Capítulo 20
Lachlan
El grito que llega desde la muralla atraviesa la noche como una hoja afilada.
Durante un instante nadie reacciona.
Luego Dunraven despierta de golpe.
Los guardias corren por los adarves, las antorchas se alzan en la oscuridad y el sonido de botas sobre piedra llena el patio. Yo ya tengo la espada en la mano cuando Isla se coloca a mi lado con la daga preparada y una expresión que no admite órdenes fáciles.
—No —digo.
Ella ni siquiera me mira.
—Ni lo intentes.
—Isla.
—Estoy en el patio, no encerrada en una torre.
—Eso no mejora tanto la situación como crees.
Ewan aparece desde la entrada del gran salón con una espada en la mano y el rostro de un hombre que lleva demasiado tiempo esperando una excusa para pelear.
—¿Qué ocurre?
—Han visto a un intruso en la muralla norte —respondo mientras avanzo hacia las escaleras.
—¿Uno solo?
—Eso dicen.
—Entonces probablemente no esté solo.
Me irrita que tenga razón.
—Niall —ordeno—, cierra las puertas interiores y lleva a Margaret y a los niños al salón pequeño.
—Ya está hecho.
Margaret, que cruza el patio con dos criadas y varios niños delante, se vuelve hacia nosotros sin detenerse.
—Porque algunos pensamos antes de gritar.
Niall señala hacia ella con una mano.
—Lo que ha dicho Margaret.
—No le pagamos lo suficiente —murmura Connor, apareciendo por detrás de Ewan.
—No te pagamos nada —respondo.
—Eso explica mi falta de motivación.
Isla avanza junto a mí.
Demasiado cerca del peligro para mi gusto.
—Quédate con Connor.
—Estoy con Connor.
Connor observa la distancia entre ambos y sonríe.
—Técnicamente está más contigo.
—Connor.
—Cállate —dicen Ewan y yo al mismo tiempo.
Isla deja escapar una risa breve.
Resulta absurdo que, con un intruso dentro de mis muros, ese sonido consiga abrirse paso entre la tensión.
Subimos a la muralla norte.
El viento del lago golpea con fuerza allí arriba. Las antorchas tiemblan y proyectan sombras deformes sobre la piedra. Dos guardias señalan hacia una torre baja junto al almacén de grano.
—Lo vimos cruzar por ahí, jefe —dice uno—. Bajó hacia el patio de servicio.
—¿Cómo entró?
—No lo sabemos.
Eso me gusta todavía menos.
Dunraven no es invulnerable, ningún castillo lo es, pero nadie atraviesa mis murallas por accidente.
Ewan examina las almenas.
—No hay cuerda.
—No.
—Entonces alguien abrió desde dentro.
La posibilidad queda suspendida entre nosotros.
Fría e incómoda.
Isla se acerca a la piedra y señala una marca oscura junto al borde.
—No necesariamente.
Me giro hacia ella.
—¿Qué has visto?
—Aquí hay barro fresco. No es de las botas de los guardias, porque está por fuera del paso.
Uno de mis hombres se inclina para mirar.
—Tiene razón.
Ewan resopla.
—Por supuesto que la tiene. Es insoportable cuando la tiene.
—Gracias por el apoyo familiar.
—No era apoyo. Era resignación.
Isla ignora a su hermano y continúa observando el muro.
—Si trepó desde el saliente exterior, no necesitó cuerda. Solo alguien muy ágil o muy desesperado.
—O ambas cosas —dice Connor.
Bajamos hacia el patio de servicio con cuatro hombres. El lugar queda entre los almacenes y la cocina, una zona estrecha llena de barriles, redes de pesca, sacos de carbón y herramientas. La luna apenas ilumina, y las antorchas convierten cada rincón en una amenaza distinta.
Levanto una mano.
Todos se detienen.
Algo se mueve detrás del almacén.
Un sonido mínimo.
Madera rozando piedra.
Ewan también lo oye.
Intercambiamos una mirada.
No somos amigos ni aliados cómodos, pero ambos sabemos movernos en silencio cuando hace falta.
Avanzamos desde lados opuestos.
El intruso sale de golpe.
No hacia mí.
Hacia Isla.
Maldita sea.
Se mueve rápido, con una capa oscura y el rostro cubierto. Isla retrocede, pero no se queda inmóvil. Lanza una patada contra un cubo; el metal golpea las piernas del hombre y le rompe el equilibrio el tiempo suficiente para que yo llegue.
Lo sujeto por el cuello de la capa y lo estampo contra la pared.
Ewan está allí un segundo después con la espada apoyada en su costado.
—Muévete y te abro.
El hombre levanta las manos.
No intenta luchar.
Eso es lo primero que me inquieta.
Lo segundo es que está temblando.
—No venía a matarla —dice con voz ronca.
Isla aparta la tela de su rostro antes de que pueda detenerla.
Es joven.
Demasiado joven.
Apenas un muchacho.
Tiene la cara sucia, los labios partidos y un corte mal cerrado sobre la ceja.
—¿Quién eres? —pregunta Isla.
El muchacho la mira como si la reconociera.
—Vos sois lady Isla.
Ewan se tensa.
—¿Cómo sabes quién es?
—Me enviaron.
Aprieto la mano sobre su capa.
—¿Quién?
—No lo sé.
—Respuesta equivocada.
El chico cierra los ojos.
—Un hombre con un broche de halcón.
El patio entero parece quedarse sin aire.
Isla se acerca un paso.
—¿Qué quería?
El muchacho traga saliva.
—Que dejara esto en vuestra habitación.
Saca algo del interior de la chaqueta con dos dedos temblorosos.
Niall lo toma primero y me lo entrega.
Un pequeño paquete envuelto en tela negra.
Lo abro con cuidado.
