EL SECRETO DE LOS CLANES Capítulo 10
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Capítulo 10

Lachlan

Hace tiempo aprendí que las peores desgracias suelen presentarse envueltas en una apariencia de normalidad. Quizá por eso, en cuanto cruzo las puertas del gran salón, una sensación incómoda se instala en mi pecho.

Todo parece estar en orden.

Demasiado en orden.

La música llena el aire mientras los criados se mueven entre las mesas con bandejas de comida y jarras de cerveza.

Los jefes de clan conversan en pequeños grupos, esforzándose por aparentar cordialidad después de semanas observándose con recelo.

A simple vista, la escena resulta impecable; sin embargo, bajo esa fachada elegante late una tensión imposible de ignorar.

—Tienes esa cara otra vez —dice Connor.

—¿Qué cara?

—La de "algo va mal y todavía no sé qué".

—Quizá algo va mal.

—Eso es porque llevamos dos meses viviendo dentro de un problema.

No puedo discutir esa lógica.

Tomamos asiento cerca de los representantes de nuestro clan.

Al otro lado del salón distingo a los MacKenzie.

Ewan parece tan encantador como siempre; es decir, parece estar valorando seriamente la posibilidad de estrangular a alguien.

Alasdair conversa con varios Sinclair sin perder su habitual compostura.

Y luego está Isla.

La veo antes de poder evitarlo. Escucha con atención una historia que le cuenta una anciana del clan Cameron.

No interviene ni intenta dirigir la conversación; simplemente presta atención.

Es algo que he observado desde nuestra primera reunión: cuando Isla escucha a alguien, consigue que esa persona se sienta importante, como si durante unos minutos no existiera nadie más en la habitación.

Es una cualidad extraña. Y peligrosamente atractiva.

—Otra vez —murmura Connor.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sí.

—Connor.

—Ni siquiera he dicho nada.

—Lo has pensado muy alto.

Mi amigo sonríe mientras se sirve cerveza. Yo hago lo mismo.

Durante varios minutos todo transcurre sin incidentes.

Entonces percibo movimiento cerca de la pared norte.

Es un hombre que, en teoría, debería pasar desapercibido, pero algo en él llama mi atención.

Permanece demasiado quieto, observa demasiado y parece mucho más interesado en los asistentes que en la celebración.

Frunzo el ceño.

Estoy seguro de haberlo visto antes.

No sé dónde ni cuándo, pero la sensación resulta inconfundible.

Cuando intento seguir observándolo, desaparece entre la multitud.

—¿Qué ocurre? —pregunta Connor.

—Nada.

—Mentira.

—Creo que he visto a alguien.

—Eso reduce poco las opciones.

—Alguien que no encaja.

La sonrisa desaparece de su rostro. De inmediato adopta una expresión mucho más seria.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Eso tampoco me tranquiliza.

A mí tampoco.

Vuelvo a recorrer el salón con la mirada: las mesas, los músicos, los criados, los invitados. Entonces lo encuentro otra vez. Esta vez permanece junto a una columna y, al fijarme mejor, descubro algo más inquietante.

La dirección de su mirada.

No observa a ningún jefe menor ni a los Sinclair.

Me está observando a mí.

La alarma surge de inmediato, tan instintiva como un golpe en el estómago.

Me incorporo ligeramente. El hombre aparta la vista en el acto, pero ya es demasiado tarde.

—Connor.

—¿Sí?

—No hagas ningún movimiento brusco.

—Nunca me gusta cuando empiezas una frase así.

—Hay un hombre junto a la columna.

Connor no gira la cabeza, lo que demuestra por qué sigue vivo.

—Lo veo.

—¿Lo conoces?

—No.

—Yo tampoco.

Durante unos segundos seguimos vigilándolo con discreción.

Entonces desaparece otra vez.

Maldita sea.

Estoy a punto de levantarme para seguirlo cuando todo ocurre de golpe.

