Capítulo 19 — Lo que vieron las orcas
El Centro de Investigación de Cetáceos del Cantábrico tenía capacidad para unas veinte personas si se traían sillas del almacén y si nadie ponía demasiados reparos a estar de pie junto a la pared.
Nora había traído las sillas y había pedido a los que llegaran primero que se quedaran junto a la pared, y aun así la sala principal estaba llena de una manera que no había estado nunca, con el calor de la gente y el olor a café de la cafetera industrial que Nora había puesto a funcionar antes de que llegara nadie.
Eran quince personas.
El equipo forense de Bilbao: tres técnicos y el coordinador, un hombre de cincuenta años llamado Ereño que había estado en el caso desde el principio y que había conducido hasta Ea esa mañana con la expresión de alguien que viene porque le han dicho que vale la pena venir y todavía no está seguro de creerlo.
Dos investigadores de la Universidad del País Vasco, especialistas en biología marina, que Nora había llamado la semana anterior y que habían llegado con sus propios ordenadores y la actitud cautelosa de quien viene a ver algo que le han descrito como extraordinario y sabe que lo extraordinario suele decepcionarse.
Basurko, que había venido porque Iria le había dicho que viniera y porque después de la noche de la cala tenía la sensación de que entender bien lo que había pasado era parte de su trabajo aunque nadie se lo hubiera pedido formalmente.
Iria. En una silla junto a la ventana, con el abrigo todavía puesto porque la sala tardaba en calentarse.
Y Nora, de pie frente a la pantalla grande, con los archivos de Mateo abiertos y una expresión que no era exactamente nerviosismo sino la concentración de alguien que va a decir algo importante y quiere que salga bien dicho.
Empezó sin preámbulo.
* * *
—Lo que voy a presentar hoy —dijo Nora— es el resultado de doce años de investigación de Mateo Arístegui sobre la manada OR-7 de orcas del Cantábrico, completado con mi propio trabajo de los últimos dos años y con los análisis adicionales realizados tras los eventos de la semana pasada.
La mayor parte de lo que verán no está publicado todavía.
Parte de ello no lo estará hasta que terminemos el proceso de validación.
Pero he considerado que el contexto legal e investigativo del caso justifica compartirlo ahora.
Nadie interrumpió. Ereño sacó un cuaderno. Los dos de la universidad encendieron sus ordenadores.
—La manada OR-7 está compuesta actualmente por siete individuos.
La matriarca, a la que identificamos como OR-7A y que Mateo llamaba Negua, tiene entre cuarenta y cincuenta años según estimación basada en longitud corporal y patrón de cicatrices.
Ha liderado la manada desde que empezamos a documentarla.
Abrió el primer archivo. En la pantalla apareció la fotografía de una aleta dorsal: alta, ligeramente curvada, con tres marcas horizontales en el lado derecho.
—Estas marcas. —Señaló las tres líneas—.
Durante años las catalogamos como cicatrices de interacción con otros animales o con equipos de pesca.
La semana pasada revisé los archivos de redes de carga utilizadas en operaciones de transporte marítimo en los años noventa.
—Abrió otra imagen: diagrama técnico de una red—.
El patrón de presión de este tipo de red sobre un animal joven de entre doscientos y cuatrocientos kilos produce exactamente este tipo de marca si el animal está atrapado durante un período de dos a seis horas.
Silencio en la sala.
—Esto es consistente con el testimonio de Patxi Uriarte, que describe a una cría de orca atrapada en una red de carga en la cala de Armintz en la noche del 11 de febrero de 1994.
Uno de los investigadores de la universidad levantó la mano.
—¿Hay certeza de que OR-7A y la cría descrita en ese testimonio son el mismo animal?
—No hay certeza absoluta. Pero hay tres elementos convergentes: las marcas, la edad estimada, y el comportamiento. —Nora abrió otro archivo—. Voy a eso ahora.
* * *
Lo que siguió duró cuarenta minutos.
Nora mostró los registros de doce años de comportamiento de la manada: rutas de entrada, posiciones de concentración, duración de las estancias, comparaciones con otras poblaciones del Atlántico norte.
Mostró que la manada OR-7 era estadísticamente anómala en tres aspectos: la frecuencia de retorno al mismo punto geográfico exacto, la consistencia temporal de ese retorno independientemente de las condiciones de alimento o temperatura, y la emisión de una secuencia vocal específica que no aparecía en ningún otro grupo documentado del Atlántico.
Luego puso el audio.
No el audio de la grabadora antigua de Txomin: ese estaba en manos del equipo forense y su acceso estaba restringido. El audio de los registros de Mateo, los últimos, los dos horas y diecisiete minutos grabados en la noche antes de su muerte.
La sala escuchó.
Primero los cantos normales. Luego la secuencia anómala. Luego, en el minuto cincuenta y ocho, el fragmento que Nora había marcado en rojo.
La voz. O lo que el análisis de Zabala había identificado como estructura vocal humana preservada en la memoria acústica de un cetáceo.
Ereño dejó el bolígrafo.
Uno de los investigadores de la universidad cerró el ordenador.
Nadie habló durante casi treinta segundos después de que el audio terminara.
—¿Está diciendo —dijo finalmente Ereño, con la voz muy medida— que esa orca está reproduciendo sonidos de aquella noche? ¿Sonidos que incluyen voces humanas?
