Capítulo 18
Lachlan
Llevar a Isla MacKenzie al castillo MacLeod es una decisión sensata, estratégica y necesaria. Al menos eso me repito durante casi todo el camino mientras avanzamos entre colinas cubiertas de niebla y senderos embarrados por la lluvia reciente.
Por desgracia, el argumento pierde fuerza cada vez que la miro.
Sobre todo porque ella cabalga a mi lado con la capa húmeda, el cabello recogido de cualquier manera y esa expresión obstinada que ya me resulta demasiado familiar: la de una mujer que seguramente está preparando tres objeciones distintas para la próxima orden que intente darle.
—Deja de mirarme así —dice sin apartar la vista del sendero.
—No te estoy mirando.
—Llevas media hora comprobando si sigo sobre el caballo.
—Has dormido poco.
—Tú también.
—Yo estoy acostumbrado.
Isla gira apenas la cabeza y me dedica una mirada cargada de paciencia fingida.
—Si vas a usar esa frase otra vez, avísame para poder poner los ojos en blanco con suficiente dramatismo.
Detrás de nosotros, Niall suelta una risa ahogada que termina convirtiéndose en una mueca cuando la herida de la pierna le recuerda que sigue vivo.
—Me gusta vuestra invitada, jefe.
—Nadie te ha preguntado.
—Eso no cambia mi opinión.
Isla aprovecha la oportunidad de inmediato.
—Gracias, Niall.
—A vuestra disposición, milady.
—No la animes.
—Demasiado tarde —responden los dos al mismo tiempo.
Sacudo la cabeza con resignación.
Magnífico. Mi propio clan empieza a traicionarme y, para colmo, parece disfrutar haciéndolo.
El camino hacia Dunraven atraviesa un paso estrecho entre colinas oscuras. La niebla baja se aferra a la tierra húmeda y convierte las rocas dispersas en figuras fantasmales. Más allá, el lago aparece inmóvil bajo un cielo gris, como una enorme lámina de acero extendida hasta el horizonte.
Durante varios minutos Isla permanece callada, observándolo todo.
No bromea ni hace preguntas, y esa ausencia de comentarios me inquieta más que cualquiera de sus provocaciones habituales.
—¿Qué piensas?
Ella tarda un momento en responder.
—Que tu castillo está muy bien situado.
—Eso no era una respuesta.
—Sí lo era.
—Isla.
Suspira con resignación y afloja ligeramente las riendas.
—Pienso que entiendo por qué los MacLeod son difíciles de atacar. El lago protege un flanco, las colinas cierran el otro y el camino obliga a cualquier ejército a avanzar en fila. Si alguien intenta acercarse sin ser visto, tendría que ser un milagro o un idiota.
—Has evaluado mis defensas en menos de cinco minutos.
—No todas.
—Eso debería preocuparme.
—Probablemente.
No puedo evitar sonreír.
Ella lo nota enseguida y, por alguna razón, tampoco aparta la mirada.
—También pensaba otra cosa.
—¿Qué?
Su voz baja apenas un poco.
—Que este lugar se parece a ti.
—¿A mí?
—Duro. Cerrado. Difícil de alcanzar.
—Eso casi ha sonado a insulto.
—Casi.
—¿Y qué parte no lo era?
Isla vuelve la vista hacia el lago antes de responder.
—La parte que dice que, si alguien consigue entrar, quizá esté más protegido que en cualquier otro lugar.
La respuesta me deja sin palabras durante un instante, algo que no suele ocurrirme.
Por suerte, Niall tiene el buen juicio de mantenerse callado.
Las puertas de Dunraven aparecen poco después, elevándose oscuras y sólidas sobre la colina. Los vigías anuncian nuestra llegada desde las murallas y el patio cobra vida incluso antes de que crucemos el arco principal.
Hay criados corriendo de un lado a otro, guerreros descargando suministros y perros ladrando entre el bullicio. Un grupo de niños juega cerca de los establos hasta que una mujer les grita que se aparten del camino.
Mi hogar.
Mi responsabilidad.
Todo aquello que no puedo permitirme perder.
Cuando desmontamos, varias miradas se vuelven hacia Isla. No hay hostilidad abierta, pero sí curiosidad, cautela y la sorpresa inevitable de ver a una MacKenzie cruzando mis puertas bajo mi protección.
Margaret aparece atravesando el patio con la autoridad de una reina conquistadora. Tiene más de cincuenta años, el cabello recogido con severidad y una mirada capaz de arrancar confesiones incluso a los hombres más testarudos.
