Capítulo 21
Isla
Nadie duerme después del segundo mensaje.
Ni los MacLeod ni los MacKenzie.
Tampoco Lachlan.
Y mucho menos yo.
El gran salón de Dunraven se convierte en una sala de guerra antes de que la luna alcance lo alto del cielo.
Hay mapas desplegados sobre la mesa, velas consumiéndose lentamente, hombres entrando y saliendo con informes contradictorios y Margaret repartiendo caldo caliente con la misma expresión con la que otros reparten sentencias.
Mairi está viva.
Es la única idea a la que consigo aferrarme sin derrumbarme.
Quizá esté asustada, herida o encerrada en algún lugar frío por mi culpa, pero sigue viva.
Me aferro a esa certeza como si fuera una cuerda tendida sobre un precipicio.
—No vas a ir sola —dice Ewan por cuarta vez.
—Ya he dicho que no pienso ir sola.
—Has dicho que harás que crean que vas sola. Eso no me tranquiliza.
—No era mi intención tranquilizarte.
Mi hermano apoya ambas manos sobre la mesa y se inclina hacia mí.
—Isla.
—Ewan.
—Si crees que voy a permitir que te uses como cebo...
—No necesito que me lo permitas.
La frase sale más dura de lo que pretendía.
Ewan se queda inmóvil.
Lachlan, que permanece al otro lado de la mesa, no interviene. Todavía. Lo conozco lo suficiente para saber que está midiendo cada palabra antes de decidir si debe apoyarme o encerrarme en la habitación azul con tres guardias en la puerta.
Connor, en cambio, parece menos preocupado por la diplomacia.
—Técnicamente, usarse como cebo ha funcionado en algunas ocasiones.
Ewan lo mira con incredulidad.
—¿Estás ayudando?
—Estoy aportando contexto histórico.
—Aporta silencio.
—Eso también me lo han pedido muchas veces.
Margaret deja una jarra sobre la mesa.
—Y con razón.
Connor inclina la cabeza hacia ella.
—Siempre es un placer ser valorado en esta casa.
—No os confundáis. No era valoración.
Lachlan se frota el puente de la nariz.
—Volvamos al plan.
—Gracias —dice Ewan—. Al menos alguien aquí conserva algo de juicio.
—No he dicho que me guste el plan.
—Entonces mejora.
—Eso intento.
Lachlan señala el círculo de piedras de Darragh en el mapa. Está al norte del lago, en una hondonada rodeada de bosque bajo y colinas. Un lugar antiguo, usado para juramentos de clan antes de que algunos hombres decidieran que la política necesitaba más paredes y menos viento.
—Si Isla aparece escoltada, matarán a Mairi o no aparecerán.
El silencio que sigue resulta insoportable.
Nadie quiere pronunciarlo en voz alta.
Pero todos lo saben.
—Entonces iré visible —digo—. Sola a ojos de quien mire desde lejos.
Ewan abre la boca.
Levanto una mano.
—Déjame terminar.
Su mandíbula se tensa, pero guarda silencio.
Todo un milagro.
—Necesitamos que crean que he obedecido. Que estoy asustada, que han conseguido arrastrarme al lugar que eligieron y que Lachlan ha sido apartado de mí.
—No voy a apartarme de ti —dice Lachlan.
Lo dice en voz baja, sin dramatismo.
Aun así, todos los presentes lo escuchan.
Mi pulso se acelera.
Es un momento terrible para eso.
—No lo harás —respondo—. Pero ellos no tienen por qué saberlo.
Connor se inclina sobre el mapa.
—Hay una cresta al este del círculo. Desde allí se ve toda la hondonada.
—También hay bosque al oeste —añade Ewan—. Demasiado cerrado para caballos, pero perfecto para hombres a pie.
Lachlan asiente.
—Pondremos arqueros en la cresta y hombres entre los árboles. Isla bajará por el camino principal. Yo estaré cerca.
—¿Cuánto de cerca? —pregunto.
—Lo bastante.
—Esa no es una medida.
—Es la única que vas a obtener.
Ewan resopla.
—Por una vez me gusta su respuesta.
—No os acostumbréis a coincidir —dice Connor—. Podría alterar el equilibrio natural.
—Sinclair —advierte Ewan.
