Capítulo 3
Isla
Mi padre lleva toda la cena ignorándome.
No es una tarea sencilla.
Según Ewan, nací con el extraordinario talento de opinar sobre cualquier asunto que se presente delante de mí. También, según él, con la capacidad de convertir conversaciones tranquilas en discusiones.
Según mi hermano, prácticamente todo lo que hago es irritante.
Por desgracia, algunas veces tiene razón.
—Si sigues observándolo así, terminará atragantándose —murmura Mairi desde el otro lado de la mesa.
Se inclina hacia delante para que solo yo pueda oírla y oculta una sonrisa detrás de su jarra.
—Lo está haciendo a propósito.
—¿Ignorarte?
—Sí.
Mairi toma un sorbo de cerveza y arquea una ceja.
—Quizá disfruta de la paz.
—Qué amable eres.
—Intento ser objetiva.
—No lo eres.
—Lo soy. Tu padre lleva diez minutos cenando sin que nadie cuestione sus decisiones, corrija sus opiniones o le recuerde algo que ocurrió hace cinco años.
—Eso fue una sola vez.
—Fueron siete.
—Las contaste.
—Porque fueron siete.
Le dedico una mirada poco amistosa.
Mairi responde con una sonrisa inocente que no engaña absolutamente a nadie.
La cena continúa entre conversaciones dispersas y el sonido de las jarras chocando contra la madera.
El gran salón del castillo está lleno. Los hombres que han regresado de las patrullas ocupan varios bancos cerca del fuego. Algunos ancianos discuten sobre cosechas. Un grupo de muchachos escucha historias exageradas de guerreros que aseguran haber derrotado a media Escocia ellos solos.
Lo habitual.
O al menos tan habitual como puede ser cuando varios clanes parecen empeñados en culparse mutuamente de cualquier desgracia.
Finalmente mi padre deja la copa sobre la mesa.
El golpe seco de la madera contra el metal basta para llamar la atención de quienes están cerca.
—Mañana partimos al amanecer.
Varias conversaciones se apagan. Algunos hombres intercambian miradas.
Yo dejo el cuchillo sobre el plato y me vuelvo hacia él.
—¿Partimos adónde?
—A Inverbrae.
—¿La reunión?
—Sí.
Intercambio una mirada con Mairi.
Ya sospechaba la respuesta.
No significa que me guste.
—Pensaba que enviarías representantes.
—Pensabas mal.
—Eso ocurre muy pocas veces.
—Con demasiada frecuencia para mi gusto.
—Qué exagerado.
Mi padre ni siquiera se molesta en responder.
—Voy a ir personalmente.
—Eso tampoco me sorprende.
—Y tú vendrás conmigo.
Parpadeo.
—¿Perdón?
—Has oído bien.
—No.
—Sí.
—No me refiero a eso.
Mi padre se reclina ligeramente en el banco y me observa con una paciencia que suele anunciar problemas.
—¿Qué parte te resulta confusa?
—La parte en la que yo participo.
—Precisamente esa parte.
—No veo por qué.
—Porque escucharás.
—Puedo escuchar desde aquí.
—No de la misma manera.
—¿Y qué diferencia hay?
—Que allí escucharás a personas que no están de acuerdo contigo.
—Aquí también ocurre.
—No.
Hace una pausa y señala con un gesto vago a los presentes.
—Aquí discuten contigo. Es distinto.
Ewan deja escapar una carcajada y apoya un codo sobre la mesa.
—Tiene razón.
—Nadie te ha pedido opinión.
—Tampoco suele ser necesario.
—Qué conveniente.
—Lo sé.
Mi padre levanta una mano antes de que la discusión pueda crecer.
—La decisión está tomada.
—Eso no significa que sea una buena decisión.
—Isla.
—Padre.
—Vas a venir.
—¿Porque lo dices tú?
—Porque lo digo yo.
—Ese argumento pierde fuerza con los años.
—A mí me sigue funcionando bastante bien.
—Solo porque nadie se atreve a discutir contigo.
—Tú lo haces constantemente.
—Y mira qué bien me va.
—Eso está por verse.
Mairi empieza a toser para ocultar la risa.
Traidora.
La observo con una expresión que promete venganza futura. Ella desvía la mirada hacia su plato con sospechosa rapidez.
Mi padre aprovecha el momento.
—La reunión es importante.
—Ya lo sé.
—Entonces compórtate como si lo supieras.
—Siempre me comporto como si supiera cosas.
—Ese es exactamente uno de los problemas.
—¿Porque las sé?
—Porque estás convencida de que las sabes.
—No es lo mismo.
—Lo es cuando te niegas a escuchar.
—Escucho.
—Esperas tu turno para hablar.