—Estoy diciendo que la evidencia acústica es consistente con esa interpretación —dijo Nora—.
El análisis de Zabala establece que la estructura fonológica del fragmento es compatible con el euskera dialectal de esta zona.
La estimación de edad del hablante apunta a un individuo joven.
Y la frecuencia de emisión de esta secuencia por parte de OR-7A correlaciona exactamente con la presencia de la manada en las coordenadas de la cala de Armintz.
—¿Es publicable esto? —dijo uno de los investigadores de la universidad. Lo dijo con la voz de alguien que ya está pensando en el proceso de revisión y en lo que van a decir los árbitros.
—Con la metodología adecuada y el proceso de validación correspondiente, sí. —Nora hizo una pausa—. No voy a decir que es sencillo. Pero hay precedentes en la literatura de memoria cultural transmitida en cetáceos. Esto sería el caso más documentado.
—El más documentado y el más extraordinario —dijo el otro investigador.
—Sí —dijo Nora—. Ambas cosas.
* * *
Después de que la mayoría se fuera, quedaron Iria y Nora y Ereño, que se quedó porque tenía preguntas adicionales sobre la cadena de custodia del material y porque el café todavía estaba caliente.
Cuando Ereño terminó y salió, Nora se sentó por primera vez en toda la mañana. En la silla que Iria había ocupado antes junto a la ventana. Iria estaba en la cocina pequeña, terminando el último café del día, y desde ahí veía el perfil de Nora contra la ventana y el mar detrás.
—¿Cómo fue? —dijo Iria.
—Mejor de lo que esperaba. —Nora hizo una pausa—. Los de la universidad van a colaborar. Eso significa que el artículo de Mateo va a publicarse. —Otra pausa—. Tardará un año. Quizá más. Pero va a publicarse.
—¿Con su nombre?
—El primero. Luego el mío. —Nora miró la pantalla todavía encendida, con el gráfico de la forma de onda congelado—. Hay algo que quería decirle y no he sabido decirlo en toda la semana.
Iria esperó.
—Cuando Mateo murió —dijo Nora—, lo primero que pensé fue que su trabajo se perdía.
Que había pasado doce años en esto y que si no llegaba a publicar, era como si no hubiera ocurrido.
—Hizo una pausa larga—. Ahora pienso que al revés.
Que lo que Mateo encontró es lo que hizo que todo lo demás saliera.
Que si él no hubiera estado aquí, Xabier Landa seguiría siendo el patrón mayor de la cofradía y Daniel Arce seguiría siendo tres líneas en un libro de historia.
—Eso es verdad —dijo Iria.
—Es una manera muy cara de que la verdad salga —dijo Nora.
—Sí. —Iria dejó la taza—. Siempre lo es.
Nora miró por la ventana. Afuera el mar estaba quieto con esa quietud de media tarde que tiene el Cantábrico en los días sin viento.
—¿Cree que volverán? —dijo—. Las orcas. Este año.
—¿Usted qué cree?
—Creo que sí. —Nora hizo una pausa—. Creo que mientras Negua esté viva, volverán. Y creo que cuando Negua muera, sus crías volverán también, al menos durante una generación más. Porque les habrá enseñado que ese lugar importa, aunque no sepan exactamente por qué.
—Como nosotros con los sitios de memoria —dijo Iria.
Nora la miró.
—¿Cómo dice?
—Los humanos también hacemos eso. Volver a los sitios donde ocurrió algo. Sin saber siempre por qué. Solo porque el lugar tiene algo que no tiene ningún otro lugar.
Nora lo pensó.
—Sí —dijo—. Supongo que sí.
Se quedaron un momento en silencio. El gráfico de onda en la pantalla. El mar por la ventana. El sonido de las olas contra el acantilado, suave y continuo, que en esa sala siempre estaba ahí como un fondo que uno dejaba de oír hasta que de repente lo oía de nuevo.
—Hay una cosa en los últimos apuntes de Mateo —dijo Nora— que todavía no sé qué hacer con ella.
—¿Qué cosa?
—Escribió que si OR-7A había guardado los sonidos de aquella noche y los había transmitido a sus crías, y si uno de esos sonidos era la voz del niño, entonces de alguna manera la voz de Daniel Arce había seguido existiendo en el mar durante treinta años.
—Hizo una pausa—. Que cada vez que Negua emitía esa secuencia, la voz del niño salía al agua otra vez.
Iria no dijo nada.
—No es científico —dijo Nora—. No puedo ponerlo en un artículo así. Pero es lo que Mateo escribió. En la última página del último cuaderno. —Otra pausa—. Con el subrayado doble.
Iria miró la ventana.
El mar.
La línea del horizonte, donde el agua oscura se juntaba con el cielo de enero.
En algún punto ahí fuera, a una distancia que no era calculable pero que existía, siete orcas nadaban en aguas frías haciendo lo que habían hecho siempre: moverse, respirar, comunicarse, transmitir, recordar.
Sin saber que alguien les había dado nombres.
Sin saber que un hombre había pasado doce inviernos intentando entender lo que guardaban.
Sin saber que lo que guardaban había cambiado algo.
Guardándolo de todas formas.
—Es científico —dijo Iria—. Solo que todavía no tenemos la ciencia para nombrarlo bien.
Nora la miró.
Luego miró el mar.
—Mateo habría dicho exactamente eso —dijo.