EL SECRETO DE LOS CLANES Capítulo 23
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Capítulo 23

Isla

El regreso a Dunraven resulta mucho más silencioso que la ida.

Mairi está viva.

Eso debería bastar para sentir alivio y, en parte, así es.

La veo cabalgar a mi lado con una manta sobre los hombros, pálida pero entera, y una parte de mí quiere aferrarse únicamente a eso: a la victoria, a la amiga recuperada, al simple hecho de que seguimos respirando.

Sin embargo, las palabras del hombre del halcón continúan resonando en mi cabeza.

La lista.

Mi abuelo.

La llave del cuervo.

Hay demasiadas preguntas y demasiadas piezas dispersas para tan pocas respuestas.

—Deja de pensar tan fuerte.

Mairi rompe el silencio sin apartar la vista del camino.

—No se puede pensar fuerte.

—Claro que sí. Tú lo haces constantemente.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Últimamente nadie sabe hacer cumplidos.

—Es una epidemia.

Sonrío apenas, lo justo para que ella se dé por satisfecha.

Lachlan cabalga unos metros por delante junto a Connor y Ewan. Hablan en voz baja, o al menos lo intentan. Mi hermano y Connor tienen ideas muy distintas sobre lo que significa ser discretos.

—Si seguimos una pista que termina en una llave imaginaria, voy a enfadarme mucho —dice Ewan.

—La llave existe —responde Connor.

—¿Porque lo dijo un moribundo?

—Porque los moribundos suelen preocuparse menos por parecer interesantes.

—Eso tampoco demuestra nada.

—Demuestra que sigues siendo muy optimista para alguien tan gruñón.

—Y tú sigues vivo por pura suerte.

—Lo sé. Mi madre opina lo mismo.

Mairi me da un pequeño codazo.

—¿Lachlan siempre pone esa cara cuando te mira?

Casi pierdo las riendas.

—¿Qué cara?

—Esa.

—Eso aclara muchísimo.

—La de un hombre que está a medio paso de besar a alguien o de empezar una guerra.

—Mairi.

—¿Qué?

—Acabas de ser secuestrada.

—Precisamente por eso he decidido valorar más las cosas importantes.

—No pienso tener esta conversación.

—La tendrás.

—No.

—Sí.

—No.

—Definitivamente sí.

La conozco demasiado bien.

Y lo peor es que ella también me conoce demasiado bien a mí.

Dunraven aparece al caer la tarde.

El castillo parece más vigilado que nunca. Hay guardias adicionales en las murallas, antorchas encendidas antes de tiempo y hombres patrullando el patio. La noticia del ataque ha llegado antes que nosotros.

Margaret nos recibe en la entrada.

No corre. Margaret jamás corre.

Simplemente aparece, lo cual resulta mucho más impresionante.

—Estáis vivos.

—Sí.

—Bien.

Mira a Mairi.

—Vos debéis de ser la pelirroja.

—Creo que sí.

—Perfecto. Venid conmigo.

—¿Adónde?

—A comer.

Mairi parpadea.

—¿Y si quiero descansar?

—También podéis hacerlo después de comer.

—Me gusta esta mujer.

—Todo el mundo dice eso antes de obedecerla.

Margaret asiente.

—Correcto.

Antes de que pueda escapar, Mairi desaparece dentro del castillo bajo la supervisión de Margaret.

La observo marcharse.

Viva y segura.

Entonces siento cómo una parte de la tensión abandona por fin mis hombros.

Solo una parte.

La otra permanece allí, agazapada y expectante.

Esa misma noche nos reunimos en el estudio de Lachlan.

La estancia es amplia, con estanterías llenas de libros, mapas antiguos y más documentos de los que imaginaba que pudiera acumular un Highlander.

—Pensaba que tendrías más espadas y menos pergaminos.

Lachlan levanta la vista.

—También tengo espadas.

—Pero escondes los libros.

—Protejo mi reputación.

—Demasiado tarde.

Connor se deja caer en una silla.

—Estoy de acuerdo. Ya os han visto leer.

—Un desastre —dice Ewan.

Por primera vez desde Darragh, mi hermano parece algo menos tenso.

No está relajado, eso sería pedir demasiado, pero sí menos rígido que en los últimos días.

Lachlan extiende varios documentos sobre la mesa.

—He estado revisando los archivos del clan.

—¿Y?

—Hay algo extraño.

Nos acercamos.

Uno de los pergaminos parece especialmente antiguo.

La tinta está descolorida y los bordes muestran el desgaste de los años.

—¿Qué es?

—Un registro de alianzas entre clanes.

—Eso suena apasionante.

—Es más interesante cuando aparece tu apellido.

La broma muere al instante.

—Continúa.

Lachlan señala una línea concreta.

—Hace treinta años hubo una reunión privada entre tu abuelo, mi abuelo y dos jefes de clan más.

Frunzo el ceño.

—Nunca he oído hablar de eso.

—Yo tampoco.

—¿Por qué es importante?

Connor toma el pergamino.

—Porque falta una página.

—¿Solo una?

—La única que describe el resultado de la reunión.

El silencio se instala.

