Capítulo 18 — El cuarto hombre
Elantxobe con sol de enero era casi otra cosa.
No mucho sol, tampoco: el tipo de sol de invierno que aparece dos horas por la mañana entre dos masas de nubes y que da una luz blanca y sin calor que hace que los colores parezcan más reales que en verano, más exactos.
Las fachadas de las casas apiladas en la roca tenían ese blanco lavado que el mar les pone con los años, y el agua abajo estaba quieta con ese azul oscuro que no es el azul del verano sino algo más serio.
Iria aparcó en el mismo sitio de siempre, el de siempre porque ya lo sentía así después de una semana, y bajó la cuesta con las manos libres.
No llevaba bolsa de ropa esta vez: había vuelto a Bilbao la noche anterior a dormir en su apartamento, había dormido ocho horas seguidas por primera vez en días, y esa mañana había conducido de vuelta al pueblo sin saber exactamente qué iba a hacer ahí pero con la certeza de que había cosas que no estaban terminadas.
Lo había dicho así a Luengo y Luengo no había pedido más explicación, lo cual era una forma de respeto que ella le agradeció sin decírselo.
La primera parada fue Somoza.
* * *
La puerta de la Kale Zaharra estaba abierta esta vez de verdad: no entornada, abierta del todo, con el sonido de la televisión saliendo hasta la calle y un olor a café reciente que llegaba desde dentro.
Iria llamó con los nudillos en el marco.
—¡Pase! —dijo Somoza desde dentro.
Estaba en la cocina, de pie junto a la cafetera, con una taza en la mano y el jersey de lana de los días anteriores pero recién afeitado, lo cual era una diferencia notable. El bastón colgaba del borde de la encimera. Lo miraba con más familiaridad que la última vez.
—¿Café? —dijo.
—Sí.
Le puso una taza. Iria se apoyó en la encimera enfrente. Bebieron un momento en silencio.
—¿Cómo está? —preguntó Iria.
—Bien —dijo Somoza—. Que es una mentira, pero una mentira llevadera. —Hizo una pausa—. He dormido tres noches seguidas. Primera vez en no sé cuántos años que no me despierto a las cuatro de la mañana pensando en cosas.
—¿Qué pensaba a las cuatro de la mañana?
—Lo de siempre. Si debería haber dicho algo antes. Si debería haber hecho algo diferente. —Cogió la taza con las dos manos—. Ahora pienso que sí, que debería. Pero eso no cambia nada, así que lo pienso y luego me vuelvo a dormir.
Iria asintió.
—¿Ha hablado con el fiscal?
—Ayer. Dos horas. Un hombre joven, muy serio, que tomaba notas muy rápido. —Somoza levantó los ojos—. Me ha dicho que por mi colaboración el fiscal no va a pedir prisión preventiva. Que habrá cargos relacionados con el encubrimiento pero que la cooperación cuenta.
—Cuenta mucho.
—Eso me dijo él también. —Hizo una pausa—. ¿Sabe si es verdad?
—Sí —dijo Iria—. En estos casos, sí.
Somoza asintió.
Bebieron el café. Afuera el sol había desaparecido detrás de una nube y la calle se había vuelto más gris.
—¿Ha visto a Ane? —dijo Somoza.
—Voy después.
—Dígale... —Empezó. Se paró. Lo pensó—. No, no le diga nada de mi parte. Ya hablaré yo con ella cuando sea el momento.
—¿Cuándo será el momento?
—Cuando encuentre las palabras. —Pausa—. Que todavía no las tengo.
Iria dejó la taza en la encimera.
—Hay algo que quería preguntarle —dijo—. Algo que no es del caso.
Somoza la miró.
—El padre de Daniel. Joseba Arce. Usted dijo que vino a verle hace quince años. Que le pidió que guardara la información pero que esperara.
—Sí.
—¿Qué le dijo exactamente? ¿Cuáles fueron sus palabras?
Somoza lo pensó durante un tiempo que se hizo largo.
—Me dijo que durante muchos años había odiado a todos los que habían estado en esa cala.
A Xabier, a los Landa, a Gorka, a Patxi.
—Hizo una pausa—. Y luego me dijo que un día se había dado cuenta de que odiar le quitaba energía que necesitaba para otra cosa.
Que quería que su hijo fuera recordado como lo que era: un niño que intentó salvar a un animal.
No como una víctima, no como un caso, no como un número en un expediente. Como un niño que hizo lo correcto.
Iria escuchó.