Dentro hay una trenza de cabello oscuro atada con hilo rojo.
Y un anillo.
Isla deja de respirar.
Ewan se queda inmóvil.
Yo observo el anillo antes de volver la vista hacia ella.
—¿Lo reconoces?
Ella asiente despacio.
El color ha desaparecido de su rostro.
—Era de Mairi.
La palabra cae como un golpe.
Mairi.
Su amiga.
La mujer que estaba con ella desde el principio, que reía en los pasillos y la acompañaba en cada viaje.
Ewan da un paso hacia el muchacho con una violencia apenas contenida.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—Piénsalo mejor.
—¡No lo sé! Me pagaron para traerlo. Dijeron que si lo dejaba aquí y me marchaba, mi hermana recibiría medicina.
Isla se acerca al chico antes de que Ewan pueda presionarlo más.
—¿Tu hermana está enferma?
—Sí.
—¿Dónde?
—En una cabaña al sur del molino viejo. No sabía qué era el paquete. Lo juro.
La mirada de Isla busca la mía en una súplica silenciosa.
Yo ya estoy mirando a Niall.
—Busca la cabaña. Lleva dos hombres y a Margaret. Si hay una niña enferma, la traéis.
Niall asiente y se marcha pese a la pierna herida.
Ewan sigue mirando el anillo.
—Mairi estaba en Inverbrae.
—Connor —digo.
Él ya está serio.
—Salí antes que ella. Dijo que viajaría con un grupo Sinclair al amanecer.
—No llegó —responde el muchacho.
Todos lo miramos.
—¿Qué has dicho? —pregunta Isla.
—Oí a uno de ellos. Dijo que la muchacha pelirroja no llegó al camino. Que la tenían antes de que saliera el sol.
Ewan maldice.
Isla no dice nada.
Eso me preocupa más que cualquier grito.
Me acerco a ella despacio.
—La encontraremos.
Sus ojos suben a los míos.
Hay miedo, culpa y rabia mezclados en ellos.
—La han cogido por mí.
—La han cogido porque son cobardes.
—Querían separarme de ti.
—Y ahora intentan empujarte a correr sin pensar.
—¿Y qué propones? ¿Que espere tranquila?
—Propongo que vayamos a por ella con un plan.
Ewan suelta una risa seca.
—Por fin algo sensato.
Isla se gira hacia él.
—No empieces.
—No estoy empezando. Estoy diciendo que esta vez MacLeod tiene razón.
—Eso debe dolerte.
—Mucho. No lo empeores.
Connor toma el paquete y examina la tela.
—Esto no es solo una amenaza.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Ewan.
—El hilo rojo. El halcón negro. El mensaje anterior hablaba de la próxima luna. Están siguiendo un ritual o una firma.
—Un símbolo —dice Isla, recuperando poco a poco la voz.
—Sí.
—Alguien quiere que sepamos que siempre es la misma mano.
—O alguien quiere que culpemos a esa mano —añado.
Ewan me mira.
—¿Otra pista falsa?
—Quizá.
—Maldita sea.
—Bienvenido a nuestra semana —dice Connor.
El muchacho empieza a temblar con más fuerza.
No por miedo a nosotros.
Por agotamiento.
Isla lo nota enseguida.
—No le hagáis daño.
Ewan abre la boca para protestar.
Ella lo detiene con una mirada.
—Si mintió, responderá. Si fue utilizado, nos sirve vivo y hablando.
No discuto su decisión.
Simplemente asiento.
—Encerradlo, pero dadle agua y comida.
Uno de mis hombres se lo lleva.
Cuando desaparece, Isla mira hacia las murallas.
—Si tienen a Mairi, enviarán otro mensaje.
—Probablemente —responde Connor.
—Entonces no quieren esconderse.
—Quieren dirigirnos —digo.
Ella se vuelve hacia mí.
—¿Adónde?
No respondo de inmediato.
Porque ya empiezo a sospecharlo.
El mensaje anterior hablaba de separarla de mí antes de la próxima luna. Ahora han tomado a su amiga, han enviado una prueba personal y han arriesgado a un mensajero dentro de mi castillo.
No es solo presión.
Es una invitación cuidadosamente preparada.
—A donde ellos elijan —respondo.
—Entonces elijamos nosotros primero.
Ewan la mira con expresión cansada.
—Esa frase acaba de quitarme años de vida.
—Te quedan de sobra.
—No desde que naciste.
Nadie llega a reír del todo.
Pero el comentario afloja apenas el terror.
Lo suficiente para volver a respirar.
Entonces Niall regresa antes de lo esperado con una criada.
No trae a ninguna niña.
Trae otro mensaje.
—La cabaña estaba vacía —dice—. Pero encontramos esto clavado en la puerta.
Me entrega una tira de cuero sellada con cera gris.
El halcón.
Rompo el sello.
La letra elegante vuelve a aparecer.
“Si queréis a la pelirroja viva, la muchacha MacKenzie acudirá al círculo de piedras de Darragh antes del amanecer. Sola.”
Ewan da un paso atrás como si la palabra sola le hubiera golpeado físicamente.
Connor maldice por lo bajo.
Isla extiende la mano.
Le doy el mensaje.
Lo lee sin cambiar de expresión.
Demasiado quieta.
Demasiado serena.
Después levanta la vista.
—No iré sola.
El alivio dura apenas un instante.
Porque luego añade:
—Pero haré que crean que sí.
Y, aunque todos empezamos a protestar a la vez, sus ojos se fijan en los míos con una determinación que ya conozco demasiado bien.
Mairi está viva.
El enemigo ha elegido el lugar.
Nosotros debemos decidir cómo tender la trampa.
Y esta vez, por primera vez, Isla no está pidiendo permiso.
Está exigiendo guerra.