EL SECRETO DE LOS CLANES Capítulo 8
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Capítulo 8

Lachlan

El viento llega desde el lago con olor a lluvia cuando comienza el funeral.

Las Highlands tienen una forma particular de despedir a sus muertos. No hay grandes discursos ni gestos teatrales. La gente acude, permanece cerca de la familia y comparte el peso de la pérdida como puede, ya sea con palabras o simplemente estando allí.

Ian Murray merece eso y mucho más.

Permanezco junto a los hombres de mi clan mientras el sacerdote termina las últimas oraciones. Frente a nosotros están los familiares. La viuda de Ian sostiene la mano de su hijo menor.

El muchacho intenta mantenerse firme. No debe tener más de diez años y, aun así, lo está consiguiendo mejor que muchos adultos.

Cuando la ceremonia concluye y la gente empieza a dispersarse, espero unos instantes antes de acercarme a Moira Murray.

—Si necesitas algo, lo tendrás.

Ella asiente.

Tiene los ojos enrojecidos, pero mantiene la voz firme.

—Ya nos habéis ayudado bastante.

—No.

—Lachlan...

—No.

La mujer suspira.

—Eres tan cabezota como tu padre.

—Eso me han dicho.

Por primera vez aparece una pequeña sonrisa. Apenas dura un instante, pero es suficiente.

—Gracias.

Miro al muchacho que sigue junto a ella.

—¿Cómo te llamas?

—Robert.

—Tu padre hablaba mucho de ti.

El niño baja la mirada.

—¿Sí?

—Decía que eras mejor jinete que él.

La respuesta le arranca una expresión escandalizada.

—Eso es imposible.

—Yo pensé lo mismo.

Robert resopla y, por primera vez desde que llegué, parece un niño en lugar de alguien obligado a cargar con una pérdida demasiado grande.

Cuando me alejo, Connor ya me espera junto al camino.

—Lo llevas bien.

—No.

—Lo llevas mejor que antes.

Quizá tenga razón, pero no respondo.

Empezamos a caminar hacia la aldea. Las casas permanecen abiertas y los vecinos entran y salen llevando comida, mantas o cualquier ayuda necesaria. Así funcionan las cosas allí: cuando una familia cae, el resto la sostiene.

—¿Has visto las huellas otra vez? —pregunta Connor.

—Sí.

—Y sigues pensando lo mismo.

—Más que antes.

—Yo también.

Nos detenemos cerca de los corrales vacíos. La lluvia de los últimos días ha borrado parte de los rastros, aunque no todos.

Connor señala una zona embarrada.

—Mira esto.

Me agacho. Ya había visto aquellas marcas, pero ahora las examino con más atención.

—¿Qué ves?

—Lo mismo que tú.

—Dímelo igualmente.

Connor sonríe.

—Qué amable eres.

—Connor.

—Las herraduras.

—Sí.

—No son de aquí.

Paso un dedo sobre una de las marcas.

Las Highlands están llenas de herreros y cada región deja pequeñas diferencias en su trabajo. Casi nunca importa, salvo cuando importa mucho.

—Estas vienen del sur.

—Exacto.

—Tierras Bajas.

Connor asiente.

—No pertenecen a ningún caballo que haya visto en semanas.

Guardo silencio. Esa conclusión descarta muchas posibilidades y abre otras bastante peores.

—Mercenarios.

—Es una opción.

—O comerciantes.

—Los comerciantes rara vez asesinan granjeros.

—Buen punto.

Seguimos examinando el terreno. Cuanto más observamos, menos me convence la teoría de una guerra entre clanes. Alguien está dejando pistas en lugar de ocultarlas; las exhibe de forma deliberada, y eso es precisamente lo que más me inquieta.

—¿Sabes qué es lo que no entiendo? —pregunta Connor.

—Muchas cosas.

—Aparte de eso.

—Habla.

—Si quieren provocar una guerra, ¿por qué tardan tanto?

La pregunta es buena.

Me incorporo lentamente.

—Porque una guerra necesita odio.

—Ya existe bastante.

—Sí, pero quieren más.

—¿Crees que lo están alimentando poco a poco?

—Creo que alguien sabe exactamente lo que está haciendo.

Connor deja escapar un suspiro.

—Odio cuando tienes razón.

—Yo odio cuando tú la tienes.

—Entonces estamos empatados.

Regresamos al castillo al final de la tarde.

El ambiente resulta extraño, más silencioso y tenso de lo habitual. Los hombres perciben que algo se aproxima. No saben qué es, y yo tampoco, pero lo noto. Nada bueno avanza con tanta lentitud.

Cuando llegamos al gran salón, varios miembros del consejo ya están reunidos.

Entre ellos se encuentra Duncan MacRae, uno de los capitanes veteranos de mi padre. Es canoso, experimentado y respetado, además de completamente incapaz de expresar una preocupación con calma.

—Por fin.

—Buenas tardes para ti también —respondo.

—Han vuelto a atacar.

Me detengo.

—¿Dónde?

—Territorio Cameron.

Intercambio una mirada con Connor.

Maldita sea.

—¿Muertos?

—No.

—¿Heridos?

—Dos.

—¿Ganado?

—Robado.

Me siento.

La conversación se prolonga durante casi una hora entre informes, rumores y suposiciones. Cuando termina, mi paciencia está cerca de agotarse; la de Connor desapareció mucho antes.

—Todos hablan de culpables —dice mientras abandonamos la sala.

—Porque es más fácil.

—¿Más fácil que pensar?

—Mucho más.

Salimos al patio. La noche ya ha caído y las antorchas iluminan la piedra húmeda. Durante unos segundos ninguno habla, hasta que Connor rompe el silencio.

—Hay algo más.

—Lo sé por esa cara.

—Ha llegado una invitación.

—¿De quién?

—De Inverbrae.

Frunzo el ceño.

—¿Otra reunión?

—Urgente.

—Magnífico.

—Sabía que te alegraría.

—Estoy emocionado.

—Se nota.

Tomo el pergamino y lo leo rápidamente.

Los Sinclair solicitan la presencia inmediata de los jefes implicados.

Más ataques, más sospechas, más tensión y, probablemente, más discusiones.

Guardo el mensaje.

—Partiremos al amanecer.

—Lo imaginaba.

Empezamos a caminar hacia la torre principal cuando Connor vuelve a hablar.

—¿Crees que irán los MacKenzie?

—Sí.

—¿Todos?

—No lo sé.

—Yo sí.

Lo miro.

—¿Ah, sí?

—La hija.

Resoplo.

—¿Qué pasa con ella?

—Nada.

—Connor.

—Solo digo que tiene demasiadas preguntas para quedarse en casa.

A pesar mío, una imagen aparece en mi cabeza: ojos claros, lengua afilada y esa costumbre irritante de decir exactamente lo que piensa.

—Es una MacKenzie.

—Y tú eres un MacLeod.

—Observación brillante.

—Gracias.

Niego con la cabeza.

Sin embargo, mientras continúo caminando, descubro algo incómodo. No me pregunto si Isla MacKenzie asistirá a la reunión, sino si yo también espero verla. Y esa es una cuestión bastante más peligrosa de lo que debería ser.