EL SECRETO DE LOS CLANES Capítulo 26
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Capítulo 26

Lachlan

La noticia golpea el castillo como una piedra lanzada contra un cristal.

Alasdair MacKenzie ha desaparecido.

No ha salido a cabalgar ni se ha marchado por voluntad propia. Tampoco ha enviado mensaje alguno para explicar su ausencia.

Simplemente se ha esfumado.

Y todos sabemos que esa palabra rara vez anuncia algo bueno.

El estudio vuelve a llenarse en cuestión de minutos.

Connor.

Ewan.

Isla.

Yo.

Incluso Mairi aparece envuelta en una manta y con una expresión que deja claro que nadie conseguirá enviarla de vuelta a la cama.

—Léela otra vez —dice Ewan.

Isla le entrega la carta.

Él la revisa por tercera vez.

No cambia.

Por desgracia.

—¿Quién la escribió?

—Duncan —responde Isla—. El capitán de la guardia de Inverbrae.

—¿Confías en él?

—Sí.

—¿Completamente?

—Sí.

La respuesta llega demasiado rápido para ser fingida.

Eso elimina una posibilidad.

Y deja otras peores.

Connor extiende la carta sobre la mesa.

—Repasemos los hechos.

—Odio cuando dices eso —murmura Ewan.

—Porque suelen ser preocupantes.

—Exacto.

Connor ignora el comentario.

—Alasdair fue visto por última vez ayer por la tarde.

—Correcto.

—Entró en su despacho.

—Sí.

—Y esta mañana había desaparecido.

—Sí.

—Sin señales de lucha.

—Sí.

—Sin cadáver.

—Connor.

—¿Qué?

—Ya lo hemos entendido.

—Solo intento poner orden en el desastre.

Isla permanece inmóvil.

Demasiado inmóvil.

No ha llorado.

No ha gritado.

No ha perdido el control.

Y eso me preocupa más.

Conozco esa clase de silencio: el que aparece cuando alguien se obliga a seguir entero únicamente por fuerza de voluntad.

—¿Qué había en el despacho? —pregunto.

Ewan se vuelve hacia mí.

—¿Qué quieres decir?

—Si vuestro padre sabía algo sobre la lista, quizá estaba buscando información.

—O destruyéndola —dice Connor.

Nadie responde.

La posibilidad existe.

Y no nos gusta.

—Duncan registró la habitación —dice Isla finalmente—. Encontró algo raro.

Todos la miramos.

—¿Qué?

—Una caja abierta.

—¿Vacía?

—Sí.

Connor se incorpora.

—Eso sí es interesante.

—No sabemos qué contenía.

—Pero alguien sí lo sabe.

El silencio vuelve a caer sobre la sala.

Otra pieza del rompecabezas.

Otra pregunta sin respuesta.

Otra pista que llega demasiado tarde.

Partimos antes del amanecer.

Esta vez nadie discute.

No hay tiempo para ello.

Inverbrae está a varias horas de camino y cada minuto cuenta.

El viaje transcurre bajo una lluvia fina que convierte el paisaje en una sucesión de colinas grises y bosques oscuros. Isla apenas habla. Mairi intenta entablar conversación durante la primera hora.

Fracasa.

Incluso Connor parece comprender que no es momento para bromas.

Lo cual resulta inquietante.

Mucho más de lo que debería.

A mitad del trayecto me acerco a Isla.

—Tienes que comer algo.

—No tengo hambre.

—No era una pregunta.

Ella gira la cabeza.

—¿Ahora quién da órdenes?

—Siempre he dado órdenes.

—Cierto.

—Y sigues sin comer.

—Lachlan.

—Isla.

Durante unos segundos mantiene la mirada.

Después acepta el trozo de pan que le ofrezco.

Pequeña victoria.

Y, dadas las circunstancias, me conformo con ella.

Las puertas de Inverbrae se abren en cuanto nos reconocen.

El ambiente dentro del castillo resulta distinto.

Tenso.

Preocupado.

Demasiado silencioso.

La noticia se ha extendido.

Lo veo en las caras.

En las conversaciones que se interrumpen al pasar.

En la forma en que los hombres observan a Ewan y a Isla.

Duncan nos espera en el patio.

Es un hombre robusto, de cabello entrecano y expresión cansada.

Parece haber envejecido varios años en una sola noche.

—Mi lady.

Isla desmonta antes de que termine de hablar.

—Cuéntamelo todo.

No pierde tiempo.

Nunca lo hace cuando realmente importa.

Duncan asiente.

—Entró en el despacho después de cenar.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Y después?

—Nadie lo vio salir.

—Eso es imposible.

—También lo pensé.

Nos dirigimos al interior mientras habla.

Los pasillos de Inverbrae me resultan familiares a estas alturas. He recorrido muchos castillos en mi vida y todos tienen algo en común.

Secretos.

Algunos esconden mejores secretos que otros.

El despacho de Alasdair ocupa una esquina de la torre principal.

La habitación parece normal.

Demasiado normal.

Mesa.

Estanterías.

Mapas.

Documentos.

Nada roto.

Nada fuera de lugar.

—¿La caja?

Duncan señala un rincón.

—Estaba aquí.

Me acerco.

Solo queda una marca rectangular sobre el polvo.

Connor se arrodilla.

Observa el suelo.