—Me dijo que si alguna vez salía todo a la luz, quería que eso se supiera. Lo que el niño estaba haciendo cuando murió.
—Ya se sabe —dijo Iria.
Somoza la miró.
—¿Sí?
—Está en todos los informes. En la declaración de Patxi. En el casete. —Hizo una pausa—. Daniel Arce estaba liberando a una orca cuando murió. Eso es lo que va a quedar.
Somoza no dijo nada durante un momento.
Luego hizo algo que Iria no esperaba: se rio. Breve, seco, no de alegría sino de ese tipo de alivio que es tan raro que cuando llega uno no sabe bien cómo procesarlo.
—Bien —dijo—. Eso está bien.
* * *
Ane abrió la puerta con la línea del tiempo todavía en la pared pero algo diferente en el apartamento, una sensación de espacio que no había estado la otra vez.
Luego Iria se dio cuenta de qué era: las carpetas que habían estado apiladas en el suelo ya no estaban ahí.
Seguían las de la mesa, pero el suelo estaba libre.
—He estado ordenando —dijo Ane, siguiendo su mirada—. Hay cosas que ya no necesito guardar de la misma manera.
—¿Cómo está?
—Rara —dijo Ane—. Como cuando llevas tanto tiempo esperando que algo ocurra que cuando ocurre no sabes qué hacer con el tiempo que queda.
Lo dijo sin dramatismo. Solo como una observación.
Se sentaron a la mesa. Ane puso agua a calentar. Iria miró la línea del tiempo desde el otro ángulo, el que no había tenido la primera vez.
Desde ese ángulo se veía algo que no había visto antes: al principio de la línea, antes de Feb. 1994 , había una sola palabra escrita con rotulador rojo. No una fecha. Solo una palabra.
Daniel.
—¿Va a publicar el artículo? —dijo Iria.
—Sí. —Ane sacó dos tazas—. No el que había escrito. Ese era el artículo que quería escribir hace ocho años, cuando todavía creía que el periodismo consistía en publicar lo que sabes tan rápido como puedes. —Hizo una pausa—. Este va a ser diferente.
—¿Diferente cómo?
—Más largo. Más lento. Con las personas dentro, no solo los hechos. —Otra pausa—. Daniel dentro. No como víctima. Como el niño que era.
—¿Sabe cómo era?
—Estoy aprendiendo. He hablado con gente del pueblo que le conocía.
Con la maestra de la escuela, que sigue viva y tiene ochenta y dos años y una memoria extraordinaria.
—Una pausa—. Me ha contado que Daniel tenía una colección de conchas que guardaba en una caja de zapatos debajo de la cama.
Que cada vez que encontraba una nueva le pedía a su madre que le dijera su nombre científico porque él quería saber el nombre científico de todo.
Iria la miró.
—Ocho años —dijo Ane—. Un niño de ocho años que quería saber el nombre científico de las cosas.
El agua hirvió. Ane la sirvió.
—¿Y su padre? —dijo Iria—. ¿Cómo está con todo lo de Xabier?
Ane sostuvo la taza con las dos manos. La miró.
—Mi padre ha pedido hablar con el fiscal voluntariamente —dijo—. Quiere dar testimonio de todo lo que sabe. No le han pedido que lo haga. Lo ha pedido él.
—¿Sabe por qué?
—Le pregunté. —Ane hizo una pausa larga—. Me dijo que llevaba treinta años siendo el patrón mayor de la cofradía y que ese era el único sitio donde sabía quién era. Y que si iba a dejar de ser eso, quería al menos saber que lo siguiente que hacía estaba bien hecho.
Iria procesó eso.
—¿Le ha perdonado?
Ane la miró.
—Todavía no —dijo—. Quizá nunca del todo. —Pausa—. Pero estoy en ello.
Lo dijo como algo que es verdad y que tiene suficiente peso como para dejarlo ahí, sin añadirle nada encima.
* * *
Patxi Uriarte seguía en el pueblo.
Lo encontró en el Kai-Ondo, que había vuelto a abrir dos días después de los hechos porque el pueblo necesitaba que abriera y porque Patxi necesitaba algo que hacer con las manos por las mañanas.
Estaba detrás de la barra, como siempre, pero diferente en la postura: más erguido, o quizá solo menos encogido.
Iria se sentó en la barra.
—Café —dijo.
—Marchando.
Lo preparó en silencio. Se lo puso delante. Iria lo cogió.
—¿Cómo va el proceso? —dijo.
