EL SECRETO DE LOS CLANES Capítulo 7
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Capítulo 7

Isla

La noticia de los asesinatos llega a territorio MacKenzie antes que nosotros.

Cuando regresamos al castillo, los rumores ya han hecho el viaje por su cuenta y, como suele ocurrir, han mejorado la historia.

Según algunas versiones, veinte hombres han muerto; según otras, los MacLeod ya están reuniendo un ejército. Incluso he escuchado a un muchacho afirmar que un grupo de guerreros cruzó la frontera montado sobre caballos negros como demonios.

No me molesto en corregirlo. Parece bastante orgulloso de la historia.

El problema es que muchos adultos tampoco están mostrando mucho más sentido común.

La tensión se percibe en cuanto atravieso el patio principal. Los hombres hablan en grupos pequeños, las conversaciones se interrumpen cuando alguien se acerca y las miradas son más duras, más desconfiadas, como si todos estuvieran esperando algo... o a alguien.

—Esto no me gusta —murmuro.

Mairi camina a mi lado.

—Llevas diciendo eso varios días.

—Porque sigue siendo cierto.

—También llevas varios días teniendo razón.

—Eso es aún más preocupante.

Ella asiente. Por una vez no tiene ninguna broma preparada, y eso sí resulta alarmante.

Encontramos a Ewan en el patio de entrenamiento. Está rodeado de guerreros y todos parecen enfadados.

Mi hermano destaca incluso entre ellos, no solo por la altura. Hay hombres que llenan un espacio simplemente estando presentes. Ewan es uno de ellos.

—¿Qué ocurre? —pregunto.

Varios se giran hacia mí.

—Lo de siempre —responde Ewan.

—Eso no significa nada.

—Significa que dos hombres han muerto.

—Lo sé.

—Entonces ya conoces el problema.

Me cruzo de brazos.

—Conozco una parte.

—¿Ah, sí?

—La parte donde todos decidís quién es culpable antes de tener pruebas.

Algunos de los hombres intercambian miradas. Ninguno parece especialmente convencido.

—¿Necesitamos pruebas para todo ahora? —pregunta Fergus Cameron.

—Normalmente ayudan.

—Los MacLeod llevan años provocando problemas.

—Y nosotros llevamos años culpándolos de todo.

—Porque suelen estar implicados.

—No siempre.

—Demasiadas veces.

La discusión comienza a extenderse, exactamente igual que temía. Cada argumento genera dos más, cada respuesta despierta una objeción y, lo peor de todo, nadie parece escuchar realmente; solo esperan su turno para hablar.

Finalmente Ewan levanta una mano.

El silencio regresa poco a poco.

—Basta.

Todos obedecen. Esa es una de las ventajas de parecer capaz de romperle el cuello a un toro.

—¿Qué propones? —pregunto.

—Patrullas reforzadas.

—Eso es razonable.

—Y preparar hombres.

—Eso depende.

—¿Depende de qué?

—De si piensas defender el clan o iniciar una guerra.

Su mandíbula se endurece.

Conozco esa expresión. La conozco desde que era niña.

—Nadie quiere una guerra.

—Parece que algunos sí.

—¿Y tú qué harías?

—Encontrar al verdadero culpable.

—Mientras esperamos que vuelva a atacar.

—Mientras evitamos matar a personas equivocadas.

El silencio vuelve a instalarse, esta vez más incómodo, porque ninguno de los dos está completamente equivocado y ambos lo sabemos.

Mi padre aparece antes de que la discusión continúe.

Gracias a Dios. O a quien sea que se ocupe de evitar que Ewan y yo nos estrangulemos.

—Dentro. Los dos.

—No hemos terminado.

—Precisamente por eso.

La respuesta funciona. Siempre funciona.

Lo seguimos hasta una pequeña sala utilizada para reuniones privadas. Una vez dentro, cierra la puerta.

—Estoy empezando a comprender por qué algunos padres se vuelven grises tan pronto.

—No ha sido culpa mía —dice Ewan.

