Capítulo 25 — La balsa
El artículo de Nora se publicó en octubre.
Tardó tres semanas en llegar a los periódicos.
Cuando llegó, llegó de golpe: la historia de las orcas que recordaban tenía todos los elementos que necesita una historia para recorrer el mundo en invierno, cuando el mundo está quieto y busca cosas en qué pensar.
El misterio. El crimen. El tiempo. Los animales que llevan décadas guardando algo que los humanos habían preferido olvidar.
Nora hizo tres entrevistas y luego dejó de hacer entrevistas porque tenía trabajo y porque explicar las mismas cosas con palabras más simples cada vez que alguien le preguntaba empezaba a resultarle una deformación de algo que era delicado y que requería precisión.
Ane escribió el artículo definitivo sobre el caso.
No el último: los artículos sobre el caso de Daniel Arce, sobre el juicio de Xabier Landa, sobre los residuos de la cala de Armintz, habían estado saliendo durante meses en el periódico de Bilbao con la firma de Ane Landa, y cada uno había sido recibido de una manera diferente y todos habían producido algo: conversación, indignación, reconocimiento, la variedad de reacciones que produce el periodismo cuando es periodismo de verdad.
El definitivo era diferente.
Lo tituló: OR-7A y Daniel: una historia sobre la memoria.
No era un artículo de investigación. No tenía fuentes nuevas ni datos que no hubieran aparecido antes.
Era una pieza larga, de esas que se leen de una sola vez o no se leen, que contaba las dos historias al mismo tiempo: la de Daniel Arce y la de Negua, trenzadas, sin jerarquía entre las dos, dejando que el lector decidiera cuál le importaba más o si las dos importaban lo mismo.
Iria la leyó en su apartamento de Bilbao un domingo por la mañana con el café.
La leyó dos veces.
La segunda vez marcó una frase con el dedo en la pantalla, sin copiarla, solo para fijarla: La memoria no juzga. Solo guarda. Lo que hacemos con lo que guarda es cosa nuestra.
Envió un mensaje a Ane: Es el mejor que has escrito.
Ane contestó cuatro horas después, que era lo que tardaba en estar fuera de la zona de concentración que se ponía cuando publicaba algo: Gracias. Creo que sí.
* * *
Somoza fue a la cala en septiembre.
No lo dijo a nadie de antemano. No pidió compañía. Bajó solo por la senda del acantilado, que conocía aunque hacía treinta años que no bajaba, y llegó a la arena y se quedó ahí.
Se lo contó a Iria cuando ella fue al pueblo en octubre, la semana de la publicación del artículo.
Estaban en la cocina de la Kale Zaharra, con el café, como siempre.
—¿Qué sintió? —dijo Iria.
Somoza lo pensó.
—Frío —dijo—. Hacía frío para septiembre. El viento ya cambiaba. —Hizo una pausa—. Y la sensación de que el sitio era más pequeño de lo que lo había tenido en la cabeza durante treinta años.
—Los sitios siempre son más pequeños.
—Sí. —Cogió la taza—. Me quedé un rato mirando el agua. El fondo se veía todavía. En septiembre con ese sol todavía lo ves. Veía la zona donde estaba la balsa, aunque los de la limpieza ya la habían sacado en agosto.
—¿Ya la sacaron toda?
—Toda. Tardaron tres semanas. Los doce contenedores. —Hizo una pausa—. El fondo quedó limpio, o lo más limpio que puede quedar después de treinta años. —Otra pausa—. Nora dice que la fauna va a tardar años en recuperarse del todo. Quizá décadas.
—¿Y las orcas?
—Las orcas seguirán viniendo. Eso dice Nora también. —Somoza dejó la taza—. Eso es lo que hace que todo sea más complicado o más simple, según cómo se mire. Seguirán viniendo aunque el motivo original ya no esté. Porque el recuerdo ya pasó a las crías.
Iria asintió.
—¿Pudo estar mucho tiempo en la cala?
—Media hora. —Somoza miró sus manos—. Me senté en la arena. Solo. Con el bastón. —Una pausa—. Le hablé.
—¿A quién?
—Al niño. —Lo dijo sin énfasis, sin apología—. No porque crea que me oyó. Solo porque había cosas que nunca le había dicho y que tenía que decirlas en algún sitio.
Iria no preguntó qué había dicho. Era suyo.
—¿Volvería? —dijo.
—Probablemente no. —Hizo una pausa—. Con una vez fue suficiente.
Bebieron en silencio.
—¿Cómo va el proceso? —dijo Iria—. El suyo propio.
—El fiscal no va a pedir prisión. Me han confirmado que la pena va a ser en suspenso, con condiciones. Trabajos comunitarios, posiblemente. —Somoza hizo una pausa—. El abogado dice que a mi edad y con la colaboración prestada es lo más probable.