No hace falta ser un genio para entender que aquello resulta sospechoso.

—¿Crees que está relacionado con la lista?

—Empiezo a creer que todo está relacionado con la lista.

Ewan cruza los brazos.

—Seguimos sin tener una lista.

—No.

—Ni una llave.

—No.

—Ni una idea clara de qué estamos buscando.

Connor sonríe.

—Ahora ya pareces parte de la investigación.

Mi hermano lo ignora con admirable disciplina.

Yo observo el pergamino otra vez.

Y entonces recuerdo algo.

Un detalle pequeño que siempre consideré insignificante.

O quizá no lo era.

—Espera.

Todos me miran.

—Mi abuelo tenía un cuervo.

Connor parpadea.

—¿Un cuervo?

—Sí.

—¿Un pájaro?

—Sí.

—Esto mejora por momentos.

—No bromeo.

Lachlan se incorpora.

—Explícalo.

Intento ordenar el recuerdo.

Hace años que no pienso en ello.

—Cuando era pequeña había una talla de madera en su despacho. Un cuervo negro. Siempre estaba sobre una estantería.

—¿Y?

—Decía que era importante.

—Eso sigue sin ayudarnos mucho.

—Nunca permitía que nadie la tocara.

La habitación queda en silencio.

Ewan me mira.

—¿Por qué nunca mencionaste eso?

—Porque pensaba que era una figura de madera.

—Sigue siéndolo.

—Quizá no.

Lachlan ya está pensando.

Lo veo en esa expresión que aparece cuando varias piezas empiezan a encajar.

—¿Dónde está?

—En Inverbrae.

Connor se incorpora tan deprisa que casi tira la silla.

—Necesito un caballo.

—Necesitas paciencia —responde Lachlan.

—Necesitamos ir a Inverbrae.

—Eso también.

Ewan asiente lentamente.

—Mañana al amanecer.

—Esta noche —corrige Connor.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Connor.

—¿Qué?

—Cállate.

—Otra vez.

Miro a Lachlan.

Él sigue observando el mapa.

No el pergamino.

El mapa.

Como si hubiera algo más preocupándolo.

—¿Qué ocurre?

Levanta la vista.

—Si nosotros hemos llegado hasta esa talla de madera...

Mi estómago se hunde porque comprendo el final de la frase antes de que lo pronuncie.

—Ellos también pueden hacerlo.

Nadie responde.

No hace falta.

La posibilidad queda suspendida entre nosotros, oscura, urgente y peligrosa.

Porque si la figura del cuervo es realmente la llave, no somos los únicos que la están buscando.

Y quizá llegamos demasiado tarde.

Horas después, cuando la reunión termina, salgo al corredor para despejarme.

El castillo duerme.

O al menos lo intenta.

Las antorchas proyectan sombras largas sobre la piedra y el viento golpea las ventanas estrechas.

Estoy tan concentrada en mis pensamientos que no escucho los pasos hasta que ya están cerca.

Lachlan.

Por supuesto.

—No deberías caminar sola.

—Ya hemos tenido esta discusión.

—Y sigo teniendo razón.

—Qué sorpresa.

Durante unos segundos caminamos juntos en silencio.

Sin prisa ni destino concreto, como si ninguno tuviera ganas de regresar todavía.

—¿Tienes miedo? —pregunta al fin.

La sinceridad me toma desprevenida.

Podría bromear.

No lo hago.

—Sí.

Él asiente.

No intenta decirme que todo irá bien ni promete imposibles.

Simplemente escucha.

Y eso resulta mucho más valioso.

—Yo también.

La confesión me obliga a mirarlo.

—¿Tú?

—Sí.

—Pensaba que los Highlanders legendarios no tenían miedo.

—Eso es porque los Highlanders legendarios mienten mucho.

La sonrisa aparece antes de que pueda evitarlo.

Él también sonríe.

Es una sonrisa pequeña y real.

Por un momento, el resto desaparece.

La lista.

La llave.

Los mercenarios.

La guerra.

Todo queda atrás.

Solo estamos nosotros dos en un corredor silencioso, demasiado cerca y demasiado conscientes el uno del otro.

Lachlan baja la mirada hacia mis labios durante una fracción de segundo.

Nada más.

Pero lo veo.

Y él sabe que lo veo.

El aire cambia otra vez, como ha cambiado tantas veces últimamente.

La diferencia es que ahora ninguno puede fingir que desconoce el motivo.

—Isla...

Mi nombre suena distinto en su voz.

Más bajo.

Más íntimo.

Más peligroso.

Mi corazón empieza a golpear demasiado deprisa.

Un paso más.

Solo uno.

Y entonces una puerta se abre al fondo del corredor.

—¡Os encontré!

Connor.

Por supuesto.

Lachlan cierra los ojos.

Yo también.

—¿Estoy interrumpiendo algo? —pregunta.

—Sí —responde Lachlan.

—Muchísimo —añado.

Connor sonríe.

—Magnífico. Entonces he llegado en el momento perfecto.

Y, por primera vez en mi vida, considero seriamente la posibilidad de empujar a un Sinclair por una escalera.