—Ha sido culpa suya —respondo al mismo tiempo.

Mi padre suspira profundamente.

—Magnífico.

—Yo tenía razón.

—Yo también.

—¿Veis? —dice él—. Esto es exactamente lo que digo.

Durante unos segundos nadie habla.

Finalmente toma asiento.

—Escuchadme bien.

La seriedad de su tono consigue toda nuestra atención.

—La situación es peor de lo que parece.

—Eso ya lo sabemos —dice Ewan.

—No. No lo sabéis.

Mi hermano y yo intercambiamos una mirada.

Eso sí es nuevo.

—¿Qué ocurre? —pregunto.

—He recibido mensajes esta mañana.

—¿De quién?

—De dos jefes de clan menores.

—¿Y?

—También han sufrido ataques.

Frunzo el ceño.

—¿Más robos?

—Sí.

—¿Y culpan a los MacLeod?

—Uno culpa a los MacLeod.

—¿Y el otro?

—A nosotros.

El silencio cae inmediatamente.

Porque esa parte cambia las cosas. Mucho.

—Eso no tiene sentido —murmura Ewan.

—Exactamente.

Mi padre apoya ambos antebrazos sobre la mesa.

—Alguien está creando enemigos donde no los había.

—¿Con qué objetivo?

—Todavía no lo sé.

—Pero lo sospechas.

Él asiente.

—Sí.

—¿Guerra?

—Probablemente.

Nadie dice nada durante varios segundos. La palabra pesa demasiado.

Las guerras siempre empiezan antes de que alguien admita que han comenzado.

Cuando abandonamos la sala ya ha caído la noche. El castillo está más tranquilo y las antorchas iluminan corredores y patios.

Mairi me encuentra poco después.

—Tienes cara de haber recibido malas noticias.

—Porque las he recibido.

Comenzamos a caminar por la galería exterior. El aire es frío y la lluvia amenaza con regresar.

—¿Qué sucede?

Le explico lo que mi padre ha descubierto.

Ella escucha sin interrumpirme.

Cuando termino, permanece pensativa.

—Eso significa que alguien quiere involucrar a todos.

—Sí.

—No solo a los MacLeod.

—Exacto.

—Entonces tu padre tiene razón.

—Lo sé.

—Odio cuando eso ocurre.

—Yo también.

Seguimos avanzando.

Al llegar a la esquina de una torre escuchamos voces.

Dos hombres.

No parecen habernos visto.

Mairi y yo nos detenemos instintivamente.

—...ya te digo que eran MacLeod.

—Eso no fue lo que dijiste ayer.

Frunzo el ceño.

Reconozco a ambos.

Son granjeros. Nada especialmente sospechoso.

Hasta ahora.

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

—No, Hamish. Dijiste que apenas los viste.

—Porque apenas los vi.

—Entonces ¿cómo sabes quiénes eran?

El silencio dura un segundo demasiado largo.

Mairi y yo intercambiamos una mirada.

Los hombres siguen hablando.

—Lo sé y ya está.

—Eso no es una respuesta.

—¿Y desde cuándo te importa tanto?

—Desde que tu historia cambia cada vez que la cuentas.

Mi atención se agudiza.

Eso sí resulta interesante.

Los dos hombres terminan alejándose poco después.

Yo permanezco inmóvil, pensando.

—¿Qué ocurre? —pregunta Mairi.

—Acabamos de escuchar algo extraño.

—Lo sé.

—Demasiado extraño.

—¿Crees que miente?

—Creo que no sabe lo que vio.

—Entonces ¿por qué asegura lo contrario?

La pregunta queda suspendida entre nosotras porque no tengo respuesta. Todavía.

Pero empiezo a sospechar que muchas de las personas que afirman saber quién está detrás de los ataques no han visto absolutamente nada.

Y eso significa que alguien podría estar alimentando los rumores, algo casi tan peligroso como blandir una espada, porque las palabras equivocadas pueden provocar guerras mucho antes que los ejércitos.