Capítulo 16
Lachlan
El cielo empieza a oscurecer antes de que terminemos de asegurar la posta, y no es porque la noche se acerque.
Es la tormenta.
Las nubes descienden desde las montañas como un ejército silencioso, tragándose las cumbres y extendiéndose sobre el valle con una rapidez que me pone en alerta.
El aire cambia también; se vuelve más frío, más pesado, cargado de esa electricidad que anuncia lluvia antes de que caiga la primera gota.
Connor levanta la vista al mismo tiempo que yo.
—Esto se va a poner feo.
—Ya lo está.
Su mirada se desplaza hacia los dos prisioneros atados junto al pozo. Uno sigue inconsciente. El otro, el que habló de la próxima aldea, permanece sentado con la cabeza inclinada y una calma demasiado estudiada. Desde que lanzó aquella amenaza no ha vuelto a abrir la boca.
He conocido hombres así.
Mercenarios.
Contrabandistas.
Asesinos que venden la vida ajena por unas monedas.
Los cobardes hablan cuando sangran.
Los fanáticos no.
Y ese hombre lleva demasiado tiempo sonriendo con los ojos.
—No vamos a sacar nada de él aquí —dice Connor.
—Lo sé.
—Si lo llevamos a Inverbrae, quizá los Sinclair puedan hacerlo hablar.
—Quizá.
Connor arquea una ceja.
—No pareces convencido.
—Porque no lo estoy.
Sigue la dirección de mi mirada y encuentra a Isla.
Está ayudando a una mujer a vendar la quemadura de un muchacho.
Tiene hollín en una mejilla, el cabello medio suelto y la capa cubierta de barro, pero habla con una serenidad irritante.
Como si no hubiera entrado en un granero en llamas.
Como si no hubiera decidido una vez más que su seguridad es un detalle secundario.
Connor resopla.
—Vas a decir algo estúpido.
—No.
—Sí.
—No pienso hablar de ella.
—Yo tampoco he dicho su nombre.
Le lanzo una mirada seca.
Él sonríe.
—Vas a decir que debería regresar con escolta.
—Debería regresar con escolta.
—Y ella va a decirte que no.
—Probablemente.
—Y tú vas a insistir.
—Sin duda.
—Y después discutiréis lo suficiente para que el resto podamos cenar tranquilos.
—Me alegra que encuentres entretenimiento en mi desgracia.
—Soy un hombre sencillo.
No llego a responder porque Isla se acerca.
Lo hace con ese paso decidido que ya conozco demasiado bien. El de alguien que ha tomado una decisión y está preparada para defenderla aunque tenga que enfrentarse a medio mundo. Connor también lo reconoce, porque da un paso atrás con una prudencia que roza la cobardía.
—Tenemos que seguir el rastro del jinete que escapó —dice sin preámbulos.
—No.
—Ni siquiera has preguntado por qué.
—Porque no hacía falta.
—Empiezas a abusar de esa respuesta.
—Y tú empiezas a abusar de las malas ideas.
Sus ojos se estrechan.
La discusión estalla incluso antes de que la lluvia empiece a caer.
—El hombre huyó hacia el oeste —replica señalando el camino—. Si esperamos hasta mañana, la lluvia borrará cualquier huella.
—Si salimos ahora, la lluvia nos atrapará en mitad del bosque.
—Entonces cabalgaremos deprisa.
—No es tan sencillo.
—Nunca dices eso cuando eres tú quien quiere hacer algo peligroso.
—Porque yo sé hacerlo.
En cuanto las palabras salen de mi boca sé que ha sido un error.
Isla se queda inmóvil.
Connor emite un ruido bajo, casi una advertencia.
Demasiado tarde.
—Qué interesante —dice ella con una calma peligrosa—. Entonces el problema no es el peligro. El problema soy yo.
—El problema es que no eres una guerrera.
—No he dicho que lo sea.
—Y aun así actúas como si una espada, una cuerda y mucha terquedad pudieran resolverlo todo.
—No todo. Solo algunas cosas.
—Isla.
—Lachlan.
Maldita sea.
Hay algo en la forma en que pronuncia mi nombre que consigue irritarme y atraerme al mismo tiempo.
—No voy a dejarte cabalgar tras un hombre armado con una tormenta encima.
—No me dejas ni me dejas de dejar.
—Hoy sí.
—No eres mi padre.
—Gracias a Dios.