Varias personas alrededor de la mesa empiezan a sonreír.
Ewan ya no intenta ocultar que se está divirtiendo.
—¿Podemos expulsarla del clan?
Me giro hacia él.
—Pruébalo.
—¿Es una amenaza?
—Es una promesa.
—Niños —dice mi padre.
—Ha empezado él.
—Ha respirado.
—De una forma provocadora.
Ewan abre mucho los ojos.
—No sabía que eso era posible.
—Con Ewan lo es.
Mi hermano se lleva una mano al pecho.
—Me duele que pienses eso de mí.
—Sobrevivirás.
—Qué crueldad.
—Tiene treinta años —dice mi padre.
—Entonces debería comportarse mejor.
—Tú tienes veinticuatro.
—Precisamente. Todavía tengo margen para mejorar.
La carcajada de varios hombres cercanos recorre la mesa.
Incluso mi padre termina sonriendo.
Solo un poco.
Pero lo suficiente.
Cuando la cena concluye y la mayoría de los presentes comienzan a retirarse, él me hace una seña.
Lo sigo hasta una galería que da al patio interior.
La lluvia ha cesado.
Por primera vez en días.
El aire huele a tierra mojada y humo de leña.
Durante unos segundos ninguno habla.
Con mi padre ocurre a menudo. No necesita llenar cada silencio.
Y, aunque jamás lo admitiré delante de Ewan, yo tampoco.
Observamos el patio mientras varios guardias cruzan entre las sombras. Las antorchas proyectan reflejos dorados sobre la piedra húmeda.
—¿Qué te preocupa? —pregunta finalmente.
Me apoyo en la barandilla y miro hacia el patio.
—¿A mí?
—No te hagas la inocente.
—Nunca lo hago.
—Por eso te pregunto.
Apoyo los brazos sobre la piedra.
—¿Tan evidente es?
—Para cualquiera que no te conozca, no.
—¿Y para ti?
—Llevas toda la noche discutiendo más de lo habitual.
—Eso no parece una medida fiable.
—Lo es cuando eres mi hija.
No puedo evitar sonreír.
—No me gusta esta situación.
—A mí tampoco.
—Los ataques son demasiado convenientes.
—Estoy de acuerdo.
—Y todo el mundo parece decidido a culpar a los MacLeod.
Mi padre asiente despacio.
—Lo he notado.
—¿Tú qué piensas realmente?
Permanece unos instantes observando la oscuridad.
Cuando responde, lo hace con calma.
—Creo que alguien quiere empujarnos hacia una guerra.
—¿Los MacLeod?
—No lo sé.
—Eso no ha sonado muy convencido.
—Porque no lo estoy.
Me vuelvo hacia él.
—Entonces ¿por qué seguimos actuando como si fueran culpables?
Mi padre apoya ambas manos sobre la piedra.
—Porque los hombres rara vez buscan la verdad cuando ya tienen una explicación que les resulta cómoda.
—Eso es una forma elegante de llamarles testarudos.
—Lo son.
—Incluyéndote.
—Por supuesto.
—Me alegra que lo reconozcas.
—Ser testarudo no siempre es un defecto.
—Eso depende de quién lo sea.
—Exactamente.
Sonrío.
Mi padre también.
Durante un momento vuelve a parecer el hombre que me enseñó a montar a caballo, a negociar y a escuchar antes de hablar.
Un talento que, según él, todavía no domino del todo.
—Hay algo más —dice al cabo de un momento, incorporándose un poco y cruzando los brazos.
—¿Qué?
—Escucharás historias sobre Lachlan MacLeod.
Ahí está.
El nombre.
Otra vez.
Parece imposible pasar una semana sin oírlo.
—¿Historias buenas o malas?
—Ambas.
—Las malas ya las conozco.
—Entonces ignóralas.
—Eso es difícil cuando medio clan parece convencido de que come niños para desayunar.
Mi padre resopla y niega con la cabeza.
—Lachlan tiene mala reputación.
—¿La merece?
—En parte.
—Eso no aclara demasiado.
—Porque no es una respuesta sencilla.
Lo observo en silencio.
Él parece elegir cuidadosamente las palabras.
—Es un hombre peligroso.
—Tampoco es una sorpresa.
—No por las razones que imaginas.
—¿Y cuáles imagino?
—Las mismas que imagina todo el mundo.
—Eso tampoco aclara nada.
Mi padre deja escapar una breve risa.
—Lachlan sabe cuándo usar la fuerza.
—Eso suena bastante normal para un jefe de clan.
—La diferencia es que también sabe cuándo no usarla.
La respuesta me hace levantar una ceja.
—Vaya.
—¿Qué?
—Ha sonado casi como un elogio.
—No exageres.
