EL SECRETO DE LOS CLANES Capítulo 17
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Capítulo 17

Isla

La tormenta se aleja poco antes del amanecer, aunque no lo hace con delicadeza. Tras su paso quedan senderos convertidos en lodazales, ramas desgajadas, piedras desprendidas de las laderas y una humedad persistente que parece haberse instalado bajo la piel.

Llevo despierta desde hace horas.

No porque haya descansado mal.

La verdad es que apenas he logrado dormir.

Resulta difícil conciliar el sueño cuando una está atrapada en una torre medio derruida con dos prisioneros inconscientes, enemigos ocultos en algún lugar del bosque y Lachlan MacLeod sentado frente al fuego que volvimos a encender cuando los pasos dejaron de rodearnos en la oscuridad.

Y, si soy sincera, lo más complicado de ignorar no son los enemigos.

Me repito que es por la vigilancia constante, por el peligro que nos rodea o por la piedra fría clavándose en mi espalda.

Es una explicación razonable.

Solo que no termina de convencerme.

Lachlan se acerca al arco abierto de la torre y contempla el bosque.

La luz gris del amanecer perfila sus facciones con una dureza casi tallada en roca.

Lleva la camisa manchada de lluvia y hollín, un corte superficial junto a la mandíbula y esa expresión severa que parece acompañarlo desde que nació.

—¿Hay alguien ahí fuera? —pregunto mientras me incorporo.

Él gira apenas la cabeza.

—No.

—¿Seguro?

—No.

Resoplo.

—Qué tranquilizador.

—Pensé que apreciarías la sinceridad.

—La aprecio mucho más cuando no implica que quizá alguien esté esperando para matarnos.

—Entonces has elegido una semana terrible para valorarla.

A pesar del cansancio, una sonrisa se me escapa.

Lachlan la ve.

Y decide fingir que no.

Uno de los hombres atados en el rincón deja escapar un gemido. El otro continúa inmóvil, aunque respira con regularidad. Lachlan se acerca a ellos y se agacha con una calma tan absoluta que resulta más inquietante que cualquier amenaza.

—Buenos días —dice.

El prisionero abre un ojo inflamado.

—Maldito seas.

—No has empezado con buen pie.

—No diré nada.

—Eso mismo dijeron otros antes que tú.

El hombre frunce el ceño.

—¿Otros?

—Los que seguían respirando cuando terminaron las preguntas.

El efecto es inmediato. El prisionero traga saliva.

Me acerco despacio para escuchar mejor. Lachlan no necesita levantar la voz. Nunca lo hace. Hay hombres que intimidan gritando; él consigue mucho más hablando como si estuviera comentando el tiempo.

—Llevas un broche con un halcón —dice mientras señala la insignia—. Otros hombres que encontramos llevaban el mismo símbolo. Uno intentó incendiar una posta. Otro nos condujo hacia una emboscada. No sois simples ladrones.

El hombre desvía la mirada.

Error.

Lachlan lo nota al instante.

—Sabes quién paga.

—No.

—Sabes algo.

—No.

—Entonces no te importará que te entregue a los Sinclair. Tengo entendido que disfrutan haciendo preguntas durante días.

La mandíbula del hombre se tensa.

Por fin aparece el miedo.

—No conozco nombres.

—Eso no es una negación.

—No conozco nombres —insiste—. Solo rutas.

Lachlan se inclina un poco más.

—Habla.

El prisionero me mira como si esperara encontrar compasión.

No la encuentra.

—Nos pagan para mover ganado, dejar señales falsas, quemar graneros y atraer hombres donde conviene.

—¿Quién os paga? —pregunto.

—No lo sé.

Lachlan le sujeta la barbilla y lo obliga a sostenerle la mirada.

—Inténtalo otra vez.

—¡No lo sé! Los mensajes llegan sellados. Siempre igual. Un halcón negro sobre cera gris.

El símbolo.

Otra vez.

Lachlan afloja la presión.

—¿Dónde recogéis el dinero?

—Ruinas. Cruces de caminos. Tabernas.

—Demasiado impreciso.

—Porque cambia constantemente.

—¿Cuál es el siguiente punto?

El hombre aprieta los labios.

Nadie se mueve.

El silencio se vuelve tan pesado que incluso el crepitar del fuego parece exagerado.

Finalmente doy un paso adelante.

—Si no hablas, más aldeas arderán. No hablo de clanes ni de guerreros. Hablo de familias, de niños y de ancianos que no saben nada de tus mensajes ni de tus sellos.

El hombre me mira con rabia.

Perfecto.

La rabia suele abrir grietas donde el miedo fracasa.

—¿Crees que quienes te pagan vendrán a rescatarte? —continúo—. Ni siquiera te han dado un nombre. Para ellos eres una herramienta. Y una herramienta capturada deja de ser útil.

Su respiración cambia.

Lachlan me lanza una mirada rápida.

No es una advertencia.

Es aprobación.

Y me gusta más de lo que debería.

—Hay una cabaña de piedra cerca del paso de Cailleach —escupe finalmente el prisionero—. A veces dejan mensajes allí.