Connor se cubre la boca. No sé si intenta ocultar una carcajada o una plegaria.
Isla da un paso hacia mí.
—Ese hombre sabe quién está detrás de todo esto.
—Lo sé.
—Ha intentado quemar una aldea.
—Lo sé.
—Y puede llevarnos hasta los demás.
—También lo sé.
—Entonces sabes que no podemos quedarnos aquí discutiendo.
Lo peor es que tiene razón.
Y lo sabe.
Eso vuelve todo mucho más irritante.
Miro el cielo, luego el camino y finalmente a mis hombres.
—Connor, lleva a los prisioneros a Inverbrae con cuatro hombres. Envía aviso a Alasdair y a los Sinclair.
—¿Y tú?
—Seguiré el rastro.
Isla alza la barbilla.
—Contigo.
La observo durante varios segundos.
Podría negarme.
Debería negarme.
Pero también sé que encontraría otra forma de venir.
Y prefiero tenerla delante de mí que siguiéndome a escondidas.
—Cabalgarás cerca.
—Cabalgaré donde sea útil.
—Cerca.
—Útil.
—Isla.
—Lachlan.
Connor suspira con dramatismo.
—Por el amor de todos los santos, cabalga cerca y sé útil.
Ella sonríe con una satisfacción insoportable.
—Acepto.
—No has ganado.
—Por supuesto que sí.
Maldita mujer.
Partimos antes de que la lluvia descargue por completo.
Solo llevo dos hombres conmigo. Un grupo pequeño se mueve más rápido y deja menos rastro. La pista del jinete aparece y desaparece entre barro, piedras y hierba aplastada, pero todavía es visible.
El bosque se cierra a nuestro alrededor.
Los pinos amortiguan el viento, aunque no el olor de la tormenta. Las primeras gotas golpean las ramas como dedos impacientes. A un lado corre un arroyo estrecho; al otro, una ladera cubierta de brezo asciende hacia unas ruinas apenas visibles entre la niebla.
Isla cabalga a mi lado.
Lo bastante cerca para que pueda vigilarla y lo bastante competente para demostrarme que no lo necesita.
—No tienes que mirarme cada diez pasos —dice sin apartar la vista del sendero.
—No lo hago.
—Sí lo haces.
—Estoy vigilando el terreno.
—Entonces el terreno está justo sobre mi hombro.
Uno de mis hombres tose detrás de nosotros.
Voy a prohibir toser.
—El terreno puede ser traicionero.
—Y tú eres un pésimo mentiroso.
—No miento.
—No bien.
La lluvia arrecia.
El rastro empieza a desdibujarse.
Durante casi media hora avanzamos siguiendo señales cada vez más débiles hasta que el sendero se divide junto a unas rocas cubiertas de musgo. Detengo el caballo.
Isla hace lo mismo.
—¿Qué pasa?
Examino el suelo.
—Algo no encaja.
—¿El rastro?
—Es demasiado fácil.
Ella observa las marcas.
—¿Crees que quería que lo siguiéramos?
—Empiezo a pensarlo.
No llego a terminar la frase.
Una flecha silba junto a mi hombro y se clava en un pino.
Todo estalla al mismo tiempo.
Los caballos se encabritan.
Alguien grita.
Otra flecha atraviesa la lluvia.
Desenvaino la espada mientras uno de mis hombres cae con un alarido. La flecha le ha atravesado el muslo. El segundo guerrero gira su montura para cubrirlo.
—¡Abajo! —grito.
Isla ya se ha pegado al cuello de su caballo.
Otra flecha pasa rozándonos.
Viene de la ladera.
Tres hombres.
Quizá cuatro.
No intentan matarnos de inmediato.
Intentan separarnos.
—¡Hacia las ruinas! —ordeno.
—¡El herido! —protesta Isla.
—Mis hombres lo sacarán.
—¡No podemos dejarlo!
—Si nos quedamos, morimos todos.
La rabia cruza su rostro.
No contra mí.
Contra la verdad.
Mis guerreros retroceden hacia el arroyo arrastrando al herido. Yo acerco mi caballo al de Isla y golpeo la grupa de su montura para obligarla a avanzar.
Ella me fulmina con la mirada.
—¡No hagas eso!
—Discútemelo luego.
Subimos la ladera entre barro, lluvia y flechas.
