EL SECRETO DE LOS CLANES Capítulo 13
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Capítulo 13

Isla

Si alguien me hubiera dicho unas semanas atrás que acabaría investigando una conspiración junto a un MacLeod, me habría reído en su cara.

Si además me hubiera dicho que ese MacLeod sería Lachlan, probablemente habría llamado a un sanador.

Y, sin embargo, allí estoy.

Sentada frente a una mesa cubierta de mapas mientras intento ignorar el hecho de que él ocupa el banco de enfrente.

Lo intento.

Aunque no siempre lo consigo.

La sala pertenece a una de las torres secundarias de Inverbrae. Connor la ha conseguido gracias a algún favor misterioso que nadie ha querido explicarme. Mairi asegura que los Sinclair nacen sabiendo cosas que el resto de la humanidad desconoce.

Empiezo a pensar que tiene razón.

—Repasémoslo otra vez —dice Connor mientras extiende varios pergaminos sobre la mesa y los ordena con una paciencia que no le conocía.

—Me encanta repetir información durante horas —responde Lachlan, apoyándose en el respaldo del banco—. Es exactamente como imaginaba pasar mis tardes.

—Lo sé. Tu entusiasmo resulta conmovedor.

—Un día dejaré de salvarte la vida.

Connor alza una ceja.

—Eso implicaría que alguna vez me la has salvado.

—Varias veces.

—Siguen sin contar las ocasiones en las que te has interpuesto entre una taberna y una mala decisión.

—Precisamente esas son las más heroicas.

Mairi se ríe por lo bajo mientras niega con la cabeza.

—No puedo creer que esta conversación vuelva a existir.

—Yo sí —responde Connor—. La tienen cada tres días.

Yo también termino riéndome.

Lachlan parece arrepentirse inmediatamente de haber iniciado la conversación.

Connor se inclina hacia delante y apoya ambas manos sobre la mesa.

—Intentemos comportarnos como adultos durante al menos diez minutos.

—Has reunido a las personas equivocadas para eso —dice Mairi.

—Lo estoy descubriendo.

—Llegas tarde —añade Lachlan.

La mesa queda en silencio durante unos instantes.

Delante de nosotros descansan los informes de los ataques, varios mapas marcados con tinta y notas escritas por distintas manos. Las fechas, las rutas y las aldeas afectadas forman un rompecabezas incompleto, rodeado de demasiadas preguntas sin respuesta.

—Veamos lo que sabemos —digo finalmente.

Connor señala el primer pergamino.

—Los ataques aumentan antes de reuniones importantes entre clanes.

—Correcto —dice Lachlan.

—Las pruebas siempre apuntan hacia algún clan concreto.

—También correcto.

—Y el asesino intentó matarte justo cuando todos empezaban a sospechar que existía una conspiración.

Lachlan asiente despacio mientras tamborilea los dedos sobre la mesa.

—Lo cual significa que alguien se puso nervioso.

—O que alguien quería acelerar las cosas —añade Connor.

—Eso también es posible.

Mairi se inclina sobre la mesa para observar mejor los documentos.

—La pregunta es quién.

—Y por qué —digo.

Lachlan toma aire antes de responder.

—El por qué está bastante claro. Quiere una guerra.

—Sí —replico—, pero una guerra para conseguir qué exactamente.

Nadie responde de inmediato.

Porque esa es precisamente la parte que sigue faltando. Puede tratarse de territorio, poder o venganza; las posibilidades son demasiadas como para descartar ninguna.

Lachlan toma uno de los mapas y lo gira hacia nosotros.

—Mirad esto.

Los cuatro nos inclinamos sobre la mesa.

Su dedo recorre varias localizaciones marcadas con tinta oscura.

—Aquí ocurrió el ataque de Glenmore.

Desliza el dedo unos centímetros.

—Aquí desapareció la caravana.

Luego señala otro punto.

—Y aquí encontraron a los exploradores muertos.

Frunzo el ceño mientras sigo el recorrido.

—Están cerca de rutas comerciales.

—Exacto.

—No todas.

—Las importantes sí —responde él—. Las que conectan más territorios y mueven más mercancías.

Connor observa el mapa durante varios segundos.

—Si los clanes entran en guerra...

—Las rutas quedan desprotegidas —termino.

—Y alguien gana mucho dinero aprovechando el caos.

La teoría tiene sentido.

Demasiado sentido.

Por primera vez empezamos a mirar en una dirección concreta. Ya no hacia los clanes, sino hacia quienes podrían beneficiarse de su enfrentamiento.

—Comerciantes —dice Mairi.

—Mercenarios —añade Connor.

—Contrabandistas —propongo.

Lachlan asiente lentamente.

—Todos ellos. Cualquiera que pueda enriquecerse mientras los clanes se destruyen entre sí.

El silencio vuelve a instalarse.

Esta vez no nace de la frustración, sino de la concentración y de la sensación inequívoca de que una pieza acaba de encajar.

—Necesitamos pruebas —digo finalmente.

