Capítulo 24 — El último viaje
La sentencia llegó en junio.
Catorce años por los dos homicidios dolosos de Mateo Arístegui y Txomin Aguirre.
Cuatro años por el homicidio imprudente de Daniel Arce Eguía, con la atenuante de que los hechos habían prescrito parcialmente, pero sin posibilidad de aplicar la prescripción completa dada la concurrencia con los delitos posteriores.
Dos años por el delito medioambiental vinculado al vertido de Armintz, en concurso con los cargos civiles presentados por la administración autonómica.
Inhabilitación para cargo público durante quince años.
Total: veinte años.
La defensa anunció recurso en las dos horas siguientes a la lectura. El fiscal dijo que el recurso no prosperaría y que tenía razones sólidas para pensar así. El presidente del tribunal agradeció la atención de todos y levantó la sesión.
Iria estaba en Bilbao cuando llegó la notificación. La leyó en el teléfono, sentada en su despacho, con una taza de café ya frío a la derecha y un expediente abierto en la pantalla del ordenador que era otro caso, otra historia, otra persona que había hecho algo que no debería haber hecho.
Luengo asomó la cabeza por la puerta.
—Ya lo sé —dijo Iria.
—¿Bien?
—Bien. —Hizo una pausa—. O lo que sea que significa bien en esto.
Luengo asintió. Desapareció.
Iria miró el teléfono un momento más. Luego lo dejó boca abajo y siguió con el expediente.
* * *
Fue al pueblo diez días después.
No tenía razón de trabajo para ir. Tenía razón de otra clase, que era que Nora le había mandado un mensaje dos semanas antes diciendo que la manada OR-7 había sido vista fuera de la temporada habitual, en junio, a menos de un kilómetro de la costa, y que si en algún momento pasaba por la zona había algo que mostrarle.
Y que si no pasaba, también estaba bien.
Había algo en esa frase final que Iria había releído dos veces: si no pasaba, también estaba bien. El tipo de frase que significa exactamente lo contrario de lo que dice, no por manipulación sino porque quien la escribe sabe que el otro la va a leer bien.
Fue.
El pueblo en junio era otro sitio. No radicalmente, pero sí de la manera en que los sitios cambian cuando cambia la luz: las fachadas más claras, el mar con un azul diferente al de enero, más transparente y más movido, y gente en las terrazas y en el muelle que en invierno no estaba porque en invierno no había terrazas ni muelle para los que no trabajaban ahí.
El Kai-Ondo tenía tres mesas en la acera.
Iria se paró un momento delante. Luego entró.
Patxi estaba detrás de la barra. La miró cuando entró con esa expresión suya, que en seis meses había cambiado ligeramente, o era que Iria lo miraba con ojos diferentes. Menos cerrado, quizá. O menos necesitado de cerrase.
—Café —dijo Iria.
—Marchando.
Se lo puso. Iria bebió de pie, en la barra, sin hacer conversación, y Patxi no hizo conversación tampoco. No era incomodidad. Era el silencio de dos personas que han estado en la misma noche y ya no necesitan explicarse.
Cuando dejó la taza en la barra, Patxi dijo:
—La sentencia.
—Sí.
—¿Le parece suficiente?
Iria lo pensó.
—Me parece lo que es —dijo—. Que a veces es suficiente y a veces no y la diferencia depende de a quién le preguntes.
Patxi asintió.
—A Miren le pregunté —dijo—. Me llamó el día de la sentencia.
No sé cómo consiguió mi número. —Hizo una pausa—.
Me dijo que catorce años para los dos asesinatos le parecían bien.
Que los cuatro por Daniel le parecían poco.
—Otra pausa—. Luego me dijo que gracias por haber saltado al agua aquella noche aunque no hubiera llegado a tiempo.
Iria lo miró.
—¿Qué le contestó?
—Que no había nada que agradecer. —Una pausa—. Y ella me dijo que sí que lo había. Que Daniel no había muerto solo. —Patxi miró la barra—. No había pensado en eso nunca. En treinta años, nunca se me había ocurrido pensarlo así.
Iria no dijo nada.