El caballo de Isla resbala cerca de la cima. Agarro las riendas y tiro con fuerza para estabilizarlo. Ella logra mantenerse en la silla y, por una vez, no protesta.
Las ruinas emergen entre la niebla.
Una vieja torre de vigilancia, medio derruida, pero todavía capaz de ofrecer refugio.
Entramos por un arco roto mientras el viento empuja la lluvia en ráfagas violentas. Desmonto y ayudo a Isla antes de que pueda rechazarlo. Su bota resbala sobre la piedra mojada y termina aferrándose a mi brazo.
Durante un instante queda demasiado cerca.
Con la respiración acelerada.
Con los ojos oscurecidos por la tormenta.
—Estoy bien.
—No he preguntado.
—Pero ibas a hacerlo.
—No.
—Sí.
—Isla.
—Estoy bien.
Me aparto antes de cometer la estupidez de comprobarlo por mí mismo.
Fuera, los atacantes no avanzan.
La lluvia cae con tanta fuerza que apenas se distingue el bosque.
Eso nos protege.
Y también nos encierra.
—¿Tus hombres? —pregunta ella.
Escucho entre el estruendo del agua.
Nada.
Ni gritos.
Ni caballos.
—Habrán bajado hacia el arroyo.
—¿Y si no?
—Entonces les estaremos dando tiempo para alejarse.
Ella entiende lo que no digo.
No podemos salir.
No sabemos cuántos enemigos hay fuera.
Y la tormenta acaba de convertir aquella torre en refugio y prisión al mismo tiempo.
Isla se acerca a una abertura del muro para observar el exterior. La lluvia empapa su ropa y, cuando la veo estremecerse apenas, algo dentro de mí se tensa.
—Ven aquí.
—No tengo frío.
—No he preguntado eso.
—Tampoco soy una niña.
—No he dicho que lo seas.
Busco entre los restos de la torre hasta encontrar madera seca protegida bajo unas piedras. Cuesta trabajo, pero consigo encender un fuego pequeño que termina cobrando fuerza.
Isla se sienta cerca.
No demasiado cerca.
Orgullosa incluso cuando se está congelando.
Me quito la capa empapada y se la lanzo.
La atrapa por reflejo.
—No necesito...
—Si enfermas, tu hermano intentará matarme.
—Ewan intenta matar a mucha gente.
—Me gusta vivir.
Ella me observa unos segundos y finalmente se envuelve con la capa.
Pequeña victoria.
Me siento frente a ella.
La tormenta ruge alrededor de la torre. El viento se cuela por las grietas, la lluvia golpea las piedras sin descanso y los caballos resoplan inquietos bajo el arco. Aun así, mi atención regresa una y otra vez hacia ella.
—Esto ha sido una trampa —dice al cabo de un rato.
—Sí.
—El prisionero quería que siguiéramos el rastro.
—O quien escapó sabía exactamente dónde llevarnos.
—Nos están estudiando.
Asiento.
—Y empiezan a saber que trabajamos juntos.
La frase queda suspendida entre nosotros.
Trabajamos juntos.
No peleamos.
No nos soportamos.
Trabajamos.
Ella baja la vista hacia el fuego.
—Eso puede poner en peligro a más personas.
—Sí.
—También puede ser la razón por la que estemos avanzando.
—También.
—No sueles darme la razón tan rápido.
—Estoy herido por dentro.
Una sonrisa cansada aparece en sus labios.
—Qué tragedia para las Highlands.
—Sobrevivirán.
El silencio regresa, pero esta vez es distinto.
Más cálido.
Más íntimo.
Más difícil de ignorar.
Cuando Isla acerca las manos al fuego veo un pequeño corte en uno de sus dedos.
Me inclino hacia delante.
—Dame la mano.
Ella frunce el ceño.
—¿Para qué?
—Para verla.
—Es un rasguño.
—Entonces no te importará enseñármelo.
—Eres muy mandón.
—Lo sé.
—No era un cumplido.
—También lo sé.
Tras unos segundos de resistencia puramente simbólica, me tiende la mano. Sus dedos están helados.
Examino el corte.
No es grave.
Aun así lo limpio con agua de mi cantimplora y arranco una tira de tela del interior de mi camisa para vendarlo.
Isla observa cada movimiento.
—Has hecho esto muchas veces.
—Demasiadas.
—¿En batalla?
—En batalla, en cacerías, durante inviernos malos y en peleas absurdas de hombres borrachos.
—Eso último suena agotador.
