EL SECRETO DE LOS CLANES Capítulo 2
6%

Capítulo 2

Lachlan

El hombre sangra sobre mis botas.

No es una observación especialmente agradable para comenzar la mañana, pero tampoco es la peor que he hecho esta semana.

—Si sigues apretando así, terminarás matándolo antes de que podamos interrogarlo —dice Connor.

Levanto la vista y arqueo una ceja.

—Si quisiera matarlo, Connor, no estaríamos teniendo esta conversación.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

El hombre sentado en el suelo deja escapar un gemido ahogado. Tiene la nariz rota, un ojo prácticamente cerrado y una expresión que sugiere que lamenta profundamente todas las decisiones que lo han conducido hasta aquí.

Personalmente, creo que debería haber empezado a lamentarlas hace varias horas.

Me agacho frente a él y apoyo los antebrazos sobre las rodillas.

—Voy a preguntártelo una última vez. ¿Quién te envió?

—Ya os lo he dicho.

—Entonces vuelve a hacerlo.

—Nadie.

Suelto el aire despacio.

A veces los hombres confunden la valentía con la estupidez. O quizá simplemente esperan que una mentira repetida suficientes veces termine pareciendo verdad.

Connor, apoyado contra una pared de piedra con los brazos cruzados, observa la escena con la tranquilidad de alguien que sabe perfectamente cómo va a terminar.

—Quizá deberías probar un enfoque más amable —sugiere.

—Quizá deberías dejar de divertirte.

—Eso nunca.

El prisionero nos mira alternativamente. Sus ojos van de Connor a mí y luego regresan a Connor, como si intentara decidir cuál de los dos representa una amenaza mayor.

No parece llegar a ninguna conclusión.

—Escucha —dice Connor mientras se aparta de la pared y se acerca—. Mi amigo parece enfadado.

—Estoy enfadado.

—Sí, pero tú siempre estás enfadado.

—Eso también es cierto.

Connor sonríe con satisfacción.

—¿Ves? Ya estamos encontrando puntos en común.

El hombre no comparte su entusiasmo.

—No sé nada.

—Eso es una pena.

—¿Por qué?

Connor se encoge de hombros.

—Porque si no sabes nada, significa que te han golpeado para nada.

El hombre traga saliva.

No responde.

Mal asunto.

Cuando un hombre prefiere enfrentarse a mí antes que hablar, normalmente significa que alguien más le da todavía más miedo.

Me pongo en pie.

—Llevadlo al establo.

—¿Ya está? —pregunta Connor.

—Ya está.

Dos guerreros lo sujetan por los brazos y lo levantan. El prisionero parece aliviado al alejarse de nosotros.

Eso me hace sospechar aún más.

Cuando desaparecen por la puerta, Connor se coloca a mi lado.

—No ha sido él.

—Lo sé.

—¿Alguna idea?

Empiezo a caminar hacia la salida de la torre.

—Demasiado entrenado.

Connor me sigue.

—¿Para un ladrón?

—Exactamente.

Abandonamos la estancia y descendemos por la escalera de piedra. El castillo MacLeod despierta a nuestro alrededor con el ritmo habitual de la mañana.

Sirvientes cruzan el patio cargando cestas y barriles. Junto a la fragua, los herreros ya trabajan entre chispas y golpes de martillo. Más allá, varios guerreros entrenan cerca de la empalizada mientras el sonido del acero golpeando acero resuena bajo el cielo gris.

He escuchado ese ruido toda mi vida.

Para mí resulta tan familiar como la lluvia.

—¿Cuántos años llevamos escuchando que los MacKenzie quieren destruirnos? —pregunta Connor.

—Demasiados.

—Y aun así siguen sin hacerlo.

—Porque son más inteligentes de lo que parecen.

Connor gira la cabeza hacia mí.

—Eso ha sonado casi como un cumplido.

—No exageres.

Llegamos al patio principal. Mi caballo espera junto a los establos, una enorme bestia negra que tiene peor carácter que la mayoría de los hombres que conozco.

Por eso nos llevamos tan bien.

—¿Vamos a salir? —pregunta Connor.

—Quiero ver la aldea.

—¿La nuestra?

Lo miro.

—No, Connor. La de los ingleses.

—Era una pregunta razonable.

—No lo era.

—Discrepo.

—Nadie te lo ha pedido.

Connor sonríe mientras monta.

—Y, sin embargo, aquí estoy.

Poco después abandonamos el castillo.

La fortaleza se alza sobre un promontorio rocoso que domina el lago. Desde la distancia parece invencible.

No lo es.

Ningún castillo lo es.

Mi padre me enseñó eso cuando era niño. Las fortalezas no se defienden con piedra. Se defienden con hombres.

Y los hombres pueden fallar.

El recuerdo aparece tan rápido como siempre.

Mi padre cayendo durante una emboscada.

El estruendo de los caballos.

La sangre sobre la hierba.