—¿Sigue en Vitoria? —dijo Patxi.
—No lo sé. Ane habla con ella de vez en cuando.
—¿Y Ane?
—En Bilbao. Empezó en el periódico nuevo en mayo.
Patxi asintió.
—¿Viene al pueblo?
—De vez en cuando. —Hizo una pausa—. Menos de lo que creía que vendría. Más de lo que ella esperaba.
Patxi soltó algo parecido a una risa.
—Así es esto —dijo.
—Sí.
Iria dejó dinero en la barra y salió.
* * *
Nora la esperaba en el muelle con la embarcación del centro preparada: una zodiac grande, con el equipo de registro en la proa y dos bidones de combustible en la popa.
Llevaba el traje de neopreno hasta la cintura y una camiseta encima y el pelo recogido con ese clip que siempre estaba a punto de caerse y nunca caía.
—¿Ha comido? —dijo Nora.
—No.
—Hay bocadillos en la bolsa.
Fue a la bolsa y sacó uno sin mirar qué era. Tortilla, resultó ser. Lo comió mientras Nora revisaba el equipo.
—¿Dónde las vieron? —dijo Iria.
—Frente a la bocana de Armintz. —Nora comprobó el nivel del combustible—. Fuera de temporada, fuera de su ruta habitual. Llevo tres días rastreando y ayer las localicé a unos dos kilómetros al noroeste. —Hizo una pausa—. No sé si siguen ahí o si se han movido. Vamos a mirar.
—¿Y si no están?
—Entonces damos una vuelta y volvemos y lo intentamos mañana. —Nora la miró—. ¿Tiene tiempo?
—Tengo el día.
—Bien.
Soltaron amarras a las once y media.
El mar de junio era distinto al de enero.
Más suave en la superficie pero con una fuerza diferente debajo, esa fuerza de verano que no es la violencia del invierno sino algo más constante y más paciente.
La zodiac planeaba sobre el agua con ese ruido del motor a régimen medio que es el sonido de ir a algún sitio sin prisa.
Nora llevaba el timón. Iria estaba en la proa, mirando hacia delante, con el viento en la cara que en junio ya no es el viento frío de enero sino algo más templado, más de vivir que de sobrevivir.
Pasaron la bocana del puerto. Pasaron el punto donde la senda del acantilado llegaba a la costa. Pasaron la cala de Armintz, que desde el mar se veía diferente que desde arriba: más pequeña, más íntima, una curva en la roca que desde el agua parecía casi una invitación.
Nora siguió recto, hacia el noroeste.
—¿Cómo va el artículo? —dijo Iria.
—Primera revisión terminada. Los árbitros tienen preguntas, como siempre.
—Nora hizo una pausa—. Uno de ellos dice que la hipótesis de la transmisión cultural del trauma es especulativa.
El otro dice que es la interpretación más parsimoniosa de los datos.
—Una pausa—. Es lo normal. Hay que responder a los comentarios y volver a mandar.
—¿Cuándo lo publican?
—Si todo va bien, otoño. —Hizo una pausa—.
Los de la universidad quieren añadir una sección sobre los compuestos químicos de la cala y el posible efecto en la bioacústica de la manada.
La carga tóxica en el agua puede haber afectado la producción sonora.
—Otra pausa—. Es una variable que no habíamos considerado.
—¿Eso cambia las conclusiones?
—No las invalida. Las complica, que es diferente. —Nora miró el horizonte—. Mateo habría dicho que complicar es bueno. Que los fenómenos simples son los que uno todavía no ha mirado bien.
El motor sonaba. El agua pasaba debajo.
—¿Echa de menos el invierno? —dijo Iria.
Nora la miró.
—¿Qué quiere decir?
—El invierno de este año. Todo lo que pasó.
Nora pensó.
—Echo de menos a Mateo —dijo—. Eso no es específico del invierno. Es todo el tiempo. —Hizo una pausa—. El invierno en sí... no sé si echo de menos o si lo llevo todavía encima. No estoy segura de que sean cosas distintas.
Iria asintió.
Siguieron.
A los veinte minutos Nora redujo el motor.
—Ahí.
Iria miró hacia donde señalaba.
