Capítulo 5
Isla
Si alguien me hubiera preguntado aquella mañana qué esperaba de la reunión entre clanes, habría mencionado discursos largos, amenazas veladas y hombres convencidos de que golpear una mesa fortalece un argumento.
No habría mencionado a Lachlan MacLeod.
Y mucho menos que iba a resultarme tan irritante.
Una hora más tarde nos reunimos en la gran sala de Inverbrae.
Las mesas han sido retiradas para dejar espacio a una enorme mesa central donde se sientan los jefes de clan y sus representantes más cercanos.
Mi padre ocupa uno de los extremos, con Ewan a su derecha y yo a su izquierda.
Al otro lado están Lachlan y sus hombres.
Cometo el error de mirar en su dirección.
Él ya está observándome.
Aparto la vista primero.
Me molesta más de lo que debería.
—¿Nerviosa? —murmura Ewan.
—No.
—Mientes fatal.
—Y tú haces preguntas estúpidas.
—Ya estamos.
Mi padre carraspea.
Ese sonido suele ser una advertencia para que nos comportemos como adultos.
La ignoramos con la misma facilidad de siempre.
La reunión empieza con los Sinclair exponiendo los últimos ataques.
Connor Sinclair habla con calma, sin levantar la voz, lo que consigue que todos presten más atención.
—Tres granjas atacadas en menos de un mes. Ganado robado. Dos hombres heridos. Ningún testigo fiable.
—Porque todos saben quién ha sido —gruñe un jefe menor del clan Ross.
—¿Ah, sí? —pregunta Connor—. Entonces quizá puedas ahorrarnos horas de conversación.
Algunas sonrisas aparecen alrededor de la mesa.
El hombre no responde.
Connor continúa.
—Las pruebas encontradas señalan alternativamente a los MacKenzie y a los MacLeod. Curiosamente, cada ataque parece diseñado para culpar a uno de ellos.
—¿Y qué sugieres? —pregunta Lachlan.
Su voz grave atraviesa la sala con facilidad.
Connor se encoge de hombros.
—Sugiero que alguien está haciendo un esfuerzo considerable para que os matéis.
—Eso no sería precisamente una novedad —dice Ewan.
Varias personas asienten.
—Tal vez —responde Connor—. Pero sigue sin convertirlo en una buena idea.
La discusión se prolonga durante varios minutos.
Se habla de patrullas, fronteras, sospechosos y viejos agravios que algunos hombres parecen incapaces de dejar atrás.
A pesar de las palabras y las opiniones, nada parece avanzar.
Hasta que Lachlan interviene.
—Los rastros encontrados en nuestras tierras son demasiado evidentes.
Algunas cabezas se vuelven hacia él.
—¿Demasiado evidentes? —pregunta uno de los Ross.
—Sí.
—¿Y eso qué significa?
—Que quien los dejó quería que fueran encontrados.
El hombre frunce el ceño.
—O significa que eran torpes.
—Los ladrones torpes no sobreviven mucho tiempo.
Mi padre asiente lentamente.
—Coincido.
La sala queda en silencio unos segundos.
Entonces un anciano del clan Cameron golpea la mesa con los nudillos.
—¿Estáis diciendo que nadie cree las pruebas?
—Estoy diciendo que no confío en ellas —responde Lachlan.
—¿Y por qué deberíamos confiar en tu criterio?
La tensión se instala de inmediato.
Connor Sinclair se masajea la frente.
Probablemente ya se arrepiente de haber organizado la reunión.
Lachlan ni siquiera parpadea.
—No tenéis por qué hacerlo.
—Entonces...
—Pero tampoco deberíais confiar en algo que parece diseñado para manipularos.
La respuesta es razonable.
Demasiado razonable.
Y eso resulta irritante.
Porque contradice bastante la imagen del guerrero salvaje que me había formado.
—¿Tienes algo que añadir, muchacha?
Tardo un instante en darme cuenta de que el anciano Cameron me está hablando.
La mayoría de las miradas se dirigen hacia mí.
Ewan cierra los ojos.
Conoce esa expresión.
Sabe perfectamente lo que viene.
—¿Por qué me preguntáis?
—Porque llevas media hora poniendo cara de desacuerdo.
Algunas risas recorren la sala.
Fantástico.
—Mi hermana siempre pone esa cara —dice Ewan.
—No es cierto.
—Lo es.
—No lo es.
—Lo es.
—¿Vais a seguir así mucho tiempo? —pregunta Connor Sinclair.
—Probablemente —responde Ewan.
—Definitivamente —añado.
Las risas aumentan.
Incluso mi padre sonríe.
El anciano Cameron vuelve a la carga.
—¿Y bien?
Respiro despacio.
—Creo que todos estáis cometiendo el mismo error.
La sala se calma.
—¿Cuál? —pregunta mi padre.
—Seguís hablando de quién odia a quién.
—Porque importa.
—Importaba hace veinte años.
Algunos hombres fruncen el ceño.
—Ahora alguien está aprovechándose de eso.
—¿Y qué propones? —pregunta Lachlan.
La pregunta me sorprende.
No porque la formule.
Porque parece realmente interesado en la respuesta.
—Patrullas conjuntas.
Media sala reacciona como si acabara de sugerir que compartamos camas.
—Imposible.
—Ridículo.
—Jamás.
—Eso nunca funcionará.
Las protestas llegan de todas partes.
Espero a que terminen.
—¿Habéis acabado?
—No.
—Pues intentad hacerlo.
Mi padre se lleva una mano al puente de la nariz.
Ewan parece debatirse entre reírse y esconderse debajo de la mesa.
—Patrullas conjuntas —repito—. Si los ataques continúan mientras hombres de varios clanes vigilan juntos, sabremos que ninguno de ellos es responsable.
—¿Y si terminan matándose entre ellos? —pregunta alguien.
—Entonces seguiremos exactamente igual que ahora.
La respuesta provoca varias carcajadas.
Incluso veo que Connor Sinclair intenta ocultar una sonrisa.
Entonces miro a Lachlan.
Error.
Porque él también está sonriendo.
Apenas un poco.
Pero lo suficiente para transformar por completo su expresión.
Durante un instante deja de parecer un jefe de guerra y se convierte simplemente en un hombre.
Uno peligrosamente atractivo.
Aparto la vista de inmediato.
—La propuesta tiene sentido —dice él.
La sala se queda callada.
—¿Estás de acuerdo con ella? —pregunta un jefe menor.
—No hagáis que repita algo tan desagradable.
Varias personas ríen.
Yo no.
Principalmente porque estoy ocupada intentando decidir si quiero lanzarle una copa o darle las gracias.
—Pero sí —continúa—. Tiene razón.
Lo observo otra vez.
Esta vez él ya me está mirando.
—Eso ha debido de dolerte —digo.
—Más de lo que imaginas.
—Qué tragedia.
—Sobreviviré.
La conversación parece insignificante.
Sin embargo, algo cambia alrededor de la mesa.
Los demás continúan discutiendo y negociando mientras las tensiones siguen presentes.
Aun así, por primera vez desde que hemos llegado, tengo la sensación de que estamos defendiendo la misma postura.
Y no me gusta lo mucho que eso me gusta.
Porque cuanto más habla Lachlan MacLeod, más difícil resulta encajarlo en el monstruo que me habían descrito.
Y sospecho que él está llegando exactamente a la misma conclusión sobre mí.
Si eso era cierto, las cosas estaban a punto de complicarse bastante.