EL SECRETO DE LOS CLANES Capítulo 12
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Capítulo 12

Lachlan

Connor espera exactamente tres minutos después de que Isla se marche.

Tres minutos completos.

Lo sé porque, durante ese tiempo, veo a un grupo de guerreros cruzar el patio, a dos sirvientes discutir por unas cajas y a un caballo intentar morder a un mozo antes de que Connor aparezca por la galería con esa expresión de hombre que acaba de descubrir algo divertido.

O peligroso.

Con él, ambas cosas suelen ir de la mano.

—No digas una sola palabra.

Connor alza las manos en gesto inocente mientras se acerca.

—No he dicho nada.

—Todavía.

—Estoy valorando varias opciones.

—Hazte el favor de descartarlas todas.

—Eso limita mucho mis posibilidades de entretenimiento.

Se apoya contra una de las columnas de piedra y dirige una mirada deliberadamente lenta hacia el lugar por donde Isla desapareció hace unos minutos.

Ya sé adónde va esto.

Y también sé que no me va a gustar.

—Es más lista de lo que esperaba.

—Sí.

La respuesta sale antes de que pueda detenerla.

Connor arquea una ceja.

—Vaya.

—Ni una palabra.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando.

—Muchas cosas.

—Connor.

—Y también es bastante bonita.

Suelto un suspiro largo.

—Ahí está.

—¿Qué?

—La razón por la que has venido.

—Solo estoy describiendo a una persona.

—Estás intentando provocar una reacción.

—Y lo mejor es que está funcionando mejor de lo que esperaba.

Le dirijo una mirada que normalmente bastaría para hacer retroceder a cualquier hombre con instinto de supervivencia.

Connor, por desgracia, lleva años demostrando que carece de él.

Su sonrisa se ensancha.

—¿Has terminado?

—Probablemente no.

—Qué tragedia.

—Aunque podría hacer una pausa.

—Generoso por tu parte.

—Lo sé.

Niega con la cabeza como si estuviera haciendo un enorme sacrificio y finalmente abandona el tema.

—He encontrado algo.

Eso consigue que toda mi atención se centre en él.

La sonrisa desaparece de su rostro y su expresión se vuelve seria.

—Habla.

—Uno de los guardias recuerda haber visto al hombre de la cicatriz.

—¿Cuándo?

—Ayer por la mañana.

—¿Solo?

—No.

Me incorporo un poco.

—Continúa.

—Estaba hablando con alguien.

—¿Quién?

—Eso es lo interesante.

Comenzamos a caminar por la galería mientras Connor me pone al corriente.

A nuestro alrededor, los últimos asistentes continúan moviéndose entre salas y patios. El ambiente sigue cargado por lo ocurrido durante la reunión, aunque nadie lo menciona en voz alta.

—El guardia no escuchó la conversación —explica Connor—. Estaba demasiado lejos.

—Entonces no tenemos nada.

—Tenemos algo.

—Te escucho.

—No vio bien sus rostros, pero sí recuerda un detalle.

—¿Qué detalle?

—Un broche.

—Eso podría significar cualquier cosa.

—Espera.

—Estoy esperando.

—Tenía un emblema grabado.

—¿Qué clase de emblema?

Connor me observa un instante antes de responder.

—Un halcón.

Me detengo en seco.

—¿Estás seguro?

—El guardia lo está.

—¿Y no confundió un halcón con un águila?

—Le hice la misma pregunta.

—¿Y?

—Se ofendió bastante.

—Eso no responde nada.

—Respondió que lleva treinta años cazando aves y que sabe distinguirlas mejor que nosotros.

Reanudamos la marcha.

La información gira en mi cabeza mientras intento encajarla con todo lo demás.

No conozco ningún clan importante de la región que utilice un halcón como símbolo, y eso reduce considerablemente las posibilidades.

—O el hombre mintió sobre quién era...

—O estamos buscando en el lugar equivocado —termina Connor.

Asiento lentamente.

—Hay más.

—Claro que la hay.

—El hombre no llegó con ninguno de los clanes.

Eso sí consigue sorprenderme.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque revisé las listas de invitados.

Lo miro.

—¿Has revisado listas?

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de hombre impresionado.

—Nunca pongo esa cara.

—La estás poniendo ahora mismo.

—Te lo estás imaginando.

—No.

—Sí.

—Definitivamente no.

Resoplo.

Connor parece absurdamente satisfecho consigo mismo.

Por desgracia, se lo ha ganado.

—Entonces tenemos un desconocido infiltrado en una reunión de clanes.

—Exacto.

—Que observa a los asistentes.

—Sí.

—Y que desaparece justo antes de que intenten asesinarme.

—También.

—Excelente.

—Me alegra que mantengas una actitud positiva.

—Voy a empujarte a un pozo.

—Eso sonó menos positivo.

Abandonamos la galería y atravesamos el patio principal.

La reunión está llegando a su fin.

Los distintos grupos comienzan a organizar sus partidas. Algunos cargan provisiones, otros preparan caballos y varios líderes mantienen conversaciones rápidas antes de marcharse.

Nadie parece interesado en prolongar la estancia después del caos de las últimas horas.

—¿Qué vas a hacer? —pregunta Connor mientras descendemos unos escalones.

—Seguir investigando.

—Eso no es un plan.

—Es el inicio de uno.

