Capítulo 21 — Proteger al culpable
Somoza había empezado a usar el bastón.
No de mala gana, como había dicho que lo usaría: lo llevaba con una naturalidad que sugería que la semana anterior había tomado la decisión de quitarse la vergüenza de encima y simplemente lo había usado y había resultado que era más cómodo que no usarlo. Así de sencillo. Así de tarde.
Lo tenía apoyado en el borde de la mesa cuando Iria llegó, y cuando fue a abrir la puerta lo cogió sin pensarlo, con el gesto ya automatizado de los que aprenden a depender de algo y en algún momento dejan de notar que dependen.
—Pase —dijo.
La casa olía diferente a las otras veces.
Más a ventilación: alguien había abierto las ventanas en algún momento de los últimos días, lo cual en febrero en Elantxobe requería una determinación específica porque el frío entraba junto con el aire.
La televisión estaba encendida con el volumen bajo, un telediario que nadie miraba. El vaso de orujo no estaba en la mesa.
—¿Café? —dijo Somoza.
—No, gracias. —Iria se sentó—. ¿Cómo va la declaración?
—Terminada. La semana pasada firmé la última. El fiscal dice que ya tiene todo lo que necesita de mí. —Somoza se sentó en el sillón con el bastón entre las rodillas, las manos encima, la postura de los que descansan verticalmente—. Ahora solo queda esperar.
—¿Cuánto tiempo?
—El abogado habla de primavera para el juicio. Quizá verano. —Hizo una pausa—. A mi edad el tiempo funciona diferente. Primavera o verano son lo mismo.
Iria asintió.
Se quedaron un momento en silencio. El telediario decía cosas que ninguno de los dos escuchaba.
—Quería preguntarle algo —dijo Iria.
—Lo sé —dijo Somoza.
—¿Lo sabe?
—Lo llevan viendo en su cara desde que entró. —Hizo una pausa—. Pregunte.
—¿Por qué Xabier?
Somoza la miró.
—Ya le expliqué lo del jefe. Lo de Arteaga, lo de—
—No. —Iria lo interrumpió, con suavidad pero con claridad—.
Eso ya lo sé. Le pregunto por qué a Xabier específicamente.
Usted firmó ese informe y luego guardó la caja durante treinta años.
Y durante treinta años tuvo suficiente para hundirle y no lo hizo.
No solo por miedo. El miedo no dura treinta años de la misma manera. —Hizo una pausa—. ¿Por qué él?
Somoza miró el bastón. Pasó los pulgares por la madera.
—Xabier Landa tenía veintinueve años en el noventa y cuatro —dijo—.
Era el mayor de tres hermanos. Su padre había muerto de un infarto dos años antes, la madre estaba enferma, Iñaki era un crío.
Toda la responsabilidad de esa familia recaía en él.
—Hizo una pausa—. Yo lo conocía desde que tenía quince años.
Era el hijo de un amigo mío que también había muerto joven.
Iria escuchó.
—Cuando vine a hablar con Xabier después de aquella noche, la primera vez, antes de que Arteaga me llamara, Xabier no intentó negarlo.
Me lo contó todo. Sin abogado, sin estrategia.
Me lo contó como se cuenta algo a alguien en quien confías.
—Somoza no levantó los ojos del bastón—.
Y yo lo escuché y vi al niño de quince años que había conocido, no al hombre que había hecho lo que había hecho.
Y ese fue el error. El error del que no me he recuperado nunca.
—¿Confundió al hombre con el niño?
—Confundí lo que sentía por el niño con lo que debía hacer con el hombre. —Hizo una pausa larga—. Son cosas distintas y en ese momento no supe separarlas.
El telediario pasó a otro tema. Una voz explicaba algo sobre mercados financieros. Somoza llegó al mando a distancia y bajó el volumen todavía más sin apagar.
—Luego pasaron los años —dijo—. Y lo que había sido una decisión tomada en un momento de debilidad se fue convirtiendo en algo diferente.
Porque cada año que pasaba, cada vez que veía a Xabier en el puerto o en la cofradía o en la calle, me decía que ya era tarde para cambiar nada.
Que el daño ya estaba hecho. Que Daniel no volvía.
—Pausa—. Y eso era verdad. Pero también era la manera que tenía de no verme a mí mismo con claridad.
—¿Cuándo empezó a verse con claridad?
Somoza la miró.
—Cuando Joseba Arce vino a verme. El padre.
—Hizo una pausa—. Joseba sabía que yo había cerrado el caso.
No me lo perdonó, eso era evidente, aunque nunca lo dijo así.
Pero me dijo que él también había protegido a alguien.
A Patxi, su primo, que había estado en la cala.
Y me dijo que entendía que proteger a alguien que quieres es un impulso humano.
Y que el problema no era el impulso sino lo que uno hace con él.
