Capítulo 14
Lachlan
La idea de viajar con Isla MacKenzie es mala.
Terriblemente mala.
Lo sé desde el momento en que Connor la propone con la misma naturalidad con la que alguien sugeriría revisar una cerca rota.
—No.
Connor ni siquiera levanta la vista del mapa. Apoya una mano sobre la mesa y mueve uno de los pergaminos a un lado antes de responder con una paciencia sospechosa.
—Todavía no he terminado de explicarlo.
—No hace falta.
—Eso es curioso, porque normalmente te gusta saber por qué rechazas algo.
—Esta vez me basta con saber qué estoy rechazando.
Isla, sentada al otro lado de la mesa, arquea una ceja mientras entrelaza los dedos sobre la madera.
—Qué halagador.
—No era un halago.
—Eso lo he deducido.
—Entonces estamos avanzando.
Mairi, que está junto a la ventana observando el patio de Inverbrae, deja escapar una risa baja y se vuelve hacia nosotros.
—No sé si esto va a resolver una conspiración o provocar otra.
—Las dos cosas pueden ser ciertas —dice Connor mientras señala varios puntos del mapa.
Le dirijo una mirada poco amistosa.
Él sonríe.
Como siempre.
Y, como siempre, parece disfrutar demasiado de cualquier situación que implique verme irritado.
—La aldea de Glen Aros fue atacada hace dos noches —continúa, señalando un punto al norte del mapa—. Está cerca de una de las rutas comerciales que marcamos ayer. Si nuestra teoría es correcta, allí podríamos encontrar algo más que ganado robado.
Isla se inclina sobre la mesa para observar el lugar indicado.
—Mi padre no va a dejar que viaje sola.
—No viajarás sola —responde Connor.
Ella gira lentamente la cabeza hacia mí.
—Eso no mejora necesariamente la situación.
—Me alegra que lo aclares —digo.
—No me refería solo a ti.
—Por supuesto que sí.
—No te des tanta importancia.
—Me cuesta, pero lo intento.
Connor se frota la frente con los dedos y deja escapar un suspiro exagerado.
—Os lo suplico. Cinco minutos sin comportaros como si estuvierais a punto de retaros a duelo.
—Yo no reto a duelo a mujeres —respondo.
Isla sonríe apenas y se acomoda en la silla.
—Qué alivio. Yo sí reto a duelo a hombres.
Mairi se ríe abiertamente.
Connor parece encantado.
Yo debería estar irritado.
Y lo estoy, aunque no tanto como debería.
Eso también es un problema.
Al final, la decisión se impone por pura lógica.
Alasdair accede con la condición de que varios hombres nos acompañen.
Ewan protesta durante casi media hora, caminando de un lado a otro del salón mientras enumera todas las razones por las que aquello es una mala idea.
Isla rebate la mitad de ellas. Connor rebate la otra mitad.
Cuando termina, sigue sin estar convencido.
Lo que confirma que la idea no le gusta.
A mí tampoco me entusiasma.
Pero por razones muy distintas.
Partimos poco después del amanecer.
El cielo está cubierto y el aire tiene ese frío húmedo que se instala bajo la ropa aunque uno lleve años acostumbrado a las Highlands.
Isla monta un caballo castaño con más seguridad de la que algunos guerreros muestran al sostener una espada.
No habla mucho durante los primeros minutos, aunque noto que observa cada curva del camino, cada huella en el barro y cada movimiento entre los árboles.
—Vas a desgastar el paisaje si sigues mirándolo así —digo cuando dejamos atrás Inverbrae.
Ella no aparta la vista del sendero.
—Estoy observando.
—Eso me han dicho antes.
—Porque es una actividad útil.
—A veces.
—Más útil que gruñir.
—Yo no gruño.
—No siempre con la boca.
Uno de mis hombres tose para ocultar una risa.
Giro la cabeza hacia él.
El hombre recupera la seriedad de inmediato y fija la vista al frente con una disciplina repentina que no engaña a nadie.
Isla parece muy satisfecha consigo misma.
—Tus guerreros tienen sentido del humor.
—Intento desalentarlo.
—No parece estar funcionando.
—Nada está funcionando esta mañana.
—Qué tragedia.
Seguimos cabalgando entre colinas cubiertas de brezo.
La niebla permanece en las zonas bajas del valle y se enreda entre los troncos de los pinos como si no tuviera intención de marcharse.
A nuestra derecha corre un río estrecho, rápido y oscuro, golpeando las piedras con un ruido constante que acompaña el avance de los caballos.
Durante un rato no hablamos.
El silencio no resulta incómodo.
Y eso empieza a suceder con demasiada frecuencia.
Isla rompe finalmente la quietud mientras aparta una rama baja de su camino.
—¿Has estado en Glen Aros antes?