Aprieto la mandíbula y obligo a mi mente a regresar al presente.

No sirve de nada pensar en ello.

Nunca sirve.

—Ahí está otra vez —dice Connor.

—¿Qué?

—Esa cara.

—¿Qué tiene mi cara?

—La misma expresión que pones cuando recuerdas cosas que no quieres recordar.

—Tienes demasiado tiempo libre.

—Y tú demasiado orgullo.

Lo miro de reojo.

—¿Has terminado?

—Probablemente no.

—Qué sorpresa.

—Intento ayudarte.

—Lo haces fatal.

—Eso también me lo han dicho antes.

Seguimos avanzando por el sendero.

La aldea aparece poco después. Varias mujeres trabajan junto a las casas mientras los niños corren entre los corrales. Cerca de una carreta, un anciano intenta reparar una rueda rota mientras discute con un nieto que claramente no tiene intención de ayudar.

La normalidad.

Lo que todos intentamos proteger.

Un grupo de hombres nos ve llegar e inmediatamente se acerca. Uno de ellos es Duncan.

Veterano.

Sesenta años.

Mal genio.

Lengua afilada.

Si alguna vez llego a su edad, espero parecer menos enfadado.

—Jefe.

—Duncan.

—Habéis tardado.

—Buenos días para vos también.

—No lo son.

Eso sí suena más propio de él.

Connor carraspea.

—¿Qué ocurre?

—Los MacKenzie.

Por supuesto.

Siempre acabamos hablando de los MacKenzie.

—¿Qué han hecho ahora? —pregunto.

—Nada.

—Entonces explícate.

Duncan señala los corrales con un gesto brusco.

—Han desaparecido ocho cabezas.

Frunzo el ceño.

—¿Cuándo?

—Anoche.

Desmonto de inmediato.

Varias personas observan desde una distancia prudente. El miedo se nota en sus rostros y no me gusta lo que veo.

La incertidumbre es peor que muchas amenazas reales.

Porque permite que la imaginación haga el resto.

—Enséñame.

Duncan nos conduce hacia los límites de la aldea. Las huellas todavía son visibles sobre el terreno húmedo.

Me agacho.

Las examino una vez.

Luego otra.

Algo no encaja.

Connor también se inclina para observarlas.

—Demasiado evidentes.

Levanto la vista.

—Exacto.

Duncan nos mira con impaciencia.

—¿Qué significa eso?

—Significa que alguien quiere que las encontremos.

—¿Y?

—Que probablemente sea una trampa.

El anciano resopla.

—Siempre buscáis complicaciones.

—Porque suelen existir.

—Los MacKenzie nos odian.

—Nosotros también los odiamos.

—Exactamente.

—Eso no es una prueba.

Duncan parece ofendido por la mera idea.

—Antes no necesitábamos pruebas.

—Y por eso medio país lleva generaciones matándose.

Connor intenta ocultar una sonrisa.

No lo consigue.

—¿Te resulta divertido? —pregunto.

—Muchísimo.

—Debería haberte dejado en el castillo.

—Lo dices cada semana.

—Porque cada semana me das motivos.

—Y aun así sigues trayéndome contigo.

—Todavía no entiendo por qué.

—Porque tu vida sería insoportablemente aburrida sin mí.

—Mi vida sería mucho más tranquila.

—Aburrida y tranquila. Lo mismo, en realidad.

Ignoro su comentario y vuelvo a concentrarme en el terreno.

Cuanto más miro las huellas, menos me convencen.

Hay demasiadas.

Demasiado limpias.

Demasiado perfectas.

Como si alguien hubiera querido construir una historia.

Y las historias suelen esconder algo.

—¿Qué estás pensando? —pregunta Connor.

Miro hacia el horizonte.

Más allá de aquellas montañas comienzan los territorios MacKenzie.

—Que esto no ha terminado.

—Eso tampoco parece una sorpresa.

—No lo es.

—Entonces dime algo que no sepa.

Permanezco unos segundos en silencio.

Hay una sensación incómoda instalándose poco a poco en mi cabeza.

Una intuición.

La misma que me ha mantenido vivo más veces de las que puedo contar.

—Creo que alguien está intentando que los clanes se maten entre sí.

Connor deja de sonreír.

Eso ya es significativo.

—¿Y si tienes razón?

—Entonces los robos son solo el principio.

—¿Y el final?

Vuelvo a mirar las montañas.

La niebla cubre las cumbres.

El viento arrastra olor a lluvia.

Y por primera vez en semanas tengo la certeza de que algo se está moviendo en las Highlands.

Algo mucho más peligroso que un simple robo de ganado.

—El final dependerá de quién esté moviendo las piezas.

Connor guarda silencio.

—¿Y si no lo descubrimos a tiempo?

Lo miro.

—Entonces empezarán a correr ríos de sangre.

La sonrisa desaparece por completo de su rostro.

Y eso me confirma que ambos estamos pensando exactamente lo mismo.