Capítulo 15
Isla
El prisionero sonríe como si acabara de regalarnos una verdad y no una amenaza.
Durante unos segundos nadie se mueve.
Después, la tensión estalla de golpe. Lachlan se incorpora, Connor empieza a repartir órdenes y los hombres MacLeod arrastran al cautivo hacia la taberna para mantenerlo bajo vigilancia.
Yo sigo observando el broche del halcón en la mano de Lachlan, incapaz de apartar la vista de aquel metal oscuro.
—¿Qué aldea? —pregunto.
El prisionero no responde.
Lachlan vuelve a agacharse frente a él con una serenidad que resulta mucho más inquietante que cualquier amenaza.
—Voy a hacerte la misma pregunta una sola vez.
El hombre escupe al suelo.
—Entonces malgastarás una pregunta.
Connor avanza un paso, pero Lachlan lo detiene con un gesto. No aparta la mirada del cautivo.
—Crees que no llegaremos a tiempo.
—Lo sé.
—Eso significa que no está lejos.
La sonrisa del hombre vacila apenas un instante.
Es suficiente.
Lachlan también lo percibe.
—Norte —dice.
Connor gira hacia el camino.
—Al norte están Kilbride, Achmore y la vieja posta del río.
—Kilbride tiene demasiados hombres —responde Lachlan—. Achmore está demasiado apartada. Si buscan provocar miedo rápido y que el incendio sea visto desde lejos, elegirán la posta.
—Allí pasan comerciantes —añado mientras me acerco al mapa improvisado que Connor despliega sobre un barril—. También viajeros de distintos clanes. Si arde, la noticia se extenderá antes de que caiga la noche.
Lachlan asiente.
—Exacto.
El prisionero deja de sonreír.
La reacción confirma nuestras sospechas.
—Montamos ahora mismo —ordena Lachlan.
—Voy con vosotros —digo.
Su negativa llega sin vacilar.
—No.
—No era una petición.
—Y mi respuesta tampoco es negociable.
El patio parece contener la respiración. Quizá sea imaginación mía, pero los hombres cercanos encuentran de repente fascinante el barro, las riendas o cualquier cosa que les permita evitar nuestra discusión.
—Has visto lo mismo que yo —digo en voz baja, procurando que no parezca un desafío público aunque ambos sabemos que lo es—. Sé qué buscar, sé interpretar informes y sé hablar con la gente sin que parezca que voy a derribarles la puerta.
Uno de los guerreros baja la cabeza para ocultar una sonrisa.
Lachlan permanece serio.
—También persigues hombres armados y lanzas cuerdas a caballos desbocados.
—Y gracias a eso tenemos un prisionero.
—Y gracias a eso casi te parten el cráneo.
—Casi no cuenta.
Su mandíbula se endurece.
—Para mí sí.
Las palabras quedan suspendidas entre nosotros con un peso inesperado.
No suenan exactamente como una orden.
Más bien como miedo disfrazado de enfado.
Y eso me desarma más de lo que me gustaría admitir.
Connor se aclara la garganta junto al barril.
—Odio interrumpir algo que claramente terminará en una boda o en un asesinato, pero la aldea sigue en peligro.
—No ayudas —gruñe Lachlan.
—Lo sé, pero alguien tiene que hacer avanzar la historia.
No entiendo del todo a qué se refiere, pero Mairi, que acaba de llegar con mi capa en la mano, deja escapar una risa.
—Toma —dice mientras me la coloca sobre los hombros—. Y procura no morir, porque tu hermano me culpará a mí.
—Ewan culpa a todo el mundo antes de desayunar.
—Sí, pero contigo pone especial empeño.
Lachlan observa la escena con expresión sombría.
—No voy a quedarme atrás —insisto.
—Eso ya ha quedado claro.
—Bien.
—Pero cabalgarás entre mis hombres.
—No necesito una niñera.
—No. Lo que necesitas es seguir viva.
La firmeza con que lo dice elimina cualquier posibilidad de réplica burlona.
Asiento.
No porque acepte su autoridad.
