Capítulo 25
Isla
La palabra heredera me acompaña durante todo el camino de regreso.
Por más que intente ignorarla, cambiar de tema o concentrarme en cualquier otra cosa, sigue ahí, clavada en mi mente como una piedra dentro de una bota: pequeña, irritante e imposible de olvidar.
El trayecto desde la casa de caza hasta Dunraven transcurre bajo un cielo gris y un viento cada vez más frío. Nadie habla demasiado. Incluso Connor parece haber comprendido que algunas revelaciones necesitan tiempo para asentarse antes de convertirse en conversación.
Esa comprensión le dura apenas una hora.
Después vuelve a ser Connor.
—Quizá la llave sea realmente una llave.
Ewan suspira.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque nunca es tan sencillo.
—A veces sí.
—Nunca contigo.
—Qué injusto.
—Qué preciso.
Connor mira hacia mí.
—¿Tu abuelo escondía cosas?
—Todo el mundo esconde cosas.
—Eso no responde.
—Entonces sí.
—¿Ves?
—No veo nada.
—Yo sí. Veo esperanza.
—Eso explica muchos de tus problemas.
Por primera vez desde la casa de caza, Lachlan sonríe.
Es apenas un gesto fugaz, pero basta para aliviar una tensión que ni siquiera había reconocido hasta ese momento.
Prefiero no detenerme a pensar por qué.
Por desgracia, Mairi no comparte esa filosofía.
Cuando llegamos al castillo y nos quedamos unos segundos atrás mientras los hombres desmontan, aparece a mi lado como una aparición pelirroja.
—Tengo una pregunta.
—No.
—Todavía no la he hecho.
—No importa.
—Importa mucho.
—Mairi.
—¿Desde cuándo sonríes cuando él sonríe?
La miro.
Ella sonríe.
Yo quiero empujarla al lago.
—Has estado secuestrada.
—Y ahora valoro mejor mi tiempo.
—No pienso responder.
—Eso suele significar que la respuesta es interesante.
—Vete.
—No.
—Por favor.
—Qué educada te vuelves cuando estás desesperada.
—Mairi.
—Isla.
La conversación termina cuando Margaret aparece y decide que Mairi necesita comer algo más sólido que aire y terquedad.
Bendita sea.
La reunión de esa noche resulta mucho menos tranquila que la anterior.
La palabra heredera ha llegado antes que nosotros.
Y con ella, una avalancha de preguntas.
El estudio de Lachlan vuelve a llenarse de mapas, pergaminos y hombres cansados.
Ewan permanece junto a la ventana.
Connor se adueña de una silla como si le perteneciera desde siempre.
Yo me quedo cerca de la mesa.
Lachlan frente a mí.
—Repasemos lo que sabemos —dice.
—Va a ser una lista deprimente —responde Connor.
—Aun así.
Connor levanta una mano.
—Tenemos una conspiración que lleva décadas activa, una lista desaparecida, una llave misteriosa, una heredera involuntaria y enemigos mejor informados que nosotros.
—Gracias por tu optimismo.
—Es un don.
Lachlan ignora el comentario.
—La pregunta importante es por qué creen que Isla puede encontrar la llave.
—Porque es la heredera —dice Ewan.
—Eso ya lo sabemos.
—Entonces deja de preguntar.
—Necesito una respuesta mejor.
—Yo también.
El silencio se instala en la habitación.
Todos pensamos lo mismo.
Tiene que haber algo más.
Algo que no estamos viendo.
Algo que conecta a mi abuelo conmigo.
—Mi padre sabe algo.
Las palabras salen antes de que pueda detenerlas.
Los demás se vuelven hacia mí.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Lachlan.
Intento ordenar la idea.
—Cuando era niña pregunté varias veces por mi abuelo.
—Eso parece normal.
—Sí. Pero cada vez que mencionaba ciertos temas, mi padre cambiaba de conversación.
—¿Qué temas?
—La guerra. Los viajes. Los últimos años de su vida.
Connor deja de sonreír.
—¿Nunca te pareció extraño?
—Tenía diez años.
—Buen argumento.
Ewan frunce el ceño.
—Padre nunca habla de esa época.
—Exacto.
—Pensé que era por dolor.
—Quizá también.
—¿Crees que nos ocultó algo?
La pregunta queda suspendida en el aire.
No quiero responderla.
Conozco a mi padre.
Confío en él.
Y la alternativa resulta difícil de aceptar.
—No lo sé.
Es la única respuesta sincera que puedo dar.
Lachlan permanece pensativo varios segundos.
Luego se acerca al mapa.
—Necesitamos hablar con él.
—Lo suponía.
—Esta vez no mediante cartas.
—También lo suponía.
Connor se incorpora.
—Entonces iremos a Inverbrae.
—Mañana.
—Esta noche.
—No.
—Sí.
—Connor.
—Lo intento.
Ewan se frota la frente.
—Empiezo a comprender por qué la gente amenaza a los Sinclair.
—Y aun así seguimos prosperando.
—Es un misterio.
La conversación continúa durante casi una hora.
Analizamos posibilidades.
Descartamos teorías.
Le damos forma a otras nuevas.
Y, al final, seguimos exactamente donde empezamos.
Necesitando respuestas.
La única diferencia es que ahora sabemos quién podría tenerlas.
Mi padre.
Más tarde, cuando la reunión termina, salgo al patio para respirar.
Necesito aire.
Necesito silencio.
Y, sobre todo, unos minutos sin escuchar las palabras llave, lista o heredera.
La noche está despejada.
El lago refleja las estrellas.
El viento trae olor a agua y piedra húmeda.
Me apoyo contra el muro exterior y cierro los ojos.