—Mi señor.
—Margaret.
Sus ojos se desplazan inmediatamente hacia Isla.
—Tenemos una invitada.
—Lady Isla MacKenzie.
Isla inclina la cabeza con educación.
—Gracias por recibirme.
Margaret la examina de arriba abajo sin el menor disimulo: la capa manchada, las botas cubiertas de barro, el cansancio visible y el hollín que todavía resiste en una mejilla.
—Necesitáis un baño.
Isla parpadea.
Niall tose para ocultar una carcajada.
Yo miro hacia otro lado.
—Eso ha sido directo.
—La cortesía es útil —responde Margaret—. El agua caliente, más.
Durante un segundo temo que Isla se ofenda.
En lugar de eso, sonríe.
—Empiezo a apreciar este castillo.
Margaret asiente con aprobación.
—Entonces hay esperanza.
—Preparad una habitación segura.
Margaret me observa.
—Todas las habitaciones de este castillo son seguras.
—Una más cercana a la mía.
El silencio que sigue dura apenas un instante, pero resulta imposible ignorarlo.
Isla gira lentamente la cabeza hacia mí.
—¿Perdón?
—Por seguridad.
—Claro.
—Es lógico.
—Por supuesto.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de estar preparando una discusión.
—No la estoy preparando. Ya la tengo lista.
Margaret permanece completamente inmóvil.
—Pondré a lady Isla en la habitación azul.
—Está junto a la mía.
—Lo sé.
—Bien.
Margaret arquea una ceja.
—También tiene una puerta que cierra por dentro, por si alguno de los dos necesita sobrevivir a la noche.
Niall casi se ahoga de la risa.
Isla baja la mirada, aunque no lo bastante rápido para ocultar la sonrisa.
Yo necesito hablar seriamente con mi ama de llaves sobre el concepto de discreción.
Más tarde.
Ahora tengo asuntos más urgentes.
Paso la siguiente hora repartiendo órdenes.
Refuerzo las guardias, organizo patrullas adicionales y envío mensajeros tanto a Inverbrae como al castillo MacKenzie.
Cuando menciono la carta destinada a Ewan, Niall parece dispuesto a ofrecerse voluntario y luego reconsidera la idea con admirable rapidez.
Eso, al menos, demuestra que conserva el instinto de supervivencia.
Isla permanece cerca, escuchándolo todo con evidente interés.
Como era de esperar.
—No tienes que oír cada orden que doy.
—Estoy aprendiendo cómo mandas.
—¿Y?
—No gritas tanto como esperaba.
—Puedo intentarlo si te decepciona.
—No hace falta. Margaret ya impone bastante por los dos.
La observación me arranca una risa inesperada.
Lo noto demasiado tarde.
Ella también.
Y el aire entre nosotros cambia apenas lo suficiente para volverlo peligroso.
—Descansa.
—¿Eso ha sido una orden o una sugerencia?
—Una súplica estratégica.
—Mucho mejor.
Se marcha con Margaret antes de que pueda responder algo que seguramente empeoraría la situación.
La tarde desaparece entre informes y cartas. Envío un mensaje a Alasdair explicando que su hija está bajo mi protección y redacto otro para Ewan con mucho más cuidado del que me gustaría admitir.
Durante varios minutos considero empezar con: “No he secuestrado a tu hermana”.
Finalmente decido que no es la mejor elección diplomática.
Al anochecer llega Connor.
Y, como siempre, aparece con esa sonrisa que rara vez anuncia algo bueno.
—He oído que has traído a una MacKenzie a Dunraven.
—Qué rápido viajan los rumores.
—He venido con los mensajeros.
—Entonces tú eres el rumor.
—En parte.
Entramos en mi estudio y le cuento todo: la cabaña, el mensaje, el halcón negro y la emboscada. A medida que escucha, la diversión desaparece de su rostro hasta dejar únicamente al hombre observador y peligroso que conozco desde hace años.
—Quieren separarla de ti.
—Sí.
—Eso significa que juntos les preocupáis.
—Eso parece.
—Y tú la has traído aquí.
—Era lo más seguro.
Connor se reclina en la silla.
—Seguro.
No me gusta ese tono.
—Di lo que tengas que decir.
—¿Quieres la versión prudente o la que te irritará?
—La prudente.
—No la tengo.
—Entonces sal de mi estudio.
En lugar de obedecer, se acomoda mejor en el asiento.
—La has traído aquí porque era lo más seguro. Pero también porque no soportabas la idea de enviarla lejos.
No respondo.
No hace falta.
