EL SECRETO DE LOS CLANES Capítulo 9
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Capítulo 9

Isla

La segunda reunión comenzó con peor pie que la primera, algo que ya parecía difícil de superar.

Cuando llegamos a Inverbrae, el lugar tenía más aspecto de fortaleza bajo amenaza que de punto de encuentro entre aliados.

Había más guardias apostados en las murallas, más hombres vigilando los accesos y muchas menos sonrisas de las que recordaba.

La tensión se percibía en cada rincón, densa y constante, como una tormenta que llevaba demasiado tiempo acumulándose.

Tampoco contribuía a mejorar el ambiente que los ataques hubieran continuado durante las últimas semanas ni que cada nuevo incidente pareciera calculado para sembrar aún más desconfianza.

—Si esto sigue así, alguien acabará desenvainando una espada durante una reunión —murmuró Mairi mientras desmontábamos.

La miré de reojo.

—¿Durante una reunión? Eres optimista.

Ella soltó una breve risa.

—Tienes razón. Probablemente ocurra antes de que empiece.

—Mucho antes.

—Sí, eso también lo veo posible.

Un grupo de mujeres del castillo anfitrión se acercó para acompañarla a los aposentos reservados para las invitadas. Yo apenas había avanzado unos pasos cuando escuché la voz de mi padre detrás de mí.

—Isla.

Me giré con resignación.

—¿Sí?

—Intenta mantenerte alejada de los problemas.

—Nunca me acerco a ellos.

Ewan, que estaba a su lado, soltó una carcajada.

—Eso es cierto. Normalmente son los problemas los que se acercan a ti.

—Y eso no es culpa mía.

—Lo es casi siempre —replicó él sin el menor remordimiento.

Llevé una mano al pecho con dramatismo.

—Qué familia tan poco comprensiva tengo.

Mi padre negó con la cabeza, aunque una sombra de diversión cruzó su expresión.

—Dentro de una hora comenzará la reunión.

—Lo sé.

—Y esta vez intenta escuchar más de lo que hablas.

—Eso es una petición sospechosamente específica.

—Precisamente por eso la hago.

Decidí retirarme antes de que siguiera enumerando motivos. Por la expresión que tenía, sospechaba que llevaba varios preparados.

La reunión se prolongó durante casi toda la mañana y resultó incluso más desagradable que la anterior.

Cada ataque mencionado añadía una nueva capa de resentimiento a la conversación.

Las sospechas crecían con cada intervención y la confianza entre los clanes se debilitaba poco a poco.

Algunos jefes ya ni siquiera se molestaban en disimular su hostilidad, y en más de una ocasión tuve la impresión de que una sola palabra fuera de lugar bastaría para desencadenar una pelea.

Cuando finalmente se decretó un descanso, buena parte de los presentes parecía al límite de su paciencia.

Yo también necesitaba salir, no porque estuviera enfadada, sino porque necesitaba alejarme del ruido y poner en orden mis pensamientos.

Abandoné el edificio principal y me dirigí hacia los establos. Allí solía haber menos gente, menos discusiones y, sobre todo, menos hombres convencidos de que gritar fortalecía sus argumentos.

El aire olía a cuero, tierra húmeda y heno recién removido. Los mozos trabajaban concentrados en sus tareas, prestando poca atención a quienes cruzaban el patio.

Caminé entre los edificios de piedra hasta que algo llamó mi atención.

Un hombre.

Por sí solo no tenía nada de extraño; Inverbrae estaba lleno de hombres armados aquellos días. Lo que despertó mis sospechas fue su comportamiento.

Permanecía inmóvil observando la zona donde se alojaban los representantes de los distintos clanes. No parecía esperar a nadie ni mantener conversación con nadie. Simplemente vigilaba, como si estuviera comprobando algo.

Fruncí el ceño.

No reconocía su rostro ni tampoco el tartán que llevaba.

Entonces retrocedió un paso, luego otro, y comenzó a alejarse con una calma excesiva.

La clase de calma que suele despertar sospechas.

—Eso no me gusta nada —murmuré.

Sin detenerme a pensarlo demasiado, empecé a seguirlo.

Mantuve cierta distancia para no llamar su atención. No quería que me viera ni que sospechara que lo estaba observando.

