El Secreto de las Orcas Capítulo 22 — Fuga
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Capítulo 22 — Fuga

Xabier Landa pidió ver a Ane tres días antes del juicio.

Lo comunicó su abogado a través del juzgado, en un escrito formal de dos párrafos que decía que el acusado solicitaba un encuentro con su hija en presencia de sus representantes legales y bajo las condiciones que el juzgado considerara oportunas.

El juez trasladó la solicitud. El fiscal dijo que era un asunto entre particulares y que el juzgado no tenía nada que objetar siempre que la otra parte consintiera libremente.

Ane llamó a Iria cuando recibió la notificación.

—¿Qué hago? —dijo.

Iria pensó antes de contestar.

—¿Qué quieres hacer tú?

Silencio.

—No lo sé. —Otra pausa—. Sé lo que dicen que debería hacer. Que no vaya. Que no le dé esa satisfacción. Que lo que queda entre nosotros puede esperar al juicio o puede no resolverse nunca y también está bien.

—¿Y lo que quieres tú?

—Quiero entender por qué —dijo Ane—. No lo que pasó en la cala.

Eso ya lo sé. Quiero entender por qué nunca me lo dijo.

Treinta años viéndome crecer. Treinta años de domingos en la mesa y de cumpleaños y de conversaciones sobre cualquier cosa.

—Su voz no se quebró, solo bajó un poco de temperatura—.

Quiero saber si soy tan mala leyendo a la gente o si él es tan bueno escondiéndose.

—Puede ser las dos cosas —dijo Iria.

—Sí. —Una pausa—. ¿Viene conmigo?

—¿Me lo estás pidiendo?

—Te lo estoy pidiendo.

* * *

El centro penitenciario estaba a cuarenta kilómetros de Bilbao, en una carretera que pasaba entre monte y monte y que en invierno tenía tramos con hielo que la señalización avisaba pero que el asfalto siempre parecía haber olvidado.

Fueron en el coche de Ane, que conducía bien y en silencio, con la radio apagada y las manos en el volante y esa manera de estar presente en el acto de conducir que tienen las personas que no quieren pensar en lo que viene.

Iria no habló. Tampoco hacía falta.

La sala de visitas era como todas las salas de visitas: una mesa, cuatro sillas, paredes pintadas de un color que en algún momento fue beige y el tiempo había convertido en otra cosa, una ventana alta que dejaba entrar luz pero no vistas.

Un funcionario los recibió, comprobó los documentos, los hizo esperar cinco minutos en un banco del pasillo.

—¿Estás bien? —dijo Iria.

—No —dijo Ane—. Pero voy a estarlo.

Era una frase que podía ser verdad o mentira dependiendo de cómo saliera la siguiente hora. Ane lo sabía. Lo dijo de todas formas porque a veces decir las cosas es parte de hacer que ocurran.

El funcionario volvió. Los llevó a la sala.

Xabier Landa ya estaba dentro.

Llevaba ropa de civil, que era la ropa de quien está en prisión preventiva y no ha sido condenado todavía: sus propias prendas, pero sin el jersey de lana del puerto ni las botas de marinero.

Una camisa oscura, pantalón de tela. Estaba sentado con las manos encima de la mesa y la espalda recta, esa postura suya de siempre que Iria había aprendido a leer como control pero que ahora, en este sitio, tenía una textura diferente.

No era control.

Era lo único que le quedaba del que había sido.

Miró a Ane cuando entró. No a Iria, solo a Ane, durante un segundo largo que no tenía ninguno de los matices que Iria habría esperado: no era culpa, no era súplica.

Era algo más parecido al reconocimiento de alguien que mira a otra persona y sabe con exactitud quién es esa persona y qué significa para él, y sabe que eso no cambia aunque todo lo demás haya cambiado.

—Siéntate —dijo Xabier.

Ane se sentó. Iria se quedó de pie junto a la pared.

El abogado de Xabier estaba en la esquina con un cuaderno cerrado en las rodillas. No iba a tomar notas, eso estaba claro. Había venido porque tenía que estar ahí, no porque tuviera algo que hacer.

—Gracias por venir —dijo Xabier.

—No me des las gracias —dijo Ane—. No he venido por ti.

—Lo sé. —Una pausa—. ¿Por quién has venido?

—Por mí.

