Capítulo 4
Lachlan
Odio las reuniones entre clanes.
Suelen empezar con discursos innecesarios, seguir con amenazas disfrazadas de cortesía y terminar con hombres convencidos de haber demostrado su inteligencia cuando, en realidad, solo han hablado más alto que los demás.
Por eso, cuando el castillo de Inverbrae aparece al otro lado del valle, ya estoy de mal humor.
—Qué cara tan encantadora llevas esta mañana —comenta Connor desde su caballo.
—Si sigues observándome tanto, empezaré a preocuparme.
—Lo hago por amistad.
—Lo haces porque disfrutas molestándome.
—También.
El sendero desciende entre colinas cubiertas de brezo. Más adelante se alza la fortaleza donde se celebrará la reunión. No pertenece a ninguno de los grandes clanes de la región; desde hace décadas sirve como territorio neutral para negociaciones, acuerdos y, con demasiada frecuencia, discusiones.
—¿Cuántos clanes asistirán? —pregunta Connor.
—Los Sinclair.
—Era evidente.
—Los MacKenzie.
—Eso también.
—Y algunos jefes menores.
Connor asiente y seguimos avanzando en silencio. No necesito preguntarle qué está pensando; llevamos demasiados años cabalgando juntos para eso.
—¿Crees que vendrá Alasdair MacKenzie? —pregunta al fin.
—Sí.
—¿Y su hijo?
—Probablemente.
—Dicen que Ewan tiene el carácter de un oso herido.
—Dicen muchas cosas.
—Eso no ha sido una negación.
No respondo. Connor sonríe para sí mismo. A veces sospecho que su principal objetivo en la vida consiste en irritarme, y lo consigue con una frecuencia preocupante.
Cuando alcanzamos las puertas de Inverbrae, varios grupos ya han llegado. Los estandartes ondean sobre el patio: Sinclair, Grant, Ross, Cameron. Reconozco emblemas y rostros mientras desmontamos.
La actividad es constante. Escuderos transportan equipajes, guerreros vigilan cada movimiento y criados cruzan el patio con barriles y cestas. Todo parece una reunión pacífica, aunque la realidad rara vez coincide con las apariencias.
—Lachlan.
Me giro.
Connor Sinclair se acerca desde el otro extremo del patio. Es alto, rubio y lleva esa expresión tranquila que despierta desconfianza en quienes no lo conocen. Yo sí lo conozco, y por eso sé que suele pensar mucho más de lo que aparenta.
Nos estrechamos los antebrazos.
—Connor.
—Empiezas a parecer viejo.
—Y tú sigues pareciendo sospechoso.
—Magnífico. Todo sigue igual.
Connor, el otro Connor, suelta una carcajada.
—Esto será confuso.
—Lo ha sido desde que cumplimos quince años —dice Sinclair.
—Tu madre debería haber elegido otro nombre.
—Díselo tú.
—Prefiero enfrentarme a un ejército inglés.
Los tres reímos y, durante unos segundos, el ambiente resulta ligero. Sin embargo, la expresión de Sinclair cambia cuando observa el patio.
—Han venido todos.
—Eso parece.
—Nunca es buena señal.
—Coincido.
Su mirada se dirige hacia la entrada principal y la sigo por instinto.
En ese momento llegan los MacKenzie.
El sonido de los cascos sobre la piedra atrae la atención de medio patio. No porque hagan más ruido que los demás, sino porque son ellos: viejos rivales, enemigos de generaciones y protagonistas de incontables historias.
Al frente cabalga Alasdair MacKenzie. Lo reconozco de inmediato. Han pasado años desde la última vez que lo vi. Las canas han aparecido en su cabello, pero su autoridad permanece intacta. Los hombres se apartan a su paso, no por miedo, sino por respeto, algo mucho más difícil de conseguir.
—Ahí tienes tu reunión tranquila —murmura Connor.
—Nunca he usado esa palabra.
—Lo sé.
Mi atención se desplaza hacia el jinete que cabalga a la derecha de Alasdair.
Ewan MacKenzie.
Más ancho de hombros de lo que recordaba, más serio y más parecido a una amenaza.
Hasta ahí nada sorprendente.
Lo inesperado aparece unos segundos después.