—¿Y qué había hecho Joseba con el suyo?
—Callar también. —Somoza asintió muy despacio—. Me lo dijo con esa honestidad que tienen los hombres cuando ya no les queda nada que proteger. Dijo que él también había elegido guardar el secreto por alguien a quien quería. Y que vivir con esa elección era lo más duro que había hecho nunca.
—Pero él eligió a un hombre que había intentado salvar a su hijo —dijo Iria—. Usted eligió al hombre que no le había salvado.
Somoza asintió.
—Sí —dijo—. Esa es la diferencia. Y esa diferencia me ha despertado a las cuatro de la mañana durante treinta años.
* * *
Salió de casa de Somoza pasada la una.
El sol ya había cambiado de ángulo y la Kale Zaharra estaba en sombra, ese frío de sombra de invierno que es más intenso que el frío al sol aunque la temperatura sea la misma. Iria bajó la calle con las manos en los bolsillos pensando en lo que Somoza había dicho.
Confundí lo que sentía por el niño con lo que debía hacer con el hombre.
Era una frase que podría haber dicho cualquiera.
Que cualquiera habría podido aplicar a sí mismo en algún momento de su vida, en circunstancias mucho más pequeñas.
El impulso de proteger a quien uno quiere cuando ese quien ha hecho algo que no debería.
La confusión entre el afecto y la complicidad.
La manera en que una decisión tomada en un segundo de debilidad se convierte con el tiempo en el andamio sobre el que uno construye el resto.
No era una disculpa para Somoza. No era una disculpa para ninguno de ellos.
Pero era un mapa.
El mapa de cómo ocurren estas cosas. No con malicia pura, no con villanía de película. Con miedo y con afecto mal dirigido y con la certeza de que ya es demasiado tarde para cambiar nada, que se repite año tras año hasta que uno se lo cree.
Llegó al puerto. El sol pegaba de lleno sobre el agua y las embarcaciones brillaban con esa luz blanca de febrero que hace que todo parezca más limpio de lo que es.
Fue al banco de siempre.
Sacó el teléfono. Tenía un mensaje de Ane: He terminado el segundo artículo. Sobre la cala. ¿Puedo mandártelo antes de publicar?
Contestó: Sí.
Llegó en treinta segundos. Lo abrió.
El titular decía: La cala de Armintz: lo que el mar no se llevó.
Leyó el primer párrafo.
Daniel Arce tenía ocho años y una caja de zapatos llena de conchas debajo de la cama.
Cada vez que encontraba una nueva le pedía a su madre el nombre científico porque quería saber el nombre científico de todo.
La noche del 11 de febrero de 1994 salió solo a la cala de Armintz, que era su sitio, el sitio que sentía suyo, y encontró a una cría de orca atrapada en una red.
Hizo lo que hacen los niños de ocho años que quieren saber el nombre científico de todo: intentó arreglar lo que estaba roto.
Iria dejó de leer.
No porque fuera malo. Porque era bueno de una manera que necesitaba un momento para asentarse.
Miró el agua.
Una gaviota aterrizó en el poste más cercano, se equilibró con las alas, y se quedó mirando el mar con esa concentración que tienen las gaviotas cuando están buscando algo o cuando no están buscando nada y simplemente están ahí siendo lo que son.
Iria pensó en Marcos Iturbe. En el hombre inocente al que había metido en la cárcel. En la manera en que eso había roto algo en ella que todavía no estaba del todo reconstruido.
Pensó en Somoza, que había protegido al hombre equivocado treinta años y había vivido con eso.
Pensó en Patxi, que había saltado al agua y no había llegado a tiempo y había guardado eso en una caja estanca entre las rocas de una cala durante treinta años porque no sabía qué otra cosa hacer con ello.
Pensó en Xabier Landa, que había construido una cofradía y ciento veinte familias y treinta años de reputación sobre el andamio de una sola noche de pánico y de la incapacidad de asumir las consecuencias de lo que había pasado en ella.
Todos cargando con sus versiones de lo mismo.
Todos cargaron con decisiones que ya no podían deshacer.
El teléfono vibró. Ane: ¿Está bien?
Iria escribió: Sí. Es muy bueno. Publícalo.
Guardó el teléfono.
Cerró los ojos un momento.
El sol en la cara, el sonido del mar, el frío que quedaba en el aire a pesar del sol porque era febrero y el frío en febrero en la costa norte es una realidad que el sol no convence del todo.
Y de fondo, sin que nadie lo dijera, sin que ningún aparato lo registrara, el sonido que siempre había estado ahí: el mar moviéndose sobre el fondo, el fondo guardando lo que guardaba, y en algún punto que no se veía pero que existía, Negua moviéndose por aguas más al norte esperando que llegara el invierno siguiente para volver.
Como siempre.
Como hacía treinta años.