Xabier asintió. Como si eso fuera lo correcto y le aliviara de algo aunque no supiera de qué exactamente.

—¿Qué quieres saber? —dijo Ane.

—Nada. —Hizo una pausa—. Quería decirte algo.

—Dilo.

Xabier miró la mesa. Luego a Ane.

—Sé que llevas años trabajando en esto. Que lo sabías antes de que yo supiera que lo sabías. —Otra pausa—. Lo que no sé, y necesito saberlo, es si lo sabías cuando eras niña.

Ane tardó.

—¿Qué significa eso?

—Significa que si en algún momento, de pequeña, de adolescente, algo en ti supo lo que había hecho, y aun así seguiste ahí. Seguiste siendo mi hija. —La voz de Xabier se mantuvo plana pero algo debajo de la superficie cambiaba de temperatura, muy despacio—. Eso es lo que necesito saber.

Ane lo miró durante un momento que se hizo largo.

—No lo supe de niña —dijo—. Solo recordaba una imagen.

Tu ropa mojada a las cuatro de la mañana.

Y la cara de ama en la cocina a oscuras.

—Hizo una pausa—. Lo supe de mayor. Y cuando lo supe, dejé de ser tu hija de la misma manera que lo había sido hasta entonces.

Pero no me fui. Porque tampoco era tuya la culpa de que yo te quisiera.

Xabier no dijo nada.

—Eso es lo que hay —dijo Ane—. No te lo digo para que te quedes tranquilo. Te lo digo porque me preguntaste y porque mentirte ahora no me sirve de nada.

—No te pido que te quedes tranquila tú tampoco —dijo Xabier.

—Bien.

Silencio. El funcionario al otro lado del cristal miraba hacia otro lado con la indiferencia profesional de quien ha visto muchas de estas conversaciones y aprendido que lo mejor es no escucharlas.

—Ane —dijo Xabier.

—¿Qué?

—El artículo que escribiste. El del niño. —Una pausa—. Lo leí. Me lo dio el abogado.

Ane no dijo nada.

—Es bueno. —Otra pausa, más larga—. Es lo que debería haber sido Daniel. Lo que habría sido.

—Lo sé —dijo Ane.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque hablé con su madre.

Xabier levantó los ojos.

—¿Encontraste a Miren?

—Estaba en Vitoria. Lleva treinta años en Vitoria.

—Ane hablaba sin inflexión especial, con esa calma que había ido construyendo durante semanas, que no era indiferencia sino algo más difícil de mantener—.

Me contó cómo era él. La caja de conchas.

Los nombres científicos. Una vez que se escapó de casa a las dos de la mañana porque había oído que una tortuga marina había llegado a la playa del pueblo siguiente y quería verla.

Xabier bajó la vista.

—Ane —dijo.

—No.

—Solo quería—

—No —repitió Ane. Sin alzar la voz—. Aquí no. Ahora no. Si hay algo que decirme, lo dices en el juicio. Con todo el mundo delante. —Hizo una pausa—. Es lo que le debes a ese niño. No a mí.

Xabier la miró. Algo pasó por su cara que Iria no había visto antes en él: no vergüenza exactamente, ni arrepentimiento, sino algo anterior a las dos cosas.

El momento en que uno entiende el tamaño real de lo que hizo porque alguien se lo muestra sin adornos y sin piedad y sin el colchón de los años que uno mismo ha ido poniendo entre los hechos y la conciencia de los hechos.

Asintió.

Despacio.

Una vez.

* * *

Salieron al aparcamiento. El cielo estaba gris y bajo y hacía frío del húmedo, del que se mete en los huesos aunque uno lleve suficiente ropa. Ane fue al coche. Iria la siguió.

Se sentaron sin arrancar.

Ane tenía las manos en el volante aunque el motor estaba apagado. Miraba el parabrisas.

—¿Cómo estás? —dijo Iria.

—No lo sé todavía. —Una pausa—. Pregúntame en una semana.

—Te pregunto en una semana.

Ane asintió. Arrancó. Salió del aparcamiento despacio, sin prisa, incorporándose a la carretera con la señal y todo, la alumna aplicada de autoescuela que sigue siendo uno aunque lleve veinte años conduciendo.

Conduciendo en silencio.

Durante unos kilómetros ninguna dijo nada.

