palabra, siempre la misma, subrayada.
—Esperad.
Connor levanta la cabeza.
—¿Qué has encontrado?
—Míralo.
Le entrego el cuaderno. Observa una página, luego otra y una tercera.
—Interesante.
—¿Qué?
—Muy interesante.
—Connor.
—Todos los pagos importantes aparecen vinculados al mismo lugar.
Ewan se acerca.
—¿Dónde?
Connor señala una línea.
—La abadía de San Bride.
La habitación queda en silencio. Reconozco el nombre. Todos lo reconocemos.
—Está abandonada —dice Duncan.
—Desde hace años —añade Ewan.
—Supuestamente —corrige Connor.
—No me gusta cuando dices eso.
—Lo sé.
Lachlan toma el cuaderno, lee con atención y reflexiona unos segundos antes de asentir.
—Tiene sentido.
—¿Qué tiene sentido? —pregunto.
—Es antigua, está aislada y tiene túneles.
—¿Túneles?
—Los monasterios antiguos suelen tenerlos.
Connor sonríe.
—Ahora sí parece una conspiración de verdad.
—Nunca dejó de parecerlo.
—Pero ahora tiene abadías misteriosas.
Es un buen argumento. Lástima que el momento no acompañe.
La discusión continúa hasta el anochecer.
Al final tomamos una decisión: partiremos al amanecer.
Iremos en un grupo reducido, nos moveremos rápido y no anunciaremos nada.
Si Angus Ross o cualquiera de los implicados descubre que tenemos la llave y el cuaderno, desaparecerán antes de que podamos actuar.
Ya hemos dejado escapar demasiadas oportunidades.
Cuando la reunión termina, todos parecen agotados, yo incluida.
Salgo del despacho en busca de un poco de aire. Necesito caminar, ordenar mis pensamientos y respirar. El castillo está tranquilo; las antorchas iluminan los pasillos con una luz cálida y temblorosa.
Mis pasos me llevan hasta una galería exterior que da al patio. No sé cuánto tiempo llevo allí cuando escucho una voz.
—Sabía que huirías.
No necesito girarme.
—No estoy huyendo.
—Claro que sí.
—Solo caminaba.
—Eso es huir más despacio.
Lachlan se apoya junto a la columna más cercana. Durante unos segundos observamos el patio sin decir nada.
—Cuando era pequeña, pensaba que mi padre sabía absolutamente todo.
—Eso les pasa a muchos niños.
—Después descubrí que no era cierto.
—Eso también.
—Y ahora resulta que sabía cosas que ni siquiera imaginaba.
Mi voz sale más frágil de lo que pretendía. Odio eso.
Lachlan tarda un momento en responder.
—No tienes que resolverlo todo esta noche.
—¿Y mañana?
—Tampoco.
—No parece que tengamos mucho tiempo.
—Probablemente no.
Apoya los antebrazos sobre la barandilla de piedra.
—Pero sigues siendo una persona.
—Qué observación tan profunda.
—Lo intento.
—Mal momento para empezar.
La sonrisa que aparece en su rostro es pequeña, pero basta.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que una parte de mí está enfadada con él.
La confesión queda suspendida entre nosotros.
—¿Por ocultártelo?
—Sí.
—Es comprensible.
—Y me siento culpable por estar enfadada.
—Eso también es comprensible.
—Qué útil eres hoy.
—Estoy haciendo un esfuerzo.
Lo miro y, durante un instante, veo algo distinto. No al jefe ni al guerrero, sino al hombre que se quedó despierto conmigo, que me creyó cuando nadie más lo hacía y que sigue aquí.
—Gracias.
La palabra sale sola.
Él no pregunta por qué. Creo que ya lo sabe.
—De nada.
La distancia entre nosotros parece reducirse apenas un poco, lo justo para que mi corazón vuelva a comportarse como un idiota. Empiezo a sospechar que no tiene intención de mejorar.
—Cuando todo esto termine...
La frase se escapa antes de que pueda detenerla.
Lachlan gira la cabeza.
—¿Sí?
Debería callarme. De verdad debería.
—No importa.
—Ahora sí importa.
—No.
—Sí.
—Te odio cuando haces eso.
—No.
—No te pongas tan satisfecho.
—No estoy satisfecho.
—Mentiroso.
Por primera vez en días, la risa surge sin esfuerzo: suave, real, compartida.
Y justo cuando pienso que quizá podamos quedarnos un rato más así, una voz rompe el momento. Otra vez. Naturalmente.
—Empiezo a pensar que me evitáis.
Connor.
Por supuesto.
Siempre Connor.
Lachlan cierra los ojos. Yo también.
—¿Sabes? —dice Connor acercándose—. Si sigo interrumpiendo escenas importantes, algún día alguien escribirá canciones sobre mí.
—Serán canciones muy cortas —responde Lachlan.
—Y terminarán mal —añado.
—Qué poca gratitud.
Connor se detiene frente a nosotros. La sonrisa sigue ahí, pero sus ojos han cambiado, y eso basta para que la mía desaparezca.
—¿Qué ocurre?
Connor tarda un segundo en responder.
—Ha llegado un mensajero.
El cansancio vuelve de golpe.
—¿De Inverbrae?
—No.
—¿Entonces?
La sonrisa desaparece por completo.
—De territorio Ross.
El silencio cae sobre nosotros, denso e inquietante.
—¿Qué quiere Angus?
Connor saca un pergamino doblado.
—Eso es lo interesante.
Me lo entrega. Lo abro, leo y siento cómo la sangre abandona mi rostro.
—¿Isla?
Le paso el mensaje a Lachlan. Él lo lee y su mandíbula se endurece.
—¿Qué pasa? —pregunta Connor.
Lachlan levanta la vista y, por primera vez en mucho tiempo, veo auténtica furia en sus ojos.
—Angus Ross quiere reunirse.
—¿Por qué?
—Porque dice que puede llevarnos hasta Alasdair MacKenzie.
De pronto, la abadía, la lista y la llave dejan de ser el centro del problema. Porque si Angus dice la verdad, mi padre sigue vivo. Y si miente, estamos a punto de caminar directamente hacia la trampa más peligrosa de todas.