Durante varios minutos avancé tras él por calles estrechas y patios secundarios. El desconocido giró entre dos edificios de piedra y se dirigió hacia una zona mucho menos transitada.

Aceleré el paso.

Cuando doblé la esquina tras él, me encontré con un callejón vacío.

Había desaparecido.

Me detuve en seco.

—Perfecto.

Miré a ambos lados.

No había nadie. Ni una sombra, ni un movimiento.

Era como si se hubiera evaporado.

—Sabía que terminarías encontrando problemas.

La voz llegó desde detrás de mí.

Cerré los ojos un instante antes de girarme.

Lachlan MacLeod.

Por supuesto.

Porque, al parecer, aquel hombre poseía una habilidad sobrenatural para aparecer exactamente cuando menos me convenía.

—No estaba buscando problemas.

—Curioso, porque desde donde yo estaba parecía que los estabas persiguiendo.

—No es lo mismo.

—Se parece bastante.

Crucé los brazos.

—Había un hombre.

—Hay muchos hombres.

—Uno sospechoso.

—Ah, eso reduce considerablemente la lista.

—No te pongas gracioso.

—No era mi intención.

Lo peor era que parecía sincero.

Y eso me irritó todavía más.

—Lo seguí hasta aquí.

Lachlan arqueó una ceja.

—¿Sola?

—Sí.

—Eso es una idea terrible.

—Gracias por tu confianza.

—No es una cuestión de confianza.

—Entonces ¿qué es?

—Sentido común.

—Lo tengo.

—Lo utilizas de formas muy peculiares.

Lo observé con expresión desafiante.

Él me sostuvo la mirada sin apartarla.

Durante unos segundos ninguno dijo nada. Para mi sorpresa, el silencio no resultó tan incómodo como habría esperado.

—No logré encontrarlo —admití al final.

—Ya me había dado cuenta.

—Pero estaba vigilando algo.

La ligera ironía desapareció de su rostro.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Lachlan permaneció pensativo.

Aquello me llamó la atención.

No se burló de mí ni descartó lo que acababa de decir. Se limitó a considerarlo con seriedad, como si mi opinión tuviera algún peso.

Era una reacción inesperada.

—¿Cómo era? —preguntó finalmente.

Le describí al hombre con todo el detalle que pude recordar: la altura, la ropa, el color del cabello y la cicatriz que cruzaba parte de su mandíbula.

Cuando terminé, Lachlan siguió reflexionando unos instantes.

—¿Lo conoces?

—No.

—Eso no parece tranquilizarte.

—Porque tampoco me tranquiliza.

—¿Crees que tiene relación con los ataques?

Él exhaló lentamente.

—No lo sé.

—Estás usando mucho esa frase.

—Porque es la respuesta correcta.

No pude discutirlo.

Y me molestó más de lo que debería.

—Voy a intentar encontrarlo.

—¿Solo?

—Sí.

Lo miré con incredulidad.

—Acabas de decirme que era una mala idea.

—Para ti.

—Qué conveniente.

Por primera vez apareció una sonrisa en su rostro.

Fue pequeña y breve, pero también peligrosamente atractiva.

—Muchísimo.

Antes de que pudiera responder, un estallido de voces llegó desde el edificio principal.

La música, las risas y el sonido de las copas chocando anunciaban que el banquete de la noche acababa de comenzar.

—Deberíamos volver —dije.

—Probablemente.

Empezamos a caminar hacia el gran salón.

Durante varios metros avanzamos en silencio. Sin embargo, aquella vez no resultó incómodo.

—¿Sabes una cosa? —dijo él finalmente.

—¿Qué?

—Mi amigo Connor tenía razón.

—Eso debe doler.

—Más de lo que imaginas.

—¿Y sobre qué tenía razón exactamente?

La sonrisa regresó a sus labios.

—Haces demasiadas preguntas.

No pude evitar sonreír.

—Y tú respondes muy pocas.

—Alguien tiene que equilibrar la conversación.

Cuando llegamos a las puertas del gran salón, la música y las voces llenaban el aire. Desde fuera, todo parecía normal.

Demasiado normal.

Mientras cruzaba el umbral, una sensación incómoda se instaló en mi estómago. Era la misma que aparecía cada vez que algo estaba a punto de salir mal.

Por primera vez en todo el día, deseé estar equivocada.