Porque la aldea no puede esperar a que terminemos de enfrentarnos por orgullo.
Partimos menos de cinco minutos después.
El camino hacia el norte atraviesa un bosque espeso donde la niebla se aferra a las raíces y las ramas bajas golpean los hombros de quien no se aparta a tiempo.
Los caballos avanzan a un ritmo arriesgado para una senda húmeda, pero nadie protesta.
La amenaza lanzada por el prisionero nos empuja hacia delante con urgencia.
Lachlan cabalga en cabeza.
Connor mantiene su posición a su lado.
Yo voy detrás de ellos, escoltada por dos hombres.
No me entusiasma.
Pero tampoco soy imprudente.
Durante un largo trecho solo se escuchan cascos, respiraciones y el sonido de la tierra blanda bajo los animales. El aire huele a pino, lluvia y algo más que tarda unos segundos en hacerse evidente.
Humo.
—Lachlan —digo.
Él alza una mano sin volver la cabeza.
—Lo sé.
Aceleramos.
Poco después el bosque se abre y la posta del río aparece al otro lado de una pendiente.
Todavía no está completamente envuelta en llamas.
Gracias a Dios.
Sin embargo, una columna de humo se eleva desde el granero.
Varios hombres corren junto a las cercas.
Una mujer grita desde la puerta de una casa.
Y cerca del camino distingo tres jinetes alejándose hacia el oeste.
Lachlan toma una decisión inmediata.
—Connor, ve tras ellos.
Connor y dos guerreros salen disparados en persecución.
Lachlan gira hacia la posta.
Yo voy tras él.
Esta vez no intenta detenerme.
Quizá porque no hay tiempo.
Quizá porque empieza a comprender que no obedecería.
Desmontamos antes de que los caballos se detengan por completo.
El caos nos golpea de inmediato: niños llorando, animales sueltos, humo espeso y hombres intentando contener las llamas con cubos que parecen insignificantes frente al incendio.
—¡Sacad a todos del granero! —ordena Lachlan.
Su voz atraviesa el tumulto como una hoja afilada.
La gente obedece.
No porque sea un MacLeod.
Porque habla como alguien que sabe exactamente qué hacer cuando los demás han perdido el control.
Corro hacia la mujer que gritaba.
Tiene el rostro cubierto de hollín y sostiene a una niña en brazos.
—¿Hay alguien dentro?
—Mi padre —responde entre jadeos—. Entró para sacar los caballos y no ha vuelto.
Miro hacia el granero.
Las llamas empiezan a extenderse por una de las paredes interiores.
Lachlan organiza a sus hombres junto al pozo.
Si me detengo a explicárselo, perderemos un tiempo precioso.
Echo a correr.
—¡Isla!
Su voz llega detrás de mí, cargada de furia y preocupación.
No me detengo.
El interior del granero resulta peor de lo que imaginaba.
El humo araña la garganta y vuelve el aire casi irrespirable. Me cubro la boca con la manga y avanzo agachada entre relinchos, madera crujiendo y un calor sofocante.
—¿Hay alguien aquí?
Un gemido responde desde el fondo.
Encuentro al anciano junto a un poste caído.
Tiene una pierna atrapada bajo una viga; no es lo bastante pesada para matarlo, pero sí para impedirle moverse.
—Voy a sacarte.
—No puedes.
—Tengo la mala costumbre de ignorar ese tipo de comentarios.
Tiro de la madera.
No cede.
Lo intento de nuevo.
Las lágrimas me llenan los ojos por culpa del humo.
Entonces aparecen unas manos enormes junto a las mías.
Lachlan.
No pierde tiempo en reproches.
Ni en preguntas.
Simplemente empuja conmigo.
La viga se mueve.
Entre los dos liberamos al anciano.
Lachlan lo carga casi sin esfuerzo y me indica la salida con un gesto.
—Delante de mí.
Esta vez le hago caso.
El techo cruje cuando estamos a pocos pasos de la puerta.
Algo se desploma detrás de nosotros.
El calor golpea mi espalda.
Salimos entre humo y gritos justo antes de que una parte del tejado se venga abajo.