Siete aletas. Cortando la superficie en distintos puntos, moviéndose en la misma dirección general, sin prisa. La formación reconocible: Negua delante, las crías detrás, los adultos jóvenes en los flancos.
Nora apagó el motor.
La zodiac quedó a la deriva, moviéndose despacio con la corriente, en silencio excepto por el agua contra el casco.
Las orcas siguieron acercándose. No hacia ellas específicamente sino hacia el mismo punto al que se dirigían independientemente de que ellas estuvieran ahí, con esa indiferencia de los animales grandes que saben que son los animales más grandes del entorno y por tanto no necesitan modificar su comportamiento por nadie.
A cien metros, Negua salió a respirar. El soplo, el arco del lomo, la aleta dorsal con las tres marcas horizontales.
Nora lo grabó en silencio.
Iria lo miró.
Las crías pasaron a unos cincuenta metros de la proa. Una de ellas, la más joven, salió casi entera del agua en un salto breve y torpe que probablemente tenía algún propósito funcional o probablemente era solo lo que hacen los animales jóvenes cuando tienen energía de sobra y el día está bien.
—¿Cuántos años tiene esa? —dijo Iria.
—Tres. La llamamos OR-7G. —Una pausa—. Es la nieta de Negua.
—¿Ya emite la secuencia?
—Hemos empezado a detectarla en sus vocalizaciones. Todavía incompleta. —Nora bajó la cámara un momento—. Está aprendiendo.
Iria miró a la cría. Tres años y ya aprendiendo lo que Negua llevaba treinta años transmitiendo. Sin saber qué era. Sin saber de dónde venía. Solo porque la matriarca lo emitía y en el mundo de las orcas lo que emite la matriarca se aprende.
La manada pasó despacio, paralela a ellas, y fue alejándose hacia el noroeste.
Las aletas se hicieron más pequeñas.
Más pequeñas.
Y luego el mar quedó vacío de nuevo, liso y azul bajo el sol de junio, con solo el movimiento del agua y la deriva de la zodiac y el sonido de nada en particular.
Nora y Iria se quedaron en silencio durante un tiempo.
—Gracias por venir —dijo Nora por fin.
—Gracias por decirme que vinieran.
Nora arrancó el motor. Puso rumbo al puerto.
El viento en la cara. El sol. El sonido del motor y del agua.
Iria pensó en que esa mañana, en Bilbao, antes de salir, había recibido un correo de la administración del juzgado confirmando el cierre formal del expediente disciplinario.
Papeles. Una firma. El pasado archivado en la manera en que el pasado se archiva cuando los procedimientos avanzan: con burocracia y con tiempo y sin ningún momento exacto en que uno pueda decir aquí terminó, aquí empezó otra cosa.
Pensó en Marcos Iturbe. En si alguna vez iba a llamarle. En si llamarle era algo que le debía o algo que le debía a ella misma o simplemente algo que todavía no sabía si quería hacer.
Pensó en Daniel Arce, que había intentado soltar a una orca en la oscuridad y que treinta años después una nieta de esa orca nadaba con la secuencia de aquella noche parcialmente grabada en su memoria, incompleta, en proceso de aprendizaje, todavía siendo lo que era.
El puerto apareció en la distancia.
Las casas apiladas en la roca. El muelle. Los postes y las embarcaciones y la silueta del Kai-Ondo al fondo.
Elantxobe en junio, con el sol, que era el mismo pueblo de enero pero diferente de la manera en que los sitios son los mismos y no lo son dependiendo de cuándo y con qué ojos.
Iria había llegado aquí en enero con una bolsa de ropa para dos días y sin saber exactamente por qué.
Había vuelto varias veces.
Iba a volver más.
No sabía cuándo ni para qué exactamente. Solo sabía que los sitios donde ocurren cosas tienen algo que los otros no tienen, y que uno vuelve a ellos aunque no sepa bien por qué, igual que las orcas vuelven a la cala, igual que Miren había vuelto al pueblo después de treinta años en Vitoria.
Porque el lugar guarda algo.
Y a veces uno necesita saber que lo que guarda sigue ahí.