El Secreto de las Orcas Capítulo 23 — Temporal
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Capítulo 23 — Temporal

El juicio empezó un martes de mayo con lluvia.

No la lluvia del Cantábrico en invierno, que es lluvia de verdad, lluvia con carácter.

Era una lluvia de primavera, fina y pertinaz, del tipo que no moja de golpe, sino que va acumulándose en la ropa y en el pelo hasta que uno se da cuenta de que lleva media hora calado sin haber sentido el momento exacto en que ocurrió.

La sala de la Audiencia Provincial de Bizkaia tenía capacidad para ochenta personas sentadas. Estaba llena.

Habían venido de Elantxobe. Iria lo notó cuando entró: había caras que reconocía del bar, del muelle, de la lonja, de la calle empinada.

Personas que habían conducido cuarenta kilómetros un martes de mañana para sentarse en una sala con sillas de madera incómodas y escuchar cosas que ya sabían o que creían saber o que preferían escuchar con sus propios oídos antes de decidir qué creían.

Nora estaba en la tercera fila. Gorka en la quinta, en el extremo del pasillo, con la postura de alguien que ha decidido estar ahí pero se reserva la opción de levantarse si lo necesita.

Somoza no estaba: el fiscal le había dicho que como testigo de cargo era mejor que no asistiera a la vista general hasta que hubiera declarado.

Ane estaba en la segunda fila, con una libreta sobre las rodillas y el bolígrafo en la mano, la misma postura de siempre, la periodista que documenta incluso cuando lo que está documentando le afecta directamente. O especialmente entonces.

Iria se sentó al fondo. Observadora. Ya había declarado la semana anterior, en una vista previa, cuarenta minutos respondiendo preguntas sobre el procedimiento y sobre la cadena de custodia de las pruebas, y el juez había dado por válida su declaración aunque no sin señalar que la metodología empleada durante la investigación extraoficial había sido, en sus palabras, heterodoxa .

Iria había aceptado el adjetivo sin comentarlo.

Xabier Landa entró flanqueado por dos funcionarios y su abogado. Llevaba traje oscuro que le quedaba bien, que era el traje de los funerales y de las bodas y de los momentos en que uno necesita estar presentable para algo que no ha elegido. Se sentó en el banco de los acusados sin mirar a la sala.

El presidente del tribunal llamó al orden.

Empezó.

* * *

Los primeros dos días fueron documentales.

El equipo forense presentó los análisis del casete, los informes de las transferencias bancarias, la comparación espectrográfica de la voz.

El técnico de la Policía Científica explicó el estado de la caja estanca y el proceso de recuperación del material.

El equipo de buceo presentó el informe del rastreo de la cala y el análisis de los contenedores.

Iria estuvo el primer día y parte del segundo.

El resto del tiempo trabajó. Había vuelto al servicio activo en marzo y tenía un caso en Bilbao, un asunto sin orcas ni calas ni treinta años de historia, un asunto concreto y contemporáneo que requería su atención y que le agradecía porque la obligaba a estar en otra parte cuando necesitaba estar en otra parte.

Luengo le mandaba mensajes cada tarde con un resumen de lo que había pasado en sala.

Hoy la defensa ha intentado cuestionar la autenticidad del casete. El perito se lo ha desmontado en veinte minutos.

Hoy ha declarado Gorka. Bien. Directo. No ha vacilado en ningún momento.

Hoy ha declarado Patxi. Mejor todavía. El abogado de Xabier ha intentado atacarle por haber guardado las pruebas treinta años. Patxi le ha dicho que lleva razón y que eso es exactamente lo que lleva treinta años sin poder dormirse. El juez ha llamado al orden dos veces porque la sala aplaudió.

Mañana declara Miren.

Ese último mensaje llegó un jueves a las seis de la tarde. Iria lo leyó tres veces.

Al día siguiente pidió el día libre.

* * *

Miren Eguía Arrizabalaga tenía sesenta y cuatro años y el pelo blanco que había sido negro y los ojos del mismo color que en las fotos que Ane le había mostrado de cuando tenía treinta y tantos y su hijo estaba vivo.

Entró en la sala con ese paso de las personas que han decidido exactamente cómo van a hacer algo y lo están ejecutando sin desviarse.

Sin prisa. Sin la rigidez de los nervios.

Con el paso de quien ha practicado este momento muchas veces en su cabeza y sabe que cuando llegue va a ser diferente a todas las veces que lo practicó, pero también sabe que la práctica sirve de algo.

Se sentó en el estrado de testigos.

El fiscal le hizo las preguntas de procedimiento: nombre, domicilio, relación con los hechos. Miren respondió con monosílabos o frases cortas. Sí. En Vitoria. Soy la madre de Daniel Arce Eguía.

Luego el fiscal le cedió la palabra para su declaración voluntaria.

Miren miró el papel que llevaba en la mano. Lo había doblado en cuatro cuando entró. Lo desplegó sobre el borde del estrado, lo alisó con la palma, y lo leyó en silencio una vez antes de hablar.

La sala estaba en silencio absoluto. El tipo de silencio que no es ausencia de sonido sino presencia de atención.

