Capítulo 11
Isla
Por mucho que lo intento, no consigo dormir.
Me meto en la cama, apago la vela y cierro los ojos con la firme intención de descansar unas horas, pero cada vez que estoy a punto de lograrlo vuelve a mi mente la misma imagen: el destello del metal, el movimiento fugaz de la daga y el instante exacto en que pensé que iba a clavarse en el cuello de Lachlan.
Termino incorporándome con un suspiro de frustración.
—Estás despierta.
La voz de Mairi llega desde la otra cama.
—Tú también.
—Sí, pero yo no soy la que lleva una hora dando vueltas como si tuviera hormigas entre las mantas.
Le lanzo una mirada que apenas puede distinguir en la oscuridad.
—No estoy nerviosa.
—Claro que no.
—No lo estoy.
—Entonces deja de apretar los dientes.
Maldita sea. Odio cuando tiene razón.
Mairi se incorpora apoyándose sobre un codo y me observa con una paciencia que siempre me pone en guardia.
—¿Quieres contarme qué pasa por esa cabeza tuya?
—Ha habido un intento de asesinato.
—Lo sé. Yo también estaba allí.
—Y nadie sabe quién era.
—También lo sé.
—Y el hombre que vi antes ha desaparecido.
—Sí.
—Y alguien intenta provocar una guerra.
—Seguimos sabiendo eso.
La escucho contener una risa.
—¿Qué?
—Estás evitando el verdadero tema.
—¿Qué tema?
—El Highlander enorme al que acabas de salvar la vida.
—No estoy evitando nada.
—Isla.
—Mairi.
—Has utilizado su nombre tres veces en menos de un minuto.
—Porque estamos hablando de él.
—No exactamente.
Me dejo caer otra vez sobre la almohada y cruzo los brazos sobre el pecho.
No pienso seguir por ese camino. Sobre todo porque sospecho que acabaría perdiendo la discusión.
A la mañana siguiente, el castillo entero parece haber renunciado al descanso.
Los pasillos están llenos de guardias, los jefes de clan vuelven a reunirse y los criados intercambian rumores con la rapidez habitual.
Todo gira en torno al atentado de la noche anterior, y no es difícil entender por qué.
Cuando entro en el gran salón encuentro a mi padre revisando varios pergaminos mientras Ewan permanece junto a una ventana. La expresión de ambos deja claro que la mañana no está siendo especialmente productiva.
—Déjame adivinar —digo mientras me acerco—. Las noticias son terribles.
—Peores.
—Vaya.
—Han interrogado a todos los hombres que estaban trabajando en el castillo.
—¿Y?
—Nada.
—Eso no parece peor.
—Han encontrado una puerta abierta junto a las murallas.
Frunzo el ceño.
—¿La utilizó para escapar?
—Probablemente.
—Entonces alguien le ayudó.
Mi padre asiente lentamente.
—Eso creemos.
Ewan se gira hacia nosotros.
—El asesino conocía el castillo.
—¿Estás seguro?
—Nadie encuentra esa salida por casualidad.
La conclusión resulta incómoda porque significa que el problema está mucho más cerca de lo que pensábamos.
—¿Y ahora qué? —pregunto.
—Ahora todos desconfían de todos.
—Eso tampoco es nuevo.
—Ahora tienen motivos para hacerlo.
No puedo discutirlo.
La reunión comienza poco después y esta vez nadie pierde el tiempo con formalidades. Los ánimos siguen alterados y las sospechas continúan flotando en el ambiente, pero algo ha cambiado. El intento de asesinato ha sacudido incluso a los más obstinados.
Connor Sinclair toma la palabra primero.
—Ayer intentaron matar a Lachlan MacLeod.
—Eso ya lo sabemos —gruñe uno de los Ross.
—Entonces haz el esfuerzo de escuchar el resto.
Varias personas esconden sonrisas mientras Connor continúa.
—Si alguien hubiera querido iniciar una guerra, habría sido más inteligente dejar que los clanes se destruyeran solos.
—¿Qué estás diciendo?
—Que esto ya no es solo una cuestión de robos.
El silencio se extiende poco a poco por la sala.
—Alguien está eliminando obstáculos —añade.
—¿Y Lachlan era un obstáculo?
—Uno importante.
La conversación se prolonga durante casi una hora. Cuando termina seguimos sin respuestas claras, pero al menos hemos reunido algo útil: una larga lista de preguntas.
Salgo del salón con la cabeza llena de ellas y, justo al doblar una esquina, me encuentro con la última persona que esperaba ver.
Lachlan está solo, lo cual ya resulta extraño porque Connor parece seguirlo a todas partes.
Nos detenemos al mismo tiempo. Durante un instante ninguno de los dos habla. Luego él inclina ligeramente la cabeza.
—Buenos días.
—Sigues vivo.
—Eso parece.
—Me alegro.
Las palabras escapan antes de que pueda detenerlas y, por primera vez desde que lo conozco, veo algo distinto en su expresión. No es diversión ni ironía, sino una calidez inesperada.
—Yo también me alegro de verte.
La respuesta me deja desconcertada el tiempo suficiente para que él lo note y, por supuesto, lo disfrute.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de hombre satisfecho consigo mismo.
—Nunca pongo esa cara.
—La estás poniendo ahora mismo.
—Eso demuestra que sigues observándome demasiado.
—Eso demuestra que eres irritante.
—También me han dicho eso.
Echamos a andar por el corredor sin decidirlo realmente; simplemente sucede.
—He estado pensando en el hombre que viste junto a los establos —dice él.
—Yo también.
—He preguntado por la cicatriz.
Lo miro con atención.
—¿Y?
—Nadie parece conocerlo.
—Eso tampoco ayuda.
—No.
—Empiezo a cansarme de esa respuesta.
—Créeme, yo también.
Llegamos a una galería abierta que da al patio interior. El viento mueve ligeramente mi cabello mientras observamos el castillo durante unos segundos. El silencio que se instala entre nosotros no resulta incómodo, y eso me desconcierta más de lo que debería.
—¿Por qué me empujaste? —pregunta Lachlan al final.
Lo miro de reojo.
—¿Vamos a volver a esto?
—Sí.
—Ya te lo expliqué.
—No realmente.
Sus ojos permanecen fijos en mí, demasiado atentos y demasiado serios.
—Vi una daga.
—Eso ya lo sé.
—Entonces sabes la respuesta.
—No.
La palabra llega tranquila, sin dureza ni provocación, y precisamente por eso me resulta más difícil esquivarla.
—Podrías haber salido herida.
—Lo sé.
—Y aun así lo hiciste.
Respiro despacio porque empiezo a comprender lo que realmente está preguntando y porque no estoy segura de querer responder.
—Supongo que no me gustó la idea de verte morir.
La sinceridad queda suspendida entre nosotros. No debería haberlo dicho y, sin embargo, ya es demasiado tarde para retirarlo.
Lachlan no responde de inmediato. Se limita a observarme como si acabara de descubrir algo importante.
—Eso me alegra más de lo que debería.
Mi corazón hace algo extraño, algo incómodo que prefiero ignorar.
Por suerte, una voz familiar aparece antes de que tenga que responder.
—Sabía que os encontraría juntos.
Connor.
Por supuesto.
Lachlan cierra los ojos durante un segundo.
—¿Cómo lo haces?
—Tengo talento.
—Eres una plaga.
—Y tú estás de mejor humor. Es preocupante.
No sé quién parece más irritado, si Lachlan o yo.
Connor sonríe y, en ese momento, tengo la sospecha de que acaba de comprender algo que nosotros todavía intentamos ignorar.
Lo peor es que probablemente tenga razón.