—Sabía que te encontraría aquí.
No necesito girarme.
Reconozco la voz.
—Empiezas a ser inquietante.
—Eso me han dicho.
—Varias veces.
—Muchas.
Cuando abro los ojos, Lachlan está a mi lado.
No demasiado cerca.
Lo suficiente.
—Estás preocupada.
—Qué observador.
—Lo intento.
—Pues sí.
Durante unos segundos ninguno habla.
No resulta incómodo.
De hecho, ese tipo de silencios empieza a ser demasiado habitual entre nosotros.
—¿Crees que mi padre me ha mentido?
La pregunta sale más baja de lo que esperaba.
Lachlan tarda un momento en responder.
—No.
—Eso ha sonado poco convincente.
—Porque no creo que sea tan sencillo.
—Explícalo.
Él observa el lago.
—Mi padre me ocultó cosas.
—¿Por qué?
—Porque pensaba que me protegía.
La respuesta llega demasiado rápido.
Como si hubiera reflexionado sobre ello muchas veces.
—¿Y te protegía?
Una sonrisa amarga aparece en su rostro.
—A veces.
—¿Y las otras veces?
—Solo retrasaba el momento en que descubría la verdad.
Lo miro.
No parece estar hablando únicamente de su padre.
—Crees que eso ocurre aquí.
—Creo que los padres hacen cosas equivocadas por razones correctas.
—Qué frase tan frustrante.
—Lo sé.
—Porque permite que todos tengan razón.
—Y porque suele ser cierta.
No quiero admitirlo.
Pero entiendo lo que intenta decir.
Mi padre podría haber ocultado algo.
Y aun así hacerlo por amor.
Ambas cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.
No me gusta.
Pero pueden.
—Tengo miedo de descubrir algo horrible.
La confesión me sorprende incluso a mí.
Lachlan no responde enseguida.
Solo me observa.
Con esa atención absoluta que tiene cuando deja de fingir que nada le importa.
—Yo también.
Parpadeo.
—¿Tú?
—Si la lista existe.
—Sí.
—Y si afecta a nuestros clanes.
—Sí.
—Puede cambiar muchas cosas.
No necesito que continúe.
Lo entiendo perfectamente.
Alianzas.
Lealtades.
Familias.
Todo.
El silencio regresa.
Esta vez es más suave.
Menos pesado.
Como si compartir el miedo lo hiciera un poco más llevadero.
—Lachlan.
—¿Sí?
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no tratarme como si fuera frágil.
La expresión de Lachlan cambia apenas.
—No eres frágil.
—A veces todos intentan convencerme de lo contrario.
—Entonces todos están equivocados.
Mi corazón decide comportarse de forma ridícula.
Otra vez.
No ayuda que él siga mirándome así.
Ni que estemos solos.
Ni que la distancia entre nosotros parezca cada vez más absurda.
—Isla.
Mi nombre suena diferente.
Más grave.
Más lento.
Levanto la vista.
Error.
Porque él ya me estaba mirando.
De verdad mirando.
Y esta vez ninguno aparta los ojos.
El patio desaparece.
El lago desaparece.
Incluso el castillo desaparece.
Solo queda ese instante suspendido entre nosotros.
Ese silencio.
Esa certeza creciente de que ambos estamos cansados de fingir.
Lachlan da un paso.
Solo uno.
Yo no retrocedo.
Tampoco avanzo.
No hace falta.
Ya está lo bastante cerca para que note el calor de su cuerpo pese al frío de la noche.
—Llevo semanas intentando ser sensato.
Su voz apenas supera un susurro.
—Eso explica por qué pareces tan cansado.
Una sonrisa cruza sus labios.
Breve.
Real.
—Y tú llevas semanas siendo imposible.
—Eso no es nuevo.
—No.
Su mano se eleva despacio.
Como si me estuviera dando tiempo para apartarme.
No lo hago.
Sus dedos rozan una hebra de cabello junto a mi sien.
Nada más.
Y, aun así, siento ese contacto en cada respiración.
—Esto también es una mala idea.
—Probablemente.
—Muchas complicaciones.
—Muchísimas.
—Tu hermano me matará.
—Definitivamente.
—Connor será insoportable.
—Más todavía.
La risa se mezcla con algo más.
Algo que ya no podemos esconder detrás de bromas.
Lachlan baja la mirada hacia mis labios.
Esta vez no aparta los ojos.
Y yo tampoco.
Está a punto de ocurrir.
Lo sé.
Él también.
Y justo entonces...
—¡Lachlan!
La voz llega desde la muralla.
Los dos cerramos los ojos al mismo tiempo.
No puede ser.
Simplemente no puede ser.
Niall corre hacia nosotros desde el patio principal.
No sonríe.
Y eso elimina cualquier posibilidad de ignorarlo.
—¿Qué ocurre? —pregunta Lachlan.
Niall llega sin aliento.
—Mensajero de Inverbrae.
Todo mi cuerpo se tensa.
—¿Mi padre?
—Sí.
Niall nos entrega un pergamino sellado.
Lo reconozco al instante.
El sello MacKenzie.
Mi padre.
Lo abro.
Leo las primeras líneas.
Y el suelo parece desaparecer bajo mis pies.
—¿Isla?
No puedo hablar.
Lachlan me quita suavemente la carta.
La lee.
Su expresión se vuelve de piedra.
—¿Qué pasa? —pregunta Niall.
Lachlan levanta la vista.
Y cuando habla, su voz ya no contiene ni una sola pizca de calma.
—Alasdair MacKenzie ha desaparecido.
Y, por primera vez desde que empezó todo, siento que acabamos de perder la única pieza que podía explicarlo todo.