—Sí —responde Lachlan.

—Y necesitamos encontrarlas antes de que alguien vuelva a matar a otra persona.

—También sí.

—Y necesitamos un plan.

Lachlan suspira.

—Eso era inevitable.

Lo miro.

—¿Tienes alguno?

—Estoy pensando.

—Eso me preocupa.

—A mí me preocupa cuando tú piensas.

—Qué casualidad. Sentimos exactamente lo mismo.

Mairi deja escapar una carcajada.

Connor parece estar disfrutando demasiado de la situación.

—Esto es fascinante.

—Connor —dice Lachlan con paciencia forzada.

—¿Sí?

—Cállate.

—No.

—Lo he intentado por las buenas.

—Y aun así sigues aquí.

—Porque me aprecias.

Connor sonríe ampliamente.

—Admítelo. Tu vida sería mucho más aburrida sin mí.

—Porque la ley prohíbe algunas soluciones —responde Lachlan.

—Eso no ha sido una negación.

La conversación continúa durante varios minutos más.

Intercambiamos teorías, descartamos posibilidades y volvemos al principio cada vez que una idea deja de sostenerse. Por extraño que resulte, empezamos a trabajar bien juntos.

Discutimos.

Nos interrumpimos.

Nos llevamos la contraria.

Pero también avanzamos, y eso es lo que realmente importa.

Cuando finalmente terminamos, el sol ya comienza a descender detrás de las colinas y la luz anaranjada entra por las estrechas ventanas de la torre.

Connor se pone en pie primero.

—Voy a hablar con un contacto del mercado.

—Eso significa que va a meterse en problemas —traduce Mairi mientras recoge varios pergaminos.

—Eso significa que voy a conseguir información.

—Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Connor señala a Mairi.

—¿Ves? Por eso somos amigos.

—No somos amigos. Te vigilo.

—Eso también cuenta.

Las dos explicaciones son perfectamente compatibles.

La puerta se cierra tras ellos.

Y de pronto la sala queda demasiado silenciosa.

Lachlan sigue observando los mapas.

Yo hago exactamente lo mismo.

Ninguno parece especialmente dispuesto a marcharse.

Lo cual resulta ridículo.

—Deberíamos irnos.

—Probablemente.

Ninguno se mueve.

—Esto empieza a ser extraño.

—Un poco.

Una sonrisa aparece en sus labios.

Pequeña, pero suficiente para alterar algo en el ambiente.

—¿Siempre dices lo que piensas?

—¿Siempre haces preguntas cuya respuesta ya conoces?

—Touché.

—Eso ha sonado muy poco escocés.

—He viajado.

—Ahora todo encaja.

Lachlan apoya los brazos sobre la mesa y me observa durante unos segundos.

—¿Sabes qué pensé cuando te vi por primera vez?

—Esto promete ser ofensivo.

—Probablemente.

—Adelante.

—Pensé que ibas a ser un problema.

—Qué coincidencia.

Él arquea una ceja.

—¿Tú también?

—Pensé exactamente lo mismo.

—Y aquí estamos.

—Sí. Investigando asesinatos juntos.

—La vida tiene un extraño sentido del humor.

—Eso es difícil de discutir.

Nuestros ojos se encuentran.

La sonrisa desaparece poco a poco.

No porque algo vaya mal, sino porque algo cambia entre nosotros. Es una transformación lenta, más seria, que vuelve el aire distinto.

Más denso.

Más íntimo.

Y eso resulta peligroso.

Mucho más de lo que debería.

—Gracias otra vez.

La frase me toma por sorpresa.

—Lachlan...

—Déjame terminar.

Su voz es tranquila.

Más de lo habitual.

No aparta la mirada mientras habla.

—He tenido mucha gente a mi lado durante años. Guerreros, amigos, familia, personas en las que confío. Pero cuando apareció aquella daga, la persona que se movió fuiste tú.

Trago saliva.

No sé qué responder.

Porque la sinceridad siempre resulta más difícil de afrontar que las bromas.

—No pensé.

—Lo sé.

—Simplemente ocurrió.

—Lo sé.

—Entonces deja de darme las gracias.

Una sombra de diversión cruza por sus ojos.

—No.

—Lachlan...

—No.

—Eres imposible.

—Eso me han dicho.

—Varias veces.

—Muchas.

—Empiezo a entender por qué.

—Y aun así sigues aquí.

La respuesta llega demasiado rápido.

—Porque alguien tiene que asegurarse de que no tomas decisiones estúpidas.

Su sonrisa se ensancha apenas un poco.

—Claro.

La tensión se suaviza lo suficiente para que ambos podamos respirar con normalidad otra vez.

Sin embargo, cuando nos levantamos para abandonar la sala, me doy cuenta de algo incómodo.

Ya no veo a Lachlan MacLeod como un enemigo.

Y sospecho que él tampoco me ve a mí de esa forma.

Lo cual probablemente complique nuestras vidas bastante más que cualquier discusión, y mucho más de lo que estoy dispuesta a admitir.