—MacKenzie.
—Niños —interviene Margaret.
Los dos se callan al instante.
A veces me pregunto si Margaret sabe que podría gobernar media Escocia si se lo propusiera.
—Necesitamos una señal —digo, volviendo al mapa.
—Si ves a Mairi —responde Lachlan—, te detienes junto a la piedra central y dejas caer la capa.
—¿Y si no la veo?
—No avanzas más allá del círculo.
—¿Y si la tienen fuera?
—No avanzas más allá del círculo.
—Lachlan.
—No.
Ahí está ese tono.
No el del jefe.
El de un hombre aterrorizado que intenta sonar razonable.
Ewan también lo percibe, porque por primera vez no aprovecha para atacarlo.
—Si cruzas el círculo sin ver a Mairi, pierdes ventaja —dice mi hermano con más calma—. Y si pierdes ventaja, ellos ganan.
Odio que tengan razón.
Y odio todavía más que mi miedo por Mairi me empuje a querer ignorarlo.
—De acuerdo —digo al fin—. No avanzaré más allá del círculo si no la veo.
Lachlan me observa como si estuviera intentando decidir si creerme.
—Lo prometo.
—Bien.
—Pero si la veo herida...
—Isla.
—Si la veo herida, no me pidas que me quede quieta como una estatua.
Su mirada se oscurece.
—Entonces no me pidas a mí que actúe como un hombre prudente.
Nadie habla.
El silencio pesa demasiado.
También las miradas que fingen no entender lo que acaba de quedar suspendido entre nosotros.
Connor, por una vez, no hace ninguna broma.
Y eso lo vuelve todo peor.
Ewan se aparta de la mesa y se pasa una mano por el rostro.
—Necesito aire.
—Ewan...
—No voy a discutir ahora. Si lo hago, diré cosas que no quiero decir.
Sale del salón antes de que pueda detenerlo.
Permanezco inmóvil un instante y luego voy tras él.
Lo encuentro en el patio, junto al pozo, con las manos apoyadas en el borde de piedra y la cabeza inclinada. La luna ilumina parte de su rostro y lo hace parecer más cansado de lo que le he visto nunca.
—Si has salido para gritarme, preferiría que lo hicieras ya —digo.
Él suelta una risa seca.
—No he salido para gritarte.
—Eso sí es nuevo.
—No abuses.
Me coloco a su lado.
Durante unos segundos escuchamos el movimiento del castillo: guardias en las murallas, caballos preparados en los establos, voces bajas atravesando la noche.
—Tenía ocho años cuando madre murió —dice al fin.
Lo miro.
No esperaba eso.
—Tú tenías cuatro. Apenas entendías lo que pasaba.
—Entendía más de lo que creíais.
—Lo sé ahora.
Su voz se vuelve más baja.
—Padre se rompió por dentro. No del todo, porque tenía un clan que dirigir y dos hijos que criar, pero yo lo veía. Veía cómo te miraba cuando dormías, como si temiera que también fueras a desaparecer.
Trago saliva.
—Ewan...
—Yo decidí que nadie volvería a hacerte daño.
—Eras un niño.
—Sí. Y los niños hacen promesas enormes porque todavía no saben que el mundo no está obligado a cumplirlas.
La frase me atraviesa.
Porque entiendo demasiado bien esa clase de promesa.
—No puedes protegerme de todo.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—No. Pero intento aprenderlo.
Me giro hacia él.
Mi hermano sigue mirando el pozo.
No quiere que le vea los ojos.
Eso me duele más que cualquier grito.
—No voy a ir a morir.
—Más te vale.
—Voy a traer a Mairi de vuelta.
—Y yo voy a estar allí.
—Lo sé.
—Y si MacLeod comete un solo error...
—No lo hará.
Ewan me mira entonces.
—Confías en él.
No lo pregunta.
Lo afirma.
Podría negarlo.
Sería fácil, cómodo y profundamente cobarde.
—Sí.
La respuesta le duele.
Lo veo con claridad.
Pero no se enfada como esperaba.
Solo asiente despacio, como un hombre que acepta una verdad que no le gusta.
—Entonces espero que lo merezca.
—Yo también.
Regresamos al gran salón juntos.
El plan queda cerrado antes de medianoche.