El aire frío me corta la cara.
Toso hasta sentir que los pulmones van a romperse.
Lachlan deja al anciano en brazos de dos hombres y se vuelve hacia mí.
Tiene hollín en la mejilla, el cabello revuelto y una expresión que podría anunciar una bronca monumental.
—Antes de que digas nada...
—No.
—Solo intentaba...
—No.
—Había un hombre atrapado.
—Lo sé.
—Entonces...
—Entonces entramos juntos.
La respuesta me deja sin palabras.
No porque sea una orden.
Porque encierra algo más profundo.
Una regla nacida del miedo.
Una promesa que ninguno de los dos ha pronunciado en voz alta.
—No sabía si llegarías a tiempo —admito.
—Llegaré.
—No puedes prometer eso.
Lachlan da un paso hacia mí.
El caos continúa alrededor, pero durante un instante parece quedar muy lejos.
—Cuando seas tú quien corre hacia un incendio, sí puedo intentarlo.
No encuentro una respuesta inmediata.
Por suerte, Connor aparece cubierto de barro y respirando con dificultad.
—Uno escapó. Los otros dos no tuvieron tanta suerte.
Lachlan se vuelve hacia él, aunque permanece cerca de mí.
—¿Vivos?
—Uno sí. El otro prefirió despeñarse antes que hablar.
—¿Emblema?
Connor abre la mano.
Otro halcón.
Cerca de nosotros, la esposa del anciano rompe a llorar de alivio. Los aldeanos consiguen contener las llamas antes de que alcancen las casas. Los niños son llevados a la taberna, los animales recuperados y los heridos atendidos junto al pozo.
No hemos impedido el ataque.
Pero sí hemos evitado una tragedia mayor.
Y todos son conscientes de ello.
El anciano al que hemos rescatado me toma la mano cuando paso junto a él.
—Gracias, muchacha.
—Déselas a él. Ha levantado la viga.
El hombre mira a Lachlan.
—Entonces gracias a los dos.
Lachlan tarda un momento en responder.
Finalmente inclina la cabeza.
—Repararemos el granero.
El anciano lo observa sorprendido.
—No sois de aquí.
—Hoy sí.
El silencio que sigue dura varios segundos.
Y yo lo observo.
De verdad.
No al jefe temido.
No al guerrero del que todos hablan.
Al hombre que acaba de comprometerse a ayudar a una aldea que ni siquiera está bajo su protección porque ha decidido que esas personas también importan.
Algo se mueve en mi pecho.
Una sensación incómoda y cálida al mismo tiempo.
Algo que no debería estar creciendo ahí.
Lachlan se vuelve y descubre que lo estoy mirando.
—¿Qué?
Podría bromear.
Podría señalar el hollín de su cara.
Podría esconderme detrás de una respuesta fácil.
Pero estoy cansada, todavía tengo humo en la garganta y el corazón demasiado expuesto para mentir con soltura.
—Nada —respondo al final—. Solo estaba pensando que quizá eres menos terrible de lo que pareces.
Su expresión cambia apenas un instante.
Pero cambia.
—Y yo estaba pensando que quizá eres más imprudente de lo que cualquier hombre sensato podría soportar.
—Qué halago tan torpe.
—No era un halago.
—Eso ya lo había deducido.
Por primera vez desde que comenzó el incendio, sonríe.
No mucho.
Lo suficiente.
Connor pasa junto a nosotros y murmura:
—Definitivamente boda.
—Te he oído —dice Lachlan.
—Era exactamente mi intención.
La risa se me escapa antes de poder contenerla.
Mientras el humo sigue elevándose sobre la posta, los hombres atan a los prisioneros y los aldeanos empiezan a reconstruir lo que queda, comprendo que algo ha cambiado entre Lachlan y yo.
Todavía no sé cómo llamarlo.
Pero tengo claro que ya no estamos simplemente investigando juntos.
Estamos aprendiendo a confiar el uno en el otro.
Y, en medio de una guerra que alguien intenta provocar, eso puede resultar más peligroso que cualquier enemigo.