Connor me conoce demasiado bien.
—Lachlan.
—No.
—Ni siquiera sabes qué voy a decir.
—Sí lo sé.
—No puedes protegerla de todo.
La frase queda suspendida entre nosotros, pesada e incómodamente cierta.
—Lo sé.
—¿Lo sabes de verdad?
Lo miro fijamente.
—Estoy intentándolo.
Connor asiente despacio.
Por una vez no bromea.
—Eso ya es algo.
Más tarde, cuando el castillo empieza a tranquilizarse y las conversaciones se convierten en murmullos lejanos, bajo al gran salón.
Sé perfectamente por qué.
Isla está junto al fuego hablando con dos niños del clan. Lleva ropa limpia, el cabello suelto sobre los hombros y una expresión mucho más descansada que la de esta mañana.
Parece cómoda.
Demasiado cómoda.
Demasiado natural en un lugar donde no debería encajar tan bien.
Y eso resulta peligrosamente agradable.
Uno de los niños, Tomas, agita las manos con entusiasmo.
—¿Y de verdad lanzaste una cuerda a un caballo?
Isla me ve acercarme y sus ojos se iluminan.
—Eso dicen algunos.
—¿Y se cayó?
—El jinete, sí. El caballo solo se ofendió.
Effie abre los ojos como platos.
—¿El jefe se enfadó?
Isla me mira con inocencia fingida.
—Muchísimo.
—No fue enfado.
—¿No?
—Fue horror.
Los niños estallan en carcajadas.
Isla también.
Y durante unos segundos el gran salón parece más ligero, menos cargado de preocupaciones.
Margaret aparece para llevarse a los pequeños a dormir. Effie intenta negociar cinco minutos más y pierde la batalla de forma espectacular.
Cuando finalmente quedamos solos junto al fuego, Isla se vuelve hacia mí.
—Tus niños son curiosos.
—No son míos.
—Lo son.
—Pertenecen al clan.
—Exactamente.
No discuto.
Porque tiene razón.
Y porque me gusta verla comprenderlo.
—He escrito a tu padre.
—Gracias.
—Y a Ewan.
—¿Has sobrevivido?
—Por poco.
—Estoy orgullosa.
—No te acostumbres.
Ella sonríe mientras observa las llamas.
La luz del fuego suaviza sus rasgos y convierte algo tan simple como mirarla en una tarea complicada.
—Tu hogar no se parece a lo que imaginaba.
—¿Qué imaginabas?
—Frío. Silencioso. Lleno de hombres enormes afilando espadas y gruñendo a cualquiera que respirara demasiado alto.
—Eso es los martes.
Su risa vuelve a sonar.
Y vuelve a afectarme más de lo debido.
—Es cálido —dice después—. Más de lo que esperaba.
Esta vez no respondo con una broma.
—Mi madre decía que un castillo no debe impresionar a los invitados. Debe hacer que los suyos quieran volver.
Isla me observa con atención.
—Parece una mujer sabia.
—Lo era.
—¿También era tan mandona como Margaret?
—Margaret aprendió de ella.
—Entonces debía de ser temible.
—Lo era.
Sonrío sin darme cuenta.
Isla lo nota.
Y, por suerte, no comenta nada.
—Lachlan.
—¿Sí?
—Gracias por no enviarme lejos.
La sinceridad de sus palabras me toma desprevenido.
—Aún no he decidido si he sido sensato.
—No lo has sido.
—Eso creía.
—Pero has sido justo.
El silencio que sigue no resulta incómodo.
Está lleno de cosas que ninguno de los dos está preparado para decir.
Entonces un cuerno resuena desde el patio.
Largo.
Urgente.
Me pongo en pie de inmediato.
La puerta del gran salón se abre y Niall entra con el rostro tenso.
—Jefe.
—Habla.
—Jinetes en el camino del sur.
Isla también se levanta.
—¿Cuántos?
Niall la mira antes de responder.
—Seis.
—¿Colores?
—MacKenzie.
La expresión de Isla cambia al instante.
Mi cuerpo se tensa antes incluso de procesarlo.
—Ewan.
No es una pregunta.
Y no necesita serlo.
Mientras el castillo despierta a nuestro alrededor y los hombres comienzan a moverse hacia las murallas, comprendo que enfrentarme a emboscadas, incendios y asesinos quizá haya sido la parte sencilla del día.
Porque el hermano de Isla MacKenzie acaba de llegar a mis puertas.
Y tengo la sospecha de que viene dispuesto a exigirme explicaciones antes de decidir si también quiere mi cabeza.