EL SECRETO DE LOS CLANES
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Capítulo 1
Isla
La lluvia lleva tres días cayendo sobre Glen Torridon sin concedernos ni una hora de tregua.
No es una tormenta violenta, de esas que hacen temblar las ventanas y obligan a refugiarse junto al fuego. Es peor. Es una lluvia constante, paciente, que parece decidida a empapar cada piedra de las Highlands antes de desaparecer.
El sendero que atraviesa la aldea se ha convertido en un barrizal. Mi caballo resopla mientras avanzamos entre charcos y surcos abiertos por las ruedas de los carros. El agua golpea mi capa con una insistencia casi ofensiva y el viento húmedo se cuela por cualquier rendija que encuentra.
—Si sigues frunciendo el ceño de esa manera, acabarás asustando a las nubes —dice Mairi desde su montura.
Le lanzo una mirada de reojo.
—Las nubes llevan toda la mañana intentando ahogarnos. Creo que son ellas las que deberían preocuparse por mí.
Mairi suelta una carcajada y se aparta un mechón mojado de la cara.
—Quizá estén llorando porque saben que tendrás que casarte algún día.
—Y ahí está la prueba de que el exceso de humedad afecta al cerebro.
—No lo niego.
Sacude las riendas y adelanta ligeramente su caballo.
La sigo colina abajo mientras la aldea aparece ante nosotras entre la niebla.
Las chimeneas expulsan columnas de humo gris que se mezclan con las nubes bajas, y más allá las montañas se elevan oscuras e inmóviles, como gigantes vigilando el valle.
He contemplado ese paisaje toda mi vida y, aun así, sigue dejándome sin palabras. Las Highlands tienen una forma peculiar de recordarle a cualquiera lo pequeño que es.
Incluso a los hombres que creen gobernarlas.
—¿Crees que ha sido un lobo? —pregunta Mairi después de unos momentos.
—No.
—Has respondido muy rápido.
—Porque no lo creo.
—Podría ser.
—También podría ser una vaca con alas.
—Eso no existe.
—Exactamente.
Ella pone los ojos en blanco.
—A veces eres agotadora.
—Y tú demasiado optimista.
La granja de los MacLaren aparece poco después. En cuanto cruzamos la entrada comprendo que la situación es peor de lo que imaginaba. Varias mujeres observan los corrales vacíos con preocupación mientras un grupo de hombres discute junto a una valla rota.
El anciano Fergus MacLaren se acerca en cuanto me ve desmontar.
—Milady.
—Fergus.
Le tomo las manos y noto la tensión en sus dedos. Su rostro parece más envejecido que la última vez que lo vi.
—Mi padre me ha dicho que habéis tenido problemas.
—Problemas es una forma amable de describirlo.
—¿Cuántas cabezas?
—Doce.
Silbo por lo bajo.
Doce vacas.
No es una pérdida menor. Para algunas familias puede significar un invierno entero de dificultades.
—¿Habéis encontrado rastros?
—Sí.
—¿Y?
—Venid.
Nos guía hasta el extremo del prado. El barro conserva todavía las marcas pese a la lluvia. Me agacho para examinarlas mientras el agua resbala por el borde de mi capucha.
Las huellas están deformadas, pero siguen siendo visibles.
Demasiado visibles.
—Caballos —murmuro.
—Eso pensamos.
—¿Cuántos hombres?
—Al menos seis.
—¿Visteis colores? ¿Escudos?
Fergus niega con la cabeza.
—Llegaron de noche.
—¿Hablaron?
—Apenas.
Me incorporo lentamente.
Algo no encaja.
Los ladrones de ganado suelen ser muchas cosas, pero discretos rara vez figura entre ellas.
—¿Qué opinas? —pregunta Mairi acercándose.
Vuelvo a mirar el terreno.
Hay demasiadas huellas.
Demasiadas marcas evidentes.
Demasiadas pistas colocadas justo donde cualquiera podría encontrarlas.
—Que alguien quiere que pensemos una cosa concreta.
—¿Cuál?
—Que fueron los MacLeod.
El silencio cae sobre el grupo.
Fergus escupe al suelo.
—Malditos sean.
—No lo sabemos.
—¿Quién más podría ser?
—Cualquiera.
—Los MacLeod llevan años buscando excusas para provocar problemas.
—Eso no significa que hayan sido ellos.
El anciano me observa con gesto obstinado.
—Siempre los defiendes.
—¿Perdón?
—No a ellos exactamente. Pero siempre eres la única que pide pruebas.
—Porque las pruebas suelen ser útiles.
—La venganza también.
—La venganza es útil cuando sabes contra quién dirigirla.
Mairi intenta ocultar una sonrisa. Fergus ni siquiera lo intenta.
—Hablas igual que tu padre.
—Entonces espero haber heredado también su inteligencia.
—Y su terquedad.
—Eso seguro.
La risa del anciano rompe por fin la tensión. No dura mucho, pero basta para aliviar el ambiente durante unos instantes.
Mientras los demás continúan examinando el terreno, me aparto unos pasos. Más allá de las montañas comienzan los territorios MacLeod. Desde niña he escuchado historias sobre ellos: guerras, incursiones, venganzas y guerreros capaces de partir troncos con un solo golpe.
