EL SECRETO DE LOS CLANES Capítulo 22
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Capítulo 22

Lachlan

La primera flecha alcanza a uno de los hombres que sujetan a Mairi antes de que termine de comprender que la trampa acaba de volverse contra ellos.

Un segundo proyectil silba por el aire casi al mismo tiempo.

El caos estalla de inmediato: gritos, caballos encabritados y acero abandonando las vainas en todas direcciones.

Y, en medio de todo, Isla.

Maldita sea.

Siempre Isla.

La veo junto a la piedra central mientras varios hombres emergen de la niebla. Son más de los que esperaba y, desde luego, muchos más de los que me gustaría enfrentar.

—¡Ahora! —grita Connor desde la cresta.

Los MacLeod y los MacKenzie salen de sus escondites como una ola oscura que desciende por la colina.

El plan funciona.

Al menos durante unos segundos.

Después deja de hacerlo.

Porque los hombres del halcón también habían preparado el suyo.

Un cuerno resuena desde el bosque y, casi de inmediato, aparecen refuerzos.

—¡Lachlan! —grita Ewan.

Ya los he visto.

Son una docena como mínimo, quizá más.

Descienden por la ladera oeste con la clara intención de cerrar cualquier vía de escape.

No vienen a rescatar a sus compañeros.

Han venido a atraparnos.

—¡Proteged a Isla!

La orden sale de mi boca antes de que pueda pensarlo.

Y ni siquiera me avergüenza.

Corro hacia el círculo mientras los primeros combatientes chocan entre sí. Un mercenario intenta interceptarme. Bloqueo su espada, lo golpeo con el hombro y lo aparto sin reducir la marcha.

Isla ya está moviéndose.

Por supuesto que lo está.

Mairi ha caído de rodillas después de que una flecha atravesara el cuello de uno de sus captores. El otro intenta arrastrarla hacia atrás.

No consigue avanzar mucho.

Isla le lanza la daga.

El golpe no es perfecto, pero tampoco necesita serlo.

El hombre libera a Mairi.

Y eso es suficiente.

—¡Isla! —rujo.

Ella me ignora.

Otra vez.

Corre hacia su amiga mientras el mundo entero parece empeñado en acabar con las dos.

Juro que algún día me escuchará.

Probablemente cuando el lago decida echar a volar.

Llego hasta ellas justo cuando otro mercenario emerge de la niebla con la espada en alto.

Ni siquiera me ve venir.

Mi hoja lo alcanza primero.

El hombre cae.

Mairi me mira con los ojos muy abiertos.

—Hola —dice con voz ronca.

—Hola.

—Esto es bastante peor de lo que esperaba.

—Sí.

—Solo quería asegurarme.

Incluso en una situación así consigue hacerme gracia.

Empiezo a entender perfectamente por qué Isla la aprecia tanto.

—¿Puedes correr?

—No con demasiada elegancia.

—Servirá.

Isla ya está cortando las cuerdas que aprisionan sus muñecas.

—Tenemos que sacarla de aquí.

—Estamos trabajando en ello.

—Lachlan.

—¿Qué?

—Detrás de ti.

Me giro.

Demasiado tarde para esquivar el ataque.

Una espada me alcanza el brazo izquierdo. El corte no es profundo, pero duele lo suficiente para enfurecerme.

El hombre que me ha herido apenas tiene tiempo de disfrutarlo.

Cuando cae, Isla me observa con atención.

—Estás sangrando.

—Tú también.

Ella baja la vista.

Un corte fino cruza su antebrazo.

Ninguno de los dos parece dispuesto a admitir que le preocupa más la herida del otro que la propia.

Mairi nos mira alternativamente.

—¿Interrumpo algo?

—Sí —respondemos al mismo tiempo.

—Perfecto. Solo quería comprobarlo.

No hay oportunidad para seguir con aquello.

La lucha se extiende por toda la hondonada.

Entre la niebla aparecen más hombres con el símbolo del halcón. Algunos combaten con ferocidad, otros intentan escapar y varios parecen dirigirse hacia una salida concreta al norte.

Connor también se da cuenta.

—¡No los matéis a todos! —grita—. ¡Necesitamos uno vivo!

Ewan derriba a un hombre de un golpe brutal.

—¡Siempre dices eso después de empezar una pelea!

—¡Porque antes nadie me escucha!

La escena sería casi cómica si no hubiera sangre cubriendo las piedras.

Mairi se apoya en Isla.

—¿Tu hermano siempre grita así?

—Desde que aprendió a hablar.

—Debe de ser agotador.

—Muchísimo.

Las escolto hacia la retaguardia mientras varios guerreros MacKenzie cierran el paso. Por primera vez parece que tenemos ventaja.

Precisamente por eso debería haber desconfiado.

Un hombre aparece sobre una roca al otro extremo del círculo.

No lleva espada ni escudo.

Solo una capa negra y un halcón de plata bordado sobre el pecho.

Plata.

No negro.

Todos los demás llevan negro.

Él no.

Connor se detiene.

Ewan también.

Incluso algunos mercenarios vacilan.

El desconocido aplaude una sola vez, despacio, como si estuviera disfrutando de una representación teatral.

—Impresionante —dice.

Su voz atraviesa el campo de batalla.

Es tranquila, educada y demasiado segura de sí misma.

—Habéis llegado mucho más lejos de lo que esperaba.

—¿Quién demonios eres? —gruñe Ewan.

El hombre sonríe.