Una mujer emerge detrás de ellos montando un caballo gris. No parece impresionada por el viaje, el castillo ni la cantidad de hombres observándola. Mantiene la espalda recta y el mentón elevado, como si las miradas ajenas carecieran de importancia.
—¿Quién es? —pregunta Connor.
No respondo enseguida porque ya conozco la respuesta. La he deducido antes incluso de verla de cerca.
Tiene los mismos ojos claros que Alasdair, la misma mandíbula obstinada que Ewan y esa expresión desafiante capaz de provocar discusiones en cualquier lugar.
—Isla MacKenzie —dice Sinclair a mi lado.
Así que esa es Isla.
Durante años he oído hablar de ella: la hija difícil, la inteligente, la que siempre tiene una opinión y hace preguntas cuando todos prefieren respuestas sencillas.
No esperaba aquello.
Ni esos ojos.
Ni esa seguridad.
Ni la forma en que examina el entorno, como si estuviera evaluando a cada persona presente.
Entonces sucede algo absurdo.
Ella mira directamente hacia donde estoy.
Nuestros ojos se encuentran durante un instante, quizá dos, pero es suficiente.
La sensación resulta extraña, como si alguien hubiera tensado una cuerda invisible entre ambos extremos del patio.
No sonríe ni aparta la vista de inmediato.
Y eso me resulta inesperadamente interesante.
—Te has quedado mirando —dice Connor.
—No.
—Lachlan.
—No.
—Llevo veinte años conociéndote.
—Mis condolencias.
—Te has quedado mirando.
—Estoy observando.
—Claro.
Sinclair parece divertido.
—¿La hija MacKenzie?
—No empieces tú también.
—Solo pregunto.
—Pues deja de hacerlo.
Ambos intercambian una mirada, y eso nunca es buena señal.
—Definitivamente es la hija MacKenzie —dictamina Connor.
—¿Por qué?
—Porque ya te está irritando.
—Ni siquiera ha hablado.
—Exactamente. Tiene talento.
Antes de que pueda responder, Alasdair desmonta y varias personas se acercan a saludarlo. Las formalidades comienzan y yo hago lo mismo.
Finalmente quedamos frente a frente.
—Alasdair.
—Lachlan.
Nos estrechamos los antebrazos con la cordialidad justa.
—Ha pasado tiempo.
—No suficiente para volvernos amables.
Una sonrisa fugaz cruza su rostro.
—Eso sería preocupante.
—Coincido.
Hablamos unos momentos sobre el viaje, el tiempo y cualquier asunto irrelevante que permita retrasar los importantes.
Entonces aparece Ewan.
Su expresión indica que preferiría estar en cualquier otro lugar.
El sentimiento es mutuo.
—MacLeod.
—MacKenzie.
—Sigues siendo feo.
—Y tú sigues teniendo mal gusto.
Alasdair se lleva una mano a la frente.
—Ni cinco minutos.
—He mejorado mucho —dice Ewan.
—Eso es lo preocupante.
Por primera vez detecto una sonrisa en la comisura de su boca. Desaparece enseguida, pero la veo.
Entonces una nueva voz interviene.
—¿Así es como saludáis a los invitados?
Todos giramos la cabeza.
Isla acaba de acercarse.
De cerca resulta todavía más llamativa. No solo por su belleza, sino por la inteligencia que reflejan sus ojos y la sensación de que observa más de lo que dice, quizá más de lo que conviene.
—Depende del invitado —respondo.
Ella arquea una ceja.
—Veo que las historias eran ciertas.
—¿Qué historias?
—Las que dicen que eres encantador.
Connor emite un sonido sospechosamente parecido a una carcajada.
Lo ignoro.
—Y yo veo que las tuyas también.
—¿Cuáles?
—Las que dicen que siempre tienes algo que responder.
—Solo cuando la ocasión lo merece.
—Entonces tendrás mucho trabajo hoy.
Durante una fracción de segundo parece que va a sonreír.
No lo hace.
Yo tampoco.
Pero algo cambia.
Lo noto.
Y ella también, porque sus ojos permanecen en los míos apenas un instante más de lo necesario.
Por primera vez desde que comenzaron los ataques, los robos y las sospechas, hay algo ocupando espacio en mi cabeza que no tiene nada que ver con guerras ni conspiraciones.
Y eso, probablemente, sea un problema bastante serio.