—Ahora entiendo por qué Isla te hace tantas preguntas.

—No.

—Sí.

—No.

—Definitivamente sí.

—No voy a discutir esto contigo.

—Porque tengo razón.

—Porque me estás cansando.

—Eso también suele ocurrir cuando tengo razón.

Lo ignoro.

Principalmente porque responder solo empeoraría las cosas.

Llegamos a los establos.

El lugar está lleno de actividad.

Caballos relinchan desde los compartimentos, los mozos transportan sacos de avena y varios guerreros revisan monturas antes de partir.

Es entonces cuando algo llama mi atención.

Dos hombres discuten cerca de una de las entradas.

No levantan la voz, pero la tensión resulta evidente en la rigidez de sus movimientos y en la forma en que se observan.

Uno de ellos es un comerciante local al que he visto varias veces durante la reunión.

El otro me resulta completamente desconocido.

Cuando Connor y yo nos acercamos, la conversación termina de golpe.

Demasiado rápido.

Demasiado limpio.

Como si alguien hubiera cortado una cuerda.

—¿Interrumpimos algo? —pregunta Connor con tono casual.

—No.

La respuesta llega de inmediato.

Intercambio una mirada con mi amigo.

Él también lo ha notado.

—Parecía una conversación interesante.

—No lo era.

—Entonces no te importará repetirla.

El desconocido aprieta la mandíbula.

El comerciante evita mirarnos.

Y en ese instante sé que hemos encontrado algo.

Todavía no sé qué, pero hay algo que intentan ocultar.

Me acerco un paso.

—¿Cómo te llamas?

El hombre duda apenas un segundo.

—Andrew.

—¿Y qué haces aquí, Andrew?

—Trabajo.

—Respuesta fascinante.

—Es la verdad.

—No lo dudo.

—Entonces ya está.

—No exactamente.

Andrew cambia el peso de un pie al otro.

Sus hombros están tensos, sus ojos se mueven demasiado y cada nueva pregunta parece incomodarlo más.

—¿Trabajo para quién?

—Para quien me pague.

—Eso sigue sin responder nada.

—No tengo obligación de responder.

—Depende.

—¿De qué?

—De cuánto me interese seguir preguntando.

El comerciante traga saliva.

Andrew guarda silencio.

Y ese silencio resulta mucho más revelador que cualquier respuesta.

Antes de que pueda presionarlo más, una nueva voz interrumpe la conversación.

—Ahí estás.

Me giro.

Y descubro que el universo claramente disfruta complicándome la existencia.

Isla se acerca acompañada por Mairi.

Lleva varios pergaminos bajo el brazo y avanza con paso decidido entre el movimiento de los establos.

Parece concentrada y ligeramente enfadada, una combinación que ya empiezo a reconocer demasiado bien.

—Te estaba buscando.

Connor emite un sonido sospechosamente parecido a una carcajada.

Lo ignoro.

—¿A mí?

—Sí.

—Eso parece grave.

—Depende.

—¿De qué?

—De cuánto te guste admitir que tengo razón.

Connor da un paso atrás.

—Yo me voy a apartar de esta conversación.

—Cobarde.

—Prudente.

—Cobarde.

—Las dos cosas.

Isla ni siquiera le presta atención.

Ya está desenrollando uno de los pergaminos.

—He estado revisando los informes de los ataques.

—¿Y?

—Hay algo que nadie había visto.

Mi interés aumenta de inmediato.

—¿Qué has encontrado?

Ella extiende el documento hacia mí.

Me acerco para leerlo.

Nuestros hombros casi se rozan.

Intento ignorarlo.

No funciona especialmente bien.

—Mira las fechas.

Observo las anotaciones.

Luego vuelvo a hacerlo.

Repaso cada línea una segunda vez.

Y entonces lo veo.

—Maldita sea.

Una pequeña sonrisa aparece en los labios de Isla.

—Exactamente.

Connor se aproxima también.

—¿Qué ocurre?

—Los ataques siguen un patrón.

—¿Qué patrón?

Isla señala las fechas una por una mientras habla.

—Este ocurrió antes de la reunión de los MacLeod.

Su dedo baja por el pergamino.

—Este otro antes del encuentro comercial de Inverness.

Luego señala una tercera anotación.

—Y este sucedió dos días antes de la reunión de primavera.

Connor frunce el ceño.

—Todos están relacionados con encuentros importantes.

—No solo relacionados —dice Isla—. Siempre suceden dos o tres días antes de una reunión importante entre clanes.

El silencio cae entre nosotros.

Porque la conclusión resulta evidente.

No están robando ganado ni atacando por necesidad.

Tampoco buscan dinero.

Están creando tensión.

Provocando sospechas.

Empujando a los clanes unos contra otros de forma deliberada, organizada y calculada.

Connor cruza los brazos.

—Alguien quiere que lleguemos enfadados a estas reuniones.

—Y lo ha conseguido —respondo.

Por primera vez desde que comenzó todo esto, siento que estamos más cerca de la verdad.

No mucho.

Pero sí lo suficiente para distinguir una dirección.

Cuando levanto la vista encuentro los ojos de Isla observándome.

Ella también lo entiende.

No necesito decir nada.

Durante un instante compartimos exactamente el mismo pensamiento.

Alguien está moviendo las piezas.

Y acabamos de descubrir que lleva mucho tiempo haciéndolo.