Yo llevaré una capa clara para que puedan verme desde la distancia.
Bajo ella, una daga. Entre los árboles, hombres MacLeod y MacKenzie mezclados por primera vez sin intentar matarse.
En la cresta, arqueros de ambos clanes. Connor dirigirá el flanco oeste.
Ewan cubrirá el norte. Lachlan permanecerá cerca del círculo, oculto entre las rocas.
Demasiado cerca, según él.
No lo bastante, según yo.
Poco antes de partir, Margaret me alcanza en el pasillo y me entrega unos guantes de cuero.
—Hace frío en Darragh.
—Gracias.
—No hagáis ninguna estupidez heroica.
—Intentaré limitarme a las estupideces razonables.
—Eso no existe.
—Lo estoy descubriendo.
Margaret me toma la mano con una firmeza inesperada.
—Traed a vuestra amiga.
Asiento.
No puedo prometerlo en voz alta.
La madrugada nos recibe envuelta en niebla.
Cabalgamos en silencio hasta las colinas cercanas al círculo de piedras. Allí desmontamos y los hombres se dispersan según el plan. La capa clara pesa sobre mis hombros como si estuviera hecha de hierro.
Lachlan se acerca antes de que baje sola hacia la hondonada.
—Mírame.
Lo hago.
Error.
Sus ojos tienen esa intensidad capaz de convertir cualquier frase sencilla en algo peligroso.
—No cruces el círculo si no la ves.
—Lo prometí.
—Promételo otra vez.
—Lachlan.
—Por favor.
Esa palabra, pronunciada por él, apenas dura un segundo.
Pero me alcanza de lleno.
—Lo prometo.
Su expresión no se suaviza del todo.
—Si algo va mal...
—Soltaré la capa.
—Si algo va peor...
—Gritaré.
—Si no puedes gritar...
—Entonces confío en que estés lo bastante cerca.
La respuesta lo deja inmóvil.
No debería haberlo dicho así.
O quizá sí.
Durante un instante parece que va a tocarme.
No lo hace.
Solo inclina la cabeza, tan cerca que su voz apenas roza el aire entre ambos.
—Siempre.
La palabra se queda conmigo cuando empiezo a descender.
La niebla cubre la hondonada.
Las piedras de Darragh aparecen poco a poco, enormes y oscuras, levantadas en círculo como gigantes antiguos. El suelo está húmedo bajo mis botas y el silencio es tan absoluto que puedo oír mi propia respiración.
Llego a la primera piedra.
Después a la segunda.
Me detengo junto a la central.
—Estoy aquí —digo en voz alta.
No obtengo respuesta.
Solo niebla.
Aprieto los dedos bajo la capa.
—Habéis pedido que viniera. Ya estoy aquí.
Durante unos segundos no ocurre nada.
Entonces escucho una voz.
—Muy obediente para ser una MacKenzie.
Un hombre emerge entre la niebla al otro lado del círculo.
No lleva tartán.
Viste una capa oscura y un broche con un halcón negro.
—¿Dónde está Mairi?
—Cerca.
—Quiero verla.
—La verás si caminas hacia mí.
No me muevo.
—Ese no era el trato.
El hombre sonríe.
—El trato lo ponemos nosotros.
—Entonces sois peores negociadores de lo que esperaba.
Su sonrisa se enfría.
—Da un paso, lady Isla.
—Mostradme a Mairi.
La niebla se agita a mi derecha.
Dos hombres arrastran a Mairi entre las piedras.
Está viva.
Va atada, pálida, con el cabello rojo suelto y una mordaza en la boca.
Pero está viva.
El alivio casi hace que me fallen las piernas.
Casi.
Mairi me mira y niega con la cabeza de forma desesperada.
No vayas.
Lo entiendo.
También entiendo que eso es exactamente lo que esperan.
Quieren que la vea.
Que olvide la promesa.
Que cruce el círculo.
Que obligue a Lachlan a salir de su escondite.
Así que hago lo único que puedo hacer.
Dejo caer la capa.
La tela blanca golpea el suelo húmedo.
El hombre del halcón comprende demasiado tarde lo que significa.
Desde la cresta silba la primera flecha.
Y, un instante después, el infierno se abre sobre Darragh.