—Lento —dijo Patxi—. Según el abogado, meses. Quizá más. —Hizo una pausa—. Me ha dicho que con la colaboración y con que era menor en el momento de los hechos, lo más probable es que el cargo sea encubrimiento. No homicidio.
—El fiscal tiene esa misma lectura.
—Ya. El fiscal también me ha dicho que la declaración que hice en la cala esa noche va a ser clave. —Patxi empezó a secar un vaso, el mismo gesto de siempre—. Luego me dijo que declarar en la cala a medianoche delante de una inspectora sin jurisdicción no era exactamente el procedimiento estándar.
—No lo era.
—¿Le ha creado problemas eso?
—Algunos. —Iria bebió el café—. Los estoy gestionando.
Patxi dejó el vaso.
—Hay algo que quería decirle —dijo—. Antes de que todo esto siga.
—Dígame.
—Esa noche en la cala, cuando le di la caja. —Hizo una pausa—. No la di porque fuera lo correcto. O no solo por eso. La di porque llevaba treinta años sin poder dormir bien y porque ya no podía más. —Otra pausa—. No soy un héroe. Solo soy un hombre que aguantó demasiado tiempo y llegó al límite.
Iria lo miró.
—Lo sé —dijo.
—¿Y eso importa? ¿Por qué lo hice, quiero decir?
—Para el proceso legal, lo que importa es lo que hizo, no por qué. —Hizo una pausa—. Para lo demás, cada uno decide lo que le importa.
Patxi asintió. Cogió otro vaso.
—¿Va a quedarse en el pueblo? —dijo Iria.
—No tengo a dónde ir. Llevo la vida entera aquí. —Pausa—. Aunque supongo que habrá gente que preferiría que me fuera.
—Habrá de los dos tipos.
—Sí. —Una pausa—. Así son los pueblos.
Iria terminó el café. Dejó dinero en la barra.
Fue hacia la puerta. Antes de salir se giró.
—Patxi.
—¿Sí?
—El niño intentó liberar a la orca antes de que llegaran ustedes. No porque supiera que había gente cerca. Solo porque el animal estaba atrapado y él quiso soltarlo.
Patxi la miró.
—Lo sé —dijo—. Estuve ahí.
—Lo sé. —Hizo una pausa—. Solo quería que lo oyera de alguien que no estuvo.
Salió.
* * *
Fue al muelle. Al banco de piedra. Se sentó.
El sol había vuelto, más bajo ahora, de media tarde, esa luz de invierno que da de lado y hace largas las sombras.
La embarcación de Mateo ya no estaba precintada: alguien, probablemente Nora o los de la cofradía, la había llevado al interior del puerto y amarrado junto a las otras.
Sin la cinta amarilla parecía solo una embarcación más.
El teléfono sonó.
Era Luengo.
—El fiscal quiere que vayas mañana —dijo—. A las diez.
—Voy.
—¿Dónde estás?
—En Elantxobe.
—¿Todavía?
—Todavía.
Un silencio.
—¿Cuándo vuelves?
Iria miró el agua. Miró el puerto. Miró las gaviotas en los postes del muelle haciendo lo que hacen las gaviotas, que es estar ahí sin aparente propósito y con toda la convicción del mundo.
—Mañana por la mañana —dijo—. Temprano.
Colgó.
Se quedó un rato más en el banco sin hacer nada en particular, que era algo que Iria hacía muy pocas veces y que cada vez que lo hacía le resultaba levemente incómodo y al mismo tiempo necesario, como los estiramientos después de un esfuerzo largo.
Pensó en Marcos Iturbe. Treinta y ocho años. Dos hijos. Once meses.
Pensó en Daniel Arce. Ocho años. Una caja de zapatos con conchas.
Pensó en Negua en el agua de la cala, repitiendo una secuencia que había guardado durante tres décadas, transmitiéndola a sus crías, volviendo cada año al lugar donde había aprendido algo que los animales aprenden de una manera diferente a como lo aprenden las personas pero que en el fondo es lo mismo: que hay lugares donde ocurrieron cosas y que esos lugares guardan algo que no desaparece solo porque uno quiera que desaparezca.
El mar estaba quieto.
No había orcas.
Pero Iria tuvo la sensación, que no era racional y que tampoco necesitaba serlo, de que en algún punto más allá de la bocana del puerto, en algún lugar de ese mar que empezaba donde terminaba la costa y no terminaba en ningún sitio visible, Negua estaba ahí.
Haciendo lo que siempre hacía.
Recordando.