—Demasiado tarde.
—Solo digo que no es un necio.
—Qué generoso.
—Escúchame, Isla.
Su tono cambia apenas un poco.
Lo suficiente para que preste atención.
—Muchos hombres lo odian.
—Ya me he dado cuenta.
—Otros lo respetan.
—Tú pareces estar entre esos.
Mi padre guarda silencio un instante.
—Respeto a cualquiera capaz de mantener unido un clan cuando medio mundo espera verlo fracasar.
Eso me sorprende más de lo que debería.
Porque mi padre no regala elogios.
Mucho menos a otro jefe de clan.
—¿Lo conoces bien?
—Lo suficiente.
—¿Y?
Mi padre mira hacia el patio antes de responder.
—Es el tipo de hombre que entra en una habitación y hace que todos los demás se fijen en él.
—Eso suena desagradable.
—A veces lo es.
—¿Y las otras veces?
—Las otras veces resulta útil.
—Porque dirige un clan.
—Porque los hombres siguen a quienes parecen seguros de sí mismos.
—Aunque estén equivocados.
—Especialmente cuando están equivocados.
No puedo discutir esa lógica.
Aunque tampoco me gusta.
—Espero no tener que hablar con él.
—Probablemente tendrás que hacerlo.
—Qué noticia tan maravillosa.
—Intenta no empezar una discusión durante los primeros cinco minutos.
—¿Y si él empieza?
—Entonces espera diez.
—Padre...
—Estoy siendo razonable.
—Estás pidiendo un milagro.
Una sombra de diversión aparece en sus ojos.
—Haz el esfuerzo.
—Veré qué puedo hacer.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Regreso a mis aposentos más tarde de lo habitual.
La luna asoma entre las nubes.
Por primera vez en varios días el cielo parece recordar que existe.
Mairi ya está dentro cuando entro.
Se encuentra sentada sobre la cama con la expresión de alguien que lleva demasiado tiempo esperando para hacer preguntas.
En cuanto me ve cruzar la puerta, se incorpora.
—No.
—Ni siquiera he hablado.
—Te conozco.
—Eso es injusto.
—¿Qué quieres saber?
Su sonrisa se amplía.
—Todo.
—Qué específico.
—He pasado media hora imaginando conversaciones.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Qué ha dicho tu padre?
Me siento frente al hogar.
Las brasas todavía conservan calor.
—Que iremos a la reunión.
—Ya lo sabía.
—Que cree que alguien intenta provocar una guerra.
La sonrisa desaparece un poco.
—Yo también lo creo.
—Y que probablemente conoceré a Lachlan MacLeod.
Mairi guarda silencio unos segundos.
Luego sonríe.
Eso nunca es buena señal.
—Ah.
—¿Qué significa ese "ah"?
—Nada.
—Mairi.
—Solo digo que tengo curiosidad.
—¿Sobre qué?
—Sobre si es tan aterrador como cuentan.
—Probablemente sí.
—O quizá sea atractivo.
La miro.
Ella se encoge de hombros y acomoda una almohada sobre su regazo.
—Los hombres pueden ser ambas cosas.
—Eso no mejora la situación.
—Depende de a quién preguntes.
—No pienso tener esta conversación.
—Ya la estamos teniendo.
—No.
—Sí.
—Definitivamente no.
Mairi se ríe.
—Vamos, admítelo. Tú también tienes curiosidad.
—Tengo curiosidad por saber si es responsable de los ataques.
—Eso no ha respondido a mi pregunta.
—Porque tu pregunta es absurda.
—Mi pregunta era perfectamente razonable.
—Tu pregunta era si tiene unos ojos interesantes.
—Los ojos dicen mucho sobre una persona.
—Eso te lo acabas de inventar.
—No es verdad.
—Es completamente verdad.
Le lanzo un cojín.
Lo atrapa sin dificultad y lo abraza como si hubiera ganado una batalla.
—Voy a dormir.
—Todavía no hemos hablado de sus ojos.
—No sabemos cómo son sus ojos.
—Precisamente por eso resulta interesante.
—Buenas noches, Mairi.
—Buenas noches, Isla.
Apago la vela principal y me meto bajo las mantas.
El castillo se va quedando en silencio.
Solo permanece el murmullo lejano del viento alrededor de las torres.
Cierro los ojos.
Intento pensar en la reunión.
En los ataques.
En las decisiones que deberá tomar mi padre.
Sin embargo, de forma bastante irritante, mi mente vuelve una y otra vez al mismo nombre.
Lachlan MacLeod.
Un hombre al que todavía no conozco.
Un hombre al que probablemente no voy a soportar.
Y un hombre que, sospecho, está a punto de complicarme la vida de maneras que aún no puedo imaginar.