Lachlan permanece inmóvil unos segundos.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

—¿Cuándo?

—¡Hoy! Al mediodía. Si la tormenta no ha retrasado al mensajero.

Lachlan se pone en pie de inmediato.

—Entonces nos movemos.

—¿Y ellos? —pregunto señalando a los prisioneros.

—Vendrán con nosotros hasta encontrar a mis hombres.

—¿Y si el mensajero llega antes?

Nuestras miradas se cruzan.

No hace falta responder.

Los dos sabemos lo que significaría.

Perderíamos la oportunidad.

Poco después abandonamos la torre. Atamos a los prisioneros a sus monturas y descendemos por un bosque empapado y silencioso. La lluvia ha borrado casi todas las huellas, pero también parece haber obligado al mundo entero a guardar silencio.

Encontramos a los hombres de Lachlan junto al arroyo.

El guerrero herido sigue vivo.

Está pálido, agotado y claramente dolorido, pero sigue resistiendo.

Cuando Lachlan lo ve, algo se suaviza en su expresión. Apenas un instante. Lo suficiente para que yo lo note.

—Pensé que tardaríais menos —dice Niall con una sonrisa torcida.

—Y yo pensé que sabías esquivar flechas.

—Todos tenemos días malos.

—El tuyo ha sido especialmente torpe.

Niall suelta una carcajada que termina convertida en un quejido.

—Eso ha dolido.

—Me alegra comprobar que sigues sintiendo cosas.

Lachlan se agacha junto a él.

—¿Puedes cabalgar?

—Puedo insultar a cualquiera que diga que no.

—Eso no responde.

—Entonces sí. Puedo cabalgar.

La conversación parece brusca, pero debajo hay algo sólido. Años de confianza, batallas compartidas y lealtad inquebrantable.

Y me sorprende cuánto me conmueve verlo.

Connor sigue ausente. Ha llevado a los otros prisioneros a Inverbrae, así que dejamos a los nuevos bajo custodia y continuamos hacia el paso de Cailleach acompañados solo por un hombre más.

El camino asciende entre laderas escarpadas.

El viento golpea con fuerza.

El cansancio pesa en cada músculo.

Aun así, nadie propone detenerse.

Llegar tarde ya no es una opción.

—Estás muy callada —dice Lachlan cuando el sendero se estrecha.

—Estoy pensando.

—Eso me preocupa.

—Empiezas a repetir mis frases.

—Debe de ser la falta de sueño.

—O mi excelente influencia.

—La segunda opción parece menos probable.

Lo observo de reojo.

—Has sonreído antes.

—No.

—Sí.

—No.

—Con Niall.

—Eso no cuenta.

—Claro que cuenta.

—Era una mueca.

—Fue una sonrisa.

—No lo fue.

—Qué extraño. Casi pareces humano cuando sonríes.

Lachlan gira la cabeza hacia mí.

La mirada debería intimidarme.

Ya no lo consigue.

—Tú casi pareces prudente cuando permaneces callada.

—Entonces ambos estamos viviendo una experiencia extraordinaria.

El sendero nos obliga a acercarnos más.

Demasiado.

Noto el roce ocasional de su rodilla contra la mía cuando los caballos avanzan entre las rocas. También percibo cómo mantiene siempre su montura en el lado más expuesto del camino, dejándome protegida junto a la pared de piedra.

No lo menciona.

Yo tampoco.

Pero lo veo.

Y eso lo vuelve imposible de ignorar.

La cabaña aparece cerca del mediodía.

Pequeña, oscura y medio escondida entre las rocas. El techo está cubierto de musgo y la puerta parece a punto de desprenderse de las bisagras. Desde fuera parece abandonada, pero las cenizas recientes junto al hogar cuentan una historia distinta.

Desmontamos a cierta distancia.

Lachlan me ofrece una mano.

Durante un instante considero rechazarla.

Sería lo habitual.

Sin embargo, la acepto.

Sus dedos se cierran alrededor de los míos con firmeza.

El contacto dura apenas un segundo más de lo necesario.

Pero ambos lo notamos.

—Quédate detrás de mí —murmura.

—Empiezo a encontrar ofensiva esa frase.

—Y yo empiezo a considerar importante que sigas viva.

La respuesta me deja sin palabras.

Él aprovecha mi silencio para avanzar hacia la puerta.

Entramos con cautela.

La cabaña huele a humedad, cuero viejo y ceniza fría. No hay nadie dentro. Sobre una mesa encontramos una bolsa de monedas, algo de pan envuelto en tela y un pequeño cilindro de madera sellado con cera gris.

Lachlan lo toma.

Rompe el sello.

Un halcón negro.

Desenrolla el mensaje.

Lee.

Y su expresión cambia de inmediato.

—¿Qué dice?

Sin responder, me entrega el pergamino.

La letra es elegante.

Demasiado elegante para pertenecer a un mercenario.

Leo en silencio.

Cada palabra parece enfriar la habitación.

