El Secreto de las Orcas Capítulo 20 — La cala prohibida
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Capítulo 20 — La cala prohibida

Tres semanas después de la noche de la cala, el equipo de la Policía Científica hizo el primer rastreo subacuático de la cala de Armintz.

Iria no estaba presente. Estaba en Bilbao, en una sala de reuniones del juzgado de instrucción, respondiendo preguntas sobre el procedimiento seguido durante la investigación, que era el eufemismo que usaban los abogados para referirse al hecho de que una inspectora suspendida cautelarmente había estado actuando sin jurisdicción formal durante una semana.

Lo respondió con calma y con detalle y el juez instructor escuchó con esa expresión de quien ya ha decidido algo pero quiere asegurarse de que los pasos del procedimiento quedan registrados correctamente.

Lo que el equipo subacuático encontró en el fondo de la cala lo leyó en el informe dos días después.

A siete metros de profundidad, en el extremo sur de la cala, cubierta por treinta años de sedimento pero estructuralmente intacta, había una balsa de contenedores metálicos sellados.

Doce unidades. Cada una de aproximadamente doscientos litros.

El sello original de Químicos Lersundi todavía visible en cuatro de ellas, el óxido había borrado el resto.

El análisis de contenido de las unidades que el equipo consideró seguro abrir mostró residuos de compuestos organoclorados en concentraciones que treinta años de dilución marina no habían llevado a niveles seguros.

El fondo de la cala de Armintz llevaba tres décadas siendo un vertedero tóxico.

El artículo de las orcas iba a necesitar una sección adicional.

* * *

Iria volvió al pueblo en febrero.

No por el caso: el caso estaba en manos del fiscal y del equipo de Bilbao y de los abogados de las distintas partes, y su papel en él era el de testigo y el de inspectora que había actuado fuera de protocolo y estaba en proceso de que le restauraran el pleno de sus funciones, lo cual según Luengo era cuestión de semanas.

Volvió porque Nora la había llamado para decirle que el equipo de buceo de la universidad iba a hacer un segundo rastreo documentado de la cala, esta vez con cámaras y con propósito científico, y que si quería estar presente podía.

Quiso.

Era un martes de febrero, con el cielo despejado y el viento del sur que en esta costa significa calor relativo: doce grados, que en el Cantábrico en febrero es casi verano.

El agua de la cala, vista desde el acantilado, tenía esa transparencia de invierno que en verano desaparece con el plancton y que permite ver el fondo en los puntos más someros.

Nora y dos buzos de la universidad ya estaban abajo cuando Iria llegó por la senda. Un zodiac pequeño anclado en el centro de la cala. Equipo en la orilla. Nora con un iPad conectado a las cámaras de los buzos, mirando la pantalla con esa concentración de siempre.

—¿Cómo va? —dijo Iria.

—Bien. Están en el sector sur, sobre la balsa. —Nora le mostró la pantalla—. La han despejado un poco más. Se ve mejor que en el rastreo de enero.

Iria miró la imagen en el iPad.

Era una imagen de vídeo submarino, con ese color verde-azulado que tienen las aguas costeras a siete metros.

En el centro del encuadre, la balsa: doce contenedores metálicos dispuestos en dos filas, parcialmente enterrados en arena oscura, con la incrustación de tres décadas de fondo marino pegada en las superficies.

Los sellos de Lersundi se veían en dos de ellos.

En un tercero, algo había crecido encima: percebes, mejillones, esa colonización que el mar hace de todo lo que toca y convierte en parte de sí mismo si le das suficiente tiempo.

—Treinta años —dijo Iria.

—Treinta años —confirmó Nora—. Los biólogos marinos del equipo van a hacer análisis de la fauna que ha colonizado los contenedores. Para ver si los compuestos han afectado las cadenas tróficas locales. —Pausa—. Es probable que sí.

Iria miró la imagen un momento más.

Pensó en Daniel Arce en esa misma agua, en ese mismo fondo, solo que en la superficie, en la orilla, intentando deshacer algo que otros habían hecho.