Una figura emerge entre la multitud. Distingo un destello metálico, una mano armada y una daga avanzando hacia mí. Apenas transcurre un segundo, pero el entrenamiento convierte ese instante en una eternidad.

Empiezo a girarme.

No es suficiente.

No llegaré a tiempo.

Lo sé incluso antes de completar el movimiento.

Y entonces alguien me golpea con fuerza.

La silla se vuelca hacia atrás y yo caigo con ella. El acero atraviesa el espacio donde mi garganta se encontraba un instante antes.

El salón estalla en caos.

Se oyen gritos, muebles arrastrándose y hombres poniéndose en pie de un salto. La daga rebota contra una mesa mientras varios guerreros se lanzan sobre el atacante. Llegan tarde. El asesino ya corre hacia la salida.

Me incorporo justo cuando Connor sale disparado tras él. Desde el otro extremo del salón, Ewan hace lo mismo. Ambos desaparecen por las puertas en plena persecución.

Solo entonces miro a la persona que me ha empujado.

Isla está en el suelo. Respira con dificultad, mantiene una mano apoyada sobre mi brazo y tiene los ojos abiertos de par en par.

Durante unos segundos nos quedamos inmóviles. El ruido que nos rodea parece alejarse.

—¿Estás herido? —pregunta.

La pregunta me toma por sorpresa.

No debería hacerlo.

Y, sin embargo, lo hace.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—Bien.

Solo entonces parece darse cuenta de que sigue sujetándome. Retira la mano de inmediato.

—Lo siento.

—No lo sientas.

Nos ponemos de pie al mismo tiempo.

El gran salón se ha convertido en un hervidero de voces. Algunos hombres gritan órdenes mientras los invitados intentan comprender qué acaba de suceder.

Alasdair llega primero.

—¿Estás bien, Isla?

—Sí.

—¿Y tú? —pregunta después, dirigiéndose a mí.

—También.

Ewan aparece un instante más tarde. Tiene el aspecto de alguien dispuesto a matar a quien sea necesario para resolver el problema.

—Se ha escapado —gruñe.

—¿Lo habéis visto bien? —pregunta Alasdair.

—No lo suficiente.

—Maldita sea.

La conversación continúa a nuestro alrededor, pero apenas la escucho.

Mi mente sigue atrapada en un único momento.

El instante en que apareció la daga.

El momento exacto en que Isla reaccionó.

No se detuvo a pensar. No vaciló ni calculó riesgos. Simplemente se lanzó hacia mí, como si la idea de verme morir fuera algo imposible de aceptar.

Ella parece notar que la observo.

—¿Qué?

—Me has salvado la vida.

—Había una daga.

—Lo sé.

—Cualquiera habría hecho lo mismo.

No.

Los dos sabemos que eso no es cierto.

Pero ninguno lo dice en voz alta.

Al cabo de unos minutos, el salón empieza a vaciarse. Los jefes de clan exigen respuestas, los guardias registran el castillo y cualquier intento de celebración ha quedado definitivamente arruinado.

Cuando por fin salgo al patio para tomar aire, escucho pasos detrás de mí.

No necesito girarme.

Sé perfectamente quién es.

—¿Has venido a asegurarte de que sigo vivo? —pregunto.

—He venido porque, si mueres después de todo esto, me sentiré ridícula.

A pesar de todo, una sonrisa aparece en mis labios. Ella también parece sorprendida por sus propias palabras.

Durante unos instantes caminamos junto a la muralla sin hablar. El aire frío de la noche ayuda a despejar la cabeza.

—Gracias —digo al final.

Isla vuelve la vista hacia mí.

—No tienes que darme las gracias.

—Sí que tengo.

—Solo reaccioné.

—Arriesgaste el cuello por un hombre al que se supone que detestas.

Ella baja la mirada durante un instante.

—No te detesto.

La respuesta surge tan deprisa que parece escapársele sin querer.

Y resulta mucho más peligrosa que la daga.

Porque, por primera vez desde que la conozco, no estamos discutiendo.

Y eso me inquieta bastante más de lo que debería.