EL SECRETO DE LOS CLANES Capítulo 6
17%

Capítulo 6

Lachlan

La reunión termina al caer la tarde, no porque hayamos resuelto nada, sino porque incluso los hombres más obstinados necesitan comer.

El gran salón se vacía poco a poco mientras los criados preparan la cena. Algunos jefes continúan discutiendo en pequeños grupos; otros aprovechan para beber y fingir que han ganado debates que nadie recuerda ya.

Yo salgo al patio.

Necesito aire y silencio.

Consigo lo primero.

Lo segundo nunca dura demasiado.

—Estás pensando.

La voz de Connor llega desde atrás.

—Qué capacidad de observación.

—Lo sé. Es uno de mis mayores talentos.

Me apoyo contra la empalizada de madera. El patio está iluminado por antorchas y, más allá de las murallas, se extienden colinas cubiertas de niebla.

—¿Qué opinas? —pregunta.

—De muchas cosas.

—Empieza por una.

—La hija MacKenzie tiene razón.

Connor sonríe como un hombre que acaba de encontrar oro.

—Vaya.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando.

—También es cierto.

Resoplo.

—Las patrullas conjuntas podrían funcionar.

—Yo también lo creo.

—Y eso me preocupa.

—¿Por qué?

—Porque cuando una idea parece demasiado sensata en estas reuniones, normalmente nadie quiere ponerla en práctica.

Connor asiente. Lleva años asistiendo a los mismos encuentros y conoce perfectamente el problema.

—¿Y qué te parece ella?

Lo miro.

—Sabías que terminarías preguntándolo.

—Por supuesto.

—Es testaruda.

—Eso no parecía molestarte cuando hablabais.

—Me molesta ahora.

—Claro.

—Y tiene la costumbre de responder a todo.

—Como tú.

—No me parezco en nada a ella.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que se parece mucho.

Antes de que pueda responder, un grito rompe la tranquilidad del patio.

Todos los presentes se giran.

Un caballo atraviesa las puertas a toda velocidad y el jinete apenas consigue mantenerse en la silla. Reconozco el estandarte incluso antes de que se detenga.

MacLeod.

Mi clan.

Salgo inmediatamente a su encuentro.

—¿Qué ocurre?

El muchacho desmonta de un salto. Está cubierto de barro y sangre.

Mala combinación.

—Mi señor...

—Habla.

—Han atacado Dunarraidh.

El nombre provoca un silencio instantáneo.

Dunarraidh es una de nuestras aldeas más cercanas a la frontera.

—¿Cuándo?

—Esta mañana.

—¿Muertos?

El joven baja la mirada.

—Dos.

Aprieto la mandíbula.

Connor se acerca.

—¿Quiénes?

—Ian Murray y su hijo.

Maldita sea.

Conocía a ambos. Ian había luchado junto a mi padre.

—¿Qué más?

—Se llevaron ganado.

—¿Viste a los responsables?

—No.

—¿Nadie los vio?

—Llegaron antes del amanecer.

Varias personas comienzan a acercarse. Entre ellas aparecen Sinclair y Alasdair MacKenzie. No tardan en unirse otros jefes.

La noticia se extiende con rapidez.

—¿Qué ha ocurrido? —pregunta Alasdair.

El muchacho repite la historia.

Cuando termina, uno de los Ross escupe al suelo.

—Ya tenemos nuestra respuesta.

No me gusta el tono de su voz.

—¿Qué respuesta? —pregunta Connor.

—Los MacKenzie.

El ambiente cambia de inmediato. Los hombres comienzan a intercambiar miradas y las sospechas resurgen. Todo el trabajo de la tarde parece desmoronarse.

—No sabes eso —dice Alasdair.

—Vuestra frontera está a pocas millas.

—Eso no es una prueba.

—Siempre tenéis excusas.

Ewan aparece en ese momento. Su expresión se endurece al escuchar la acusación.

—Repite eso.

—Con mucho gusto.

—Ross...

—No.

El hombre señala al mensajero.

—Han muerto dos MacLeod. Todos sabemos quién se beneficia.

Ewan da un paso adelante.

Yo también.

La tensión crece tan rápido que casi puede tocarse.

Entonces una voz femenina atraviesa el grupo.

—¿Y exactamente cómo se beneficia mi clan?

Todos nos giramos.

Isla.

Por supuesto.

Avanza hasta situarse junto a su hermano. No parece intimidada por la cantidad de hombres presentes, probablemente porque tiene más sentido común que varios de ellos juntos.

—Explícamelo —continúa—. Porque me interesa mucho saberlo.

Ross resopla.

—No tengo que explicarte nada.

—Eso es conveniente.

—¿Conveniente?

—Sí. Cuando alguien no tiene argumentos suele recurrir a frases parecidas.

Algunos hombres intentan ocultar sonrisas.

Ross no.

—Tu clan está detrás de esto.

—Entonces deberías poder demostrarlo.

—No necesito hacerlo.

—Eso sí que es preocupante.

—¿Por qué?

—Porque si vas a acusar a alguien de asesinato sin pruebas, quizá mañana decidas acusar a cualquiera.

El hombre abre la boca, pero no encuentra respuesta inmediata.

Isla aprovecha el silencio.

—Hace unas horas todos hablábamos de una conspiración.

—Y ahora tenemos muertos.

—Precisamente.

La firmeza de su voz hace que varios presentes la escuchen con atención.

—Si alguien está intentando provocar una guerra, ¿qué mejor forma de hacerlo que matar a dos hombres y dejar que nosotros hagamos el resto?

La pregunta queda suspendida entre nosotros.

Porque tiene sentido.

Demasiado sentido.

Ross finalmente se aparta con gesto disgustado. No porque esté convencido, sino porque no puede responder.

Alasdair observa a su hija durante un momento. No dice nada, pero el orgullo resulta evidente.

Ewan tampoco habla, aunque parece debatirse entre felicitarla y recordarle que acaba de desafiar públicamente a media sala.

La conozco poco y, aun así, sospecho cuál será el resultado.

—Tu hermana es peligrosa —murmuro a Connor.

—¿Por inteligente?

—Por decir en voz alta lo que otros prefieren ignorar.

—Te recuerda a alguien.

—No.

—Sí.

Ignoro el comentario.

Porque algo más llama mi atención.

Mientras los demás continúan discutiendo, Isla se vuelve hacia el mensajero. Le pregunta por los heridos, por las familias y por los niños que han quedado sin padre.

Nadie más lo hace.

Todos estamos ocupados hablando de culpables.

Ella pregunta por las consecuencias.

Y eso dice bastante más sobre una persona que cualquier discurso.

Cuando nuestras miradas se cruzan, percibo que ella también me está observando.

No sonríe.

Yo tampoco.

No hace falta.

Porque ambos estamos pensando exactamente lo mismo.

Dos hombres han muerto y alguien acaba de dar un paso más para empujar a nuestros clanes hacia una guerra.

La cuestión ya no es si existe una conspiración.

La cuestión es quién será el siguiente en morir antes de que logremos detenerla.