—¿Está incluida la cala en la zona de protección marina que propuso el año pasado la Comunidad Autónoma? —dijo.

—No todavía. Pero con esto —señaló la pantalla— va a ser difícil que no la incluyan. —Hizo una pausa—. Y si la incluyen, no puede haber operaciones comerciales ni de pesca en un radio de dos kilómetros. Lo que significa que la manada OR-7 va a tener ese espacio garantizado cada invierno.

Iria asintió.

Algo que Mateo habría querido. Que no era exactamente lo que Mateo había querido, porque lo que Mateo había querido era entender a las orcas, no necesariamente protegerlas de una manera administrativa. Pero que era lo que quedaba cuando el entendimiento produce consecuencias.

Nora recibió una señal del iPad y fue hacia el borde del agua. Iria se quedó donde estaba, de pie en la arena con las manos en los bolsillos, mirando la cala.

Era la primera vez que la veía de día.

De día era diferente. Más pequeña, o más exacta. Los acantilados a los lados, el agua en el centro, las rocas del fondo sur donde Patxi había tenido enterrada la caja. Todo visible, todo medible, sin la oscuridad que lo hacía todo más grande y más ambiguo.

Una cala pequeña en la costa norte. Ni especialmente hermosa ni especialmente oscura. El tipo de sitio al que los mapas turísticos no dirigen a nadie porque no tiene nada que los mapas turísticos consideren relevante.

Pero ahí estaba.

Con todo lo que contenía.

Fue hacia las rocas del sur, las del recoveco donde Xabier había tenido a Ane aquella noche.

Las rodeó por el lado del acantilado, por el camino estrecho que Patxi había tomado en la oscuridad.

A la luz del día era un camino sencillo: dos metros de roca plana entre el acantilado y el borde del recoveco, perfectamente transitables si uno sabía que estaban ahí.

Entró en el recoveco.

Era pequeño. Dos por tres metros, con las paredes de roca y un suelo de arena mezclada con guijarros.

El techo bajo, que en marea alta quedaba cubierto, había dejado marcas de agua en las paredes a distintas alturas.

Dentro olía a sal y a humedad y a algo orgánico indefinible que era el olor de los sitios que el mar visita regularmente y que guardan esa visita en las paredes.

Iria se quedó ahí un momento.

No había nada que ver. Era un recoveco en una roca como hay cientos en esta costa.

Pero era donde Xabier Landa había llevado a su hija aquella noche porque era el único sitio de la cala que conocía bien desde dentro, el sitio que durante treinta años había sido parte del paisaje mental de lo que había ocurrido aquí.

Los sitios hacen eso. Quedan asociados a las cosas que ocurren en ellos aunque nadie les pida que lo hagan.

Salió.

* * *

A mediodía los buzos salieron del agua y comieron en la orilla, sándwiches sacados de una bolsa de nevera que uno de ellos había traído, y Nora descargó los archivos de vídeo en el ordenador portátil y fue revisando secuencias mientras comía.

Iria comió también, sentada en una roca plana, mirando el agua.

La cala estaba vacía. No había orcas.

Era demasiado temprano en el año: Nora había dicho que la manada solía llegar en enero, que ya habían llegado y que la siguiente visita documentada probablemente sería en diciembre si el patrón se mantenía.

—¿Cómo está Ane? —dijo Nora, sin levantar los ojos del ordenador.

—Bien. Está escribiendo. —Iria cogió un guijarro del suelo, lo sopesó en la mano—. Ha empezado a publicar partes del artículo en su periódico. Pequeños, por ahora. Sobre Daniel. Sobre quién era.

—¿La gente del pueblo lo lee?

—Toda la que puede. Y los que no pueden les cuentan a los que no lo han leído. —Pausa—. Es un pueblo de cuatrocientas personas, ya sabe cómo funciona.

—¿Y cómo lo reciben?

Iria lo pensó.

—De maneras distintas. Hay quien está indignado. Hay quien lo sabía o lo intuía y está aliviado de que salga. Y hay quien simplemente está triste. —Hizo una pausa—. La mayoría está triste, creo.