La mayoría son exageraciones.
Eso espero.
—Estás pensando demasiado.
La voz de Mairi me devuelve al presente.
—Estoy observando.
—No.
Se coloca a mi lado y me estudia con descaro.
—Cuando observas arrugas un poco la nariz. Cuando piensas demasiado haces esto.
Imita mi expresión con una precisión irritante.
—Eres una amiga horrible.
—Lo sé.
—¿Y qué conclusión has sacado?
—Que alguien ha robado vacas.
—Impresionante.
—Gracias. Ha requerido años de entrenamiento.
No puedo evitar sonreír.
—¿Algo más?
—Sí. Que sigues sin confiar en que hayan sido los MacLeod.
Suspiré.
—No tiene sentido.
—¿Por qué?
—Porque si hubieran querido robarnos, habrían tomado más.
—Eso no lo sabes.
—Sí lo sé.
—¿Desde cuándo eres experta en robos de ganado?
—Desde que llevo años escuchando a mi padre resolver problemas que los hombres se empeñan en empeorar.
Mairi se ríe.
—Eso ha sonado peligrosamente cierto.
—Porque lo es.
Regresamos hacia la casa principal. Varias mujeres reparten pan y caldo caliente a quienes han pasado la mañana bajo la lluvia. El olor resulta reconfortante después de tantas horas de humedad.
Una niña pequeña cruza el patio corriendo mientras dos perros la persiguen. Tropieza con una piedra y se tambalea.
La atrapo antes de que caiga.
—Te tengo.
La pequeña levanta la cabeza y me dedica una sonrisa enorme.
—Gracias, milady.
—Si vuelves a correr así terminarás rodando colina abajo.
—¿Y si quiero hacerlo?
—Entonces procura elegir una colina corta.
La niña se echa a reír y sale disparada otra vez.
Mairi observa la escena.
—Algún día serás una madre terrible.
—¿Porque no impido que los niños se diviertan?
—Porque les das ideas.
—Eso también es importante.
Pasamos gran parte de la mañana ayudando a organizar provisiones y tranquilizando a las familias más afectadas. Cuando finalmente emprendemos el regreso, el cielo comienza a oscurecer.
La fortaleza MacKenzie aparece sobre una elevación rocosa que domina el valle. Las torres de piedra parecen surgir directamente de la montaña y, aunque he vivido allí toda mi vida, siguen imponiéndome respeto.
Sin embargo, en cuanto cruzamos las puertas noto algo distinto.
Los guardias están tensos.
Hay más movimiento del habitual.
Y varios caballos desconocidos ocupan los establos.
—¿Qué ocurre? —pregunto a uno de los hombres.
El guardia se incorpora al reconocerme.
—Ha llegado un mensajero.
—¿De quién?
—Del Clan Sinclair.
Intercambio una mirada con Mairi.
Eso sí resulta interesante.
Los Sinclair rara vez envían mensajes urgentes.
Entro en el gran salón mientras me quito los guantes empapados. El calor del fuego me envuelve de inmediato. Mi padre está junto a la mesa principal y, a su lado, se encuentra mi hermano Ewan.
Y aunque llevo toda la vida viéndolo, sigue teniendo el aspecto de alguien capaz de iniciar una guerra simplemente entrando en una habitación.
—Ahí está —dice en cuanto me ve.
—Qué recibimiento tan emocionante.
—Has tardado.
—He estado trabajando.
—Inspeccionar vacas no cuenta como trabajo.
—Díselo a las vacas.
Mi padre se lleva una mano a la frente.
—Algún día aprenderéis a mantener una conversación normal.
—No hoy —responde Ewan.
—Definitivamente no hoy.
Una sonrisa cansada aparece en los labios de mi padre antes de señalar la mesa.
—Ven. Tenemos noticias.
La expresión de ambos hace desaparecer cualquier deseo de bromear. Me acerco de inmediato.
—¿Qué ha pasado?
—Ha habido más ataques.
—¿Dónde?
—En territorio Sinclair.
Frunzo el ceño.
—¿También ganado?
—Sí.
—¿Y?
Mi padre intercambia una mirada con Ewan.
No me gusta nada.
—Los Sinclair creen que los responsables son los MacLeod.
El nombre provoca murmullos entre varios hombres cercanos.
MacLeod.
Otra vez.
Como una sombra que aparece detrás de cada problema.
—¿Y vosotros qué creéis? —pregunto.
Ewan se cruza de brazos.
—Creo que llevan demasiado tiempo buscando pelea.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Responde perfectamente.
—No para alguien que sabe escuchar.
Mi hermano me dedica una mirada que habría hecho retroceder a la mayoría de las personas.
Yo llevo veinticuatro años practicando.
No funciona.
Finalmente es mi padre quien interviene.
—Creo que alguien está moviendo piezas que todavía no entendemos.
Sus palabras quedan suspendidas en el aire. El salón parece más silencioso de repente.
Asiento lentamente.
Porque por primera vez en todo el día siento exactamente lo mismo.
Y tengo la desagradable sensación de que aquello no ha hecho más que empezar.