Capítulo 19
Isla
Ewan no entra en el patio de Dunraven como un invitado.
Llega con la determinación de quien espera encontrar problemas, acompañado por cinco hombres MacKenzie que avanzan tras él como una escolta preparada para cualquier enfrentamiento.
Lo veo desde lo alto de los escalones del gran salón, envuelta todavía en la calma frágil que había sentido junto al fuego. Esa sensación se desvanece en cuanto mi hermano cruza el arco principal.
No lleva el rostro de un hombre preocupado.
Lleva el de alguien que ya ha decidido a quién responsabilizar de todo.
Y, por desgracia, Lachlan está a mi lado.
—No digas nada que lo empeore —murmuro.
—No pensaba decir nada.
—Eso sería una novedad.
—Me estás confundiendo contigo.
—Lachlan.
—Isla.
Le lanzo una mirada de advertencia.
Él no sonríe, pero casi.
Ese casi me irrita más que una sonrisa completa.
Ewan desmonta antes de que uno de los mozos pueda acercarse. Su mirada me encuentra primero, me revisa de arriba abajo con una rapidez que no oculta el alivio, y luego se clava en Lachlan con suficiente violencia como para que varios hombres del patio se tensen.
—Isla.
—Ewan.
—¿Estás herida?
—No.
—¿Segura?
—Sí.
—¿Te ha obligado a venir?
Cierro los ojos un instante.
Ya empezamos.
—No.
—Respóndeme mirándome.
Abro los ojos y bajo los escalones.
—Te estoy mirando.
—Entonces dime la verdad.
—Esa era la verdad.
Ewan no parece convencido.
Lo cual no me sorprende.
Mi hermano posee muchas virtudes, pero la facilidad para aceptar información que no encaja con sus temores no es una de ellas.
Lachlan baja un escalón detrás de mí.
Ewan da un paso hacia delante.
Todos en el patio lo notan.
Yo también.
—MacLeod —dice mi hermano.
—MacKenzie.
—Veo que sigues vivo.
—A veces decepciono a la gente.
—No sabes cuánto.
—Puedo imaginarlo.
—Ya basta —intervengo.
Ninguno aparta la mirada del otro.
Magnífico.
Dos hombres adultos comportándose como dos ciervos enormes a punto de destrozarse los cuernos.
—He dicho que ya basta —repito, esta vez con más firmeza.
Ewan me mira al fin.
—Recibimos una carta diciendo que estabas aquí bajo su protección.
—Correcto.
—Y otra diciendo que unos mercenarios habían intentado separarte de él.
—También correcto.
—¿Y esperabas que leyera eso sentado tranquilamente en el salón?
—No. Esperaba que leyeras la parte en la que decía que estaba viva antes de decidir invadir un castillo.
Uno de los hombres MacLeod tose.
Lachlan ni siquiera necesita girarse para imponer silencio.
Ewan señala el patio con la barbilla.
—Vuelves conmigo.
—No.
La palabra sale limpia.
Rápida.
Demasiado rápida para su gusto.
Su expresión se endurece.
—No era una pregunta.
—Entonces tenemos un problema, porque mi respuesta tampoco lo era.
—Isla.
—No voy a repetirlo.
—Sí vas a hacerlo si yo te lo ordeno.
El aire cambia.
Lachlan se mueve apenas.
Solo un poco.
Lo suficiente para que Ewan lo vea.
—Ten cuidado —dice mi hermano.
La voz de Lachlan llega baja, serena y peligrosa.
—Ella ya ha respondido.
Ewan sonríe sin humor.
—No recuerdo haberte preguntado.
—No hacía falta.
—Estás muy cómodo hablando por mi hermana.
—No hablo por ella.
—Entonces cállate y deja que vuelva a casa.
—Eso tendrá que decidirlo ella.
La tensión se vuelve tan espesa que hasta los caballos parecen inquietos.
Me coloco entre ambos antes de que el orgullo masculino convierta el patio en una escena que Margaret probablemente criticaría durante años.
—Ewan, escúchame.
—Te escucho.
—No. Estás respirando fuerte mientras preparas una amenaza. No es lo mismo.
Lachlan baja la mirada un instante.
Creo que para ocultar una sonrisa.
No es el momento.
—Encontramos un mensaje —continúo—. Llevaba el mismo sello del halcón negro. Ordenaban separarme de Lachlan y matarlo si no se apartaba.