—Sí.
—¿Es territorio MacLeod?
—No exactamente. Está entre varias fronteras menores. Por eso es útil para comerciantes y peligroso para todos los demás.
—¿Quién lo protege?
—Depende del año, del acuerdo y de quién tenga más hombres disponibles.
Ella hace una mueca.
—Eso suena desastroso.
—Lo es.
Asiente despacio mientras observa las colinas.
—Entonces es un buen lugar para atacar si alguien quiere confundir responsabilidades.
—Exacto.
—Y también un buen lugar para esconderse.
La miro.
—También.
Isla nota mi atención y gira la cabeza.
—¿Qué?
—Nada.
—Esa respuesta nunca significa nada.
—Estaba pensando que tienes una mente peligrosa.
—Eso ya lo sabías.
—Lo sospechaba.
—Me alegra confirmarlo.
La aldea aparece cerca del mediodía.
O, mejor dicho, lo que queda de ella.
Glen Aros no es grande. Un puñado de casas de piedra, varios corrales, un granero y una pequeña taberna junto al camino.
El ataque no la ha destruido, pero ha dejado marcas claras: una cerca rota, puertas arrancadas, tierra removida por muchos caballos y un olor débil a humo que todavía permanece en el aire.
Los habitantes nos miran llegar con desconfianza.
No los culpo.
En estos tiempos, cualquier grupo armado puede parecer una amenaza.
Desmonto primero.
Isla lo hace a mi lado.
Antes de que pueda decir nada, ya está caminando hacia una mujer que intenta reparar una cesta rota cerca de la entrada de una casa.
—Buenos días —dice Isla con suavidad—. No venimos a causar problemas.
La mujer levanta la vista y deja la cesta sobre sus rodillas.
—Eso dicen todos antes de causarlos.
Isla no se ofende.
De hecho, parece aprobar la respuesta.
—Entonces empezaré diciendo algo distinto. Venimos a hacer preguntas incómodas, pero intentaré que sean útiles.
La mujer la observa unos segundos.
Luego resopla.
—Eso al menos suena más honrado.
Me quedo a cierta distancia mientras Isla habla con ella.
No interrumpo.
No hace falta.
Tiene una forma de preguntar que no presiona, pero tampoco permite escapar del todo.
Poco a poco la tensión desaparece de los hombros de la aldeana.
La conversación avanza. La mujer empieza respondiendo con monosílabos y termina explicando que los atacantes llegaron antes del amanecer, que no llevaban colores visibles y que uno de los caballos cojeaba ligeramente de la pata trasera.
Ese detalle me interesa.
Me acerco.
—¿Estáis segura?
La mujer se tensa al verme.
Isla lo nota de inmediato.
—Es Lachlan MacLeod —dice—. Tiene cara de querer arrancar respuestas a mordiscos, pero hoy está intentando comportarse.
La mujer me mira de arriba abajo.
—¿Y suele conseguirlo?
—Pocas veces.
—Estoy aquí mismo —digo.
—Lo sabemos —responde Isla sin apartar la vista de la mujer.
La aldeana parece relajarse un poco.
Lo suficiente.
—Uno de los caballos cojeaba —repite—. No mucho, pero lo vi cuando cruzaron junto al pozo.
—¿Recordáis algo más? —pregunto.
La mujer se toma un momento para pensar.
—Uno de los hombres habló.
—¿Acento?
—No de aquí.
Isla y yo intercambiamos una mirada.
Tierras Bajas.
Mercenarios.
Otra pieza.
Seguimos revisando la aldea durante más de una hora. Encuentro huellas cerca de los corrales, pero la lluvia ha borrado parte del rastro. Isla localiza restos de cuerda junto al granero y un trozo de tela oscura enganchado en una astilla de madera.
Cuando me lo enseña, sus dedos rozan los míos.
Es un contacto mínimo.
Demasiado breve para significar nada.
Y aun así lo noto como si me hubiera quemado.
Ella también parece advertirlo, porque retira la mano con más rapidez de la necesaria y aclara la garganta antes de hablar.
—Tela gruesa.
Examino el fragmento.
—Capa de viaje.
—No de campesino.
—No.
—Ni de guerrero de clan.
—Probablemente no.
Guarda el trozo de tela en un pequeño pañuelo.
—Cada vez parece menos un ataque improvisado.
—Porque no lo fue.
—Y cada vez parece menos cosa de clanes.
—También.
Nos dirigimos hacia la taberna.
El interior huele a cerveza agria, humo y pan recién hecho. Hay pocos clientes, todos demasiado interesados en parecer indiferentes. El tabernero nos mira como si hubiéramos traído problemas en las alforjas.
Quizá tiene razón.
Me acerco a la barra.
—Buscamos información.