—¿Qué condiciones?
—Todavía no lo sé exactamente. —Una pausa—. Aunque le he dicho al abogado que si hay alguna manera de que parte de esas condiciones se cumplan haciendo algo por la memoria de Daniel, que lo proponga. —Hizo una pausa más larga—. No sé si se puede hacer eso. Pero se lo he dicho.
Iria lo miró.
—¿Qué tipo de cosa?
—No lo sé todavía. Algo que tenga su nombre. O que haga que su nombre esté en algún sitio además de en tres líneas de un libro de historia. —Somoza cogió el bastón y lo sopesó en la mano—. La madre está de acuerdo. He hablado con Miren.
—¿Habla con Miren?
—Llamó después de la sentencia. Me dijo que no tenía rencor hacia mí específicamente. Que lo que había hecho estaba mal pero que entendía por qué lo había hecho. —Una pausa—. Me dijo que Joseba, su marido, nunca habría dicho algo así. Que Joseba era más duro con esas cosas.
—¿Y usted qué le contestó?
—Que Joseba tenía razón en ser más duro.
Miren lo había aceptado. Eso era lo que Somoza no dijo y que Iria entendió de todas formas.
* * *
Esa tarde Iria bajó al puerto.
Era octubre y había poca gente, los últimos turistas ya idos, el pueblo de vuelta a sus proporciones reales. El cielo estaba despejado con ese azul intenso que tiene el otoño en el norte cuando no llueve, que no es el azul del verano sino algo más serio y más limpio.
Fue al banco de siempre.
Se sentó.
Miró el agua.
Pensó en Marcos Iturbe. Llevaba meses pensando en si llamarle y sin llamarle.
No porque no supiera qué decirle. Porque sabía exactamente qué quería decirle y sabía también que decirlo no cambiaba lo que había pasado, que la disculpa, aunque fuera necesaria, era para ella tanto como para él, y que reconocer eso era parte de lo que la hacía difícil.
Sacó el teléfono.
Lo tuvo en la mano.
Lo guardó.
Miró el agua todavía un momento más.
Luego lo sacó de nuevo. Buscó el número. El mismo número que tenía guardado desde hacía meses y que había mirado muchas veces sin marcar.
Marcó.
Sonó tres veces.
Al cuarto, una voz.
—¿Sí?
—Soy Iria Salcedo —dijo—. Sé que no debería sorprenderle que llame y sé que quizá prefiere que no llame. Si es así, dígamelo y cuelgo.
Silencio breve al otro lado.
—No prefiero que no llame —dijo la voz.
Iria exhaló.
—Bien —dijo—. Entonces necesito decirle algo.
Lo que siguió duró veinte minutos y fue la conversación más difícil que Iria había tenido en mucho tiempo, que era decir algo porque las últimas semanas habían tenido conversaciones difíciles.
No hubo ningún momento de catarsis limpia.
No hubo perdón como fin de algo ni principio de otra cosa.
Hubo lo que hay cuando dos personas se dicen la verdad sin adornos: un silencio al final que no era hostil pero tampoco era cómodo, que era simplemente el silencio de lo que queda cuando se ha dicho lo que hay que decir.
Marcos Iturbe dijo que necesitaba pensarlo.
Iria le dijo que era razonable.
Colgaron.
Iria se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla.
El sol empezaba a bajar detrás del acantilado y la sombra cubría el muelle desde el extremo norte, avanzando despacio sobre el agua, ese movimiento lento de la sombra que en otoño ocurre más temprano cada día.
Desde el fondo del muelle, el barman del Kai-Ondo estaba sacando las últimas sillas de la terraza para meterlas dentro porque al anochecer hacía frío y a partir de octubre las sillas se guardaban.
No era Patxi. Era alguien más joven que Patxi había contratado en septiembre cuando el proceso judicial le había pedido presencia en Bilbao dos días a la semana durante un mes.
Iria lo miró hacer.
Sillas. Las mismas sillas de siempre. Solo que las movía otra persona.
Guardó el teléfono y se levantó del banco.
Subió la cuesta hacia el coche, despacio, con las manos en los bolsillos y la cabeza en ningún sitio concreto, que era la manera en que caminaba cuando había hecho algo que necesitaba tiempo para asentarse.
A mitad de la cuesta se paró.
Miró hacia el mar por última vez.
El agua oscura, el horizonte, la línea recta donde el cielo y el mar se juntaban y ya no había manera de saber dónde terminaba uno y empezaba el otro.
En algún punto ahí fuera, en algún lugar que no se veía pero que existía con la misma certeza que cualquier otra cosa, Negua y sus crías nadaban en aguas que empezaban a enfriarse.
Enero no quedaba lejos.