—Lo es.
Ella guarda silencio un momento antes de preguntar:
—¿Y siempre arreglas lo que se rompe?
La pregunta parece sencilla.
No lo es.
Termino de vendarle el dedo.
—No siempre.
Ella percibe el cambio en mi voz de inmediato.
—¿Tu padre?
Mis manos se detienen apenas un instante.
—Sí.
No aparta la suya.
Tampoco insiste.
Esa es una de las cosas más peligrosas de Isla.
Sabe cuándo presionar.
Y cuándo esperar.
—No tienes que contarlo.
—Lo sé.
El fuego crepita.
Un trueno sacude la torre.
—Murió en una emboscada —digo finalmente—. Yo tenía diecisiete años y estaba convencido de que ya era un hombre.
Ella no aparta la mirada.
—Le advertí que aquella ruta era peligrosa. Discutimos. La última conversación que tuve con él fue una pelea.
La mandíbula se me tensa.
No sé por qué sigo hablando.
Quizá por la tormenta.
Quizá porque hoy he estado a punto de perderla más de una vez.
Quizá porque ella escucha sin intentar arreglar nada.
—Cuando atacaron, intenté llegar hasta él. No llegué.
Isla baja la vista hacia nuestras manos.
Solo entonces noto que sigue sujetando la mía.
—Tenías diecisiete años.
—Tenía una espada.
—Eso no te hacía responsable de todo.
Sus palabras golpean más de lo que deberían.
Porque no suenan a consuelo.
Suenan a verdad.
—Un jefe siempre es responsable.
—Un hijo no siempre puede salvar a su padre.
No respondo.
No puedo.
La lluvia llena el silencio.
Entonces Isla aprieta mi mano.
Solo un poco.
Pero basta.
—Mi madre murió cuando yo era niña —dice después—. Durante años pensé que si hubiera sido más tranquila o más fácil de cuidar, quizá mi padre no habría parecido tan cansado.
La observo.
Ella sonríe sin alegría.
—Los niños creen cosas absurdas cuando intentan entender el dolor de los adultos.
—No eras culpable.
—Lo sé.
—¿Ahora?
—Ahora.
Asiento despacio.
—Entonces quizá deberías creerme cuando te digo lo mismo.
Sus ojos encuentran los míos.
La respuesta nace entre nosotros.
No llega a pronunciarse.
Porque un ruido rompe el momento.
No es trueno.
No es viento.
Es una piedra desplazándose bajo una bota.
Me pongo en pie de inmediato y tiro de Isla hacia mí. Apago el fuego de una patada y la torre queda sumida en penumbra.
Ella no pregunta.
No duda.
Simplemente se mueve conmigo y extrae la pequeña daga que lleva oculta.
—¿Cuántos?
Escucho.
La lluvia lo dificulta todo.
Pero hay pasos.
—Al menos dos. Quizá tres.
—Perfecto.
—Quédate detrás de mí.
—No empieces.
—Isla.
—Estoy detrás de ti. No muda ni inútil.
A pesar de todo, casi sonrío.
Las sombras aparecen en la entrada.
Un hombre cruza primero.
Luego otro.
No esperan resistencia.
Ese es su error.
El primero cae antes de levantar la espada. El segundo logra atacarme, pero la daga de Isla se clava en su brazo. No lo mata, aunque lo distrae lo suficiente para que lo golpee con la empuñadura y lo deje inconsciente contra el muro.
El tercero huye.
Corro tras él hasta el arco, pero la tormenta se lo traga.
Maldigo y regreso al interior.
Isla está junto al hombre caído. Respira con rapidez, aunque mantiene el pulso firme.
—No digas nada.
—Has lanzado una daga.
—Sí.
—Y le has dado en el brazo.
—Era el brazo que estaba usando.
La miro.
Ella me mira.
Y entonces, contra toda lógica, me echo a reír.
No mucho.
Pero lo suficiente.
La sorpresa cruza su rostro antes de transformarse en una sonrisa.
La torre sigue medio derruida y la tormenta continúa golpeando las piedras. Tenemos enemigos cerca, dos prisioneros inconscientes y una conspiración extendiéndose por las Highlands.
Y aun así, durante un instante absurdo, lo único que veo es a ella.
Valiente.
Imprudente.
Cubierta de lluvia y hollín.
Y peligrosamente cerca de convertirse en alguien que no puedo permitirme perder.