Ewan deja de mirarlo.
Por fin.
—¿Qué?
—Lo que has oído.
—¿Dónde está ese mensaje?
Lachlan lo saca del interior de su chaqueta y se lo entrega.
Ewan lo lee.
La furia de su rostro cambia de forma.
Ya no es solo ira.
Ahora también hay miedo.
Lo reconozco porque es el mismo que vi en mi padre después de la muerte de mi madre, aunque Ewan lo disfrace peor.
—Vienes conmigo —dice más bajo.
—No.
—Isla, por una vez en tu vida, deja de discutir.
—No estoy discutiendo. Estoy decidiendo.
—Esto no es un juego.
—Precisamente por eso no puedo esconderme.
—No hablo de esconderte.
—Hablas de encerrarme entre nuestros muros y llamar a eso protección.
Su mandíbula se tensa.
—Si eso te mantiene viva, sí.
La sinceridad de la respuesta me golpea.
Aun así, no cedo.
Porque sé lo que ocurre cuando todos intentan proteger a una mujer apartándola de la verdad. Se queda a oscuras mientras otros deciden por ella. Y yo ya he visto suficiente oscuridad.
—Entiendo que tengas miedo —digo.
—No tengo miedo.
—Ewan.
Mi voz se suaviza.
Su orgullo no sabe qué hacer con eso.
—Lo tengo —admite al fin, casi con rabia—. Claro que lo tengo. Eres mi hermana.
Durante un momento nadie habla.
El patio entero parece escuchar.
Me acerco a él y bajo la voz.
—Entonces confía en mí.
—Confío en ti.
—No lo parece.
—No confío en él.
Lachlan no se mueve.
Ni siquiera parece ofendido.
Eso me llama la atención.
—No tienes que confiar en mí —dice—. Confía en que no voy a permitir que le ocurra nada dentro de estos muros.
Ewan gira la cabeza hacia él.
—¿Y fuera de ellos?
—Fuera de ellos haré lo mismo.
—Eso no me basta.
—A mí tampoco.
La respuesta sorprende incluso a mi hermano.
Lachlan da un paso hacia nosotros, pero mantiene una distancia prudente.
—No puedo prometer que no habrá peligro. Sería una mentira y ella lo sabría antes de que terminara de hablar. Lo que sí puedo prometer es que no la usaré como pieza, no la enviaré lejos para tranquilizar mi conciencia y no ignoraré lo que sabe solo porque sería más cómodo hacerlo.
No sé qué esperaba.
No eso.
Ewan tampoco.
Su mirada pasa de Lachlan a mí.
Y por primera vez parece verlo no como el enemigo de siempre, sino como un hombre que dice algo incómodamente cierto.
—Padre quiere que vuelvas —dice al fin.
—Lo sé.
—Está preocupado.
—También lo sé.
—Y yo debería sacarte de aquí aunque tenga que cargarte sobre el hombro.
—Inténtalo y te morderé.
Niall, desde algún lugar del patio, murmura:
—Yo pagaría por verlo.
Lachlan gira la cabeza.
—Niall.
—Mi pierna está herida, no mi sentido del espectáculo.
Un par de hombres sueltan risas ahogadas.
Incluso Ewan parece a punto de sonreír, aunque lo reprime con disciplina admirable.
—Tu clan es raro —me dice.
—Apenas llevo aquí unas horas y ya lo había notado.
—Gracias —dice Lachlan.
—No era un cumplido.
—Últimamente nada lo es.
El aire se relaja apenas.
No lo suficiente para llamarlo paz.
Pero sí para evitar una guerra inmediata.
Margaret aparece entonces en la puerta del gran salón con una expresión que haría retroceder a un ejército.
—Si los caballeros han terminado de medir quién tiene el cráneo más duro, hay comida caliente dentro.
Ewan la mira.
Luego me mira a mí.
—¿Quién es?
—Margaret —responde Lachlan—. Y te aconsejo obedecer.
Mi hermano observa a la mujer un instante más.
Después asiente.
—Sensato.
Margaret parece aprobarlo.
—Quizá haya esperanza.
Entramos al gran salón en una tregua incómoda.
Los hombres MacKenzie ocupan una mesa bajo la vigilancia discreta de los MacLeod.
Margaret organiza comida como si alimentar enemigos históricos fuera una tarea menor.
