Capítulo 24
Lachlan
Si alguna vez escriben canciones sobre Connor Sinclair, deberían empezar por todas las veces que apareció para arruinar momentos importantes.
No necesariamente batallas.
Momentos.
Porque interrumpir un posible beso en un corredor silencioso requiere un talento muy específico, y Connor posee una colección entera de talentos cuestionables.
—No me mires así —dice mientras camina a mi lado por la galería principal.
—Estoy considerando opciones.
—¿Violentas?
—Principalmente.
—Me halaga que sigas pensando en mí.
—No era un halago.
—Lo sé.
A nuestra espalda, Isla ya se ha retirado a sus habitaciones antes de que pudiera decir una sola palabra útil. A estas alturas, me habría conformado incluso con una inútil.
Connor observa mi expresión durante unos segundos.
Luego sonríe.
—Ah.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
—Connor.
—Significa que tienes exactamente la cara que imaginaba.
—No sé de qué hablas.
—Claro que no.
Resoplo.
Él sigue sonriendo.
No pienso darle esa satisfacción.
—¿Por qué nos buscabas?
—Porque he encontrado algo.
Eso consigue que mi irritación desaparezca.
Casi.
—Habla.
—Uno de los hombres capturados en Darragh ha decidido colaborar.
—¿Por voluntad propia?
—Digamos que la alternativa le parecía menos atractiva.
Entramos en el estudio.
Ewan ya está allí, sentado como si llevara horas esperando una excusa para desconfiar de mí.
—Llegáis tarde.
—Algunos estábamos ocupados.
Connor se deja caer en una silla.
—Yo estaba salvando el futuro de Escocia.
—Mentira —dice Ewan.
—Correcto. Estaba interrumpiéndolo.
Por primera vez veo a mi futuro cadáver con absoluta claridad.
—¿Qué ha dicho el prisionero? —pregunto.
Connor deja de bromear.
—No conoce nombres importantes.
—Eso ya lo sabíamos.
—Pero conoce un lugar.
La atención de todos converge en él.
—Continúa.
—Existe una casa de caza abandonada cerca de Inverbrae.
Frunzo el ceño.
—¿Territorio MacKenzie?
—Sí.
Ewan se incorpora.
—Nunca he oído hablar de ella.
—Porque lleva años vacía.
—¿Y?
—Según nuestro amigo, varios mensajeros del halcón pasaron por allí durante el invierno.
El silencio se instala.
No es una prueba definitiva, pero sí más de lo que teníamos el día anterior.
—¿Crees que guardan información allí? —pregunto.
—No lo sé.
—¿Y el prisionero?
—Tampoco.
—Muy útil.
—Lo intento.
Ewan estudia el mapa.
—Está cerca del bosque viejo.
—Sí.
—Y cerca del río.
—También.
—Mal lugar para una emboscada.
—Precisamente por eso me preocupa.
Connor asiente.
Yo también.
Los hombres inteligentes rara vez utilizan escondites evidentes, y nuestros enemigos han demostrado ser muchas cosas. Entre ellas, inteligentes.
Partimos al amanecer.
Solo cuatro personas: Connor, Ewan, Isla y yo.
Niall protesta durante casi diez minutos por quedarse atrás, hasta que Margaret le ordena sentarse. La discusión termina con una rapidez sorprendente.
El camino hacia Inverbrae transcurre entre colinas cubiertas de niebla y bosques húmedos por las lluvias recientes. Isla cabalga cerca de mí, más cerca de lo habitual.
No porque yo se lo pida.
Ni porque ella lo admita.
Simplemente ocurre.
Connor lo nota.
Por supuesto que lo nota.
—Qué bonito.
—No.
—Sí.
—No.
—Definitivamente sí.
Ewan gira la cabeza.
—¿De qué demonios hablas?
—De nada.
—Entonces deja de sonreír.
—No puedo. La naturaleza es poderosa.
—Voy a tirarte al río.
—Eso dañaría nuestra amistad.
—No existe.
—Qué cruel.
Isla contiene una risa.
Yo también.
No pienso reconocerlo.
Llegamos a la casa de caza poco antes del mediodía.
Es más grande de lo que esperaba: dos plantas, piedra gris, techo inclinado y ventanas cerradas.
Desde fuera parece abandonada.
Demasiado abandonada.
—¿Lo veis? —pregunta Isla.
—Sí.
—No me gusta.
—Coincidimos.
Desmontamos en silencio.