“Los clanes ya sangran. La muchacha MacKenzie ha visto demasiado. Separadla del MacLeod antes de la próxima luna. Si él no se aparta, matadlo.”

Levanto la vista.

Lachlan no está mirando el mensaje.

Me está mirando a mí.

Y la intensidad de sus ojos me deja sin aire.

—No —digo antes de que abra la boca.

—Ni siquiera sabes qué iba a decir.

—Sí lo sé. Vas a decir que vuelva con mi padre.

—Sí.

—Entonces no.

—Isla.

—No.

—Acaban de ordenar que te aparten de mí y que te maten si es necesario.

—Exactamente. A mí. Eso significa que estoy involucrada.

—Significa que eres un objetivo.

—Tú también.

—Estoy acostumbrado.

—Ese es el argumento más estúpido que he oído hoy.

Su expresión se endurece.

—No voy a discutir esto.

—Claro que sí. Discutir es prácticamente nuestra actividad favorita.

—No cuando tu vida está en juego.

—Mi vida ya estaba en juego antes de leer ese mensaje.

—Ahora lo sabemos con certeza.

—Y eso nos da ventaja.

Lachlan da un paso hacia mí.

No parece amenazante.

Pero sí imposible de detener.

—No entiendes lo que significa.

—Lo entiendo perfectamente.

—No.

—¿Porque soy una mujer?

—Porque no has visto lo que hacen hombres así cuando deciden borrar a alguien del mapa.

La crudeza de su voz me obliga a callar.

No porque me convenza.

Porque por primera vez no habla desde el orgullo.

Habla desde el miedo.

—He visto suficiente estos días —respondo más bajo.

—No quiero que veas más.

Las palabras quedan suspendidas entre nosotros.

Directas.

Honestas.

Peligrosamente honestas.

El viento golpea la puerta.

La madera cruje.

Y de pronto comprendo algo que llevaba tiempo evitando.

Esto ya no trata solo de protección.

Ni de alianzas.

Ni de clanes.

—No puedes decidir por mí.

—Lo sé.

—Pero quieres hacerlo.

—Sí.

No intenta negarlo.

Y esa sinceridad me desarma más que cualquier excusa.

—Lachlan...

Él exhala lentamente.

—Cuando vi aquella daga venir hacia mí no tuve tiempo de sentir miedo. Cuando te vi correr hacia ese granero, sí.

Trago saliva.

Él aparta la mirada como si lamentara haber dicho demasiado.

Pero ya es tarde.

Las palabras están ahí.

Y no pueden retirarse.

—Entonces no me apartes —digo con suavidad—. Si te preocupa lo que pueda pasarme, quédate cerca. Pero no me encierres lejos de la verdad creyendo que eso me protegerá.

Sus ojos regresan a los míos.

El silencio se alarga.

Demasiado.

Y al mismo tiempo no lo suficiente.

Finalmente guarda el mensaje.

—Nos vamos.

—¿A Inverbrae?

—No.

—¿Entonces?

—Al castillo MacLeod.

Mi corazón da un vuelco.

—Eso no le gustará a mi padre.

—Tampoco a tu hermano.

—Ewan intentará matarte.

—Empiezo a asumirlo como una posibilidad constante.

—Lachlan.

—Mis muros son más seguros que cualquier camino abierto. Además, quiero revisar todo lo que tenemos sobre ese halcón negro. Si alguien pretende separarte de mí, no pienso facilitarle el trabajo.

Debería discutir.

Por orgullo.

Por costumbre.

Por puro principio.

Pero algo en la forma en que lo dice me roba las ganas.

No me está enviando lejos.

Me está llevando con él.

Y eso resulta mucho más peligroso.

—De acuerdo —cedo al fin—. Pero escribirás a mi padre.

—Por supuesto.

—Y a Ewan.

Lachlan hace una mueca.

—Preferiría enfrentarme a otra emboscada.

—Escribe a Ewan.

—Lo consideraré.

—Lachlan.

—Escribiré a Ewan.

Asiento satisfecha.

Él me observa con una mezcla de resignación e irritación.

—Eres la mujer más difícil que he conocido.

—Y tú el hombre más mandón.

—Eso no ha sido una negación.

—Tampoco lo tuyo.

Por primera vez desde que encontramos el mensaje, una sonrisa auténtica aparece en su rostro.

Breve.

Pequeña.

Pero suficiente.

Cuando abandonamos la cabaña, el viento trae olor a lluvia desde el norte. El camino hacia el castillo MacLeod se extiende entre montañas cubiertas de niebla y valles grises.

No sé qué encontraremos allí.

Tampoco sé cómo reaccionará mi padre.

Y mucho menos cómo explicaré a Ewan que he aceptado refugiarme bajo el techo del hombre al que todos esperaban que odiara.

Lo único que tengo claro es que, cuando vuelvo a montar y siento la atención constante de Lachlan sobre mí, el peligro ya no parece lo más difícil de afrontar.

Lo verdaderamente complicado es admitir que me estoy acercando a algo mucho más imposible de ignorar.

Y mucho más difícil de comprender.