—No tengo ninguna.
Isla deja el pañuelo con la tela sobre la madera.
—Eso ha sido muy rápido.
—Porque no tengo ninguna.
—Aún no he preguntado nada.
—Me ahorro tiempo.
Ella sonríe.
No de forma dulce.
Más bien de una manera peligrosamente calculada.
Apoya un codo sobre la barra y ladea la cabeza.
—Admiro la eficiencia.
El tabernero frunce el ceño.
—No quiero líos.
—Nosotros tampoco —responde Isla—. Pero los líos ya han venido, han robado ganado, han herido a gente y han dejado a media aldea asustada. Así que tal vez podríamos fingir todos que colaborar es una idea razonable.
Durante un momento creo que el hombre va a negarse.
Luego mira hacia una mesa del fondo.
Demasiado rápido.
Lo bastante para que yo lo vea.
Y para que Isla también lo vea.
En la mesa hay un hombre con capucha.
No lleva tartán.
No bebe.
No come.
Permanece inmóvil, como si estuviera esperando algo.
Cuando se da cuenta de que lo estamos mirando, se levanta tan deprisa que la silla cae hacia atrás.
—Lachlan —dice Isla en voz baja.
Ya estoy girándome.
—Lo veo.
El hombre corre hacia la puerta trasera.
Yo salgo tras él antes de que nadie más se mueva.
Cruzo la cocina, esquivo a un muchacho con un cubo de agua y salgo al callejón justo a tiempo para verlo saltar una cerca. Detrás de mí escucho pasos más ligeros.
Isla.
Maldita sea.
—Quédate atrás.
—No.
—Isla.
—Corre más y habla menos.
No tengo tiempo para discutir.
El desconocido alcanza los establos, empuja a un mozo y sube a un caballo sin silla. Yo aumento el paso, pero el hombre ya está ganando distancia.
Entonces Isla hace algo completamente insensato.
Toma una cuerda colgada junto a un poste y la lanza hacia las patas del caballo.
No consigue derribarlo.
Pero sí lo asusta.
El animal se encabrita.
El jinete pierde el equilibrio, cae al barro y rueda contra una pila de madera.
Mis hombres llegan segundos después.
Lo sujetan antes de que pueda levantarse.
Me vuelvo hacia Isla.
—¿Estás loca?
Ella respira agitada, con el cabello escapándosele del recogido y las mejillas encendidas por la carrera.
—Ha funcionado.
—Podría haberte pisoteado.
—Pero no lo ha hecho.
—Ese no es un argumento.
—Es un resultado.
Me acerco a ella con la intención de decirle varias cosas muy razonables.
Ninguna llega a salir.
Porque está demasiado cerca.
Porque la adrenalina todavía vibra entre los dos.
Porque en sus ojos no hay miedo, sino desafío.
Y porque una parte de mí, la más imprudente, encuentra aquello insoportablemente atractivo.
—No vuelvas a hacer algo así —digo al fin.
Su expresión cambia apenas.
—No me des órdenes como si fuera una de tus guerreras.
—Mis guerreros obedecen mejor.
—Tal vez porque tienen menos criterio.
Uno de mis hombres tose.
Otra vez.
Voy a tener que revisar la disciplina del clan.
Antes de que pueda responder, Connor aparece desde la calle principal con dos hombres más.
Mira al prisionero.
Luego a Isla.
Después a mí.
Y sonríe.
—Veo que la inspección ha ido bien.
—Cállate —decimos los dos al mismo tiempo.
La sonrisa de Connor se vuelve insoportable.
—Maravilloso.
Ignoro sus ganas evidentes de convertir aquello en una historia para contar durante años y me acerco al hombre capturado. Tiene barro en la cara, sangre en el labio y un broche oculto bajo la capa.
Lo arranco de un tirón.
Un halcón grabado en metal oscuro.
Isla se queda inmóvil a mi lado.
—El mismo emblema.
—Sí.
El prisionero aprieta la mandíbula.
No parece asustado.
Eso me preocupa más que verlo temblar.
Me agacho frente a él.
—¿Quién te envía?
El hombre escupe sangre al suelo.
—Llegáis tarde.
Connor pierde la sonrisa.
Isla da un paso hacia delante.
—¿Tarde para qué?
El hombre la mira.
Y sonríe.
—Para impedir que arda la próxima aldea.
Nadie responde de inmediato.
El silencio cae sobre nosotros como una piedra.
El viento mueve las ramas de los árboles cercanos y hace crujir una de las cercas dañadas.
Miro hacia las montañas.
Hacia el camino que desaparece entre la niebla.
Y comprendo que esto ya no es una investigación.
Se ha convertido en una carrera.
Y alguien acaba de darnos una ventaja solo porque está convencido de que no podremos llegar a tiempo.