Connor rodea el edificio.
Ewan inspecciona la parte trasera.
Yo avanzo hacia la entrada principal.
Isla permanece a mi lado.
—No tienes que venir pegada a mí.
—Y tú no tienes que actuar como si no te alegrara.
La respuesta me deja sin argumentos durante medio segundo.
Ella sonríe.
Pequeña victoria.
La puerta cede fácilmente.
Demasiado fácilmente.
Entramos.
El interior está cubierto de polvo. Los muebles permanecen ocultos bajo telas y el olor a humedad domina el ambiente.
Pero hay algo más.
Algo reciente.
—Aquí ha habido gente —dice Isla.
Asiento.
Una chimenea contiene ceniza fresca. No mucha, pero suficiente para confirmar que alguien estuvo allí hace pocos días.
Quizá menos.
Connor aparece desde otra habitación.
—Encontré comida.
—¿Reciente?
—Sí.
—Entonces no estamos persiguiendo fantasmas.
—Nunca pensé que lo hiciéramos.
Ewan sube la escalera.
—Voy arriba.
—No solo.
—No soy un niño.
—No.
—Entonces deja de actuar como mi madre.
—Mi madre tendría mejores argumentos.
—Probablemente.
La búsqueda continúa.
Revisamos habitación tras habitación sin encontrar nada relevante, hasta que Isla se detiene frente a una estantería.
—Esperad.
Me acerco.
—¿Qué ocurre?
Ella señala el suelo.
—Las marcas.
Miro.
Y las veo.
Arañazos pequeños y repetidos, como si el mueble hubiera sido desplazado una y otra vez.
Connor se aproxima.
—Eso sí es interesante.
—Ayudadme.
Entre los cuatro apartamos la estantería.
Detrás aparece una puerta estrecha.
Oculta.
Durante unos segundos nadie dice nada.
Luego Connor sonríe.
—Ahora sí me estoy divirtiendo.
—Eso suele significar problemas.
—Exacto.
La cerradura está rota.
Entramos.
La habitación secreta es pequeña, oscura y carece de ventanas.
Y está completamente vacía.
Durante un instante creo que hemos llegado tarde.
Otra vez.
Entonces Isla encuentra algo.
Un papel arrugado escondido junto a una piedra.
—Aquí.
Lo tomo.
Desdoblo el pergamino.
Leo.
Y siento cómo se me endurece la mandíbula.
—¿Qué pone? —pregunta Ewan.
No respondo de inmediato.
Porque no me gusta en absoluto.
—Lachlan.
Le entrego el papel.
Ewan lee.
Su expresión cambia.
Después Connor.
Después Isla.
El mensaje es breve.
Tres líneas bastan.
"La llave del cuervo ya ha sido localizada.
Preparad el traslado.
La heredera no debe llegar primero."
El silencio resulta absoluto.
Nadie habla.
Porque todos hemos entendido lo mismo.
La heredera.
Isla.
La llave.
El cuervo.
Y alguien que va varios pasos por delante.
—Maldita sea —murmura Connor.
—Saben más que nosotros —dice Ewan.
—No necesariamente.
—¿No?
—Si supieran exactamente dónde está la llave, ya la tendrían.
Isla permanece inmóvil, leyendo el mensaje una y otra vez como si esperara que las palabras cambiaran.
No lo hacen.
—La heredera.
La escucho pronunciarlo casi en un susurro.
—Sí.
—Se refieren a mí.
—Sí.
—No a mi padre.
—No.
—No a Ewan.
—No.
Ella levanta la vista.
Y en sus ojos aparece una comprensión nueva.
Incómoda.
Inquietante.
—Me estaban buscando desde el principio.
Nadie responde.
Porque ya nadie puede negarlo.
Todo encaja demasiado bien.
Los ataques.
Las amenazas.
Mairi.
Los mensajes.
La insistencia en separarla de mí.
No era casualidad.
Nunca lo fue.
Alguien cree que Isla es la clave para encontrar algo.
Y está dispuesto a destruir medio país para conseguirlo.
Connor rompe el silencio.
—Bueno.
—Connor.
—¿Qué?
—No hagas bromas.
—No iba a hacer una broma.
Eso sí sorprende.
—¿Entonces?
Él mira a Isla.
Luego a mí.
Y finalmente al mensaje.
—Creo que acabamos de entrar en la parte realmente peligrosa de la historia.
Por desgracia, creo que tiene razón.