Connor aparece poco después, tarde como siempre para impedir el conflicto y puntual como siempre para disfrutar de las consecuencias.
—Ewan MacKenzie en Dunraven —dice, sentándose sin permiso—. Esto mejora por momentos.
—Connor Sinclair —responde mi hermano—. Sigues hablando demasiado.
—Y tú sigues frunciendo el ceño como si fueras a prohibir el invierno.
—Podría intentarlo.
—Lo sé. Ese es el problema.
Me siento entre ambos antes de que descubran una nueva forma de insultarse con educación.
Durante la cena explicamos lo ocurrido: la posta, los prisioneros, la emboscada, la cabaña y el mensaje. Ewan escucha sin interrumpir, lo que demuestra la gravedad de la situación. Cuando termino, su comida sigue casi intacta.
—Ese halcón negro no pertenece a ningún clan importante —dice.
—Eso creemos —responde Lachlan.
—Pero alguien con dinero está pagando hombres.
—Y conoce nuestras reuniones —añado—. Sabe cuándo atacar, qué rumores alimentar y a quién culpar.
Connor bebe un trago.
—Lo que significa que tiene información de dentro.
Ewan deja la copa sobre la mesa.
—De varios clanes.
La conclusión cae sobre nosotros sin necesidad de adornos.
Traidores.
No uno.
Quizá varios.
El silencio que sigue resulta más inquietante que la noche exterior.
—Me quedaré —dice Ewan de pronto.
Lo miro, sorprendida.
—¿Qué?
—Me quedaré en Dunraven hasta que padre responda.
Lachlan se inclina hacia atrás.
—Qué alegría.
—No lo hago por ti.
—Eso me tranquiliza.
—Lo hago por ella.
—Eso ya lo sabía.
—Y porque si alguien intenta tocar a mi hermana, quiero estar cerca para cortarle las manos.
Margaret, que pasa detrás con una jarra, comenta sin detenerse:
—Por fin alguien dice algo razonable.
Ewan la observa con respeto creciente.
—Empiezo a entender este castillo.
Después de la cena, el gran salón se vacía lentamente.
Los MacKenzie son alojados en habitaciones de invitados. Los guardias se duplican. Las puertas se cierran. Dunraven se prepara para una noche inquieta.
Yo salgo al patio para respirar.
El cielo está despejado después de la tormenta y el lago refleja una luna pálida. El aire huele a piedra mojada, humo y brezo.
Lachlan aparece a mi lado unos minutos después.
No pregunta si puede quedarse.
Simplemente ocupa el espacio a mi lado, como si fuera lo más natural del mundo.
Y, por alguna razón, no me molesta.
—Tu hermano no me ha matado —dice.
—Todavía es pronto.
—Qué reconfortante.
—Ha ido mejor de lo esperado.
—Tenemos expectativas muy bajas.
Sonrío.
Él mira hacia las murallas, donde los guardias caminan con antorchas.
—Tenías razón al quedarte.
Lo observo.
—Eso debe haberte dolido.
—Muchísimo.
—Aprecio el sacrificio.
—No te acostumbres.
Permanecemos un rato contemplando la oscuridad sin necesidad de llenar el silencio con palabras.
Esta vez no pesa.
Resulta extrañamente cómodo.
—Gracias por hablarle así —digo.
—¿Así cómo?
—Como si yo pudiera decidir.
Lachlan tarda un momento en responder.
—Puedes.
—Muchos hombres no lo creen.
—Muchos hombres son idiotas.
La risa se me escapa baja.
Él me mira.
Y ahí está otra vez.
Esa tensión que no nace del peligro, sino de algo más difícil de nombrar.
Algo más suave y profundo, precisamente por eso mucho más peligroso para todo lo que yo creía entender.
—Isla...
Su voz desciende apenas, cargada de algo que no alcanzo a identificar.
No sé qué va a decir.
Y tampoco estoy segura de querer averiguarlo.
Porque en ese instante una sombra se mueve en la muralla norte.
Lachlan la ve al mismo tiempo que yo.
Su mano va a la espada.
La mía, a la daga.
Durante un segundo, el mundo se reduce a esa figura oscura desplazándose contra la piedra.
Después suena un grito desde arriba.
—¡Intruso!
La noche estalla en movimiento.
Y la distancia entre Lachlan y yo desaparece de golpe.