Nora asintió sin apartar los ojos de la pantalla.

—¿Y Gorka?

—Gorka abrió la persiana del apartamento la semana pasada. —Iria dejó el guijarro—. Le vi en el muelle. No hablamos. Solo nos vimos y los dos asentimos y seguimos andando.

—¿Qué significa eso?

—No lo sé exactamente. Probablemente algo. Probablemente no mucho.

Nora cerró el ordenador. Miró el agua.

—¿Sabe lo que me dijo Mateo la última vez que hablé con él?

—dijo—. Dos días antes de morir. Estábamos en esta cala, de noche, con el equipo de audio.

Y me dijo que lo que más le gustaba de estudiar a las orcas era que eran pacientes de una manera que él no conseguía ser.

Que podían estar horas en el mismo sitio esperando algo sin que se les notara ninguna urgencia.

—¿Y usted qué le dijo?

—Le dije que era porque no tenían plazos de publicación.

Iria se rio. Una risa breve, real.

Nora también.

Duró poco. Pero fue.

—Va a echarle de menos —dijo Iria.

—Ya le echo de menos. —Nora hizo una pausa—.

Todos los días. Cuando abro los archivos y reconozco su letra en las notas.

Cuando escucho los audios y oigo la manera que tenía de decir el nombre de Negua, con una ligera inflexión que no era exactamente científica pero que yo entendía perfectamente.

—Otra pausa, más larga—. Eso no va a cambiar.

Supongo que uno aprende a vivir con ello.

—Sí —dijo Iria.

—¿Usted ha aprendido?

Iria pensó en Marcos Iturbe. En el hombre al que había metido en la cárcel durante once meses. En su cara cuando leyeron la absolución.

—Estoy aprendiendo —dijo—. Que no es lo mismo, pero es lo que hay.

Nora asintió.

Uno de los buzos les dijo que iban a hacer una segunda inmersión por la tarde, que si querían podían quedarse o volver a subir y bajar más tarde. Nora dijo que se quedaba. Iria dijo que subía un momento y volvía.

Subió la senda del acantilado despacio, al ritmo que le pedían las piernas. A mitad de camino se paró en un punto desde donde se veía la cala entera: la zodiac anclada, la silueta de Nora en la orilla, el agua verde-azul transparente con el fondo visible en los sitios someros.

Y en el fondo, a siete metros, si uno sabía dónde mirar, la sombra oscura de la balsa de contenedores cubierta de fondo marino.

Treinta años ahí abajo.

Y treinta años arriba, en el agua sobre ella, las orcas volviendo.

No era justicia exactamente. La justicia era otra cosa, era el proceso y los cargos y el juicio que vendría en meses.

Pero era algo que la justicia sola no daba: la sensación de que los sitios guardan lo que guardan, de que el tiempo no borra, de que hay cosas que permanecen en el fondo aunque nadie las busque.

Siguió subiendo.

Cuando llegó a la cima se giró una vez más hacia el mar.

El horizonte estaba limpio. El sol de febrero, bajo y blanco, hacía brillar el agua de una manera que no tenía nada que ver con lo que el agua era de noche.

Iria sacó el teléfono. Miró la pantalla. Tenía una llamada perdida de Luengo de hacía veinte minutos.

La devolvió.

—Buenas noticias —dijo Luengo cuando contestó.

—¿Cuántas?

—Una. Pero buena.

—Dime.

—La comisión disciplinaria ha cerrado el expediente. Sin cargos. —Una pausa—. Puedes volver la semana que viene si quieres.

Iria miró el mar.

—¿Hay caso nuevo? —dijo.

—Siempre hay caso nuevo.

—¿Urgente?

—Moderadamente.

—La semana que viene —dijo Iria.

Colgó.

Guardó el teléfono. Se quedó un momento más mirando el horizonte y el agua y la línea donde los dos se juntaban sin que se pudiera decir exactamente dónde terminaba uno y empezaba el otro.

Luego bajó de vuelta a la cala.