Miren levantó los ojos del papel. Miró al frente. No a Xabier Landa específicamente, aunque Xabier Landa estaba en su campo de visión y lo que fuera que Miren sintiera al tenerle ahí solo Miren lo sabía.

—Mi hijo se llamaba Daniel —dijo—. Tenía ocho años. Le gustaban los animales, las conchas y saber el nombre de las cosas.

Se paró.

Miró el papel.

—La noche que murió, estaba intentando ayudar a un animal atrapado en una red. No sabía que había nadie más en la cala. Solo veía al animal y quería ayudarle.

Otra pausa.

—Eso es lo que quería que supieran.

Y la cuarta:

—El resto ya lo saben.

Dobló el papel. Lo metió en el bolsillo.

Miró hacia la sala. Un segundo. Y luego bajó los ojos.

El fiscal dijo que no tenía más preguntas. El abogado de la defensa, después de un momento, dijo que tampoco. El presidente del tribunal le agradeció su declaración.

Miren se levantó y salió del estrado con el mismo paso con que había entrado.

En la tercera fila, Nora tenía la mano apretada sobre la boca.

En la segunda, Ane había dejado de escribir.

Xabier Landa miraba la mesa del acusado con los ojos fijos en un punto que no era nada.

* * *

Iria encontró a Miren en el pasillo, fuera de la sala, sentada en un banco con un vaso de agua que alguien le había puesto en la mano y que sostenía sin beber.

Se sentó a su lado.

No dijo nada durante un momento.

—¿Cómo está? —dijo por fin.

—Bien —dijo Miren—. Mejor de lo que esperaba.

—Sus cuatro frases —dijo Iria—. Las practicó.

—Cien veces. —Una pausa—. Quería que no fueran más. Que fueran exactamente lo que tenían que ser y nada más. —Hizo una pausa—. Treinta años con las palabras dentro. No hacían falta muchas más.

Iria asintió.

Miren bebió un poco del agua.

—¿Cree que van a condenarle? —dijo.

—Sí.

—¿Cuánto tiempo?

—El fiscal pide doce años por homicidio imprudente agravado y dos por los asesinatos de Mateo y Txomin. La defensa va a recurrir todo. —Hizo una pausa—. El proceso va a ser largo.

—Todo en este asunto ha sido largo —dijo Miren.

—Sí.

Silencio.

Desde dentro de la sala llegaba el sonido apagado de la sesión que continuaba: otra declaración, otro testigo, el ruido específico de un proceso judicial que avanza en sus tiempos propios, sin urgencia, con la lentitud de las instituciones que existen precisamente para que las cosas no ocurran demasiado rápido.

—La chica —dijo Miren—. Ane. Su hija.

—Sí.

—Es buena periodista. —Una pausa—. Lo que escribió sobre Daniel era exacto.

No solo en los hechos. En cómo era él. —Otra pausa—.

Le dije cosas que no le había dicho a nadie en treinta años y ella las convirtió en algo que se puede leer y que tiene forma.

—Miren miró el vaso—. Es un oficio difícil, eso.

Convertir el dolor de otra persona en algo que sirva.

—Sí —dijo Iria.

—¿Y usted? —dijo Miren—. ¿Cuál es su oficio?

Iria pensó en eso.

—Encontrar lo que no está visible —dijo—. O lo que alguien ha escondido para que no lo sea.

Miren la miró.

—¿Y le gusta?

—A veces —dijo Iria—. Cuando lo que encuentro era lo que tenía que encontrarse.

—¿Y las otras veces?

—Las otras veces pienso que debería haber sido otra cosa. —Hizo una pausa—. Pero no sé bien qué.

Miren asintió.

—Yo tampoco supe bien qué —dijo—. Después de Daniel.

Me fui a Vitoria porque no podía quedarme y en Vitoria hice lo que hacen las personas cuando no saben qué hacer: empecé otra vez.

Un trabajo. Un piso. Años que pasaron. —Otra pausa—.

Y Daniel siempre ahí. No como un fantasma.

Como alguien que estuvo y que ya no está y cuya ausencia tiene una forma concreta que no desaparece, aunque uno aprenda a vivir alrededor de ella.

Iria escuchó.

—¿Sigue en Vitoria? —dijo.

—No lo sé todavía. —Miren miró el pasillo, las puertas de la sala, el techo alto—. Quizá vuelva. —Una pausa—. O quizá no. —Otra—. El pueblo ya no es el mismo que dejé. O yo ya no soy la misma.

La puerta de la sala se abrió. Ane salió, vio a Iria y a Miren, se paró.

Miren la miró.

—Ven —dijo Miren. Solo eso.

Ane fue. Se sentó al otro lado de Miren, en el banco, las tres en fila mirando el pasillo vacío con las puertas de la sala al fondo y el rumor apagado del proceso siguiendo dentro sin ellas.

Nadie dijo nada durante un rato.

Luego Miren dijo:

—Me han dicho que las orcas volvieron en enero.

—Sí —dijo Iria—. La manada entera.

—¿A la cala?

—A la cala.

Miren asintió muy despacio.

—Bien —dijo.

Era todo.

Era suficiente.