—La pregunta correcta sería quiénes sois vosotros.

No me gusta.

Nada de aquello me gusta.

—Baja de ahí —digo.

—No.

—Entonces hablarás desde lejos.

—También puedo hacerlo.

Sus ojos encuentran a Isla.

No a mí.

A ella.

Y eso me provoca una sensación desagradable en el estómago.

—Lady Isla MacKenzie.

Ella se endereza.

—Nos conocemos.

—No personalmente.

—Entonces ya llevas ventaja.

El hombre parece disfrutar de la respuesta.

—Entiendo por qué resultáis tan incómoda.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Últimamente oigo mucho eso.

Algunos hombres se ríen pese a la tensión.

Incluso Connor.

El desconocido mantiene la sonrisa.

—Vuestro padre estaría orgulloso.

Todo cambia.

Isla se queda inmóvil.

—¿Qué has dicho?

—He dicho que vuestro padre estaría orgulloso.

—No conoces a mi padre.

—No al actual.

El silencio cae sobre la hondonada.

Frío.

Amenazante.

Mairi contiene el aliento.

Connor deja de sonreír.

Y yo siento cómo algo encaja donde no debería.

—Habla claro —ordena Ewan.

El hombre suspira.

—Siempre tan impacientes.

—Habla.

—Todo esto empezó mucho antes que vosotros. Mucho antes de los ataques y de las disputas recientes entre clanes.

Isla da un paso adelante.

—¿Qué tiene que ver mi familia?

—Mucho.

—¿Qué tiene que ver?

—Tu abuelo.

La expresión de Isla cambia por completo.

Primero confusión.

Luego sorpresa.

Después incredulidad.

—Mi abuelo murió hace años.

—Sí.

—Entonces deja de hablar con acertijos.

—Tu abuelo hizo algo que nunca debió hacer.

—¿Qué?

—Robó.

Ewan avanza otro paso.

—Cuidado.

—La verdad suele molestar.

—¿Qué robó?

El hombre vuelve a mirar a Isla.

Solo a ella.

—Una lista.

No entiendo.

Nadie parece entender.

Excepto quizá Connor.

Su rostro se ha vuelto peligrosamente serio.

—¿Qué lista? —pregunta.

El desconocido sonríe.

—Ahora sí hacéis las preguntas correctas.

—Respóndela.

—Una lista de nombres.

—¿Qué nombres?

—Hombres que vendieron información durante años. Jefes, comerciantes, consejeros... personas importantes.

La comprensión llega poco a poco.

Y cuando finalmente lo hace, resulta peor de lo que imaginaba.

—Traidores —dice Connor.

—Exactamente.

—No.

La voz de Isla suena firme.

—Eso no tiene sentido.

—Claro que lo tiene.

—Si mi abuelo tenía algo así, ¿por qué no lo usó?

El hombre guarda silencio unos segundos antes de responder.

—Porque murió antes de encontrar a todos los implicados.

La niebla se desliza entre las piedras.

Nadie habla.

Todos escuchan.

—La lista desapareció —continúa el hombre—. Durante años pensamos que se había perdido. Después descubrimos algo interesante.

—¿Qué? —pregunta Isla.

—Que quizá pasó a manos de su familia.

El corazón me golpea el pecho.

No.

No puede ser.

Pero el hombre continúa.

—Por eso os vigilan desde hace años. Por eso algunos quieren encontrarla. Y por eso otros desean asegurarse de que nadie la encuentre jamás.

Ewan niega con la cabeza.

—Mientes.

—Ojalá.

—No tenemos ninguna lista.

—Quizá no lo sepáis.

Los ojos del hombre regresan a Isla.

—Pero alguien cree que sí.

Un cuerno suena a lo lejos.

Una señal.

El desconocido escucha el sonido y sonríe.

—Debo marcharme.

—¡No! —grita Isla.

Demasiado tarde.

Varias flechas salen disparadas desde el bosque.

No hacia nosotros.

Hacia él.

El hombre se gira, sorprendido.

Una.

Dos.

Tres flechas.

Se clavan en su pecho.

El desconocido cae de rodillas.

Toda la hondonada queda en silencio.

Los mercenarios que aún siguen en pie aprovechan la confusión para huir.

Ni siquiera intentamos perseguirlos.

Acabamos de comprender algo importante.

Alguien ha matado al único hombre dispuesto a hablar.

Corro hacia él.

Connor llega al mismo tiempo.

El hombre aún respira.

Por poco.

La sangre le llena la boca.

—¿Quién? —pregunta Connor—. ¿Quién dio la orden?

El desconocido intenta responder.

No puede.

Tose sangre.

Isla se arrodilla al otro lado.

—La lista. ¿Dónde está?

Los ojos del hombre se fijan en ella.

Y, por primera vez, veo algo parecido a la compasión.

—Busca... la... llave...

—¿Qué llave?

—La... llave... del... cuervo...

—¿Dónde?

Pero ya es tarde.

Su cabeza cae hacia un lado.

Y el silencio regresa.

Mairi se acerca lentamente.

Ewan permanece inmóvil.

Connor observa el cadáver.

Yo miro a Isla.

Porque ella sigue arrodillada allí, con la vista fija en el hombre muerto.

Y sé exactamente lo que está pensando.

La lista.

Su abuelo.

La llave del cuervo.

Todo acaba de complicarse.

Y, por primera vez desde que comenzó esta historia, tengo la sensación de que apenas hemos empezado a comprender la verdadera magnitud del problema.