La pared.

Los muebles.

—¿Qué?

—Estoy pensando.

—Eso nunca me tranquiliza.

—Lo sé.

Mairi comienza a revisar las estanterías.

Ewan examina los documentos.

Isla permanece en el centro de la habitación.

Observándolo todo.

Como si intentara encontrar algo que los demás no vemos.

Entonces sucede algo extraño.

Ella se acerca a la chimenea.

No porque haya descubierto una pista evidente.

Porque recuerda algo.

Lo noto.

—¿Isla?

No responde.

Se arrodilla.

Pasa la mano por una piedra concreta.

Y sonríe.

Por primera vez desde la llegada de la carta.

—¿Qué ocurre?

Ella levanta la vista.

—Mi abuelo.

—¿Qué pasa con él?

—Escondía cosas.

Connor se acerca.

—Eso ya lo sabíamos.

—No de esta manera.

—Explícalo.

Isla golpea dos veces una piedra del lateral de la chimenea.

Nada.

Luego prueba con otra.

Y otra más.

La cuarta produce un sonido distinto.

Hueco.

Todos nos quedamos inmóviles.

—No.

—Sí.

—No puede ser tan fácil.

—Nunca se sabe.

Isla presiona la piedra.

No ocurre nada.

Frunce el ceño.

Lo intenta otra vez.

Entonces escuchamos un clic.

Pequeño.

Metálico.

Y una sección de la chimenea se desplaza unos centímetros.

Connor parece un niño el día de una fiesta.

—Me encantan las habitaciones secretas.

—Eso explica muchas cosas sobre ti —dice Ewan.

Dentro del compartimento hay un paquete envuelto en cuero.

Nada más.

Isla lo extrae con cuidado.

Todos observamos.

Nadie respira.

Ella abre las correas.

Dentro aparece un cuaderno.

Viejo.

Gastado.

Y una llave.

Negra.

Con forma de cuervo.

Durante un instante nadie habla.

La respuesta ha estado allí todo el tiempo.

La llave.

La maldita llave.

La tenemos delante.

—Por todos los santos —murmura Connor.

Ewan cierra los ojos.

—No me lo puedo creer.

—Yo sí —dice Mairi.

—¿Por qué?

—Porque nuestras vidas dejaron de ser normales hace meses.

Buen argumento.

Isla sostiene la llave.

La observa.

Y entonces descubre algo más.

Un papel doblado entre las páginas del cuaderno.

Lo despliega lentamente.

Reconozco la letra incluso sin haberla visto antes.

Alasdair.

Su padre.

La expresión de Isla cambia.

—¿Qué dice?

No responde.

Sigue leyendo.

Y cuanto más avanza, más pálida se vuelve.

—Isla.

Ella me entrega la carta.

La tomo.

Leo.

Y siento un frío desagradable recorrerme la espalda.

"Hija.

Si estás leyendo esto, significa que han encontrado el camino hasta nosotros.

No confíes en los hombres del halcón.

Pero tampoco en todos los hombres de nuestros clanes.

La lista existe.

Y hay nombres que te romperán el corazón.

He escondido el original donde nadie lo buscaría jamás.

Si desaparezco, no me busques.

Busca el juramento."

Levanto la vista.

El silencio pesa sobre la habitación.

—¿Qué significa eso?

—No lo sé —dice Isla.

—¿El juramento? —pregunta Ewan.

—Nunca he oído hablar de él.

Connor vuelve al cuaderno.

—Esperad.

—¿Qué?

Pasa varias páginas.

Luego otra.

Y otra más.

Su expresión cambia.

—Oh.

Nunca me gusta cuando Connor dice eso.

—¿Qué ocurre?

—Creo que acabamos de encontrar algo peor.

—¿Peor que un secuestro, una conspiración y una lista secreta?

—Sí.

—Impresionante.

Connor gira el cuaderno hacia nosotros.

Hay nombres.

Docenas.

Fechas.

Pagos.

Reuniones.

Acuerdos.

Y varios están marcados.

Con tinta roja.

Ewan se inclina.

Su rostro pierde el color.

—No.

—Sí —responde Connor.

Mairi se acerca.

Después Duncan.

Y uno a uno comprendemos lo mismo.

Entre aquellos nombres aparecen hombres importantes.

Consejeros.

Comerciantes.

Jefes de clan.

Y uno destaca por encima de todos.

Porque lo conocemos.

Porque confiamos en él.

Porque estuvo sentado con nosotros hace apenas unos días.

Connor señala la línea.

Nadie habla.

No hace falta.

El nombre parece gritar por sí solo.

Angus Ross.

Uno de los jefes de clan que participó en la reunión de Inverbrae.

Uno de los hombres que más insistió en provocar una guerra.

Y quizá uno de los traidores que llevamos semanas buscando.

Isla cierra los ojos.

—Mi padre lo sabía.

—Sí.

—Y por eso desapareció.

Nadie puede contradecirla.

Porque, por primera vez, la teoría encaja.

Demasiado bien.

Y porque todos entendemos la misma verdad aterradora.

Ya no estamos buscando una llave ni una lista.

Ni siquiera a Alasdair.

Ahora perseguimos a hombres poderosos que harán cualquier cosa para impedir que la verdad salga a la luz.

Y acabamos de demostrarles que ya no tienen el control.