Luego Ane dijo:

—Encontré a Miren en octubre. Cuando empecé a escribir los artículos. Fui a Vitoria sin avisar porque no sabía si me iba a dejar entrar si avisaba.

—¿Y?

—Me dejó entrar. —Hizo una pausa—. Estuvo dos horas hablándome de Daniel.

Con una precisión que me dejó sin palabras.

Lo que había desayunado el día que desapareció.

Qué canción le gustaba. Cómo arrugaba la nariz cuando algo le parecía injusto.

—Otra pausa—. Había tenido treinta años para pensar en él y en ningún momento había dejado de hacerlo.

Iria miró la carretera.

—¿Sabe lo que pasó? ¿La verdad?

—Se la conté. —Ane cambió de marcha—. Con todo. La orca, las redes, lo que hizo Daniel. —Silencio breve—. No lloró. O ya había llorado todo lo que tenía y ya no le quedaba más. Me escuchó hasta el final y luego dijo: Claro. Eso haría él. Claro que soltaría a la orca.

Lo dijo con la voz de quien repite algo que lo cambió.

Iria no contestó.

Siguieron conduciendo.

El monte a los lados, la carretera entre dos hileras de pinos que hacían que el cielo pareciera más estrecho de lo que era. Un coche adelantó por la derecha con la prisa de los que van a algún sitio urgente o de los que simplemente conducen así.

—¿Va a venir al juicio? —dijo Iria.

—Miren. —Ane asintió—. Sí. Ha pedido ser testigo. El fiscal la aceptó.

—¿Quiere declarar?

—Dice que lleva treinta años esperando para hacerlo. —Una pausa—. Que tiene exactamente cuatro cosas que decir y que van a ser breves.

—¿Sabe cuáles son?

—Me dijo que las había escrito en un papel y las había practicado. —Ane hizo una pausa—. No me las dijo. Dijo que la primera vez que las dijera en voz alta quería que fuera delante de él.

Delante de él. Xabier.

Iria lo procesó.

—¿Y tú? —dijo—. ¿Vas a declarar?

—Soy testigo de cargo. No tengo elección. —Otra pausa—. Aunque la tuviera, iría.

La carretera empezó a bajar, la curva que abría la vista hacia la ría, y de repente el espacio se abrió y apareció el agua allá abajo, la lámina gris de la ría entre los verdes del monte, y más allá, en la distancia, una franja de azul oscuro que era el mar.

Ane lo miró un segundo. Solo uno.

Luego volvió los ojos a la carretera.

—Cuando acabe todo esto —dijo—, voy a irme.

—¿Del pueblo?

—Del pueblo. —Hizo una pausa—. No sé adónde. Todavía no lo he pensado. Pero llevo cuatro años con el apartamento preparado para marcharme y siempre ha habido una razón para no hacerlo. —Otra pausa—. Ya no hay ninguna.

Iria miró el mar en la distancia.

—¿Qué pasa con el artículo? ¿Con el periódico?

—El artículo puede escribirse desde cualquier sitio. El periódico ya no me necesita de la manera en que me necesitaba. —Ane hizo una pequeña pausa—. Además, he recibido una propuesta de un periódico de Bilbao. Una oferta de verdad, no un contrato de colaboración. —Pausa—. Creo que la voy a aceptar.

—¿Cuándo lo decides?

—Después del juicio.

—¿Y si el juicio va mal?

—El juicio no va a ir mal. —Lo dijo con una certeza que no era arrogancia sino la constatación de alguien que conoce el peso de lo que hay en los expedientes—. Hay demasiado. El casete. Las transferencias. La declaración de Gorka. La de Patxi. —Hizo una pausa—. La de Miren.

Iria asintió.

Siguieron. La carretera se aplanó y volvió a ser la carretera que había sido, con el monte a los lados y el cielo estrecho y el frío del húmedo que seguía ahí aunque uno lo hubiera olvidado durante los kilómetros de bajada.

—Iria —dijo Ane.

—¿Qué?

—Gracias.

Iria la miró.

—¿Por qué?

—Por venir hoy. —Hizo una pausa—. Y por la semana anterior. Y por no irte cuando podías irte.

Iria pensó en eso.

—Podía irme —dijo—. Pero ya estaba dentro.

Ane no preguntó qué significaba eso. Quizá lo entendió. Quizá simplemente lo dejó estar, que a veces es lo mismo.

Condujeron el resto del camino en silencio.